Kendrick Lamar / Foto: Supplied

Kendrick Lamar / Foto: Supplied

El profesor Edgar Lawrence Doctorow, respetado novelista, ensayista y editor neoyorkino, publicó hacia 1992 una colección de ensayos titulada “Jack London, Hemingway and the Constitution”. Sus editores británicos, tan elegantes, tuvieron la delicadeza de salvar un libro portentoso de semejante tosquedad y lo renombraron ateniéndose al método que usó el profesor para desentrañar las verdades elementales de su país: “Poets and Presidents”. Las claves de un pueblo tan grande y belicoso como Estados Unidos aparecen reveladas ahí, en la vida y obra de los hombres más importantes de toda sociedad, guiadas por la profunda erudición que caracterizó cada página por Doctorow escrita.

En el texto “El carácter de los presidentes”, se lee este fragmento: “Según sea el presidente que elegimos, así será el país que tendremos. Con cada nuevo presidente la nación se configura espiritualmente. Él es el artífice de nuestra maleable alma nacional. No solo propone las leyes sino la clase de ilegalidad que rige nuestra vida y provoca nuestras reacciones. Las personas que designa son hechas a su imagen y semejanza. La dificultad en que éstas se meten, y nos meten, es la dificultad que lo caracteriza a él. Por último, los medios de comunicación amplían su carácter hasta que abarca nuestro informe meteorológico moral.”

Si el profesor Doctorow no hubiese muerto, si el cáncer pulmonar no lo hubiese rematado en el verano de 2015, quizás ahora mismo leeríamos algún ensayo esclarecedor firmado por él acerca de este tema, y no este otro: escuálido y pretencioso. Siguiendo su método, tendría que disertar Edgar Lawrence acerca de Donald J. Trump, el magnate grotesco que se hizo presidente y ridiculizó, de paso, a los todopoderosos medios de comunicación. Tendría que exponer cuidadosamente cómo Estados Unidos, poco a poco, se va configurando en torno a su figura y sus mandatos provocan la furia y el desconcierto de todos los ciudadanos.

Y como se trata de tiempos bizarros, a la época del presidente díscolo le tocaría un poeta de nuevo tipo, un cronista escogido por el propio pueblo irritado y por los medios mortificados. Tendría entonces Doctorow que equiparar al presidente Trump con Kendrick Lamar, el rapero de treinta años natural de California, quien acaba de convertirse en el rey de la música popular en Estados Unidos y, acaso, en algo más.

Al día de hoy, Lamar ha ganado siete premios Grammy, llegando a ser nominado en 11 categorías en una sola noche, récord entre los raperos y segundo solamente de Michael Jackson (12 en 1984). Ha sido incluido en la lista de Time de los “100 Hombres más Influyentes” y la Billboard lo consideró entre los “10 Mejores Raperos de Todos los Tiempos”. Su más reciente álbum, DAMN., encabezó también la lista de “Billboard 200” en Estados Unidos y su single HUMBLE. estuvo 15 semanas dentro del Top 10, incluyendo el mismísimo número uno.

Cabe preguntarse: ¿Quién es Kendrick Lamar? ¿Cómo ha hecho para convertirse en una sensación de la música popular haciendo rap?

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No es insólito que un rapero protagonice el número uno en los charts de Billboard, pero sí que lo haga uno de la talla de Lamar, ya que, en principio, las bases del rap como música se encuentran al otro lado de la laguna con respecto al pop.

Debemos recordar que se trata de la manifestación musical de la cultura Hip-Hop, cuyos inicios están bien delimitados en la mitad del pasado siglo, pero sus raíces se extienden hasta los tiempos de la esclavitud. Desde el Góspel, un género que proviene de aquellos negros africanos cantando los himnos bíblicos de sus patrones en un inglés de lentas vocales, pasando por los caminos solitarios del sur donde nació el Blues sin que nadie sepa bien cómo, hasta llegar a la explosión del Jazz y el Funk como expresión máxima de una mezcla que siempre llevó la marca fea de la segregación. El rap tiene de todo aquello: improvisación, ritmo, narrativa, dolor, fe.

