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Dos de la tarde. Entre la población de la capital cubana, de ordinario enfrascada en comprar provisiones para cenas de fin de año, habría un centenar eufórico de adolescentes con ojivas de acnés y ríos de sudor invadiendo el patio de la Casa de la Obrapía.

Es sábado de diciembre y hacen unos veintinueve grados Celsius intempestivos.

Representantes del proyecto Habana Cosplay piden silencio al espesor que se apretuja contra las columnas coloniales, como una manta de hormonas que no cabe.

Corre la semana de la cultura japonesa.

Gritos púberes que continúan pulseando rabiosos. Todo el ambiente parece, a barrisco, rebotar en las paredes amarillas, echarse encima de uno, reconcentrarse u orbitar. El cielo amaneció con pedruscos grises que por momentos arrojaban su llovizna tímida y fría. Los vapores se desgajaban densos; los cuerpos los absorbían y evacuaban en círculos.

Dentro del bloque de groupies o fans entusiastas trasegando, abalanzándose, hay otros jóvenes, calculo, de más de veinte años, y yo siento sumergirse un estado de las cosas, quizás la pátina de las edades. Me traslado adelante, donde colocaron las banderas de Cuba y Japón juntas. Había disparado solo fotos pésimas, encuadres llenos de cabezas sin ningún valor periodístico.

En el vórtice, una muchachita delgada pide que callen, por favor, micrófono en mano, traje blanco, acampanado hacia abajo, como de quinceañeras, peluca de rubia, labios y párpados pintarrajeados de negro.

En un quiz de animación nipona recibiría una paliza brutal de mis oponentes, pienso mientras juego a identificar su personaje.

He aquí lo que conozco: La mayoría de los cosplayers del proyecto copian a protagonistas de manga o de anime, casi siempre interrelacionados.

Ya que no pertenezco a los imbuidos por el género, sufro la desventaja cultural de no distinguir buena parte de las referencias que capto.

A mi izquierda se abre paso el adolescente escuálido y pequeño a quien, en cambio, descubriría como uno de los ninjas de Naruto. Sin mayores precisiones. Traje fosco, sello con espiral en el centro de la cinta que le rodea el globo de la frente.

A la izquierda de él, más feligreses del bullicio ocupando un trecho.

A la izquierda del trecho, el pasillo libre por el que enfilarían los cosplayers, a ritmo teatral, a ritmo glorioso.

***

Los cosplayers aguardan en el rellano o acodados sobre el pasamanos de la escalera. Bordeo el corredor hasta cruzarlo en dirección a uno de ellos. Toco su hombro con el índice y se voltea lento. El pelo teñido de rojo; el tinte, ya fuera por agua o sudor, se había deslizado hasta manchar en gotas de sangre pálida el cuello de su camisa. Le pregunto quién organiza el proyecto.

—No pudo venir;la que dirige la actividad de hoy es aquella con disfraz de Alicia en el País de las Maravillas.— dice con voz falseada.

La muchacha de traje blanco como de quinceañeras, micrófono en mano, tiene sin embargo la voz natural.

A deshora una multitud se traga verbeneando el pasillo. Una señora de la Oficina del Historiador le exige en tono displicente que retroceda hacia el área del patio. El área del patio tiene un piso arenoso y desapacible. Y una desventaja profesional, desde ahí pierdo pormenores. Intento explicar, por consiguiente, la necesidad reporteril de mi acercamiento. La señora, intratable y retaca, no demuda, me ignora.

O me toma por otro seguidor del manga.

Si es que parezco uno de ellos.

Si es que ellos poseen una apariencia en particular.

Si es que los seguidores del manga merecen la displicencia de los que no lo son.

La señora uniformada es una máquina pétrea que repite cerca de diez veces que necesita el pasillo libre. Otras cinco, que los cosplayers están a punto de ponerse en marcha y les hace falta el área de inmediato.

***

Vi gente delgada en la Casa de la Obrapía. Gente muy delgada. Pero la vi sin caer de bruces en cuentas y figuraciones. Entre los cosplayers, la mayoría magra resalta probables actitudes: Mientras menos carnes, tejido adiposo o fibras y músculos, más semejanza con las figuras épicas de los cómics y las series animadas.

