lectores el estornudo1

Quería un libro de Jeff Lindsay así que fui a comprarlo a un par de librerías en CUC, además de seguirle la pista por algunos puestos de segunda mano. No lo encontré. En las de CUC no lo tenían catalogado —quienes se encargan de las ediciones extranjeras que se venden en Cuba tienen ambos pies firmemente asentados en la tierra de los idiotas— y en las tiendas de uso ni siquiera lo conocían. En una me atendieron un par de tipos con cara de ser acólitos de una secta asesina de gatos callejeros. Desorientado, uno de ellos me sugirió comprar la última novela de un escritor cubano, nativo de Mantilla, que, según el asesino de gatos, había salido de la nada y ahora era leído hasta por presidentes. Esas fueron sus palabras exactas: que lo leían desde Raúl Castro o Dilma Rousseff hasta los reyes de España.

Padura es nuestro Forrest Gump.

Pero me desvío. ¿Era muy raro buscar un libro de Jeff Lindsay? No lo sé. Lindsay coleccionó miles de crímenes extraños, se casó con la sobrina de Ernest Hemingway y creó una suerte de culto/personaje llamado Dexter: un serial killer que caza criminales mientras lanza reflexiones sobre la vida, la muerte y el paisaje de Miami. “Todas las ciudades importantes tienen un lugar como este. Si un enano calvo en un estado avanzado de lepra quiere acostarse con un canguro y un coro de adolescentes […] alquilará una habitación. Cuando haya terminado, tal vez lleve a todo el grupo al bar del lado, a tomar una taza de café cubano […] A nadie le importará, siempre y cuando deje propina”, se lee en alguna página de El pasajero oscuro, texto que terminé consiguiendo on-line y que ahora leo entre asustado y divertido.

Pero ese no es el punto: el punto es ¿qué consumimos cuando consumimos bestsellers en Cuba? (El punto podría ser: ¿qué diablos conseguimos en Cuba?)

No lo sé. El oráculo no funciona. Pero hay librerías en La Habana donde los libros de pseudociencias —ufología, castrismo, esoterismo, manuales de autoayuda socialista— proliferan como tumores. Ya no son grimorios sobre la alquimia secreta del universo o manuscritos perdidos de la Biblia, sino consultorios estatales, recetas de cocina para federadas, cancioneros revolucionarios y biografías políticas. Se agotan, según afirma la prensa oficial, tal y como se agota el papel higiénico.

El supuesto éxito de ventas de Raúl Castro. Un hombre en Revolución, de Nikolai S. Leonov (nuestro Cincuenta sombras de Grey, solo que aquí los latigazos y las nalgadas están convertidos en cronologías, historias empalagosas de vida, y fotos familiares: hay una imagen que muestra a Raúl Castro en brazos de Fulgencio Batista, cuando apenas tenía siete años, que es tan desconcertante como la entrevista de J. J. Benítez a Jesucristo) terminó por confirmar el estado penoso de nuestro negocio literario.

Medio vivos y medio muertos, los cubanos evitamos estos supositorios ideológicos; estamos hartos de manuales sobre cómo sobrevivir en esa isla abstracta que nos venden como una especie de espejo, como si la escasez y desolación del náufrago no formaran parte consustancial de nuestro país donde lo único que se sostiene en pie es el tiempo detenido de nuestras propias vidas.

Estos días, mientras miro todos esos volúmenes sobre próceres locales, todo ese papel desperdiciado en la sección novedades, me siento como uno de los personajes de El péndulo de Foucault, de Umberto Eco. Ahí, unos cuantos filólogos se inventan una conspiración que los termina devorando porque hay una larga lista de lectores dispuestos a creer que es rigurosamente cierta. La explicación es, además de afectiva o biográfica, política: cuando ya no queda en qué creer, uno puede creer cualquier cosa. Con los sedicentes bestsellers cubanos pasa lo mismo: a lo mejor son una forma de la política insular del futuro, a lo mejor son mejores —o más inventivos— que toda la literatura cubana reciente, y más ficcionales. O más leídos. Pero ¿por quién?