Los discos de Kendrick Lamar trascienden lo musical y se apoderan de esa herencia cultural en virtud de una estética innovadora, siempre bajo el sello de la ciudad de Compton, en el condado de Los Ángeles. Poco más de 26 kilómetros cuadrados repartidos en un área metropolitana donde se agolpan casi cien mil personas. Una caldera de delincuencia y pobreza, que registró en 2012, de acuerdo con datos del F.B.I divulgados por CityRating.com, un índice de crímenes violentos superior en un 221.7% a la media nacional. Según Neighborhood Scout, el estatus de seguridad de la ciudad es 15, siendo 100 el máximo posible.

Compton ha quedado reducida, como muchos otros guetos norteamericanos, al absurdo calificativo de “bastión de la cultura afroamericana”, representados a nivel nacional solo por los más exitosos raperos del Oeste (Dr. Dre, N.W.A., Ice Cube, The Game) o algún que otro atleta de éxito (Venus y Serena Williams), ídolos de una comunidad que agoniza entre la violencia y los estupefacientes.

Allá, en la ardiente “Hub City”, cuando era uno más en la escuela pública, el pequeño Kendrick Lamar Duckworth siempre se enfrentó a una encrucijada: sabía la respuesta más difícil de la clase de Matemática, pero no alzaba su mano y respondía: tenía miedo. Luego algún otro chiquillo se atrevía y, en efecto, aquella era su respuesta. La historia denota la clase de persona que es, un tipo normalmente callado.

Quizás de tantas y tantas respuestas atragantadas estaba hecho el freestyle que lo llevó a ingresar a Top Dawg Entertainment (TDE), el sello musical que lo representa. La primera vez que estuvo de pie frente a Anthony “Top Dawg” Tiffith, jefe de la empresa, el jovencito de 16 años rapeó sin parar “cerca de una hora”, hasta que el productor de artistas como “The Game” o “Juvenile” estuvo satisfecho, consciente de que había encontrado oro. Por aquel entonces Lamar se hacía llamar K-Dot, con la desconfianza típica del novato que busca en el seudónimo la coraza que su solo nombre, al parecer, no le brinda.

En los años siguientes, el cada vez menos tímido K-Dot estrenó un par de mixtapes, en cuyos títulos, a la luz de hoy, relucía algún indicio de esa iconoclasia que lo distingue: Training day (2005) y C4 (2009), este último bajo la tutela del fantástico Lil Wayne, a quien Lamar todavía reconoce como uno de sus ídolos.

En una entrevista con Mark Seliger para la revista Rolling Stone, Lamar asegura que luego de la salida de C4, notó que había encontrado su estilo. Fue entonces cuando decidió abandonar el seudónimo y presentarse con su verdadero nombre, “porque nadie puede contar mi historia como lo hago yo”. Nacía así una estrella, a quien los más respetados exponentes reconocían como un talento bestial y un corazón indomable.

En efecto, su rap comienza a desplegarse por todo Los Ángeles con rapidez y esa fama le gana la posibilidad de participar en pequeñas apariciones junto a consagrados como “The Game”. En 2010, lanza el mixtape Overly Dedicated, dentro del cual destacó el tema “Ignorance is a bliss”, una crónica del gangsta-rap y el crimen callejero. Como el rap en Los Ángeles es causa común, la canción llegó a oídos de Paul Rosenberg, mánager de EMINEM, quien no tuvo reparos en mostrársela personalmente al hombre clave del Hip-Hop en la Costa Oeste: Andre Romelle Young, más conocido como Dr. Dre.

Lo próximo que sabemos es que las cámaras de los paparazzi sorprenden a Lamar sentado a su lado en primera fila del Staples Center durante un juego de los Lakers. Un rito iniciático en los círculos del espectáculo en California. En 2012 firma contrato con el sello de Dre, el legendario Aftermath Entertainment y con los gigantescos Interscope Records, sumando también a su sello TDE al acuerdo.

Había encontrado una voz y una historia que contar y estaba en el lugar adecuado para hacerlo. Su debut internacional, “good kid, m.A.A.d city”, contiene precisamente lo que presagia su inusual título: las historias de un muchachito tímido, cuyo padre Kenny Lamar, fuera miembro de la banda callejera Street Disciples, sobrino de 11 tíos, con más de 30 primos, creciendo en la garganta feroz de Compton.

