el mundo de putin

A inicios del verano pasado, Moscú estaba llena de huecos. En todas partes, calles rotas, desvíos para peatones, edificios cubiertos, andamios, grúas, polvo. En la Tverskaya. En la Arbatskaya. En la Mokhovaya. En la Moskvoretskaya, y en el apretado anillo del Kremlin.  En la Biblioteca Lenin. En el Museo Politécnico. En ITAR TASS. En el Museo de Historia Contemporánea. En el Museo Mayakovsky. Como todas las ciudades que padecen un largo y abultado invierno, Moscú debe aprovechar los cortos meses de verano para reparar calles y edificios, pintar, limpiar, y plantar árboles y flores. La alcaldía de la ciudad emprendió en el 2014 un vasto programa de renovación urbana llamado “Mi Calle”, tan abarcador y costoso que solo la reconstrucción emprendida después de la Segunda Guerra Mundial lo supera en escala. Las obras deben concluir antes de la inauguración de la Copa del Mundo de Fútbol, el 14 de junio del 2018, en el estadio Luzhnikí, el mismo que hospedó, hace muchos siglos, los Juegos de la XXII Olimpiada, aquella que abrió Leonid Brezhnev y cerró, yéndose al cielo soviético, el Oso Misha.

Los moscovitas parecían resignados a los inconvenientes prácticos de la renovación de su ciudad. Afortunadamente, llovía todas las tardes, y la lluvia se llevaba el polvo y el malhumor. La lluvia, jovial, fría, interminable, caía sobre el Mausoleo de Lenin y sobre las robustas cúpulas doradas de la Catedral de la Dormición. Caía, enérgicamente, sobre la estatua de Pushkin, junta a la cual Feodor Dostoievsky proclamó en 1880 que el destino de Rusia era “pan-Europeo y universal”, y que sería alcanzado no “por la espada, sino por la fuerza de nuestra hermandad y nuestra fraternal aspiración de unir a la humanidad”. Caía, como un aplauso, sobre las tumbas de Chejov, Einsenstein, Bulgakov y Ulanova en Novodevichy. Caía, con proletaria ferocidad, sobre el domo de cristal con filigranas Art Nouveau del Hotel Metropol, en cuyo Gran Salón Feodor Chaliapin una vez cantó subido a una mesa, y pasó luego su sombrero recogiendo dinero para los trabajadores revolucionarios, donde Lenin y Trotsky pronunciaron discursos anunciando el nacimiento de de una nueva Rusia, y donde José Raúl Capablanca y Emanuel Lasker hicieron tablas en la primera partida del torneo internacional de 1925, frente a un público rematadamente plebeyo que aplaudía cada jugada, por insignificante que fuera, y tuvo que ser llamado al orden por los organizadores. La lluvia caía, como una lúgubre premonición, en el gran balcón circular del palacio Spaso, la residencia del Embajador norteamericano, John F. Teft, quien el 4 de julio, durante la habitual recepción por el día nacional de los Estados Unidos, se había referido a las próximas elecciones en su país como un ejemplo de “renovación de la democracia” y había recordado a sus huéspedes aquella línea soberbia de la Declaración de Independencia que celebra como derechos inalienables de los hombres “la Vida, la Libertad, y la búsqueda de la Felicidad”. En la recepción actuó un grupo musical de Miami, Migguel Anggelo and the Immigrants, y fue servida comida griega y cubana.

A pesar de la lluvia, y de las molestias provocadas por las obras públicas, los moscovitas pasaron apaciblemente el verano. En la Plaza Roja, parejas de novios alborozados, ellas de blanco imperial, ellos de Armani, posaban delante de la Catedral de San Basilio o de la Torre Spasskaya, cuyo laborioso carillón ya había empezado a contar los minutos que le quedaban a cada uno de esos relucientes matrimonios antes de la infelicidad, el adulterio y el divorcio. En Gorky Park crecían, impetuosamente, un millón de flores y un millón de muchachos intocados por el comunismo científico, ciudadanos de Twitter. No había muchos visitantes examinando los íconos de Andrei Rubliov en la Galería Tretyakov, pero un avispero de turistas trataba de filmar cada cambio de la guardia junto a la llama presuntamente eterna del Soldado Desconocido Soviético en la Muralla del Kremlin. Los bares y restaurantes de Kustnetsky Most, del callejón Kamergersky, de la Nikolskaya, estaban llenos de una fragante multitud de rusos y extranjeros. El Teatro Bolshoi había colocado fuera una pantalla gigante para que los espectadores que no habían conseguido entradas, o no habían podido o querido pagarlas, pudieran presenciar desde la plaza la función de “La Novia del Zar”, de Rimsky Korsakov, quizás tomándose un helado o una cerveza Baltika. En el rol de Marfa, Kristina Mkhitaryan, una beldad, cantaba:

En tierras remotas, en el extranjero,
es el cielo igual que aquí?

