‘Balance of Freedom’ / Ilustración Ramiro Zardoya / Peepchic

‘Balance of Freedom’ / Ilustración Ramiro Zardoya / Peepchic

El Gran Inquisidor, José Ramón Machado Ventura, dio un puñetazo en la mesa y carraspeó una abultada obscenidad. En la pantalla frente a él habían aparecido los rostros solemnes de tres personas de las que nunca había oído hablar, unos culicagados que CNN identificó como jóvenes profesores de Periodismo en la Universidad Central de Las Villas, entrevistados descaradamente en el Parque Vidal de Santa Clara. De acuerdo con Patrick Oppmann, el corresponsal de CNN en Cuba, de quien Machado Ventura ya se había quejado en varias ocasiones, los tres profesorcitos acababan de presentar su renuncia a las autoridades de la universidad, en protesta por la expulsión, unos días antes, de la estudiante Karla Pérez González, acusada de pertenecer a una organización dizque contrarrevolucionaria, Somos+, y de urdir un tenebroso plan para, una vez graduada, “actuar en la sociedad desde una posición contraria a la política de comunicación de los medios de nuestro país”. La decisión de expulsar a Pérez González la había aprobado el mismo Machado Ventura tras ser consultado por el Ministro de Educación Superior, su dócil tocayo, José Ramón Saborido. Al Gran Inquisidor no le había tomado más de dos minutos decidir que Pérez González debía ser echada de la universidad. No era Pérez González el primer estudiante que él expulsaba de una universidad, ni, si su buena salud duraba algunos años más, sería el último. Las universidades eran solo para los revolucionarios, no para gusanos, agentes de la CIA y traidores a la patria, y no se podía permitir que uno solo de esos repugnantes especímenes se colara en las aulas, y mucho menos en la carrera de Periodismo, reservada exclusivamente para los más leales, los más rigurosamente confiables, aquellos destinados a reportar, en notas rebosantes de gongorino entusiasmo, los recorridos que el Gran Inquisidor realiza por el país, por sus fábricas y granjas, y los consejos y gentiles reproches que ofrece a los funcionarios y empleados que encuentra en sus viajes. ¿Cómo se atrevían estos muchachitos a protestar, quién se creían ellos que eran? ¿Franceses?

A lo largo de una larga carrera política durante la cual el Gran Inquisidor ha defenestrado a tantos otros funcionarios públicos que ya ha perdido la cuenta, y ni siquiera los recuerda, ni una sola de sus víctimas se había atrevido a quejarse públicamente, en Cuba, y para más escarnio, frente a la televisión extranjera. En la pantalla, uno de los chiquillos, que quizás no se hubiera afeitado más de tres veces en toda su vida y aún así se atrevía a llamarse profesor, barboteó: “Nosotros somos revolucionarios, y amamos a esta Revolución, pero no podemos apoyar una decisión que le hace daño a la Revolución, que no ayuda a la Revolución, que va contra los principios humanistas de Fidel y el Che”.  Machado Ventura chilló otra elongada vulgaridad.  “El Che ni el Che… El Che los habría mandado a los tres, y a la otra chiquita, de cabeza al paredón”.  Oppmann, incrédulo, preguntó: “¿Han ustedes expresado estas opiniones a las autoridades de la universidad?”  Una muchacha, algo mayor que sus dos compañeros, su voz casi quebrada por el miedo, respondió: “Hemos tratado que nos oigan, que haya una rectificación, pero no nos han tomado en serio.  Y nosotros no podemos volver a pararnos en un aula, frente a nuestros estudiantes, hasta que esta decisión sea rectificada”.  El Gran Inquisidor había oído suficiente. “Llámame a Saborido, lo quiero aquí en media hora”, le gritó a su sufrido jefe de despacho. Había que actuar con rapidez, evitar que esos chiquitos siguieran dando entrevistas a la prensa extranjera, llamarlos, hacerlos entrar en razón, amenazarlos, forzarlos a retractarse. Hacerles entender que el daño a la Revolución se lo estaban haciendo ellos, y si no entendían algo tan prístinamente claro, seguírselo explicando hasta que lo entendieran, enredarlos en una serie infinita de reuniones, en la UJC, en el Partido, en el claustro de la universidad, hasta que Oppmann perdiera el interés en ellos, se dedicara a otro tema, y la Seguridad pudiera encargarse de determinar el futuro de los tres bocones.  Eso es, pensó Machado Ventura, en un mes nadie se va a acordar de esos comemierdas. El teléfono sonó en ese momento. “Ordene”, dijo el Gran Inquisidor, gravemente. “Ya me estoy ocupando de eso”.

