Foto: EFE

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Uno de los recuerdos más vivos que tengo del huracán Sandy son aquellas horas con mi hija pequeña en la parada de la Carretera Central. Esperábamos una guagua que se volvía improbable a medida que pasaba el tiempo, como si la carretera entre nosotros y mi mujer, que iba a bordo junto a una brigada de artistas, se alargara más y más a medida que supuestamente se acercaban. Yo no tenía móvil y cargaba a mi hija de dos años dormida en brazos, tapada con un cobertor bordado que fue mío cuando tuve dos años. Oscurecía, nos rodeaba aquel silencio, y ese paisaje cínico y pardo de árboles amputados sin hojas ni ramas.

Huíamos de los colchones empapados, del escaseo de alimentos, de los mosquitos, del apagón que duró más de un mes. Huíamos a Holguín, un sitio del que ya yo había huido, porque había trabajo, pero no para mí, y recibía un portazo amable tras otro, porque, eso sí, en Holguín la gente es muy amable. Sobre el techo de mi casa colocamos una cubierta temporal de tejas que recogimos en el patio, y las repusimos sin amarrar hasta que yo regresara. Estuve allí con mi hija en la parada, con un equipaje mínimo, y recuerdo que yo alimentaba aquella sensación melodramática de que sólo nos teníamos el uno al otro.

Un almendrón de pasajes, sin estilo, con remiendos, se acercó por la carretera y a la altura de la parada se detuvo. El chófer me miró, me abrió la puerta y dijo: «Vamos, negüe». Estuve a punto de decir: «No tengo dinero». No sé si se nota, pero quería que me dijera: «Esto es gratis, negüe». Quería otro acto de bondad infinita que abunda en estas circunstancias, pero un ligero rubor me atajó.

«Estoy esperando una guagua», le dije. El tipo hizo un gesto de «entonces suerte» con la mano, puso otra velocidad, siguió su camino y yo me quedé mirando cómo se alejaba y saboreé cada segundo viéndolo alejarse una y otra vez, y aun cuando ya se había perdido de vista. Todavía esa secuencia me acompaña y yo la despliego de vez en cuando como un tapiz.

Ahora dos eventos catastróficos de causa mayor coinciden entre Cuba y México y se abre la posibilidad de disfrutar una y otra vez de relatos como este del chófer solidario, que lo ayudan a vivir a uno. Pero en mi fuero interno hay algo que descree, me pregunto si en verdad la gente se cree estas cosas a pie juntillas.

Se vuelven célebres los bidones de agua del DF, la solidaridad de los que no fueron siniestrados con los que sí, y los «fuera perro» de algunas instituciones cubanas. Si en una vidriera del DF aparece, por ejemplo, un cartel invitando a cargar celulares gratis, en otra de la Habana aparece otro, de un organismo estatal, advirtiendo que no molesten. Se habla de unos pícaros en la Habana, que extrajeron un cable de una institución y vendieron las recargas de baterías. Y que en México –lo repetía una y otra vez TeleSur con cierto morbo político– no son precisamente las instituciones gubernamentales ni las corporaciones privadas las que toman la iniciativa humanitaria, sino las personas, los individuos, los vecinos, que en Cuba, si cabe el ejemplo, son los que lucran con la desgracia ajena. Me pregunto acaso para variar –que es un buen «acaso»– si todo esto no es más que una excesiva dramatización y una sarta de clichés. Y digo «me pregunto» para disfrazar lo que en verdad siento: que son una sarta de clichés.

¿Son las instituciones estatales cubanas en tiempos de desastres mejor administradas que en la normalidad? Aunque me gustaría echarle la culpa, porque también le tengo un expediente hecho al Estado cubano, no es el Estado burocrático e insensible el que se manifiesta inmediatamente cuando estos pobres pícaros venden la electricidad de una institución estatal. El Estado es un conglomerado de activos fijos y burocracia, pero también es un conglomerado de personas que deciden qué hacer con esa burocracia, si escudarse en ella o usarla como papel sanitario.

¿Qué hace que de uno u otro lado la historia pueda ser diferente? Debe haber algo más allá del dramatismo de las imágenes que usan los narradores y comentadores pudorosos de Facebook, y del engaño de la cubanidad o la mexicanidad. Debe existir una razón sólida, observable, un gatillo social pongamos que inmediato, que explique el gesto extremadamente odioso o extremadamente bondadoso de cada parte en ese momento.

Lo primero es que la noción de vulnerabilidad que acompaña a un terremoto está a kilómetros de distancia de la que acompaña a un huracán. Los hombres, las mujeres y los ancianos tienen suficiente material para reaccionar diferente ante ambas vulnerabilidades.

En Cuba, incluso en Santiago de Cuba, se sabe muy poco, porque se ha ido olvidando, sobre qué demonios es un temblor de tierra de más de 5 grados que te lance al piso y te impida caminar. Si hay algo indiscutible que diferencia a un hecho del otro es su contundencia. Solo en el DF murieron en este terremoto, de siete grados y cinco minutos, más de 200 y tantas personas; en Cuba, con su huracán de dos o tres horas en cada sitio por donde pasó, sólo 10.

