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La señora Luz María espera unos paquetes del norte. Su hermano Humberto, un negro fuerte, calvo, de grandes bigotes y ojos de carnero herido, sale hasta el parqueo a buscar no sé qué en su Hyundai gris. Ambos esperan los bultos sellados, las ropas, la batidora o el DVD que algún mensajero les entregará en pocos minutos.

La terminal 2 del Aeropuerto José Martí, en La Habana, es fea, con gente hacinada, asientos incómodos y poco espacio para transitar. Por ahí entran y salen los cubanos que van o regresan de Miami. Si uno recorre las otras terminales, no podrá dejar de pensar que la 2, pacata y estrecha, implica una venganza tácita por parte del gobierno.

Los altavoces anuncian el arribo del vuelo. Luz María espera. Humberto fuma tranquilo, recostado en el maletero del jeep, mirando las paredes azules y amarillas de la entrada. Siempre viene aquí, y siempre a recibir paquetes. Desde hace diez años no ha visto al segundo de sus hermanos más que en fotos y videos y no ha oído su voz más que por teléfono.

Pero ahora un adolescente –quince años a lo sumo– le dice a su padre que se detenga. El padre no le hace caso y el adolescente, malhumorado, le explica que en el vuelo que arribó viene Contreras. Humberto palidece. Escucha, pero le parece que lo que escucha se demora en llegar. Luego Humberto llora, se pone a correr. Y cuando le comenta a Luz María, ella también llora, también corre.

–¿Quién? –dice el padre, asombrado.

–Contreras, el pitcher –dice el adolescente–. Yankees de Nueva York.

Es 19 de enero de 2013. Hace cinco días el gobierno de Raúl Castro puso en vigencia una nueva ley migratoria que permite, entre otras libertades, la entrada al país de los deportistas de alto rendimiento siempre y cuando se hayan cumplido mínimo ocho años desde su salida.

Todo atleta cubano que emigró después de 1959, y que hizo o intentó hacer carrera profesional en alguna liga o campeonato foráneo, había visto negada la posibilidad de retornar a su país. Cualquier ídolo deportivo que los aficionados hubiéramos tenido, después de 1959, y que más tarde hubiese decidido emigrar, nos había sido absolutamente vedado, y en cierta forma lo sigue siendo. Aunque ahora pueden regresar, no sabemos nada de sus desempeños: cero estadísticas, récords, fiascos o hazañas. Y lo poco que sabemos nos llega de contrabando.

Contreras es, de cientos, el primero que regresa, y la gente en el aeropuerto se le echa encima.

***

Como a tantos otros, lo descubrieron de casualidad.

–Era un juego cualquiera de un día cualquiera de 1990 –dice Jesús Guerra, el hombre que lo divisó–. Jugaba tercera base por Las Martinas, en un torneo de cooperativas.

Guerra fue también uno de los grandes pitchers de las Series Nacionales. Pero ha sido, además, un destacado profesor, un persistente cazatalentos. Rescató a Pedro Luis Lazo cuando decían que este no servía para el béisbol porque lanzaba flojo; y luego, en Santiago de Cuba, salvó a Norge Luis Vera después de que algún sesudo decidiera prescindir de sus lanzamientos.

A Jesús Guerra le debemos los tres serpentineros más ilustres de la pelota cubana en los últimos veinticinco años. No solo haberlos encontrado, sino formarlos, entrenarlos, volverlos inteligentes en el montículo. Y eso no es poca cosa. Los tres mejores pitchers en Cuba equivale a decir los tres mejores futbolistas en Argentina, o los tres mejores alpinistas en Nepal. Pocas artes alcanzan en la isla un grado de maestría como el de lanzar bolas hacia el home.

–¿Y en Contreras, qué le llamó la atención?

–Su brazo, por supuesto.

–¿Cómo se percató?

–En la última entrada dan un rolling. Contreras pifia, la bola le queda a un metro de distancia, y así, semiarrodillado, tira a primera y saca. Yo me digo: “Coño, pero qué fuerza tiene en el brazo ese muchacho”. Entonces bajo al terreno y pregunto por él.

–¿Y qué conversaron?

–Le propuse que se fuera para la academia. En aquel entonces, yo era director de la Escuela Provincial de Pitcheo, en Pinar del Río.