Meses después, el Gran Inquisidor admitiría que en ese momento culminante, cuando Raúl Castro le ordenó que pusiera fin al desaguisado de la Universidad Central, él, Machado Ventura, Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba y Segundo Secretario del Comité Central del Partido Comunista, había cometido un bárbaro error. El plan que había preparado para lidiar con los tres revoltosos de Santa Clara, había sido un fiasco, y sus consecuencias eran devastadoras. En su defensa, el Gran Inquisidor alegaría que nadie, en su lugar, hubiera podido predecir que los tres profesores de la Universidad Central recibirían una pizca de solidaridad y apoyo de sus colegas, de sus estudiantes, o de ningún otro cubano. A Machado Ventura no le había pasado por la mente, ni siquiera brevemente, la posibilidad de que alguien arriesgara su pellejo para defender o ayudar a los protestones. Pero al día siguiente de la renuncia de los tres de Santa Clara, otros tres jóvenes profesores de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana los habían imitado, y aún peor, habían tenido la osadía de dar una conferencia de prensa en la casa de uno de ellos, a la que habían asistido, golosamente, casi todos los corresponsales extranjeros en La Habana. “No pertenecemos a ningún grupo, no somos contrarrevolucionarios”, se apresuró a declarar el cabecilla de la revuelta, “pero nuestra posición como profesores de Periodismo se ha hecho insostenible después de la expulsión de la estudiante Karla Pérez González”.  Un día más, y la protesta se había extendido furiosamente. Dos profesores de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de Camagüey habían renunciado, repitiendo casi palabra por palabra la declaración de sus colegas de La Habana, y uno más lo había hecho en la Universidad de Oriente. La noticia apareció en El País, en The Guardian, en The New York Times y en la BBC. El Gran Inquisidor soportó, estoicamente, un largo y fiero regaño de Raúl Castro, al final del cual el dueño de Cuba le ordenó poner fin a la debacle de inmediato con una medida “ejemplarizante”.  El profesor santiaguero fue arrestado por la Seguridad del Estado, y alegremente zarandeado durante un par de días de minuciosos interrogatorios.  A los de Camagüey se les propinó un glorioso “acto de repudio”, a los que asistieron mansamente sus respectivos vecinos y gente traída de nadie supo bien dónde. Pero una reunión decisiva con todos los estudiantes y profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana terminó en un catastrófico rifirrafe entre algunos estudiantes y el Rector, Gustavo Cobreiro. Al día siguiente, cuatro profesores más, entre ellos dos titulares, presentaron su renuncia.