El azote inminente de un huracán es científica y tecnológicamente predecible hoy en día. Se puede saber con bastante precisión cuándo llegará un evento climático a un territorio y cuando lo irá dejando atrás. Mucha de la gente que muere lo hace por exposición voluntaria, porque prefiere morir trágicamente antes de no tener nada, antes de volver a empezar, antes de lanzarse a las grandes colas y los interminables ministerios. O hay gente que muere en un huracán porque simplemente salió un momento a la calle y no sabía que iba a morir. Cuando de eventos climáticos se trata, hay cierto dominio ante el caos, hay cierta trivialización del caso, ante las contingencias que suelen acompañarlos.

En el universo sísmico, por llamarlo de alguna manera, es otra la historia. Para ese campeón tecnológico y científico que es el hombre, actualmente es imposible saber cuándo ocurrirá el próximo terremoto. Los temblores, por ejemplo, no tienen nada que ver con las payasadas ultradramáticas de Donald Trump, ni con lo que Trump ha decidido hacer con el compromiso de su gobierno ante el cambio climático, el Estado Islámico o Primero América.

Un terremoto se genera por relaciones geológicas ajenas a lo que desencadena el miedo, las obsesiones, la culpa o las demostraciones de infinita bondad de las civilizaciones humanas. Todo de lo que se podría enorgullecer un liberal: Silicon Valley, la ópera de Sidney, un concierto de los Rolling Stones, el crecimiento económico en Nueva Zelanda, el vertiginoso tobogán de Don De Lillo, equivale a una alfombra de musgo sobre una piedra cuando dos capas continentales de la litosfera se aburren y frotan unos minutos, o se entierran una dentro de otra.

En tales circunstancias al hombre no le queda otra opción que unirse, acaso como nunca, a su especie, y hacia creencias tranquilizadoras que genera su especie. Esto quiere decir, grosso modo, que existen libros que hablan de cómo salvarse al seguro de una catástrofe, algunos con más éxito que otros.

El más pop, el de más ranking, es la Santa Biblia, un libro hermoso, sabio, con metáforas y parábolas poderosas, que lanza profecías sobre cualquier cosa, que abriga como ninguna otra cosa abriga y que lo ve venir todo, pero que no muestra la más elemental fórmula matemática o ley física que demuestre con pruebas empíricas que tal terremoto será la semana que viene entre las 7 y 10 de la mañana, y será aproximadamente de 7 grados, y usted deberá ponerse a salvo en un descampado bajo una casa de campaña, una carpa o una sombrilla de playa para el sol y el sereno.

Un terremoto trabaja sobre la ausencia de certezas, porque no hay un posicionamiento científico del hombre sobre este asunto. El miedo ante un terremoto, que es el miedo ante la muerte, ante la violación de la integridad de todo lo que se creía íntegro, no es neutralizado ni trivializado por el conocimiento científico que ve venir un huracán.

Ese conocimiento podría predecir o simplemente ver acercarse a un terremoto cuando no sea el chiste que es ahora y para ese entonces seguramente ya uno no morirá de cáncer, hablo de esta serie de cosas. Pero esa será una buena y mala noticia. Buena y mala porque me temo que algo como «sabérselas todas» tendrá, sin embargo, consecuencias fatales para nosotros, que referiré al cierre de este artículo.

Cuando tiembla sientes que a partir de ese momento estás por tu cuenta. O sea, tú solo. Si gritas nadie te va a oír. Si un terremoto genera un destello de realidad, esa realidad es que el hombre está sólo, y necesita certezas para no sentirse tan solo y expuesto a los elementos. Si puede, este hombre hará todo lo posible por conquistar esas certezas e incluso comprarlas.

El católico, el evangélico, el agnóstico, el que reconoce a un Dios, toma conciencia de ello y se lanza a recuperarlas, o a comprar de algún modo el terreno perdido ante ese Dios o ante ese orden superior que le vigila y fiscaliza. El único sistema de ideas que se presenta como una plataforma con poderes ante una fuerza como esa son las religiones, y el edificio moral que las acompaña.

Uno supuestamente puede controlar la ira de Dios, o atraer la presencia de Dios en la tierra orando con fervor, trabajando en bien del prójimo, o algo parecido. La hoja de ruta que trazan esas religiones ante la culpa que genera el crimen, la indiferencia por el dolor del otro, la acumulación de riquezas, no solo es el miedo a Dios, sino el amor al prójimo, el arrepentimiento ante las heridas que se le causan al prójimo. Así que a menudo en el prójimo no solo está el compañero que podrá salvarte de un muro que se viene a abajo, o que podrá compartir un trozo de pan, sino la salvación ante Dios. Ante una catástrofe, el prójimo gana algo así como cierto valor de cambio.

