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La cola

cola

El gráfico representa al comedor de la Universidad Central de las Villas a la hora del almuerzo o de la comida, tal como lucía desde el satélite de rayos X en los años 90. La génesis de esta historia es el hecho de que entre cada estudiante y la comida, se interponía una larga y ancha cola que en sus peores momentos comenzaba en la calle, fuera del comedor [donde pone “comienzo”], y [siguiendo las flechas azules] terminaba en el rectangulito verde [arriba], que es donde se entregaba, al fin, la comida en bandejas. Los cuadrados negros son las mesas.

Frente a esa enorme aglomeración humana, cada alumno tenía dos opciones: incorporarse al final de la cola o colarse. El sueño del 99 % de los interesados era colarse y la forma de hacerlo era, al entrar al comedor, revisar la fila en sentido inverso hasta encontrar el punto en que hubiese un amigo, socio, socio de un socio, alguien de su aula… y sin mucho miramiento, pegarse allí. Los que estaban al final eran por lo común de ese tipo de gente al que los yanquis llaman “perdedores”: los que no tienen tantos amigos o tanta desfachatez. Era normal que esperaran por comer una o dos horas. En el extremo opuesto teníamos a los triunfadores, los sin escrúpulos. Tal como en el capitalismo muchos quieren ser explotadores pero pocos pueden, en aquella fila casi todos querían colarse en un buen lugar, pero eso no era tan fácil. Era la ley del más fuerte. Una injusticia a la que Napoleón y la Muerte se dedicaron a combatir con mucho éxito, pero también con grandes pérdidas.

La época

La época en que estos dos realizaron su hazaña, fue muy interesante para el mundo y para Cuba. Justo el mismo día en que ambos entraron a la universidad, acababa de ser derrotado el golpe de estado que le intentaron dar a Gorbachov algunos jerarcas del Partido Comunista, del ejército y de la KGB. Boris Eltsin se trepaba triunfante –y seguramente borracho– en aquel tanque de guerra rodeado de una multitud que lo aclamaba. Él mismo no tardó en ilegalizar el PCUS, y las pocas repúblicas soviéticas que aún quedaban, renunciaron a seguir perteneciendo a la patria de Lenin (es decir, a Rusia). Finalmente la propia Rusia, de manos de su presidente Eltsin, decretó también la independencia, con lo cual la URSS, que no mucho antes tenía 15 repúblicas, de pronto tuvo ninguna, y Gorbachov se quedó sin empleo.

Algunos años antes Quientusabe (en un discurso en el que Napoleón se encontraba entre la multitud) había dicho frente a atónitos camagüeyanos, que era el momento de prepararse para la posibilidad de que la URSS dejara de existir. Ya nadie parece acordarse de esto, pero en aquellos años de la caída del Campo Socialista, en Cuba hubo un sorprendente repunte del entusiasmo revolucionario en la población. Quizás por lo atractivo que era para los cubanos verse como dignos seguidores de Antonio Maceo en Baraguá, héroes que a pesar de todo seguían luchando por la utopía. Y claro, era una posición cómoda puesto que todo ello por el momento era paja: la comida todavía no se había acabado. En el line-up del frente juvenil, el caballo tenía a dos carismáticos líderes: Robertico Robaina en la UJC y Felipe Pérez Roque en la FEU (FEU). Ambos serían centrifugados más tarde por su mentor.

De más está decir que Napoleón y la Muerte estaban totalmente inmersos en ese repunte del entusiasmo revolucionario.

Napoleón y la Muerte

Eran dos alumnos de primer año de cibernética altamente politizados, repletos de ganas de hacer lo correcto; uno medio estalinista y el otro trotskista total, a pesar de lo cual no tuvieron reparos en compartir trinchera.