Vi gente delgada en la Casa de la Obrapía. Gente muy delgada. Escuálidos héroes en su gruesa tarde.

***

La Alicia en el País de las Maravillas presenta a los intérpretes leyendo listas en papel. Un par de niños, niños de verdad, hacen de personajes de One Piece. Otro conjunto, de Final Fantasy. Un tercero, de Fairy Tail. No solo han reproducido el vestuario y los peinados andróginos, sino también las catanas y espadas inverosímiles del tamaño de una persona adulta con madera y poliestireno.

El cerco de adolescencia aplaude, grita, hace videos, saca fotos.

Están algunos diciendo que Miku va a cantar. Ahorita. Más tarde. Miku, en un minuto aún ignoto, cantaría, y la gente pasa sobre la gente como tratándose de Taylor Swift rasgando la guitarra, o de Selena Gómez modelando en lencería. O mejor, como tratándose de Hayao Miyazaki en persona mostrando bocetos originales de Totoro. Miku va a cantar y es integrante del proyecto Vocaloid, que se había presentado con una coreografía robótica, desengrasada. Miku va a cantar. Peluca de azul verdoso, traje ceñido y falda corta al modo de las escolares de Sailor Moon. Botas que le cubren las rodillas.

Lleva bastón verde con la punta bifurcada igual que una letra Y.

Lleva brazales de tela y mantiene los brazos doblados igual que una letra L.

De esto último infiero que, en caso de distensión, los brazales caerían al suelo. Porque —sírvanos el dato o la reiteración— Miku luce muy delgada.

***

Miku es voz aguda y electrónica sobre background agudo y electrónico. Encima de los hombros de los varones, unas adolescentes aprecian las emulaciones de la cosplayer con más detalle y filman el instante. Miku no brilla, sus movimientos se suceden con desgano. Una pregunta a otra si esa voz que transmiten los altavoces es la de ella, la muchacha real. Sí, ajá, le contesta. Ambas dicen ay qué lindo y corean las letras. Muchos acompañan lo que entona Miku: Una canción chillona en japonés.

A poco el público efectuó los votos y esperó la premiación de los intérpretes. Sin sorpresas, el proyecto Vocaloid en el que actúan Kaito, Piko, Ria y la loada Miku, se contaba entre los ganadores. Con los brazos en ele, Miku corresponde a los aplausos mencionando nombres de muchachos que la saludan, y cuando se olvida de uno, dice frases del tipo “deseo agradecer a la chica de ahí, que no recuerdo cómo se llama.”

***

Vocaloid, software de síntesis de voz desarrollado por Yamaha Corporation. Miku, ex cantante de la banda An Cafe de J-Rock. J-Rock, nombre que recibe la música rock hecha en Japón y que proviene del inglés Japanese Rock.

La cultura es una constante cadena de inconstancias.

***

—Espera a que termine la presentación de los cosplayers para la entrevista— dijo Alicia en el País de las Maravillas.

El ruido circular en la Casa de la Obrapía obsta cualquier diálogo. Después de la premiación y de que anunciaran que Habana Cosplay se dirigiría a tres plazas del Casco Histórico, vuelvo donde Alicia, quien pide ir hablando en lo que caminamos, pero el bullicio del público se había trasladado a las calles. El extenso grupo de seguidores de la cultura japonesa que nos rodea, no ha venido a asumir la virtud de la disciplina.

La cultura va demostrando sus eslabones permeables. Su curso veleidoso. Su colisión que va aceptando de un lado y de otro, tantas veces, a sorbos. Sin emulsiones. Sin incrustaciones.

Y no me asombra que dos de las cosplayers comiencen a bailar, encogidamente, al compás de Alexander Abreu en la Plaza Vieja.

Alicia propone que posterguemos la entrevista para el regreso, cuando vayan todos a cambiarse las ropas en la Casa de la Obrapía. Acepto con la idea de hacer el recorrido junto a ellos, so pretexto de ir fotografiando. La Alicia de Carroll seguía al Conejo Blanco. Yo debía seguir a la Alicia vestida de blanco, que iba con su novio, joven con barba que sabía dar explicaciones en inglés a los turistas que las pedían.

Personas que la vieron en la calle, comentaron que Alicia estaba disfrazada de vampira.