Lo más notable en Moscú, diría un visitante, era su disciplinada normalidad. Nada hacía que Moscú pareciera distinta de cualquier otra ciudad europea, Copenhague, Viena, Varsovia, igualadas por los sabores, los colores y los títulos de la globalización, Mercedes, Heineken, McDonald’s, Chanel. Los moscovitas más afortunados habían partido hacia Londres, París, o el Mediterráneo. El residente más notable de la ciudad, sin embargo, aún no había partido a sus vacaciones, aunque nadie sabía muy bien dónde estaba. Vladimir Putin había cancelado tres viajes programados desde mucho antes, dos, largos y pesados, a Siberia, y uno a la vecina Novgorod, a unos 500 kilómetros de Moscú, un viaje que un dimitri o iván cualquiera haría en su Lada en seis horas, pero que el Presidente de Rusia, en un helicóptero, habría podido hacer en nada. Los corresponsales extranjeros bisbiseaban, “Está enfermo”, “Un infarto”, “Golpe”. Cada desaparición de Putin provoca exageradas especulaciones sobre su salud o su poder, aunque el presidente, un musculoso sesentón, parece estar perfectamente sano, y tampoco hay ningún general en Rusia que se atreva a levantarle la voz, ya no se diga echarlo de su trono.

A inicios de julio del 2016, Putin estaba, probablemente, muy ocupado. Tres semanas antes, el 17 de junio, en el Foro Económico de San Petersburgo, el presidente había criticado, severamente, la intención de Estados Unidos de construir un sistema de defensa antimisiles que podría volver irrelevante el arsenal nuclear ruso. “¿Cómo es que ustedes no entienden que el mundo está siendo arrastrado en una dirección irreversible?”, le preguntó Putin a la prensa extranjera, la voz raspada por la cólera. Pero desde aquel discurso en San Petersburgo, algo fundamental había cambiado, y Putin había visto su oportunidad de revertir la dirección del mundo. El 23 de junio, el Reino Unido había votado a favor de dejar la Unión Europea, que había quedado, era natural que los rusos así lo creyeran, herida de muerte. Aún más importante, Donald Trump, que había asegurado la nominación republicana para la presidencia el mes anterior, estaba en todas las encuestas sorprendentemente cerca de Hillary Clinton, la favorita, a solo seis o siete puntos porcentuales de ella, cuando, considerando la diferencia en experiencia, programa y modales entre ambos, la candidata demócrata debería tener cien millas de ventaja. El 1 de julio, el promedio de las encuestas computadas por RealClearPolitics mostraba una diferencia de menos de cinco puntos entre los dos candidatos. Putin seguramente calculó que las encuestas de la campaña presidencial norteamericana ocultaban la virulencia del resentimiento popular contra la clase política de Washington, como las encuestas en el Reino Unido no habían registrado cuánto, y cuán apasionadamente, detestaban los británicos a la Unión Europea y a su propio primer ministro, David Cameron. Si un idiota como Trump estaba en julio a solo cinco puntos de Clinton, quién podría asegurar que no estaría dos puntos por encima en noviembre. Un relámpago de incrédula felicidad iluminó el rostro de Putin en el momento en que adivinó que Donald Trump se convertiría en Presidente de los Estados Unidos.

