Foto: EFE

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Abel Prieto, ese singular personaje que trocó una discreta, honorablemente inofensiva carrera literaria por una infame carrera política, volvió en julio del 2016 a su posición de Ministro de Cultura tras una breve ausencia de cuatro años, durante los cuales sirvió, o al menos eso se nos ha pedido que creamos, como asesor para asuntos culturales del dueño de Cuba. A nadie le consta que Prieto haya sido muy eficaz en ese extraño cargo, creado aparentemente para él como premio por sus años de elocuente servidumbre. No se ha visto a Raúl Castro, desde que Prieto comenzó a asesorarlo, recorriendo las galerías más osadas de La Habana, ni se sabe que haya ido nunca a una función de El Público, o, más atrevidamente, de Argos Teatro, ni se ha reportado su asistencia a un concierto de Yusa, o, si ese fuera su gusto, Gente de Zona, ni se le ha visto entrando a las reuniones del Consejo de Ministros, si tales reuniones todavía ocurren, algo de lo que no hay pruebas, con una copia muy manoseada, hinchada con anotaciones y comentarios, de À la recherche du temps perdu, o, cuando menos, de Oppiano Licario.

Tampoco aparecieron, durante la asesoría de Prieto, ni durante su anterior etapa como ministro, orquestas sinfónicas, casas de ópera, revistas literarias o siquiera cines, en esos pueblos de Cuba, adormecidos por el calor y el hastío, en los que la palabra “cultura”, casi un modismo extranjero, sirve para designar ciertos curiosos objetos que aparecen en la televisión, “De la Gran Escena”, La Colmenita, Alicia Alonso bailando Giselle, magníficamente, en época del General Tacón. La asesoría de Prieto a Castro ha dejado tal como estaba, en estado de catastrófica precariedad, a la “cultura”, como se llama en Cuba a todo lo que es bonito, fino, generalmente antiguo, y carece de importancia, y es tolerado porque, inexplicablemente, algunos de los grandes hombres y mujeres de la patria fueron aficionados a esas actividades, y también porque los turistas, esos necios, están dispuestos a pagar para ver los Portocarreros y Marianos del Museo Nacional, y con más gusto aún, para ver las paredes pintarrajeadas del Callejón de Hamel y a un severo babalawo espantando los malos espíritus y casi siempre fracasando.

Prieto no habrá logrado que Raúl se decidiera a leer a Montesquieu, a Tocqueville o siquiera, lo que sería más provechoso para Cuba, a Carmelo Mesa-Lago, pero Raúl, en cambio, ha ascendido a Prieto a general.  El ministro ha regresado a su puesto con aires marciales, como si, habiendo pasado tanto tiempo en compañía de generales y comandantes, se le hubiera pegado el hábito de ver a su país como un campo de batalla, y de referirse a “la cultura” como Napoleón a la llanura de Waterloo. Entrevistado por Juventud Rebelde en febrero, Prieto reconoció “retrocesos” en el gusto de los cubanos por leer, y declaró que era necesaria “una estrategia para recuperar terreno”. No teniendo a quién culpar por la rotunda indiferencia de los cubanos por la literatura, y no queriendo culparse a sí mismo ni a su jefe, Prieto criticó, veladamente, a quienes llevaron a las Ferias del Libro de La Habana “a Walt Disney y la chatarra cultural”, y, también, muy raro, afiches de Lionel Messi, aunque no explicó por qué no es posible que alguien sea a la vez experto en Tolstoi o en Casal, y devoto seguidor del Barça. El libro más vendido en Cuba el año pasado fue Raúl Castro, un hombre en revolución, algo que Prieto no consideró, como se esperaría de un escritor, un desastre, sino un signo de progreso, seguramente terreno recuperado a la estupidez, aunque algún cínico se atreva a decir que es lo contrario. El mes pasado, hablando en Matanzas, Prieto dijo que la Feria del Libro de este año había sido “una gran batalla por cerrar espacios a la baratija cultural”, y que en la campaña por hacer que los cubanos lean libros, cualquier libro, incluso Raúl Castro, un hombre en revolución, debían participar “maestros, la escuela, bibliotecarios” y hasta los periodistas, aunque no aclaró cómo estos últimos podrían contribuir a esa empresa, puesto que se sabe que los periodistas no leen ni lo que ellos mismos escriben.