Un grupo de escritores y artistas firmaron una carta pública a Raúl Castro pidiendo la readmisión de Pérez González en la Universidad Central, y que fueran reintegrados a sus puestos, sin veladas o abiertas represalias, los profesores que habían renunciado. Entre los firmantes, Silvio Rodríguez, Amaury Pérez, el dúo Buena Fe, Leonardo Padura y otros de inexpugnable reputación política. La carta de los intelectuales cubanos saltó a la portada de El País y de La Jornada, y pasó todo un día en los titulares de CNN y de Univisión. Rodríguez apareció en la BBC, donde describió la expulsión de Pérez González como un acto “torpe y obtuso”. La carta de los artistas, publicada en Facebook, fue leída y explosivamente “liked” por más de medio millón de personas en solo veinticuatro horas, y comenzó a recibir adicionales adhesiones. El Gran Inquisidor discutió con el Presidente de la Unión de Escritores y Artistas, Miguel Barnet, la posibilidad de publicar otra carta, que “respetuosamente” manifestara su desacuerdo con la de Rodríguez y sus acólitos, pero desistió cuando Barnet le hizo notar que corrían el riesgo de hacer muy notable la diferencia entre una pequeña colección geriátrica de glorias nacionales, y prácticamente todos los artistas medianamente populares del país, actores, músicos, pintores, reguetoneros. Después de una semana, Machado Ventura dio finalmente autorización a Granma para publicar una nota sobre la crisis. En el articulejo, publicado sin firma, Granma pedía confianza en las autoridades universitarias que habían examinado “con mucho rigor” la evidencia contra la estudiante expulsada, cuyo nombre no era mencionado en ninguna de las cuatro esquinas del texto. “La dirección de la Universidad Central tomó una decisión difícil, dolorosa, pero inevitable, en aras de preservar la integridad de la educación superior revolucionaria, que, debemos recordar, es una de las conquistas más preciadas de la Revolución”. El autor mencionaba, elípticamente, a “compañeros de intachable trayectoria revolucionaria que han manifestado su desacuerdo con esta medida usando canales y métodos que no son los más adecuados para expresar legítimas diferencias de criterio” y advertía que “el enemigo ha tratado de utilizar este incidente para sembrar la división en nuestras filas”, un propósito, Granma declaraba, esperanzado, “en el que fracasará”. Machado Ventura confesaría más tarde que el artículo de Granma había tenido como único propósito refutar las acusaciones de la prensa extranjera, que había notado que los medios cubanos no se habían dado por enterados de lo que estaba ocurriendo en su propio país, y no convencer a ninguno de los revoltosos de que se rindieran. “Ninguno de esos que protestaban leen Granma”.

En las Facultades de Periodismo y Comunicación Social, el conflicto había seguido enconándose. Los estudiantes de Periodismo de la Universidad Central decidieron, en una asamblea tormentosa, contundentemente desautorizada por la Federación Estudiantil Universitaria, boicotear clases y exámenes hasta que Pérez González fuera readmitida. El primer día, un miércoles lluvioso, casi tres de cada cuatro estudiantes faltaron a clases. El segundo día, un jueves radiante, solo se dio una clase, atendida por dos estudiantes a los que un terco profesor obligó a discutir el concepto de “culturas híbridas” de Néstor García Canclini y otras fruslerías. El viernes, no hubo clases, ninguna, en la Universidad Central, que fue tomada por la Seguridad del Estado. El lunes, la huelga se extendió por toda la Universidad de La Habana.  Al final del día, el Rector Cobreiro reportó al Gran Inquisidor que al menos 148 clases habían sido canceladas, y otras 78 habían seguido adelante con menos de la mitad de la matrícula. La mayoría de las clases canceladas correspondían a las carreras de Periodismo, Comunicación Social, Ciencias de la Información, Derecho, Historia, Historia del Arte, Letras, Sociología, Matemáticas y Ciencias de la Computación. El martes, hubo clases y exámenes cancelados en todas las universidades del país. La huelga universitaria saltó a la portada de The New York Times, que la describió como “el más abierto acto de desafío del pueblo cubano a su gobierno desde una breve revuelta callejera en La Habana en 1994”. Ese mismo día, en otra reunión conducida a gritos y manotazos, un grupo de periodistas villaclareños, la mayoría jóvenes, y algunos no tanto, del periódico Vanguardia, de la CMHW, de Telecubanacán y de un racimo de emisoras municipales, demandaron al Primer Secretario del Partido Comunista en la provincia, Julio Ramiro Lima Corzo, que se diera a la “población” detallada y precisa “información” sobre “los acontecimientos en la Universidad Central y en otros centros de educación superior del país”. Uno de los periodistas describió la nota de Granma como una “vergüenza” y un “insulto al pueblo”. Otro preguntó, en un rugido: “¿Cómo es posible que todo el mundo sepa lo que está pasando en Santa Clara, y que en esta misma ciudad los medios de difusión se comporten como si no estuviera pasando nada?” Ese mismo día, en La Habana, en una conferencia de prensa ofrecida por el Presidente de la FIFA, Gianni Infantino, de visita en Cuba por quién sabe qué misteriosas razones, un joven periodista del Noticiero Nacional Deportivo de la Televisión Cubana, cuando le llegó el turno de hacer su pregunta, espetó al visitante: “Usted le ha traído de regalo al Presidente Raúl Castro una camiseta con el número 9 del equipo FIFA.  ¿Cree usted que es apropiado hacer ese regalo a un gobernante que expulsa estudiantes de las universidades por razones políticas?” Durante diez segundos, nadie dijo nada, ni Infantino, ni sus acompañantes, ni los otros reporteros cubanos, ni los extranjeros, ni los agentes de la Seguridad del Estado disfrazados de funcionarios del INDER. La pregunta, los diez segundos de volcánico silencio, y la titubeante respuesta de Infantino llegaron a Youtube casi inmediatamente, y al día siguiente habían sido vistos ya por un millón de personas.