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Los cosplayers se retratan en la Plaza Vieja. Alicia, en la de San Francisco de Asís. Bajo el techo severo del Palacio de los Capitanes Generales volvieron a fotografiarse, luego de correr a guarecerse por otra llovizna.

Las otras multitudes los miran como a lunáticos desnudos.

Los colores de los cabellos postizos de Vocaloid son azul, blanco y dorado. Azul en dos tonos, las de Miku y Kaito. Blanca la de Piko, de cuyo traje femenino cuelga un cable USB imitando una cola. El dorado pertenece a Ria.

Los cosplayers absorben la atención de los turistas del Casco Histórico. Una pareja de japoneses se acerca a grabarlos con cámara Nikon, shorts, sandalias, sombreros encasquetados. Les pregunto en inglés basto si por casualidad hablan este idioma o entienden español.

—Un poco de inglés—dijeron ellos, con movimientos de cabeza de excursionistas asiáticos.

—¿Qué opinan de haberse encontrado en La Habana a estos muchachos cubanos con disfraces estilo manga?

—Estamos muy, muy sorprendidos. Cuba es increíble.

***

Cuba, donde el teatro Karl Marx se colma del gemido de muchachitas que lagrimean porque Ángeles no se lleva un Lucas en 2015; un rato antes el público abucheaba a Haydée Milanés por sus premios. País que quiso protegerse de los Beatles y las tendencias foráneas, insustanciales o no; donde prevalecían o aun prevalecen —en menor cantidad— los modelos soviéticos que imponían incluso los dibujos animados (el lobo malo de Me las pagarás lucía con desfachatez su imagen hippie). País donde el grupo Vocaloid se pasea por estas calles adoquinadas de La Habana, ciudad que cada día se disfraza más de esa anatomía inextricable. Donde hay otros cubanos que miran a los cosplayers, y comentan que son seres de Saturno.

Equivocación tan extensa como el cosmos.

***

Si estuve en la Casa de la Obrapía fue porque Enrique Mayo habló de Habana Cosplay. Lo espero en los escalones del cine Riviera, donde una anciana con la espalda arqueada me pregunta si soy el último para comprar los tickets de entrada. Donde un hombre cuarentón, astroso, ceñudo y de bigotes —de esos que la política cubana ha decidido llamar en su clasificación correcta, deambulantes— me pide dinero. La calle 23 se animaba rumbo al malecón, porque Olga Tañón iba a desplegar su exaltación boricua en la Tribuna Antiimperialista y cumplir su concierto prometido.

Yo nada más esperaba a Enrique, quien dirige el proyecto Hikari Guild. En sus inicios, suerte de revista digital en la que publicaban noticias de eventos, artículos, reseñas y críticas de series anime. La revista alcanzó una frecuencia mensual. Siendo colaborador de un Joven Club de Computación (centros que la Revolución habilitó para la instrucción de los cubanos en materia de computadoras), Enrique, saca provecho del acceso a Internet, descarga las informaciones, las pega a un documento de Word y elabora un pdf. De esto, los primeros pasos.

Ahora el proyecto, más crecido y heterogéneo, desborda las publicaciones. Con presentaciones permanentes los segundos o terceros sábados de cada mes en el cine Riviera. Disponen de eventos sobre manga, anime y videojuego. Proyectan trailers y videos musicales con medios de la propia sala. Videos musicales de canciones japonesas y —palabras textuales de Enrique—  canciones normales. Canciones normales con imágenes de series japonesas.

Hikari Guild añade juegos participativos, encuentros de conocimientos, interpretación de escenas y rifas, cosplay, grupos de artesanos haciendo algo de mercadotecnia. Considerando que en Cuba no hay sitios específicos en los que comprar, pongamos por caso, llaveros de Naruto, dichos artesanos, bajo la égida de sus pertinentes licencias, confeccionan, además, colgantes, pegatinas y afiches. Baratijas que sustentan a Hikari Guild, porque los concursos y programas de participación son premiados. Y el grupo —explica Enrique— lo constituyen estudiantes o trabajadores que estudian o gente que vive del apoyo económico de sus padres. Ni presupuestos, ni institución que los respalde financieramente desde que arrancaran en 2011.