–A mí no me gusta pitchear –dijo Contreras–. Me gusta la tercera.

–En tercera –dijo Guerra– tienes un hombre que va a durar quince años, o el tiempo que le dé la gana, y a mí me parece que por la fuerza de tu brazo, un día puedes llegar a la élite del béisbol en Cuba.

El hombre era Omar Linares, la máquina más perfecta que haya pasado alguna vez por las Series Nacionales.

–¿Y Contreras qué le respondió?

–Que tenía que hablarlo con su papá. Eso fue un domingo y ya el miércoles yo estaba en su casa.

Llegó, pero en la casa no había nadie que pudiera darle el visto bueno al profesor Guerra, solo mujeres.

–Tuve que ir hasta el surco, y me los encontré sacando boniato.

Por la intensidad del sol, por los bruscos gestos del muchacho, y por la brillantez de su piel oscura, el profesor Guerra pensó que lo que había descubierto era un cimarrón. No tuvo más remedio que quedarse, trabajar un par de horas y convencer a Florentino Contreras.

Finalmente, se llevó consigo al pupilo y, además, medio saco de boniato para la casa. Contreras tenía veintiún años. Las normas dicen que estaba un poco viejo para aprender a pitchear.

***

En pleno Período Especial (1991-1992), José Ariel Contreras y Pedro Luis Lazo se conocieron en la academia.

Durante un par de años, pasaron juntos cinco días a la semana. Cuando salían de pase, el profesor Guerra les regalaba dinero para el transporte. Cuando no salían de pase, entonces el profesor Guerra caminaba kilómetros en busca de un puerco o una gallina. Y cuando no encontraba nada, les compraba dulces, algo que amortiguara el hambre. La miseria era absoluta. Sin embargo, hay que hallarle el beneficio. No porque el hambre haya fortalecido los brazos de Contreras y Lazo, sino por las trabas que superaron. Se fortalecieron mentalmente, cree Guerra.

–Para pitchear en un Mundial, en una Olimpiada, en un Clásico, hay que ser más que pitcher. Ahí intervienen otras cosas –dice.

No aclara qué otras cosas, pero uno supone que la astucia, y los huevos también. Todo eso, pitchear en un Mundial, en una Olimpiada, en un Clásico, incluso algo más, hicieron sus muchachos predilectos.

Cara y cruz. Tanto Lazo como Contreras integraron el equipo Cuba por primera vez en 1995 y ganaron campeonatos con Pinar del Río y con la selección nacional. Pero Lazo era puro desenfado y a Contreras se le desbordaba su campechana timidez. Lazo era capaz de fumarse, a la vista de todos, el tabaco que Contreras solo se fumaría en compañía de sus íntimos. Lazo bromeaba en el banco, alardeaba en el box, intimidaba a los contrarios, no se demoraba entre lanzamiento y lanzamiento.

Contreras no abría la boca, sonreía con parquedad, con pena, se tomaba mucho más tiempo en sus lanzamientos, observaba, asentía y si tenía que decir algo lo hacía con el guante en la boca, como si se confesara en la iglesia. Contreras logró desde el hipnotismo lo que Lazo desde el desafío. Contreras se imponía por desgaste y Lazo por nocao. Contreras estrangulaba y Lazo acuchillaba. El arma de Lazo era la slider que parece un arco de cimitarra y la de Contreras el tenedor que cae como una granada.

En noviembre de 2012, Pedro Luis Lazo continuaba declarando que el premio Cy Young era para otros, que para él bastaba con la gloria de su país y nada más. Contreras, por su parte, abandonó desde octubre de 2002 las filas de la selección nacional. Meses después, con su legendario número 52 a las espaldas, debutaría en las Grandes Ligas.

Durante la última temporada en casa, antes de marcharse definitivamente, ganó trece juegos, ponchó a ciento cuarenta y nueve rivales y pitcheó para menos de dos carreras limpias por cada nueve entradas, todo esto en un calendario de noventa partidos.

En el Mundial de Taipéi 2001, lanzó once entradas en la semifinal contra Japón, permitiendo apenas una carrera sucia. Cuba obtuvo el título al día siguiente, y fue justo en uno de los actos de recibimiento de esta etapa cuando Fidel Castro se lanzó al ruedo una vez más y comparó a Contreras con Antonio Maceo, declarando que era un “Titán de Bronce”.

