Raúl, habitante de Playa Baracoa, al oeste de La Habana

Raúl, habitante de Playa Baracoa, al oeste de La Habana

Como todos los días de su vida Raúl ha dormido desnudo, cuando la policía llegó a su casa el sábado en la noche, Raúl se encontraba en cueros.

La policía tocó una vez la puerta, tocó dos veces, tocó tres, y Raúl se asomó por detrás, medio asustado. Solo le dio tiempo a envolverse en una sábana blanca, y luego ya se encontraba sentado en la parte trasera de la patrulla local, y luego en un banco de la estación. Por irresponsable, claro.

Se preguntaba todo el tiempo, no obstante, cómo carajo no le dejaron ponerse algo. Ahora está, según me cuenta, en todas las grabaciones de otros muchachos que lo vieron salir envuelto en sábana y arrastrado por la policía, videos que luego han colgado en la red social Facebook.

En la estación estaban reunidos, como quien dice, todos los irresponsables de la pequeña localidad de Baracoa. Los que querían cuidar sus cosas para que el mar, que penetra muy fuerte por la costa de Baracoa, al oeste de La Habana, no se las arrebatara. Los viejos que no abandonan sus casas por nada de la vida. Los que odian el calor, el tumulto, el bullicio, y las bandejas de comida de los albergues colectivos. Y los confiados.

Ya lo habían anunciado en toda Cuba, incluso los irresponsables lo sabían: el ciclón Irma, que entraría con categoría cinco por el centro del país, y provocaría fuertes vientos, lluvias y penetración del mar de hasta 500 metros en toda la costa norte, en unas horas les estaría afectando.

Por tanto, la policía del poblado de Baracoa fue llevándose consigo a todo el irresponsable que ya en la noche no se había dispuesto a salir de su casa.

No cuenta cómo, pero Raúl se las agenció para largarse de la estación luego de que un amigo le alcanzara un poco de ropa. Y, bueno, esta es la historia: no sé si ustedes, quienes estén leyendo, conocen a alguien, pero este es el único hombre del cual he tenido noticias que pasó todas las horas del ciclón Irma caminando, como el hombre más solo de la Tierra, por la calle principal de su pueblo natal.

Ya cerca de la una de la mañana Raúl se encontraba yendo hacia su casa otra vez. Dice que no pasaba nada extraordinario, unos vientos, una llovizna. Ya más adelante, apenas podía ver, solo sentir que algo se caía, que alguna teja volaba, y que tenía que ponerse fuerte porque las olas y la lluvia fácilmente lo podían arrastrar a cualquier lado.

Algo sí sabía de antemano, desde antes que los demás habitantes de la playa Baracoa que estaban resguardados y seguros en albergues o casas de vecinos solícitos. Como conoce al dedillo el pueblo en que nació, y aunque el viento y la lluvia le golpearan la cara, y casi no pudiera ver, ya Raúl sabía lo que iba o no a dejar el ciclón Irma cuando amaneciera. Y cuando todos corrieran a ver dónde estaban sus casas y sus cosas, ya Raúl lo había visto espantosamente todo.

Si le pregunto cómo es un ciclón, cómo es caminar cuando todo está apagado por un pueblo del que todos se han ido, Raúl no sabe muy bien qué responder. Las olas más altas que ha visto en sus más de 50 años, el viento demasiado pesado, la lluvia doliéndole en su piel curtida del sol y del trabajo. Más nada que decir. Lo peor de todo, asegura, lo peor de todo, es la mañana siguiente, cuando el pueblo aparece hecho un desastre ante los ojos de los que nada vieron.

Cerca de las tres de la mañana, cuando llegó a su casa, la policía al sacarlo había dejado la puerta delantera completamente abierta. Muy irresponsable la policía. Perdió los zapatos nuevos, perdió el ventilador, su colchón completamente mojado, donde no podrá dormir en los siguientes días. Por si fuera poco, su casa inundada, una ventana rota y el agua más dentro que fuera. Tuvo que coger dos sillones, y la misma sábana del inicio, y arrinconarse en una esquina del portal, donde estuvo hasta que amaneció y comenzó a aparecer, muy alocada, la gente del lugar.

¿Que si tuvo miedo? No lo tuvo. Y le vuelvo a preguntar que si tuvo miedo y no lo tuvo. Pero quiero saber en verdad cómo se puede caminar cuando todos saben que hay un ciclón amenazando tu país. Hay que tener miedo a algo, a morirse, le digo. A no estar más.

Y no lo tuvo.