“Allí estoy yo, con seis años, viendo a mis tíos jugando con escopetas de cartucho, vendiendo drogas afuera de mi apartamento”, comenta el MC en una entrevista con Rebbeca Haitcoat, una de las periodistas más respetadas por los miembros de la cultura Hip-hop en la Costa Oeste. La historia, como sabemos, no es nueva. Pero el despliegue poético de Kendrick, ayudado de lo que Haitcoat describiría como “una voz que suena como si acabase de inhalar grandes bocanadas de humo”, llamó la atención del gran público.

El disco vendió más de 240 mil copias en su primera semana, debutando segundo en Estados Unidos. Fue incluido en la lista “The 100 Best Debut Albums of All Time” por la Rolling Stone. Para mediados de 2013, ya su nombre y su música habían llegado hasta el estelar de NBC, “Saturday Night Live” y al “Late Show with David Letterman”. Nueve meses después de su salida al mercado, la “Recording Industry Association of America” lo certificó como Disco de Platino por el total de sus ventas.

Cuál sería su fama, cuando en septiembre del mismo año, la superestrella Kanye West anunció a Lamar como su acompañante en la primera gira después de cinco años: The Yeezus Tour. El tímido K-Dot ganó cinco premios en los BET Hip Hop Awards, incluyendo “Album del año” y el prestigioso “Lyricist of the Year”, el “Balón de Oro” de los raperos. Un mes más tarde, ocupaba la portada de la revista GQ, en su edición dedicada a los “Hombres del Año”, con un perfil en páginas centrales donde se presentaba ante el mundo el poeta callejero que sacudió al país más poderoso del planeta.

El éxito de Kendrick Lamar, contrario a lo que creyeron en la jefatura de Warner Bros., no haría otra cosa que multiplicarse. Pero para ello fueron necesarios un gran fracaso profesional y un viaje a la madre patria de todos los negros norteamericanos.

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Unos días antes de noquear a George Foreman y retener su puesto de Campeón Mundial de los Pesos Pesados, Muhammad Ali comentó a un periodista amigo suyo cómo sentía fluir dentro de su cuerpo la energía vital de su “hogar ancestral”. Se refería al suelo de África, en donde tuvo lugar la famosa “Rumble in the Jungle”. Históricamente, viajar hasta el Continente Negro representa más que una misión simbólica para los negros del resto del mundo: es una suerte de peregrinación del cuerpo y el alma.

Más de cuarenta años después, Kendrick Lamar, aspirante a poeta, niño prodigio del rap, sintió lo mismo desde que bajó del avión y pisó Johannesburgo.

En muy poco tiempo, pasó de ser un barriobajero de Compton a cantar en Radio City Hall o el Madison Square Garden; de asombrarse bajo los cocoteros de Beverly Hills a caminar por Londres o París. Al día de hoy, Lamar asegura que encuentra el mayor disfrute llevando a algún amigo del barrio que haya salido de prisión a que conozca Nueva York u otro país. Restaurar esa primera experiencia es esencial para él, reconocer en otro rostro la pureza de una emoción que ya nunca más podrá volver a sentir.

La espiral de fama en que se encontraba el jovencito había terminado por aturdirlo. Así lo confesó al comediante Dave Chappelle en Page Interview Magazine: «No sabía cómo digerirlo. (…) Fui a África y fue como “Esto es algo que puedo disfrutar y algo con lo cual retarme a mí mismo”». Poco tiempo antes, en febrero de 2014, Lamar recibió un fuerte batacazo luego de irse en blanco en la edición 56 de los Grammy a pesar de contar con siete nominaciones.

El respaldo de “good kid…” no había sido suficiente para convencer a la Academia, quienes usualmente desconfían del éxito popular: salvo alguna que otra pifia, premian solo a verdaderos artistas. Sentado en la celda donde Nelson Mandela consumió media vida, Kendrick asegura haber sentido como el espíritu de todos los negros calcinados en Robben Island le rogaban “toma un pedazo de esto y llévalo a tu comunidad”.

De regreso a casa, pasó más de un año construyendo su primera obra maestra, cuyo título no solamente lo ubica en el terreno de lo simbólico, sino que es a la vez una metáfora y un intento por elevar el rap hasta la excelencia poética: To Pimp a Butterfly. Un álbum que debutó en marzo de 2015 vendiendo 324 000 copias en una semana, pero que había anunciado su calibre con una joya llamada “i”, ganadora, en febrero de 2015, de dos premios Grammy: Best Rap Performance y Best Rap Song.