La dirección de la universidad había ordenado a la FEU (que en teoría era independiente) que “espontáneamente” se encargara de la hercúlea tarea de adecentar la cola del comedor. Para ello, los “líderes” juveniles organizaban unos horarios que ponían, por ejemplo, que el martes tocaba cuidar la cola a la Facultad de Ingeniería Eléctrica, el miércoles a Mecánica, etc. Pero ya hacía unos meses que en Cuba se estaba pasando hambre –y más en las universidades– y aquel entusiasmo masivo y artificial de finales de los 80 se había ido por el caño. Sucedía entonces que la FEU mandaba a “cuidar” la cola de hoy, a los mismos que ayer se habían colado y que mañana volverían a intentarlo. Muy de vez en vez aparecían estos cuidadores, pero dado su poco convencimiento, se la pasaban haciendo la vista gorda y el relajo continuaba.

La parte más caótica de la cola, el tramo más codiciado por los coladores, era obviamente el que estaba más cerca de donde se servía la comida. Nuestros héroes un buen día decidieron que cuando el punto de la fila donde ellos estaban, estuviese a unos 10 metros de allí, procurarían que nadie se les colase: ese tramo sería sagrado y tomarían su violación como una afrenta personal. Pero lo que ocurría en la larga porción de cola que les quedaba detrás, les tendría, por el momento, sin cuidado.

Lo primero que tiene que hacer usted si quiere ser un buen cuidador de cola es lograr que los coladores potenciales noten su presencia admonitoria: debe tener la pose y la posición adecuadas, es decir, pararse ostensiblemente fuera de la cola, pero mirándola con severidad: ya con ello el ganado se va calmando. Pero que no se duerma el cuidador; nada de esto lo ayudará si no aplica tolerancia cero. Cada vez que alguien esté mosqueando cerca, en plan sospechoso, usted se le acerca para que sepa que usted sabe, y de vez en cuando lo mira fijo, como diciéndole: atrévete. Y si finalmente se atreve, usted va para allá y le dice algo así como “bróder… haz la cola” y ¿sabe qué? suele funcionar, independientemente del tamaño del afectado. Al cabo de un mes ya todos conocían a Napoleón y compañía, por lo que estos dos no necesitaban estar en la pose y en la posición que sugiere el libro. Apenas los coladores olfateaban la presencia de ambos, se retiraban con el rabo entre las patas.

Logrado este nivel de respeto, la yunta trotsko-estalina no estaba conforme. Habían resuelto hasta donde podían su problema personal, pero y ¿los demás? ¿Acaso el Ché se hubiera contentado con dejar al prójimo embarcado? Fue así que comenzaron a ampliar su radio de acción. Cuidaban la cola que tenían delante y cuando les llegaba el turno de comer, en lugar de aprovecharlo, seguían vigilantes un rato más. Le tomaron tanto el gusto, que a partir de cierto día, desde que llegaban al comedor se ponían a cuidar la cola y no paraban hasta que no quedaba nadie por comer. A veces, cuando ellos mismos estaban comiendo, se sentaban cerca de la parte caliente de la cola, y desde allí la velaban. Ante el más mínimo conato de dispersión, se levantaban a poner orden y luego regresaban a su bandeja. Decíase que con una mano comían y con la otra arreglaban la fila. En otras ocasiones comían después de que todos lo habían hecho, se salvaban de último como los capitanes de barco. Ya eran adictos a la adrenalina.

Ahora, lector, mire nuevamente la imagen. Los cuadritos rojos que pretenden tener el símbolo de la hoz y el martillo, representan cuidadores de cola. Note que forman embudos sucesivos. A partir de donde hay uno, la cola es menos gruesa, hasta el extremo de que en las cercanías de donde se entrega la comida, es como debe ser: una línea. Obviamente, mientras más cuidadores haya, es más fácil el trabajo de cada uno. Siendo Napoleón y la Muerte solo un par, se dedicaron a ser en la cola “mucho más que dos”, por la vía de cambiar constantemente de atalaya. Apenas adecentaban un tramo, salían disparados hacia otro, a sabiendas de que no podían dejar sin vigilancia a ninguno por demasiado tiempo. Tenían que hacer malabarismos para que el sistema funcionase y a pesar de todo, lo lograban. Para cada cola, la FEU destinaba alrededor de seis cuidadores, que como dije antes, no servían. Napoleón y la Muerte, solitos ellos, cuidaron todos los días, durante dos años, dos horas diarias o más, los tramos más pesados. Muy bien que se sabía, que apenas esos dos entraban al comedor, se acababa la fiesta. Eran los sherif de la comarca.