***

Uno sabe que se acerca a Las Martinas no solo por las múltiples encrucijadas de la carretera, por los bohíos triangulares o por las yuntas de bueyes cargando leña. Sino, sobre todo, por la fisonomía de las personas. Las embarga una sobriedad extrema. Surcos sin llegadas ni salidas, como cortados de golpe, atraviesan sus rostros.

A la entrada del pueblo –dos soporíferas horas y media de trayecto por la Carretera Panamericana– hay una iglesia sin pintar. Con puntales, digamos, góticos, o al menos la idea básica del gótico que todo el mundo tiene.

Al lado de la iglesia hay un banco, luego una cafetería, luego dos perros flacos, par de personas en los portales y más allá el terreno de pelota, vacío.

Un par de cuadras después de la iglesia, doblamos a la derecha, pasamos el asfalto y llegamos a la casa de la familia Contreras. La capa de polvo es muy densa, tanto que las personas se hunden y tal parece que comenzaran en los tobillos. Con la mentalidad difusa de la ciudad, uno no puede dejar de preguntarse cómo alguien de este sitio lanzó en el Yankee Stadium.

Una friolera de hermanos, primos, sobrinos y vecinos espera la llegada del hijo pródigo. Y lo espera también lo que fuera una lechona de quinientas libras, convertida por el arte del destajo en perniles, patas, masas, hígado, rabo, cabeza, y en un caldero de chicharrones crujientes.

La casa no deja de ser modesta. Televisor de cuarenta y tantas pulgadas, cocina azulejada, muebles –a falta de mejor definición– confortables, pero algo impregna el lugar de un adhesivo incorpóreo que ningún millón, ni ningún hijo exitoso, pueden contrarrestar. Es la conformidad del humilde.

–Yo soy de aquí –dirá Contreras–, esta es mi tierra, la casa que me hizo el viejo. Lo único que sé hacer es pitchear y sembrar boniato. Cuando no pueda pitchear, vengo para acá a sembrar boniato.

Unos quinientos metros adentro comienza la vega, el terreno donde estuvo su casa natal y de la que, como único rastro, quedan los cimientos. “Huevo”, campesino de la zona y amigo suyo de la infancia, funge de guía:

–Yo estoy loco por encontrarme a ese negro feo. Sí, porque es un negro feo. Quizás muchos no quieran verlo porque piensan que anda como millonario.

Y señala la ceiba bajo la que ellos, siendo niños, jugaban pelota.

–A lo mejor después tengo que reconocer que el negro se puso blanco. Pero no lo creo. Cuando ganaba con el equipo Cuba y era famoso, seguía viniendo aquí y montándose lo mismo en una yegua que en un carretón, sin lío ninguno.

Ahora enseña el pozo en el que Contreras cargó agua, una y otra vez, cada día de su niñez y juventud. A estas alturas, un hueco negro rodeado de ladrillos, yerbajos, y mal cubierto con tapas de metal.

***

Es ya 30 de enero y son las dos de la tarde. Contreras no aparecerá hasta entradas las seis, las siete de la noche. Han transcurrido once días un tanto tumultuosos desde su arribo. Tras su llegada a La Habana, sube al Hyundai gris junto a Humberto y Luz María, rumbo inmediato al Hospital Salvador Allende, a unos diez kilómetros del aeropuerto.

En el Instituto Nacional de Angiología, un maltrecho edificio de cuatro plantas, Modesta Camejo, anciana de 77 años y madre de Contreras, es operada de la pierna izquierda. Con un 75% de necrosis, y antes de que la toxina se extienda por el cuerpo, hay que amputarle el miembro. La operación es un éxito. Y Contreras, dentro de lo que cabe, queda satisfecho.

En 48 horas dan de alta a la paciente, pero esta no será una recuperación común. La familia se divide todo el tiempo entre dos sucesos contradictorios: la llegada de José Ariel y la enfermedad de Modesta. Del hospital no siguen rumbo a Las Martinas, sino a Guanabo. Alquilan tres casas en El Mégano, una de las playas más concurridas del este de La Habana, y hacen estancia durante siete días.