«Lo mejor que hice fue regresar a la ciudad de Compton, entrar en contacto con las personas con las que crecí y hacerles las historias de las personas que conocí alrededor del mundo. Hacer To Pimp a Butterfly fue como ir navegando en esas experiencias», confesó Lamar a su amigo Chappelle.

Es aquí donde comienza ese extraño fenómeno. La manera en que Lamar ha hecho llegar el rap al gran público: no abriéndolo hacia las playas de los demás géneros, antes bien, cerrándolo sobre su propia jungla, sobre sus formas más primitivas que son la narrativa y el respeto por la métrica y el ritmo acompasado, sin rebuscamientos ni fanfarrias. Con la urgencia de un nuevo discurso musical y filosófico, comprometido con su herencia cultural.

Este es un álbum donde la experimentación musical convive con la tradición, donde el bombeo constante de soul, jazz y funk es rigurosamente controlado por los bajos y los ritmos de la caja de drums Roland-TR 808, un clásico del Hip-hop. Y esta faceta revela los cuidados de Lamar como artista y su condición natural para la música toda. «Te digo algo», le dice el rapero a Mark Seliger en aquella conversación, «no puedes hacer este tipo de álbumes solo con el productor enviándote ritmos. Tienes que “ensuciarte” con ellos. Tienes que estar allí (…) Tienes que estudiar y aprender los recovecos. Yo estoy allí durante todo el proceso. Esa es una de las razones por las cuales logro formular esa cohesión.»

To Pimp… es un intento por llevar una cultura, la de la música y la lucha de los negros afroamericanos con sus disgustos y sus alegrías, a toda la nación. Visualmente (otra de las características esenciales de la estética en Lamar), la portada delata el objetivo: Kendrick, quien sostiene en brazos una niña que suponemos su sobrina, y un tremendo séquito de hombres sin camisa, amasando billetes y botellas a medio vaciar, posan para un retrato agresivo y feliz con la Casa Blanca de fondo.

Portada del disco To pimp a butterfly de Kendrick Lamar

Portada del disco To pimp a butterfly de Kendrick Lamar

En su contenido, el CD está compuesto por aquello que se encontró Lamar a su regreso a las calles de Compton, mezclado con sus experiencias alrededor del país y parte del mundo. Un relato marcado fuertemente por la atmósfera que se ha creado al interior de la nación alrededor del movimiento conocido como Black Lives Matter. Todo el que haya caminado por alguna ciudad de Estados Unidos conoce la forma que allí tiene el racismo: el pavor que unos pantalones anchos y un moño tupido de dreadlocks provocan en el resto de las personas.

Ese pesar ancestral que arrastra el país ha sufrido un pico en años recientes, luego de que en julio de 2013 un jurado mayoritariamente blanco absolviera a George Zimmerman del asesinato de Trayvon Martin. De eso bebe también el disco de Lamar, empeñado en demostrar que los negros siguen siendo una minoría y siguen siendo discriminados aun cuando los medios se nieguen a aceptarlo.

De ahí surge “Alright”, la canción que desde entonces se convirtió en un himno entonado en protestas del movimiento en cualquier parte del país. Un tema que acompaña la luz de las velas en Cleveland, en Washington, en Nueva York o en Philadelphia, cuando los afroamericanos han protestado, con mayor o menor disciplina, por sus derechos. Producida por el talentoso Pharrell Williams, el tema tiene un verso especialmente explícito, que levantó ampollas en los grandes medios: «Nigga, and we hate po-po (police)/Wanna kill us dead in the street fo sho´(for shure)».

Con un nuevo estilo más que con nuevo disco, Lamar regresó dos años después a recoger lo que había presagiado antes con la solitaria aparición de “i”: se llevó cinco premios Grammy en la edición de 2016, dominando, claro está, la categoría de Mejor Álbum de Rap. Allí mismo demostró que le había nacido un nuevo artista al país, valiente y sensible a la vez.

El gran descubrimiento que le dejó este álbum a Kendrick Lamar fue su verdadera voz y su espacio propio: la individualidad, un aspecto clave en la personalidad del norteamericano. Desde la postura de quien fue pobre alguna vez y afroamericano siempre, cantó los tiempos del odio y el sinsentido y le alcanzó la visión para profetizar la esperanza que tanto esperan los negros en Estados Unidos: “Nigga, we gon´be alright/ Nigga, we gon´be alright”.