La reacción

Por una parte, una cola bien cuidada, es mejor para el promedio de los que participan en ella. Por la otra, a la gente no le gusta que no les dejen hacer lo que les da la gana. Si alguien apreció alguna vez el gesto de estos dos compatriotas, fue en silencio. En cambio, las críticas eran a gritos.

La acusación básicamente era que, puesto que el rectorado, los profesores, el PCC, la FEU, la UJC, seguramente las MTT, CTC, los CDR, los pioneritos, el Sindicato y el cojón divino, querían o decían querer una cola organizada, cualquiera que se diera a la tarea de lograrlo, estaba de parte del poder. Extraña interpretación de la lucha de clases.

Recuérdese que por esa época había muchísimos apagones. Fácilmente pasaba que cuando nuestros campeones ya habían logrado una cola de lujo, de pronto se iba la luz y todos los gatos se tornaban pardos. En ese momento la prioridad no era salvar la cola, sino salvar la vida. Cualquier colador resentido hubiera podido lanzar un proyectil (botella, bandeja, silla) en la dirección en que se encontraba el cuidador antes de que se fuera la luz, por lo cual, lo primero que debía hacer éste en el instante del apagón, era cambiar de posición. Se percibía tanto odio como para eso, a pesar de lo cual nunca nadie lanzó nada. Pero sí hubo amotinamientos.

En ese comedor comían dos facultades entre las que siempre hubo rivalidad: Cibernética y Eléctrica. Los eléctricos se creían ellos mismos unos tipos duros y veían en los cibernéticos unos blandengues sumisos al poder. Desde el punto de vista cibernético –que era el de Napoleón y la Muerte– los eléctricos simplemente eran unos trogloditas. Sus respectivos edificios (las becas donde vivían) quedaban uno frente al otro, por lo que cada vez que se iba la electricidad por la noche (lo más común en el Período Especial), ninguno de los bandos encontraba mejor entretenimiento que el de gritarse groserías. Se pasaban horas en eso y las autoridades no tomaron cartas en el asunto hasta el día en que algún eléctrico gritó con toda la fuerza de sus pulmones: ¡cibernéticos comunistas! Se recuerda que segundos después, en el edificio de cibernética pasó un alumno acólito del poder, pidiendo desesperado cuarto por cuarto: ¡paren de gritar, paren de gritar! En la beca de los eléctricos sucedió otro tanto. Luego hubo reuniones donde los profesores, la FEU y todo eso que hoy se llama “los factores”, exigieron a los becados el cese del escándalo ínter-edificio porque, decían, era feo, auque todo el mundo sabía que el verdadero motivo era que se juega con la cadena pero no con el mono. Y en efecto, se paró de gritar por unas dos semanas, hasta que todo volvió a la normalidad, o sea, a la gritería, pero teniendo el buen tino de no pisar la mina política, con lo cual a los factores les volvió a dar lo mismo.

Se comprende que a los eléctricos, que por demás eran los más colones de la universidad, no les hacía ninguna gracia que dos cibernéticos, flaquitos, los mantuvieran a raya. Así pues, protagonizaron algunas asonadas, unas más graves que otras. Por ejemplo aquella vez en que por indeterminado motivo –pudo haber sido que la comida se había acabado o tardaba en llegar, o quizás habían vendido cerveza de pipa en el campus– la electrizada estaba más alborotada que de costumbre. Cualquier cosa provocó la estampida que superó a los cuidadores y se armó un enorme tumulto en la zona de repartición de la comida. Fue en ese momento que Napoleón, que hasta ese día no se llamaba así, se trepó en una mesa rodeada de eléctricos, a gritarles lo que pensaba de la situación: eléctricos singaos me cago en sus madres hijos de puta comepingas, etc. De no ser por el contenido del discurso, la escena recordaba esas imágenes de Lenin arengando a la multitud. Mientras tanto, desde abajo, la barrabrava eléctrica respondía lo propio. Estaban a cincuenta centímetros, podían haber aplastado al enloquecido Napo, pero no lo tocaron. Eso sucedió dos veces.