El sitio más tranquilo de Moscú en el verano del 2016 era, en apariencia, el edificio del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, o FSB.  Es el mismo edificio amarillo, en la plaza Lubyanka, a diez minutos de camino del Kremlin, que ocuparon antes la Cheka leninista, el NKVD de Stalin, y luego, hasta la capitulación de Mijaíl Gorbachov ante Boris Eltsin en 1991, la KGB.  Allí fueron ejecutados Grigori Zinoviev y Lev Kamenev el 25 de agosto de 1936, y muchos cientos más, antes y después de esa fecha. A través de la ventana de su celda en la prisión de la Lubyanka, un oficial de artillería de veintiséis años llamado Alexander Solzhenitsyn, que había sido condecorado con la Orden de la Estrella Roja el año anterior por el valor mostrado en el frente bielorruso, observó los fuegos artificiales en celebración de la victoria soviética sobre Alemania, el 9 de mayo de 1945. “Esa victoria no es nuestra”, escribiría el prisionero. Desde una oficina del tercer piso, Lavrenti Beria aterrorizó durante quince tenebrosos años a 170 millones de ciudadanos de la URSS, hasta que a él también le llegó la hora de morir, de un tiro en la frente. Quizás fue allí donde se tramó el asesinato de Boris Nemtsov, el ex vice primer ministro convertido en irritante crítico de Putin y de su intromisión en Ucrania, que fue baleado por la espalda el 27 de febrero de 2015 a solo unos pasos del Kremlin. En el centro de la plaza, directamente frente a la oficina de Beria, que más tarde ocupó el relativamente menos sanguinario Yuri Andropov, solía estar la estatua del fundador de la Cheka, Felix Dzherzhinsky, con ojos y corazón de bronce. La estatua fue retirada de la Lubyanka en 1991, y llevada, ignominiosamente, al Parque de los Monumentos Caídos, junto a otras estatuas de gerifaltes soviéticos, y de Marx y Engels. Los moscovitas saben muy bien qué horrendos crímenes se cometieron en ese estupendo edificio, construido inicialmente para servir de sede de una compañía de seguros, no de matadero. Pero los visitantes que sepan poco de la historia rusa podrían pasar junto a él, y entrar al edificio contiguo, la inofensiva Tienda Central para Niños, sin enterarse de que es allí, en la sede del FSB, no en el Kremlin, donde se gobierna Rusia. Después de todo, Putin mismo es un hombre de la Lubyanka, ex agente de la KGB, ex director del FSB.

Fue en el triángulo formado por la sede del FSB en la Lubyanka, la del Departamento Central de Inteligencia, GRU, en Khodynke, en el noroeste de Moscú, y la del Servicio de Inteligencia Extranjera, SVR, en Yasenevo, al sur, donde Putin y un resoluto ejército de espías, analistas, hackers y asesinos planearon audazmente en el verano del 2016 la victoria de Donald Trump. Por supuesto, no fue la intervención rusa en la campaña electoral norteamericana, la filtración de documentos confidenciales del Comité Nacional Demócrata y del círculo de confidentes y asesores de Clinton, la que dio la victoria a Trump, que debe ser categóricamente atribuida a la malicia, el egoísmo, la estupidez, la tozuda irresponsabilidad y la letal ignorancia de 62,985,106 ciudadanos norteamericanos, pero Putin y sus espías ayudaron a destruir irreparablemente la reputación y la credibilidad de la ex Secretaria de Estado, o al menos eso concluyeron la Administración Obama y sus agencias de inteligencia. El 14 de junio, tres días antes de que Putin alertara en San Petersburgo del peligro de una nueva guerra mundial, The Washington Post reportó que hackers del gobierno ruso habían accedido a los archivos electrónicos del Comité Nacional Demócrata, que guardaba toda la información confidencial sobre Trump que sus rivales habían conseguido acumular. El 22 de julio, Wikileaks publicó 19,252 emails y otros 8,034 documentos de la dirección demócrata. Ese mismo día, Paul Krugman, en The New York Times, llamó a Trump “el candidato siberiano”, que, de llegar a ser presidente, “adoptaría una política exterior favorable a Putin, en detrimento de los intereses de Estados Unidos y sus aliados”.

La interferencia rusa en la elección presidencial, y los vínculos de la campaña republicana, y más tarde, de la esperpéntica Administración Trump, con Putin y su corte, han provocado en los Estados Unidos una perniciosa crisis política que ha desestabilizado al nuevo gobierno y ha comprometido su legitimidad. El secretario de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn, fue forzado a renunciar cuando se supo que había discutido con los rusos el posible levantamiento de las sanciones impuestas contra Moscú por la Administración Obama tras la ocupación de Crimea y la intervención del Kremlin en la guerra civil ucraniana, y luego había mentido sobre ello. El Fiscal General, Jeff Sessions, que no ha tenido tiempo de colocar los retratos de su familia en su buró, ha tenido ya que recusarse de cualquier eventual investigación sobre el asunto, después de que The Washington Post revelara que el ex senador de Alabama había tenido contactos con el Embajador de Putin en Estados Unidos, Sergey Kislyak, que no había mencionado cuando le preguntaron, bajo juramento, en su sesión de confirmación en el Senado.  Los comités de inteligencia del Senado y de la Cámara de Representantes, han empezado a investigar, gruñonamente, los orígenes de un gobierno que no ha cumplido aún dos meses. Putin y sus espías no pueden creer qué bien ha salido todo. No han conseguido ninguna concesión o favor de Trump todavía, pero no la esperan. Mucho mejor para Rusia es ver al gobierno de los Estados Unidos en caos.