Su tercer disco fue el golpe sobre la mesa, el reclamo necesario para este artista fenomenal, quien, increíblemente, aun tenía más que ofrecer.

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Mejor hablemos de DAMN. tal y como lo que es: las grandes obras de arte no merecen prólogos ni demoras.

Si “To Pimp a Butterfly” es el nacimiento de un artista cuyo compromiso social equipara su talento, su último álbum, DAMN., es la fórmula perfecta para que el Hip-hop llegue al gran público sin mancharse. Es el nivel superior. Una de las pocas y verdaderas obras maestras del rap. Además, debutó número uno en las listas de Billboard y se mantuvo varias semanas en el puesto, como mismo sucedió con ELEMENT., su primer sencillo.

«Es engañoso, porque puedes tener ese gran número uno» señala Lamar en Rolling Stone, «pero puedes tener tu integridad al mismo tiempo. (…) Llámalo como quieras. Mientras el artista se mantenga honesto con el oficio del hip-hop y su cultura, es lo que es.»

Parece fácil, pero no. La construcción musical de este álbum corrió a cargo de un grupo de artistas cercanos a la carrera y la persona de Kendrick Lamar, pues, a diferencia de “To Pimp…”, esta vez la narrativa y la reflexión partiría de sus propias vivencias y sensaciones. Si llegaba o no al gran público, era una duda constante.

Terrace Martin, uno de los productores, describió a The Fader, con una simpleza que asombra a quien haya escuchado las catorce canciones, cómo se plantearon el disco: «Volvimos a Section. 80 (primer proyecto de Lamar) y empezamos allí. Volvimos a las esencias (…) Samples, drums, un poco de vibra y Kendrick solo rapeando y escribiendo. Nos dijimos, solo volvamos al punto de dirección y encontremos un nuevo camino.» Tiene razón. Ningún milagro musical se esconde detrás de DAMN., excepto su sinceridad para con las esencias. A través de este nuevo poeta, el Hip-hop comprende al fin que existen oídos dispuestos más allá de los límites del gueto y que no tiene que profanar ni un ápice de sus fundamentos para llegar hasta ellos.

Pero corren tiempos en que la música vive un intenso amorío con la imagen. Hasta que ambos no decidan retomar sus caminos independientes, tendrá que hablarse de los clips como parte indisoluble de los álbumes y buscar allí las claves estéticas de sus autores.

Por ejemplo, en DNA., aparece el alter-ego que Lamar se ha creado para este disco, Kung Fu Kenny, “a fool, a savage, a king”, como él mismo lo describe en uno de sus temas. Resulta que el personaje es un tributo a aquel negro practicante de artes marciales que Don Cheadle interpreta, magistralmente como de costumbre, en la comedia Rush Hour 2, que en Cuba recordamos con cariño quienes crecimos con “Dojo en TV”. Y al mismo Cheadle convidaron para la realización de este clip, en donde encarna a un arrogante agente que comienza a interrogar a Kenny y termina rimando desesperadamente la caótica letra de DNA., embrujado por el poder del prisionero.

Es un video creado para ayudar a digerir una canción estremecedora, en cuyos versos frenéticos podemos escuchar una declaración de principios culturales de parte del autor:

I got, I got, I got, I got
Loyalty, got royalty inside my DNA
Cocaine quarter piece, got war and peace inside my DNA
I got, power, poison, pain and joy inside my DNA
I got hustle, thoug ambition, flow inside my DNA

La furia que mueve a DNA. son las declaraciones de Geraldo Rivera, de Fox News, luego de que Lamar cantara “Alright” en junio de 2015 en los BET Awards, trepado al techo de una patrulla y con la bandera de Estados Unidos ondeando a sus espaldas. “Es por esto que digo que el Hip-hop ha hecho más daño a los jóvenes afroamericanos que el racismo en los años recientes”. Este parlamento puede escucharse a mitad de canción, como preludio de la mejor parte.

Para el momento del segundo verso, Cheadle ya ha liberado a Kung Fu Kenny y este llega hasta una calle cualquiera en Compton, donde lo espera su séquito, “The Little Homies”, quienes lo acompañan en lo que es una de las cumbres de este álbum: todo un minuto en el cual el ritmo, literalmente, se subordina a los iracundos versos de Kendrick Lamar. Solo hay un momento comparable, donde música e imagen se emparejan perfectamente y es cuando Kenny y el agente poseído Cheadle entonan juntos la enumeración de lo que fue su vida: I know murder, conviction/ Burner, boosters, burglars, ballers, dead, redemption/ Scholars, fathers dead with kids.