Prieto viajó a Venezuela en marzo para asistir al Encuentro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, sí, con ese nombre, y allí dijo que era necesario crear “guerrillas culturales” para combatir “la canalla mediática” y ganar “la batalla de la conciencia y de las ideas”, que no es una mera batallita, no una simple escaramuza manigüera, sino todo un “frente global de lucha” contra la “ofensiva neoliberal”. El ministro está verdaderamente alarmado por la ofensiva del enemigo, que ha cargado contra el flanco más débil del ejército que él cree comandar con su General en Jefe, los jóvenes. La semana pasada, al entregar a Luis Álvarez Álvarez, Mildred de la Torre y Olga García Yero el Premio Nacional de Historia, una ciencia casi extinguida en Cuba, Prieto dijo que los jóvenes recibían con más impacto “los nuevos símbolos del mundo contemporáneo”, probablemente los afiches del maligno Messi y el resto del Barça, y “estaban más desamparados” frente a esa brutal acometida.  Una vez más, Prieto se refirió a la batalla cultural, que, dijo, se desarrolla “en todos los escenarios, pero principalmente en las redes sociales”, Facebook-Roncesvalles, Twitter-Ayacucho, Instagram-Mosul.  “Si bajamos la guardia, nos colonizan”, presagió, sombrío.  Como método para apuntalar el frágil patriotismo de los jóvenes cubanos, además de mantenerlos encerrados en una sociedad pre informatizada, Prieto quizás esté considerando una más intensa difusión de géneros y estilos nacionales, como, es un ejemplo, el danzón.  Hace unos días, en Matanzas de nuevo, Prieto pronunció un discursillo en el II Encuentro Internacional Danzonero, el nombre también es real, y elogió los esfuerzos que algunos valientes hacen para que los jóvenes cubanos sigan bailando danzones con el mismo lujurioso engolamiento con que los matanceros bailaron en 1879 Las Alturas de Simpson.

Ver en la cultura, e incluso en “la cultura”, el entrecruzamiento, a veces violento, pero necesario e inevitable, de imágenes e interpretaciones opuestos, y de diferente poder e influencia, del mundo y de la vida social, de la historia y del destino de los hombres y las mujeres, no es descabellado, es más bien una verdad tan perogrullesca que decirlo da un poco de vergüenza.  El mariscal Prieto, sin embargo, no solo ve ese enfrentamiento como necesario en absoluto, sino como una fatalidad.  En su opinión, sería mejor que no hubiera tal enfrentamiento, lo que podría conseguirse si todo el mundo tuviera el buen sentido de pensar como el protagonista de Raúl Castro, un hombre en revolución, o mejor aún, de no pensar. Lo más notable de los más recientes discursos y declaraciones de Prieto es su voluminoso pesimismo. Cualquiera diría, oyéndolo, que todos los periódicos, revistas y canales de televisión fuera de Cuba, con la excepción de TeleSur, Russia Today, y el Rodong Sinmun de Pyongyang, están dedicados a destruir la soberanía de Cuba y cualquier fundamento de decencia y justicia en el planeta, lo mismo The New York Times que Telemundo, lo mismo la inefable ¡Hola! que la BBC. Prieto ve peligros y amenazas en cada línea, en cada fotografía, ya no solo en un afiche de Messi, sino incluso, muy famosamente, en la caja de chocolates de Forrest Gump, una película, a su juicio, tan malvada, que cuando la Televisión Cubana se decidió a mostrarla, el ministro se tomó el trabajo de escribir un artículo en Granma para advertir a los espectadores que lo que iban a ver era corrosivamente reaccionario, la tesis de que para ser feliz, hay que ser idiotas, algo que cualquier cubano sabe que es falso, pues ese pobre país está lleno de idiotas gravemente infelices.