Raúl Castro capituló. El Gran Inquisidor despachó una comisión de profesores eméritos de la Universidad Central a entrevistarse con Pérez González, a la que ofrecieron un arreglo que describieron como prueba de “la generosidad de la Revolución”, la readmitirían en la carrera de Periodismo, o en cualquier otra que ella quisiera cursar, si se comprometía a no colaborar con Somos+, participar en acciones de ese grupo, o escribir para sus publicaciones, hasta después de graduarse. Con toda la paciencia que una niña de 18 años puede procurar en el momento en que su vida se está decidiendo, Karla Pérez González dejó hablar a los profesores. Y después, sonriendo levemente, les agradeció la visita, y les dijo: “No”. Esa tarde, le dio una entrevista en su casa a Oppmann, de CNN. Le dijo que había rechazado la oferta de la Universidad Central, pero que había pedido al gobierno cubano que readmitiera a todos los profesores que habían renunciado, y que no tomara represalias contra nadie. Que, a cambio, ella desistiría de apelar contra la decisión de la universidad. Oppmann preguntó: “Varias universidades en Estados Unidos, América Latina y Europa te han ofrecido becas para que continúes tus estudios.  ¿Qué vas a hacer?”  “Lo estoy pensando”, dijo Pérez González. “Pero si me voy, vuelvo”. A la semana siguiente, las clases se reanudaron en todas las universidades de Cuba, aunque nadie hubiera dicho que normalmente. La perniciosa normalidad de Cuba, finalmente, se había roto, y nadie nunca la podría restaurar. Dos de los profesores que habían renunciado se negaron a regresar, uno en Santa Clara y otro en La Habana, pero el resto volvió a sus aulas. Dos meses después, Granma anunció la sustitución del Ministro de Educación Superior, Saborido. En julio, tres meses exactos después de la expulsión de Pérez González de la Universidad Central, Raúl Castro le informó a Machado Ventura que había decidido pasar sus obligaciones como Gran Inquisidor de la Revolución a su propio hijo, Alejandro Castro Espín, pero que, para guardar las apariencias, no se haría pública su democión, y solo se anunciaría su retiro al año siguiente, cuando fuera dizque elegida una nueva Asamblea Nacional. “Te ha llegado la hora de descansar”, le dijo Raúl, sin una sola nota de afecto.

 

Aclaración, que estamos en tiempos de mucha confusión:  nada de esto ocurrió, por supuesto.  Ningún profesor de Periodismo, de ninguna facultad de ninguna universidad de Cuba, renunció a su puesto en solidaridad con la estudiante Karla Pérez González. Silvio Rodríguez y Amaury Pérez sí expresaron su consternación por ese abuso, pero escogieron hacerlo de una forma menos escandalosa que a través de una carta pública a Raúl Castro. A Karla no la defendieron centenares de estudiantes universitarios cubanos, sino, hasta donde se sabe, solo seis de sus condiscípulos, que se atrevieron a votar contra la decisión de expulsarla. De la injustificable afición de los Pérez González por el periodismo, y por ser expulsados de instituciones oficiales cubanas, podría hablarse otro día, pero es menester aclarar, no vaya a ser que se le pongan peor las cosas a Karla, que ella y yo no nos conocemos, no somos familia, hasta donde yo sé, y la azarosa combinación de los dos apellidos más plebeyos del español podría producir en el futuro aún más Pérez González que sean expulsados de, quién sabe, la revista Pionero o la Facultad de Periodismo de Ciego de Ávila, o incluso de sitios de menos alcurnia, sin que Karla ni yo seamos responsables de ello. Tampoco conozco, qué lástima, a Patrick Oppmann.