Y si esta tremenda canción/video demuestra un Lamar histriónico, el clip correspondiente a ELEMENT. Lo revela como director, junto a su amigo Dave Free y el osado fotógrafo alemán Jonas Lindstroem. El video está basado en el trabajo del fotógrafo y activista afroamericano, Gordon Parks, cuyas instantáneas forman parte de la memoria histórica de los sesenta, esa época fatal para los negros norteamericanos.

Cassie da Costa celebró en The New Yorker los intentos de Lamar y sus “Little Homies” en la dirección de arte y la fotografía. «Con “ELEMENT.”, Lamar, Free y Linndstroem se desdoblan en esa cualidad de los mejores fotógrafos» apunta da Costa, «― desarrollan un lenguaje visual expresivo y sustancial que aplica la diestra maestría del rapero en la letra y la rima a las complejas, desafiantes imágenes que sus palabras profesan.».

El video es una oportunidad perfecta para conocer a Lamar tanto artística como físicamente por la proliferación de planos abiertos, picados y contrapicados. Es bajito y flaco, siempre con trenzas, a la manera clásica de Compton. Aunque se le ve con las extravagancias propias de un artista del rap, no pierde la ocasión de vestir sencillo, con colores enteros y hasta en chándal. Eso sí: tiene toneladas de lo que los anglosajones denominan swagger y nosotros, con igual acierto lingüístico, llamamos “aguaje”. En su joyería se adivina un apego a los clásicos: cadenas de plata y un piercing en la nariz que recuerda a su ídolo Pac.

A fin de cuentas, Kendrick Lamar se percató de que su universo era lo suficientemente rico para seducir al mundo entero y ahora, luego de que le fuera entregada la Llave de la Ciudad de Compton, está dispuesto a hacerlo todo por ella. Y así lo deja claro:

Thirty millions later, know the feds watchin
Auntie on my Telegram, like: “Be cautious!”
I be hangin´ out at Tam´s, I be on Stockton
I don´t do it for the ´Gram, I do it for Compton.

En DAMN. hay un afán narrativo, que abarca todo tipo de sujetos líricos. Se aprecia en el monólogo de LUST., que relata con deliberada redundancia el timeline del rapero exitoso y los distintos finales que su día, o ya puestos, su vida puede tener. O la insólita DUCKWORTH., donde se cuenta la historia de Anthony, el mayor de siete hermanos, respetado en todo Compton, quien se ve envuelto en una encrucijada que pudo llevar a la muerte a Ducky, “a light-skin nigga, that talked a lot, with a curly top and a gap in he´s theets”. Al final descubrimos que el primero no es más que Anthony “Top Dawg” Thifith, jefe del sello disquero de Lamar y Ducky es el padre del rapero. La historia es verdadera, y por ello no deja de ser menos simbólica y le sirve perfectamente a Kenny como metáfora de la vida.

Pero el mayor éxito del álbum, el verdadero hit de la colección es HUMBLE., cuya música, letra y vídeo resumen el ímpetu trazado por el otrora tímido K-Dot años atrás. El video, dirigido por el experimentado Dave Meyers, sorprende con un Lamar enfundado en un traje papal, de pie en medio del salón de una iglesia hasta donde llega un haz de luz. Esta imagen, profana y alegórica a la vez, delata las referencias bíblicas que son un motivo en las letras de este Kung Fu Kenny.

No en balde la revista Esquire le dedicó un artículo en donde resaltaban la aparición de la doctrina católica en las canciones de Lamar, recordando las innumerables referencias a Dios y la coincidencia de la salida del álbum con el Viernes Santo. En XXX. Lamar, a quien el periodista Irvin Weathersby llama “fogoso predicador”, incluye un fragmento de una charla sobre la violencia armada, a la manera de Saúl, quien fuera un asesino y luego un apasionado predicador de la misericordia de Dios.