Por más que declare su devoción por las tradiciones culturales cubanas y su satisfacción por la obra educativa de su gobierno, Prieto, en realidad, tiene muy pobre opinión de ambos, y una muy exagerada de la omnipotencia de los medios de comunicación, entretenimiento y cultura extranjeros. “La cultura” nacional, desde Miguel Faílde hasta Roberto Fonseca, le parece tan endeble, tan poquita cosa, tan menudita, que un video de Pitbull o peor, de Maluma u otro berreador de la misma calaña, bastaría para que los cubanos dejaran abruptamente de bailar el danzón o el chachachá, si no lo hubieran hecho ya, tiempo ha, por su propia voluntad, porque sencillamente se hartaron de bailar el danzón, Maluma o no. Los cubanos, cree Prieto, son tan volubles, ligeros e ignorantes, a pesar de los estupendos niveles de escolarización del país, que una revista ¡Hola! que llegue a la isla en la maleta de un viajero, puede convencer a esos pobres diablos de que todos los extranjeros viven como los Duques de Windsor, y lo que es aún más grave, quieran también vivir así, y no modestamente, como los grandes hombres y mujeres de la patria.  Es inexplicable por qué está Cuba en más peligro que nadie de ser, para usar la frase de Prieto, “colonizada”, puesto que en casi todos los países del mundo, las culturas locales han resistido vigorosamente las estruendosas corrientes de la globalización, y hasta han encontrado, en el enfrentamiento, la cohabitación y la mezcla, impulso para su renovación y expansión.

El más grave peligro para la cultura cubana, lo que más daño le hace, no es la agresiva intromisión de la “cultura chatarra” que tanto teme Prieto, que llega por vías muy irregulares y tortuosas a la isla, y que la mayoría de los cubanos, como la mayoría de los mexicanos, de los suecos y de los japoneses, muy astutamente, saben reconocer por lo que es, fruslerías, vanidades, insulsas fantasías, pornografía, comedia. Que la relación de la sociedad cubana con el mundo sea tan precaria, tan accidentada, tan ridículamente retorcida, que no tengan acceso fácil, rápido y continuo los cubanos, intelectuales o no, a los centros de pensamiento y creación artística, y a los medios de información, opinión y entretenimiento globales, es, eso sí, devastador, ha dejado a Cuba en el siglo XX, arruinada, aislada, hablando consigo misma. Pero lo que más daño le hace a la cultura cubana es el mismo Prieto, y la doctrina autoritaria, casi militar, de administración y represión de la actividad intelectual y artística que él ha venido a representar gustosamente, una doctrina que entiende la cultura como marca de identidad nacional y de unidad y organización política y no, jamás, como un instrumento de libertad.

El más importante propósito de la cultura cubana no es hacer cubanos a los cubanos, porque si no lo son naturalmente, sería inútil enseñarlos u obligarlos a que lo sean. Es ayudarlos a ser libres y felices, como un tal José Martí podría explicarle a Prieto, hacer que se reconozcan no como cubanos, sino como ciudadanos de Cuba. En un país libre, en el que la cultura no estuviera vigilada por un cancerbero como Prieto, no se habría prohibido, en diciembre, la exhibición de Santa y Andrés, el nuevo filme del brillante Carlos Lechuga, acusado de presentar “una imagen de la Revolución que la reduce a una expresión de intolerancia y violencia contra la cultura”, el más reciente atropello en una lista vergonzosa de prohibiciones, cancelaciones y otros actos más o menos brutales de censura, que se extiende por casi sesenta años y que ha marcado una línea clarísima en la mente de cada cubano, el borde entre lo que se puede pensar y decir, y lo que no se puede. No por gusto el segundo libro más vendido en Cuba el año pasado, después del arrollador Raúl Castro, un hombre en revolución, fue 1984, el clásico de George Orwell, que nunca antes se había publicado en la isla. “Los mejores libros”, Orwell escribió, “son aquellos que te dicen lo que ya sabías”. Si Prieto quiere recuperar el terreno supuestamente perdido por la apatía de los lectores cubanos, debería ordenar la publicación este mismo año de Un Mundo Feliz, El Archipiélago Gulag, Fahrenheit 451, La Broma, La Piel del Zorro, El Mundo Alucinante. Y dejar a Messi tranquilo.