Precisamente el mote de “Napoleón” proviene de que, según la versión eléctrica, el cuidador se había trepado en la mesa a exigirles que aquello tenía que organizarse porque “¡yo soy Napoleón!”. Historia que nuestro protagonista sigue negando. Y por otro lado, a la Muerte le llamaban de esa manera debido a que –hay que reconocerlov el trosko se gastaba su buen aspecto tétrico. En cualquier caso, los alias pegaron, y cada vez que alguno de ellos pasaba entre los edificios de ambas facultades, los eléctricos dejaban cualquier cosa que estuvieran haciendo, con tal de arrimarse a las celosías a gritar hacia abajo: ¡Napoleón, cuida-colas! ¡La Muerte perro!, y demás. A nuestro héroe no le gustaba el mote, pero lejos de amilanarse se aproximaba más al edificio parlante, para que este oyera bien claro lo que tenía que gritarle, que ya sabemos en qué acorde estaba. Se acercaba tanto, que los eléctricos desde los pisos superiores intentaban escupirlo, y si no lo lograban era porque Napoleón los esquivaba ágilmente, y porque Dios es grande.

Y para aquellas otras broncas verbales entre edificio y edificio, que se daban durante los apagones nocturnos, los eléctricos habían encontrado dos nuevas terribles ofensas: ¡cibernéticos Napoleón!, ¡cibernéticos la Muerte!

Napoleón y la Muerte eran roqueros, peludos, al igual que cierta parte del ala eléctrica más dura. Cada cierto tiempo en el edificio de los eléctricos, se organizaban peñas de rock, a las que asistía valientemente Napoleón con algunos amigos. Por supuesto, el partido napoleónico prefería Nirvana, Pearl Jam, etc., mientras que el otro bando era seguidor del death metal y de todo ruido concebido para roqueros bien duros que nunca le oirían en público una canción a Bon Jovi y menos a Maná. Pero en última instancia ¿cómo se cuantifica el valor de un roquero como tal? Por el largo del pelo. Y como si los peludos universitarios del séquito napoleónico no alcanzaran, éste iba a la ciudad de Santa Clara a reclutar roqueros que se prestaban gustosos dado el aprecio que le tenían, debido a que el Napo de vez en cuando se empastillaba y se quedaba en el medio del parque de Santa Clara, tocando en la guitarra canciones de Metallica, Guns n Roses, y demás. Estos santaclareños eran extremadamente peludos, pues no tenían en su vida otra cosa que hacer que ser roqueros. Así pues, cada vez que Napoleón se aparecía en la peña eléctrica con un metraje de cabello que sus enemigos no podían alcanzar ni de lejos, ganaba unos cuantos puntos. Ellos lo sabían y sabían que él lo sabía. El momento cumbre fue la vez que en medio de la peña, sus roqueros lo cargaron en brazos mientras gritaban ¡Na-po-león, Na-po-león…! Hacer esto en la guarida del enemigo, significaba otra victoria en aquella guerra fría y, de paso, inutilizaba el apodo pues era la confirmación oficial de que ya él, lejos de tener reparos en ser llamado así, lo asumía como una medalla.

Fin del imperio napoleónico

Napoleón nos confiesa que poco a poco comenzó a preguntarse lo mismo que uno se pregunta cuando está subiendo el Pico Turquino: ¿para qué carajo estoy haciendo esto? Y terminó concluyendo algo para toda la vida, a saber, que el papel de héroe es más bien para comemierdas: ¿Por qué coño –se dijo– uno tiene que estarle resolviendo problemas a la gente que no hace nada por resolverlos por ellos mismos? En todo caso Napoleón y la Muerte decidieron una retirada gradual, como la de los yanquis en Irak. Poco a poco fueron soltando jurisdicción, cada vez fueron menos los tramos de cola que les importaba cuidar, rebajaron su perfil.