En una ocasión en la que ANK, hoy inactivo, estaba por celebrar su segundo aniversario, acudieron al proyecto 23 del ICAIC. El proyecto 23 les facilita el cine La Rampa. Cuando La Rampa no estuvo disponible, se cambiaron a la sala del Riviera. Por esas fechas crean el festival nacional cubano Otaku.

Para el segundo festival que organizaran, la fila de público se extendería hasta la Avenida de los Presidentes.

Hikari Guild nació de ir interactuando en forodebates de intranet. Mayo y un puñado de amigos se citaba en una casa equis. Él, junto a otra muchacha con aptitudes para redactar, asumieron los textos. El novio de ella, un diseñador, y otros colegas, se encargaron de las formas visuales de la revista.

Hoy Hikari Guild aprovecha la plataforma Cubava.cu e intercambia con varios usuarios a través de blogs, que van de noticias sencillas a Pokémanía (información para fans de las figuras de Pokémon).

Si buscamos causas, fue la televisión cubana la que removió la afición de Mayo por el anime. Por la década de los noventa, recuerda que pasaron series como Voltus V, Princesa Caballero, Mazinger Z, Ángel, la  niña de las flores, Los gatos samuráis, Mikán el gato, después Pokémon, Digimon, Yu-Gi-Oh! casi completa. En la adolescencia, con la propagación de los medios digitales en el país (memorias USB, discos externos), aumenta el consumo de series llegando a —de nuevo, palabras textuales— “un récord personal de 240 terminadas”, vistas hasta el último capítulo. La más dilatada de ellas, Naruto,con 700. Sin acabar, Detective Conan, con 795 de momento. Probable final de su marca vigente.

***

En 2007 apenas existían grupos que promovieran anime, manga y cultura japonesa. Ernesto Rodríguez junto a Tania, Rosita y José Luis, forman ANK. Seleccionaban temas y debatían en el día sobre animación o videojuego. Ponían películas que se brindaban de manera gratuita. Todo se brindaba de manera gratuita, según Ernesto. Muchas de las personas que luego hicieron agrupaciones similares, surgieron de ANK. Ellos concibieron el primer cosplay que se recuerde, al menos, en La Habana.

—Y no significa que aquí no se haya hecho cosplay, en fiestas privadas. Pero el primer evento organizado, con premios, a pesar de la participación pobre de intérpretes, fue el de nuestro grupo. Noviembre de 2008, en La Madriguera. —dice Ernesto, de 32 años.

El debut viene en un recuerdo indiferente. A las actividades de ANK iba un público reducido que se engrosaría. No había paquete semanal, ni el Internet tullido ni las grotescas zonas Wi-Fi del presente. Tampoco vendedores de anime en discos compactos o en otros formatos. El interés del proyecto no se dirigía a intensificar la curiosidad por el manga, sino que fuera más extenso y llevara a la inclinación por la cultura y la historia general de Japón.

— En cierta medida, lo logramos, el legado. Gente que partió de ANK, hoy hace origami, escultura y pinturas de tema nipón. Se crearon clubes de shōgi o ajedrez japonés. Del manga pasaron a las películas y series con actores reales de ese país. De pronto, para que te formes una imagen, convocábamos a funciones para tambores taiko y participaba una multitud.—explica Ernesto, sus ojos con un brillito nostálgico detrás de los espejuelos.

El nombre de ANK (Anime no Kenkyu) proviene de que querían evitar la intrascendencia. No querían solo el nombre que se oyera lindo y pegara. Traducido al español Anime no Kenkyu significa investigación sobre anime. Atractivo como sus siglas, fácil y rápido de pronunciar y retener; insinúa connotaciones. Rosita y Tania que estudiaban idioma japonés lo sugirieron.

No podemos hablar de que haya habido desintegración o discordancias entre los miembros del grupo. Pasa que pierden dos piezas valiosas. José Luis que emigra de Cuba. Rosa que abandona ANK por motivos personales.

Por meses la gestión de conseguir locales los golpea fuerte. La senda de hallar uno que les prestaran gratis, para actividades sin ánimos de lucrar, solía agotarlos. El tercer factor sería el tipo de público, tan cambiado, tan distinto de cuando iniciaron ANK. Público con ganas de ir estrictamente a comprar.

Planean retomar el proyecto. Hacerlo diferente de sus orígenes, cuando el ochenta por ciento era de anime y manga y el resto de cultura. Hacerlo mitad y mitad. No enfocarlo en muchachos de preuniversitario y secundaria, pero sin discriminar por edades.