La Rusia de Putin es un frágil gigante, que Barack Obama una vez describió, devastadoramente, como una “potencia regional”.  Al denunciar la interferencia de Rusia en las elecciones de noviembre, Obama observó que Rusia era un país “más pequeño y más débil” que Estados Unidos, que no producía “nada que nadie quiera comprar, salvo petróleo y gas y armas”. La economía rusa es menor que la de Italia, y ha estado en recesión desde el 2014, principalmente por el desplome de los precios del petróleo. La expectativa de vida de un ruso nacido en 2015 era de 70.5 años, aproximadamente igual a la de un ciudadano de Bolivia o uno de Belice, 13 años menor que la de un japonés nacido al mismo tiempo. Casi 20 millones de rusos son contundentemente pobres, pero Rusia tiene el cuarto índice más alto de consumo de alcohol per capita en el mundo, detrás de sus antiguos camaradas Belarús, Moldavia y Lituania. En el 2017, el gobierno de Rusia gastará en su ejército 19 de cada 100 rublos que entren en sus arcas, y solo tres en su ya muy desarbolado sistema de salud pública, y la misma mísera cantidad en educación. La Rusia de Putin es el país más desigual del mundo, el 1% más rico controla el 74.5 de la riqueza, de acuerdo con Credit Suisse, expertos en desigualdad y ardientes promotores de ella. En particular, Putin y un círculo muy reducido de sus amigos y colaboradores son dueños de una fortuna más grande que la de todos los zares de Rusia juntos, la mayor parte de la cual está escondida en una intrincada red de sociedades, cuentas y fondos radicados en el extranjero, como revelaron los escandalosos Papeles de Panamá el año pasado. Más de cien deportistas rusos fueron excluidos de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro después de que saliera a la luz una conspiración, urdida por el FSB, para proteger a los atletas que consumían sustancias prohibidas por las federaciones internacionales, e intimidar a los inspectores que deberían haber denunciado a los infractores. La reputación internacional de Rusia, tras su intervención en Ucrania, Siria y las elecciones norteamericanas, ha quedado muy disminuida, salvo, curiosamente, entre los capitostes de la extrema derecha, que admiran el fiero, descarado autoritarismo de Putin, y los alcornoques de la extrema izquierda, que padecen de una incurable nostalgia por la Unión Soviética. El esplendor europeo de Moscú, sus sublimes palacios y museos, los galantes muchachos que descienden a Gorky Park todas las noches, ocultan la decadencia y paranoia de un país que se siente menospreciado, tratado sin respeto, rodeado de enemigos.

Qué le importa a Putin. Ya ha gobernado Rusia, impunemente, por diecisiete años, más tiempo que ningún otro hombre, salvo Stalin y Brezhnev, desde la abdicación de Nicolás II hace exactamente un siglo. Putin comprende, muy claramente, que Rusia no logrará alcanzar a Estados Unidos en poderío económico y militar, o influencia cultural, y que no lograría derrotarlo en una guerra no nuclear entre ambos, si eso fuera posible, pero puede en cambio destruir la pax americana, el sistema de relaciones internacionales fundado en la hegemonía de los Estados Unidos como única superpotencia, y contaminar las democracias occidentales con una rabiosa filosofía reaccionaria, anti liberal y anti intelectual, la de Marine Le Pen, la de Nigel Farage, la del holandés Wilders, la del italiano Salvini, la de Alternativa para Alemania. La de Trump. La cruel, infame victoria de Putin en Alepo, que cambia el curso de la interminable guerra civil en Siria y parece augurar el fin de la rebelión contra Bashar al Assad, es quizás la más importante, estratégicamente, que hayan conseguido las fuerzas armadas de Rusia desde la toma de Berlín, y quizás sea vista en el futuro como el momento en que Putin cambió el orden del mundo. La victoria de Alepo, que restablece a Rusia como una potencia global, al menos temporalmente, créalo Obama o no, ha sido muy oportuna para el Kremlin. Rusia y Putin se preparan para conmemorar en noviembre el centenario de la revolución bolchevique, un acontecimiento que todavía divide las opiniones de los rusos. Pero solo medio año después Rusia, unida, recibirá a Ronaldo y Messi, a Neymar y Bale, a Luis Suárez y Manuel Neuer, y Putin, magnánimo, le dará un mes de fútbol al mundo. Cientos de millones de televidentes alrededor del planeta verán imágenes de Moscú, resplandeciente en rojo no bolchevique sino neo-zarista. El FSB ha sido encargado de que el equipo ruso llegue al menos a cuartos de final.