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Guantánamo se ha convertido en un género artístico.

¡También!

Un vertedero real y a la vez metafórico por el que se precipitan, en escasos kilómetros cuadrados, los vestigios del comunismo y una Base Naval de Estados Unidos con reminiscencias neocoloniales. El terrorismo islamista y las torturas de la democracia liberal. El premio Nobel de Literatura (que lo aloja en el discurso de Harold Pinter) y el León de Oro del Festival de cine de Berlín (que premia Camino a Guantánamo, de Michael Winterbottom y Mat Whitecross). El arte radical de Banksy (que lo coloca como parodia de Dysney World en su instalación Big Thunder Mountain Railroad) y el thriller de espías (con El afgano, de Frederick Forsyth o El prisionero de Guantánamo, de Dan Fesperman).

Una artista española -Alicia Framis- ha sugerido que la cárcel de Guantánamo se convierta en un museo…

Crítica y frivolidad, literatura e imagen, anidan en esa alcantarilla de la globalización.

Paradojas -y complicidades- de la cultura contemporánea: Al otro lado del mundo, en Abu Dabi, se trabaja a destajo para acercar la cultura de Occidente a los musulmanes. Así una franquicia del Louvre en la isla de Saadiyat, financiada por los árabes y diseñada por Jean Nouvel. El Emirato anda enfrascado además en otros museos: Guggenheim, marítimo, nacional…

Hacia Oriente se desplazarán Goya y Picasso; quién sabe si un Jeff Koons, un Hermann Nitsch, un Damien Hirst.

Pero en Guantánamo no ocurrirá nada parecido. Hacia esa zona del Caribe no viajarán Avicenas o Averroes, tampoco los esplendores de la poesía sufí. Mucho menos los artistas que hoy, contra viento y marea, han construido lo que Catherine David ha fijado como “representaciones árabes contemporáneas”. No hay, por allí, agasajo alguno que amortigüe el encontronazo. Sólo terroristas, cómplices de terroristas o inocentes sospechosos de serlo; siempre el Corán…

Alrededor, no faltan prisiones cubanas para cubanos, presos políticos incluidos, si bien esta cifra acostumbra a desaparecer en las fórmulas del arte global, acorralado entre su intención crítica y sus tareas evangelizadoras de otros intereses menos espirituales.

Buena parte de estos creadores lo ignora olímpicamente, pero a Guantánamo no le ha faltado pulsión global. Un cosmonauta guantanamero llegó a plantarse en la estratosfera durante los años de la Guerra Fría. Aunque quizá el punto más alto de su globalización -si esto pudiera compararse a mirar la tierra desde el Cosmos- tiene que ver con la música, y con esa pieza que hoy se repite hasta en los campos de fútbol de la liga española: la Guantanamera.

Más allá de Cuba, la hizo famosa Pete Seeger -quien, de paso, se benefició durante un tiempo de su copyright (izquierda y colonialismo no siempre resultan antagónicos)-, y ha sido repetida por todo tipo de intérpretes o estilos musicales. Tito Puente y Los Lobos, José Feliciano y Julio Iglesias, Los Olimareños y Celia Cruz, Pérez Prado y Joan Baez, The Weavers y Yellowman, Nana Mouskouri y Wyclef Jean…

Félix Savón, el boxeador amateur más premiado del mundo, es guantanamero.

Hubo un tiempo en que los músicos del exilio cubano tocaban “tierra cubana” dando un concierto en la Base. Es el caso de Celia Cruz, Gloria Estefan o Willy Chirino.

Resulta, sin embargo, que mientras más se escribe, se filma o se pinta sobre Guantánamo, más inútiles resultan las metáforas para entender cualquier cosa. Para saber, por ejemplo, algo de su historia cercana a la primera villa colonial o como provincia comunista.

La palabra “Guantánamo” es asimismo el topónimo de una degradación: base militar neocolonial, centro de retención de haitianos, cubanos o kosovares (según el conflicto del momento), cárcel donde se practica la tortura fuera del estado de derecho. Décadas como albergue de distintas cuarentenas geopolíticas.

Es curiosa, por otra parte, la contención con que ha sido tratado este asunto por parte del gobierno cubano, que no acostumbra a dejar pasar oportunidad para la diatriba con Estados Unidos. Tal vez no haya aquí mayor misterio. La presencia misma de la Base es un contrapeso idóneo para el régimen socialista, la parte maldita capaz de probar -a lo grande- que en democracia también se violan los derechos humanos.

En un rapto electoral, Barack Obama llegó a anunciar que su primera medida sería cerrar la cárcel de Guantánamo. No lo cumplió.

Este hubiera sido un paso notable para sacudir este multiorgasmo de la ignominia. Incluso debió ir más lejos y devolver la Base Naval a Cuba.

Al contrario de tiranías o movimientos terroristas, que suelen ser perdonados por el pasado -alguna injusticia seminal-, la democracia sólo es juzgada y condenada por el presente.

Un presidente con orígenes africanos, una biografía transcultural y entre cuyos nombres figura el de Hussein, tuvo en sus manos adelantar ese momento de la “página en blanco” o el “grado cero” desde los cuales resetear la historia.

 

(*) La primera versión de este artículo apareció en El País a propósito del primer juramento presidencial de Barack Obama en 2009. También está incluido en Cubantropía (Periférica), próximo libro que reúne 40 ensayos del autor alrededor de Cuba.