***

ANK inspiró el trabajo de Patricia Machín y Enrique Mayo. En Hikari Guild, Mayo publicaba de los eventos en La Habana. Machín,por su lado, fundó Habana Cosplay.

A diferencia de ANK, las nuevas generaciones con proyectos semejantes pretenden remedar lo que se realiza en México, Argentina y otros países, explica Ernesto. Un error porque acá no hay los niveles de mercadotecnia para venderle a la gente. Y presentándolos, no hubiera la cantidad de dinero para adquirir los productos.

La perspectiva actual es, más bien, lucrativa. En provincias como Villa Clara y Sancti Spíritus, en sentido opuesto, los proyectos mantienen distancia de los intereses económicos, al igual que los de ANK en sus raíces.

Ernesto cree que convertir el anime y el manga en renta, ha ido tornándose en mal exclusivo de La Habana.

— ¿En dónde está el magnetismo del manga o del anime?

— Es difícil explicar lo que me embelesa. La desigualdad de la animación japonesa asoma si se le compara con cualquier otra que se realice en el planeta. Tú puedes disfrutar de una excelente serie americana que al cabo encontrarás lo de siempre. Lugares comunes. Más allá del arte conceptual de los japoneses, resalta lo enmarañado de sus historias. Hay antihéroes, que no abundan en occidente. Hay sorpresas. No acostumbran restringir la violencia, el erotismo, los conceptos del bien y del mal. Los personajes positivos cometen acciones negativas. Los finales no siempre son felices. A cualquiera que le preguntes te dirá que no sabe por qué lo ve, pero que no puede dejar de hacerlo.

***

Enrique Mayo:

Mi edad, veinticinco. Lo que nos sedujo del género ninguno de nosotros lo expresaría. Tú solo ves un capítulo y enseguida te encuentras viendo el que le sigue. No me pasa con series de actores de carne y hueso. Tú las ves y te duermes. Puede que no, pero en el anime te hipnotizan. Quizás te atrae el estilo de dibujo o las características de los personajes. Nos hechizan. Diría que nos crean una adición sana. He leído opiniones de periodistas satanizándolos por desenlazar actitudes negativas. No mienten al declarar que en exceso hace daño. O que contienen violencia muy explícita. Pero el anime se clasifica para los tipos de audiencia por edad. Falla la responsabilidad familiar, el control de los padres sobre los menores. Si tu hijo tiene doce años no debería permanecer viendo chorros de sangre o desmembraciones. Como dice el profesor Mario Masvidal en X Distante, son muñequitos para gente grande. Y varios lo son, en verdad. Por otra parte, con las series anime se aprende. Las hay específicas para instruir en matemáticas, química o historia. Y no olvides el asunto del idioma. Gran número de los cubanos que estudian japonés, fueron motivados por la animación.

Verónica Santisteban (Vero):

Cumplí dieciséis. Sigo las series desde los doce años por una amiga de la secundaria. Atraída porque, para mí, los animadores japoneses hacen magia. Me gusta dibujar y aprendí de los trazos de las figuras niponas. Veo series encerrada en mi habitación, casi todos los días, salvo si mis amigos me llaman para llegarnos al parque de G en la noche. Paso largo tiempo de las clases en la escuela haciendo héroes de Naruto y de Bleach, en las hojas rayadas de mis libretas. En el aula me miran como a bicho raro. Extrovertida con los míos, glacial para los demás. Cuando era pequeña, mi familia vaticinó que me haría doctora para continuar una tradición. Por más que me critiquen, lamento informarles que voy a seguir los senderos de una carrera u oficio de dibujante. Me gustan más los muchachos semejantes a los del anime, pero si son similares a Ichigo Kurosaki, el protagonista de Bleach, tanto mejor.

Juan Ernesto Arocha:

Veintiocho años. Del anime me seducen causas enigmáticas. Mis películas favoritas son Ghost in the Shell y Akira. Soy gran y curtido devorador de manga, anime y hentai (animación de contenido pornográfico, en la cual las mujeres son penetradas por falos humanos o por tentáculos de monstruos, o consuman relaciones incestuosas). Sé que los personajes de las series y de las películas son más creíbles que los actores reales. Qué voy a ver si no, ¿Tras la Huella? En los animados no hay malas interpretaciones ni emociones fingidas.