Así que, para tranquilidad nuestra, o mía porque hablo por mí, me anima saber que el cubano no es a priori menos noble que un mexicano, su falta de solidaridad en este caso que nos ocupa, en caso de que en verdad la hubiese, está primeramente colocada en un entorno que impide compararla con los patrones de comportamiento que desencadena un terremoto. Un huracán no pone necesariamente a nadie, ni por asomo, en la situación ontológica que genera un terremoto.

Para ser franco no sé cómo concluir este artículo, solo sé que quiero superar la idea de que «la verdadera catástrofe, en un país como México o como Cuba, sobreviene con la contingencia árida de la normalidad, donde las personas ocupan sus puestos, y se protege tras la burocracia, o un sobre coraje que es otra forma de cobardía, el ahorro, la carrera despiadada hacia el máximo puesto en la cadena alimenticia».

Cuando murió Fidel, por ejemplo, vi a un sujeto. El hecho es que este sujeto había hecho su casa completa robándole al Estado: conectar la reproductora de su carro estatal y poner a todo volumen el concepto de Revolución, una vez tras otra, y otra. Puedo dar testimonio que no estaba bien este sujeto. Quiero decir que verdaderamente ese sujeto sufría. Uno lo veía flamear con sinceridad como si atravesara un campo de marabú. Y acoto que en algún momento me sentí un idiota al observarlo con cinismo, o como paradoja, o como chiste de sí mismo, porque no era tal paradoja ni tal chiste. Ese sujeto sufría. Sufría por amor.

Luego del concepto de Revolución enganchaba la canción de Raúl Torres sobre el caballo, y así dale que dale, se zarandeaba, purgaba algo hermoso dentro de sí. Me pregunto si de pronto el concepto de Revolución, acrecentado por la pérdida del Padre, lo juzgaba, daba en el blanco, me pregunto si hubo un terremoto dentro de sí, y se vio solo, sin Padre y sin libro, porque había violado ese Libro y defraudado a ese Padre, y se aferró a ese Padre y su Libro nuevamente, y se aferró a ese testimonio sagrado, buscando certezas.

Algún día le preguntaré si la pérdida del Padre fue un parteaguas para él, y si nunca más robó. Y si después de eso fue mejor persona. Y me pregunto si después de este terremoto México será un mejor país, un país sin pistoleros, porque me digo que Cuba sí que no será un mejor país después de este huracán porque un huracán no es lo mismo, desgraciadamente, que un terremoto.

¿Cómo pervierten las instituciones, políticas, o del crimen, la integridad de las unidades familiares, vecinales o nacionales, en tiempos de paz? ¿Cómo el individuo deja que el Estado lo sodomice, pervirtiéndolo? ¿Qué fisuras posee él, y eso ya no es inherente a la mexicanidad ni a la cubanidad, que el Estado decodifica y potencia a su favor? ¿El Estado no será un rey desnudo? ¿Una de estas fisuras será su debilidad ante el drama? ¿La dramatización? ¿Qué función tiene la dramatización, el pathos, o sea, la emoción, en la construcción de certezas?

Me pregunto todo esto de la dramatización, porque vuelvo al principio, no me la creo. Me quedaré sin techo de nuevo cuando entre otro huracán a Santiago de Cuba. Y entonces tendré que ver cómo llega toda esa gente en paracaídas, igual que en Apocalipsis Now, tocando su música, que no es la mía, algunos de ellos niños bien, con cámaras Canon, y compondrán canciones, y contarán historias fáciles al estilo Santiago llora, o Yo soy Santiago. Y saldrá de un matojo otro niño envuelto en una bandera cubana o sosteniendo un busto de Martí plástico, que alguien inmortalizará en una instantánea con lágrimas en los ojos.

Yo creo que uno, en ese momento, quiere estar jodido de verdad, uno quiere estar arrastrando a su mono negro. Uno quiere, ya que no hay plata, y estamos jodidos, que las cosas salgan del silencio y el mal humor y el malestar sin gloria que reina en la normalidad, que no es patriotero ni martiano ni exaltado. Yo preferiría, de principio, que esos convoyes vinieran con unos tipos trepados diciéndote «¡¡¡¡Cacho de mojones perezosos en bermudas hawianas, rentistas y remesistas de la patria, qué han hecho todo este tiempo para todavía tener techos de zinc, ¿no les da vergüenza?!!!!».

Ese podría ser un buen cierre, pero tengo que decir aún por qué es altamente necesario que el hombre no vea venir nunca un terremoto. Y es porque los terremotos nos ponen en jaque. Será nuestra perdición verlos venir, tanto como encontrar la cura del cáncer. Porque, mira, no habrá otra cosa que nos ponga ante nuestro límite. Es como que Víctor Mesa comience a ganar todos los años y América comience a crecer de verdad con Trump. Nada nos colocará ante tal posición de humildad ontológica, nada realmente «nos moverá el piso». Creo con todos mis cohetes apuntando hacia el sol que esa posición de humildad ontológica que nos regalan los terremotos será la que nos salvará. Solo una cosa así nos dirá: «No hay libro, no hay emoción, no hay banderas, y lo que hay, si hay algo, es este… mira pacá, mira… este puñado de tierra».