El tema, cuya letra se desliza suavemente sobre unos siniestros acordes de piano y un compás clásico, es un tirón de orejas, un regaño. En él, Kendrick exhorta a deshacerse de todo aquello que sea falso y reemplazarlo por la espiritualidad y las vivencias más puras, aunque no sean hermosas ni complacientes. En un verso, refunfuña y exige:

I´m so fuckin tired of the Photoshop
Show me something natural like afro on Richard Pryor
Show me something natural like ass with some stretch marks

Meyers tuvo el acierto final de sentarlo a la mesa, en la posición de un Jesucristo del gueto, rodeado de discípulos incapaces de ver la realidad detrás de sus actos. Desde allí, Kendrick nos recuerda (se recuerda a sí mismo) la humildad, la faceta más olvidada del ser humano en estos días: “Bitch, be humble. Sit down.”

Es muy probable que DAMN. y su espléndido creador entren para siempre en la historia en febrero próximo, convirtiéndose en el disco y el rapero más galardonados de la música norteamericana. Un orgullo para el Hip-hop y un hito para los afroamericanos. Pero hay más.

Probablemente (y eso es culpa mía) ya usted haya olvidado el rol asignado en este pretencioso ensayo a Kendrick Lamar al principio del texto: el cantor de unos tiempos insensatos.

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Estados Unidos es un país de extrañas coincidencias. Lo sabía el profesor Doctorow, profundo lector de sus poetas y astuto conocedor de su historia.

El pasado 12 de agosto, un sábado, justo el día en que HUMBLE. cumplía su primera semana fuera del Top 10 de Billboard, luego de quince semanas de éxito total, la pequeña villa de Charlottesville, en Virginia, estremeció al país completo.

Repleto de un odio pavoroso, James Alex Fields Jr. arremetió a toda velocidad en su automóvil contra un grupo de manifestantes que intentaban detener los disturbios organizados por supremacistas blancos de la localidad. El motivo de la protesta, el motivo colateral digamos, más allá del racismo, fue la decisión de la alcaldía de retirar la estatua ecuestre que recuerda en la ciudad a Robert E. Lee, general confederado y connotado esclavista.

Hubo más de treinta heridos y una persona murió: Heather Heyer, irónicamente, una joven pecosa y pelirroja de 32 años, impactada directamente por Fields. La muerte de Heyer provocó que el gobernador de Virginia declarase el estado de emergencia en la ciudad y los motines fuesen detenidos por fuerzas especiales. El propio sábado en la tarde, el presidente Donald Trump, emitió una declaración en la cual se refirió a la “indignante muestra de odio, intolerancia y violencia en ambos bandos”, sin una sola alusión directa a los supremacistas, y entonces sí el suceso llenó todos los titulares del mundo. Los mencionó el lunes, empeorando el ridículo.

Par de semanas después, Kendrick Lamar protagonizó el opening de los MTV Video Music Awards, en los cuales resultó el gran ganador: 6 premios y 8 nominaciones. Simbólicamente enfundado en un traje escarlata, Lamar explotó como nunca su DNA. e invitó con HUMBLE., al tiempo que unos bailarines vestidos a la manera del Ku-Klux-Klan ardían en el fondo.

Es curioso que las cosas fuesen dispuestas de esa manera. Mientras HUMBLE. se aleja de los primeros lugares, el odio se hace presente una vez más. Hay una extraña energía oculta que se transmite: de Fox News a las rimas de Kendrick, de las rimas al pie de Fields en el acelerador y del pie, otra vez hasta el escenario de los MTV´s. Y en ello se esconde un despropósito.

Kendrick Lamar es un artista fenomenal: sensible, explícito, consecuente. Pero no es el Moisés de esta era. Su música, tristemente, no ha llevado a los afroamericanos a una mejor vida, especialmente porque no es su tarea. Su éxito está marcado por dos verdades: su talento descomunal y el deseo de los medios, humillados tras las elecciones, de alabar y respaldar a todo aquel dispuesto a desacreditar al nuevo gobierno.

Los hechos demuestran la posición convexa que el Hip-hop ocupa en el plano de la vida. Ha llegado DAMN., cuya experiencia completa de música, video y letras es uno de los puntos más altos de su historia, como correlato vital de una época díscola. Como un espejo perverso que se niega a reflejar otra realidad que la imagen rota del odio y la banalidad.

Aun así, si Kendrick Lamar, quien ha palpado la desgracia para luego contarla, no se rinde, tampoco deberíamos hacerlo nosotros: «I’m mothafuckin’ optimistic for sure. I wouldn’t be here if I wasn’t!»

Quizás tenga razón y, después de todo: “we gon´be alright”.