Entre sus fantasías sexuales, Arocha desea acostarse con una chica vestida como las de Bible Black (popular hentai). No lo ha conseguido.

***

¿Y por qué en Cuba predomina el consumo de hentai sobre el anime y manga corrientes? Escasamente se han sentado cátedras al respecto. Escasamente hay bibliografía para consultar. Escasamente las ciencias sociales del país han dicho, señoras y señores, a este tema préstenle atención…

La joven profesora de la Facultad de Artes y Letras, Yudith Vargas Riverón, tuvo la inquietud para preguntárselo, antes de decidirse a emprender la investigación que permitiría apreciar lo siguiente: Aun en el hentai más escabroso residen elementos de la tradición erótica y la cultura japonesas.

—El manga y el anime, tan estratificados, responden al gusto del infinito número de nichos del mercado.— explica Yudith, que escribió su tesis de licenciatura sobre hentai por su apego confeso hacia estos géneros.

 

Le comento de la ucraniana Anastasiya Shpagina, quien recurrió al quirófano para cortar hasta transformarse en un dibujo nipón orgánico. Luego Yudith hace valoraciones de la ramificación del fanatismo, del estiramiento no muy confuso ni fortuito de las redes del manga y el anime.

En La Habana —explica— recién se ha dado un resurgimiento de afinidad por la cultura japonesa, que en la época de los sesenta y de los setenta había ocurrido por los filmes de samuráis. Hoy en el mundo, aparte del término globalización, se habla de japonización. Japón se globaliza a través del manga y del anime, que toman los gustos de mercados foráneos. Por lo que no es insólito que a nosotros, extranjeros, occidentales, nos enganchen esos códigos culturales.

Hasta en los subgéneros más grotescos y violentos, los personajes privilegian lo que llaman estética kawaii, en español: lindo.

Toda la semiótica de la imagen, según Yudith, pone en función lo lindo para gustar dentro y fuera de Japón. Tradición que viene del período Edo, entre 1603 y 1867, cuando florece la cultura popular nipona. Por el gran consumo de Ukiyo-e, xilografía o grabado en madera japonés. Vendidas como historias independientes, libros de láminas o álbumes. Hablamos de un país proclive a las imágenes gráficas.

Como todo mundo.

Los japoneses se ven y se asumen a sí mismos no siempre de la mejor manera. No consideran aceptable su apariencia para los cánones de belleza que predominan. La mujer esbelta. De pelo rubio.

Pero no hay solo guiños al mercado. El anime trabaja a diferencia de la técnica occidental, con pocos cuadros por segundo. Por lo que intentan lograr el mayor dramatismo y expresividad a partir del empleo sabio de la semiótica de la imagen. Los colores del cabello de determinado personaje, esos colores imposibles, expresan metafórica y simbólicamente las características de la personalidad.

Sakura, de Naruto, tiene el pelo rosa como la sakura, la flor del cerezo, icónica de Japón. Y una personalidad fantasiosa.

Naruto

Tomado de www.animesp.net

El hentai por su naturaleza erótica responde a la demanda de ciertos patrones. Senos exuberantes. Ojos enormes, llamados ojos de piscina, de gran importancia para el dramatismo. Son la parte de la fisionomía en que se detienen los dibujantes con mayor complacencia. El japonés no manifiesta sus emociones, no se ve bien a nivel social que lo haga. Ellos dicen que cada persona carga con sus problemas, por tanto no suelen trasmitir al prójimo los individuales. Esto condiciona el alto grado de expresividad que no se halla en otras producciones, acaso comparable con obras del teatro kabuki.

Los tabúes encuentran en el hentai recelos a la hora de consumirlo. Las escenas exhiben personajes muy humanos y humanizados. Emplean los mismos recursos que el anime sin sexo explícito. Acercarse a él o no, depende de las preferencias de cada individuo. El hentai, entre lo más extremo y agresivo de la animación erótica, con situaciones más escatológicas y trasgresoras, es el que más se consume en Cuba.