Hagamos otra precisión geográfica: los cibernéticos eran pocos, por lo cual la mitad del edificio donde vivían, era en realidad de apartamentos de profesores. El edificio eléctrico, sí era totalmente de eléctricos. Cada vez que los protagonistas de este relato pasaban frente al edificio de los profesores, también estaban pasando frente a la electrizada, y era justamente cuando comenzaba la guerra de insultos. Así, los profesores podían ver claramente lo siguiente: de un lado, un solitario Napoleón gritando obscenidades, y del otro, un edificio haciendo lo mismo. Es decir, el único rostro que veían era el de Napoleón, con el cual simpatizaban por lo de las colas, pero al que difícilmente podían perdonar que en lugar de pasar de largo, se pusiera a cagarse en la madre de los eléctricos. Era sobre todo ofensivo para los delicados oídos de las profesoras. Un día Napoleón fue contactado en secreto por su profesor de educación física que, con sombrero y unas gafas oscuras le dijo mientras miraba nervioso a ambos lados: los profesores te quieren joder. A lo cual el estalino respondió con la promesa de no participar más en la algarabía.

Ya no tenía ningún encanto seguir sirviendo al prójimo.

Waterloo

Hora del desayuno, por lo común inofensiva. De menú, un clásico del Período Especial: aguazúcar. Nada más. Por alguna deficiencia en el funcionamiento del comedor (eran habituales) la cola avanzaba muy lentamente. Napoleón cuidaba solamente su espacio de 10 metros. Llegado al fin el momento en que le toca recibir su ración, ocurre lo impensable: dos o tres desprevenidos se le cuelan exactamente en la posición que tiene delante. Un amigo que va con él forcejea con los usurpadores y comienza una refriega cuya parte culminante el otrora héroe narra de esta manera:

“Vi como en cámara lenta que el pie del tipo que me había lanzado al piso se dirigía a mis costillas. La multitud en la cola gritó espantada por lo que iba a suceder. Finalmente recibí la patada. No me dolió.”

Tan de repente como habían aparecido, los infractores desaparecieron corriendo. No por miedo al caído, sino a las autoridades universitarias que no tardaron en llegar. Luego éstas llamaron a la víctima para que hiciera la denuncia, con la garantía de que nadie se enteraría de quién había denunciado. Más la verdad era que no se acordaba de los rostros. Y si se hubiera acordado, tampoco hubiera hecho nada al respecto, por dos razones: Castigar a alguien por haber golpeado a Napoleón hubiera reforzado la idea de la asociación de éste con el poder. El otro era que él sabía que el que le había dado la patada, le había quitado velocidad al pié a propósito.

Si bien aquel puntapié no había dolido, sí le había indicado a Napoleón que ya era la hora de colgar los guantes. Es mejor que la tarja diga “aquí dejó que se colaran” que “aquí murió”. No había perdido una batalla, había perdido la guerra. Cuando años más tarde le pregunté si se arrepentía de haber sido cuidador de cola, comenzó respondiéndome esquivamente que eran otros tiempos, que de todos modos de esa época había extraído valiosas enseñanzas y muchas historias que contar a sus nietos. Luego de que le insistí, no le quedó más remedio que dirigirme esa mirada cristalina que lo caracteriza, y tras un minuto en el que quizás no estuvo calculando la respuesta sino si debía confesarla, respondió bajando la vista: “sí, me arrepiento”.

[Napoleón y la Muerte, debido al trauma causado por su paso por el duro y desagradecido oficio de cuidadores de cola, cayeron en una alienación total que los condujo al consumo de heroína y crack de mala calidad, por lo que fueron expulsados de la universidad y enviados a una clínica de rehabilitación. Hoy, más de 20 años después, con los nombres cambiados, trabajan de programadores de computadoras en algún lugar de la Habana. Están completamente retirados de la vida pública.]