Con todo, lleva arraigados componentes filosóficos del Budismo Zen y el Shintoísmo, su religión nativa, y otras de origen chino como el Confusionismo y el Taoísmo. Y de la cultura tradicional erótica japonesa, que se mantuvo descontaminada de las ideas judeocristianas sobre la sexualidad.

—¿Pudieras explicar tu inclinación por el anime?

—Me atrae la elevada credibilidad. Conectarme con lo que sienten los personajes. Percatarme de la evolución interior de la que parten. Pienso en el ejemplo de los protagonistas de la película El viaje de Chihiro. Hayao Miyasaki recibe por ella el primer Óscar a un título de animación nipona, y el segundo a un director japonés, después de Akira Kurosawa.

“A pesar de que en Cuba tengamos fama de abiertos a la sexualidad, somos más abiertos a la genitalidad que al erotismo”, añade Yudith, es decir, el cubano habla con menos pudor del pene y la vagina.

Me pregunto, a distancia, qué pasa allá arriba. Qué engranajes giran para que una suma ingente de hombres, lejos de la repugnancia, se excite porque a la bárbara de Mónica Bellucci la violen por el ano, con bestialidad, en Irreversible. Y cuán distinto funciona un capítulo de hentai provocando millones de erecciones y masturbaciones por el mundo. Qué consecuencias reales e individuales se desprenden de lo que consumimos.

***

Alicia se llamaba Dianelis Viamontes. Dianelis Viamontes se llamaba Alicia.

El proyecto de La Habana surgió porque en Cuba no había ninguno de cosplay amplio, con hondura, afirma. Por aquellos días su directora, Patricia Machín, decidió fundar un grupo que promoviera las actividades de este tipo. De ahí en adelante, intentó sumar gente; reunir cosplayers a lo largo del país.

Dianelis conocía sobre el cosplay, pero no se integraba por no haberse topado con rasgos consistentes, nada blando. Solo decía para sí misma: qué lindo fuera. Cuando sabe del grupo de Machín, que se funda en 2012, comienza a integrarse a él. Fue cuando dijo, ya convencida, ya para que la escucharan: me encanta, qué va, yo sigo.

Encontró a Patricia en una actividad grande sobre cosplay que preparó ANK. Quiero participar, le explicó Dianelis. Patricia le respondió que debía empezar por confeccionar su propio vestuario y que después progresaría abriendo relaciones.

Lo primero para integrar Habana Cosplay es, en palabras de Dianelis, contar con el atuendo personal; echar una mano en sus actividades. Si el grupo necesitara trasladarse a un lugar, estar ahí con ellos y para ellos, mostrar y demostrar interés.

La mayoría de los grupos de nuestra índole empiezan enlazándose por el anime, dice Dianelis con manchas en los párpados. El maquillaje obliterado aprisa. El pelo real, castaño. El puente de la nariz, fino. Ella concibe que por el anime entra la motivación y detrás de la motivación los demás caminos se alargan por sí solos.

La primera vez que participó en el proyecto fue en una semana de la cultura japonesa en 2013. La solidez de la propuesta que presentaron a la embajada nipona, fue aceptada sin contratiempos. Del mismo modo sucedió con la Casa de Asia: Hubo un desfile semejante al de Obrapía.

Dianelis no ha leído mucho de cómics, que no llegan en inyecciones a Cuba tanto como las series audiovisuales.

Los extranjeros se impresionan porque no imaginan que aquí se haga esto y aun menos con calidad, dice. En sus comienzos, el proyecto no presentaba los niveles actuales. Ha ido mejorando junto al cosplay a escala nacional. La chica que había sido Alicia, explica que en Camagüey, por ejemplo, hay muy buenos grupos. Y que el cosplay se sale del disfraz; uno crea el personaje, lo viste, lo interpreta, y termina vinculándose a fondo con él.

El de Dianelis —miren el ¿criollismo? ¿cubanismo? de su nombre— en la Casa de la Obrapía fue Mirana, la Reina Blanca, aquella que representó Anne Hathaway en la película Alice in Wonderland, de Tim Burton. Por lo que nunca estuve siguiendo a ninguna Alicia por las plazas de la Habana Vieja. Y, cosa de broma, el tiempo entero creí por añadidura que se trataba de una Alicia de anime.

En verdad, Dianelis que se llamaba Alicia, se llamaba Mirana, pero ignoro con cuál de las tres estuve hablando.