La hermana María, una negra flaca y carismática de cabeza rapada, se toma en una madrugada sesenta y cuatro cervezas. Contreras, en cambio, se dedica a entrenar. Corre por la playa, concede entrevistas a NBC, firma autógrafos a más de un muchacho, y realiza entre cincuenta y setenta lances un día sí y un día no, mientras el profesor Guerra monitorea sus movimientos, dónde y cómo suelta el brazo. Todo esto tras el severo esguince de codo que en junio de 2012 lo separara de los Phillies de Filadelfia por el resto de la temporada.

No será, pues, hasta hoy, luego de pasar por el Parque Central en La Habana, por las zonas principales de Pinar del Río, y de salir a un café nocturno en compañía de Lazo, que Contreras llegue a su casa.

El Hyundai gris dobla la esquina. La gente sale de sus casas, se asoma a los portales, se suma al recorrido con algarabía y llantos de felicidad.

***

En 2010, el gobierno autorizó que Modesta Camejo viajara a Estados Unidos y que pudiera regresar a Cuba uno o dos meses al año. En uno de esos viajes, sus problemas circulatorios se agravaron.

Cuando Modesta llegó a Filadelfia, Contreras la llevó al estadio. Una mujer que no había salido jamás de su pueblo y que se encontraba de golpe en un palco del Citizens Bank Park. No había ido nunca al Capitán San Luis o al Latinoamericano, porque Pinar del Río o La Habana quedaban muy lejos de su casa, y en un destello se hallaba en el hogar del campeón de la Liga Nacional, un graderío que albergaba a más personas que todas las que hay en Las Martinas.

Como cerrador, Contreras no permitió carreras en dos juegos de esa semana. Alcanzó 97 millas con la recta, rebajó a 0.93 su promedio de limpias, y Modesta rompió a llorar. No por los números de su hijo, que de eso no entiende nada, sino porque en el palco no debía estar sentada ella, sino Florentino Contreras, el padre. Un hombre íntegro, ex pelotero, que en 2002, cuando crecieron los rumores sobre la partida de Contreras, se sentó en el portal de su casa a decir que no lo creía, que hasta que el equipo no regresara y su hijo no doblara la esquina, él, Florentino Contreras, esperaría. Y esperó.

–Me fui por ambición deportiva. Quería probarme en el mejor béisbol, hacer carrera, intentarlo. Tiene su precio, claro, pero yo quería probarme –sentencia Contreras.

–El viejo se encerró en el cuarto y no quiso salir –dice Francisco, hijo de Florentino en su primer matrimonio–. Era comunista, militante, muy serio.

Francisco llora casi sin lágrimas, parece un gajo seco.

Florentino permaneció días en la cama, pero luego se levantó y dijo, para quien quisiera oírlo, que le avisaran a Contreras que pasara lo que pasara seguía siendo su hijo.

Francisco aclara:

–Hablaron por teléfono varias veces, pero pasado un tiempo el viejo murió.

–¿Cuánto tiempo después?

–Como dos años más o menos.

–¿En 2004?

–Sí, en 2004.

–¿De qué?

–De obstrucción intestinal.

–¿No fue de tristeza?

Francisco no contesta. Luego dice que no con la cabeza, un no rotundo, precisando que el viejo estaba enfermo desde antes. Pero deja entredicho algo con los ojos como si fuera una causa que ya él, y todos, hubieran sopesado.

***

El viaje de salida nadie lo esperaba, ni siquiera sus íntimos. La primera que supo fue su hermana Francisca, la mayor de todos, que vive en La Habana, en el reparto La Víbora.

–En Cuba había ciclón –dice–, y yo pensé que me estaba llamando para averiguar por nosotros. Pero no. Me tocó a mí avisarle a papá.

–¿Qué te dijo Florentino?

–Que por qué no había tenido cojones para decírselo. Pero eso no se le dice a nadie. La gente comenta que Miguelito Valdés lo influyó. Es mentira. Incluso Jose me dijo que cuando él llegó al punto de encuentro y vio a Miguelito pensó que lo habían delatado.

Miguel Valdés era el jefe técnico del equipo, un entrenador de reconocido prestigio y con más de treinta años de experiencia. Se especulaba, en plan justificativo, con que Valdés había sido el cerebro de la fuga y luego había convencido a Contreras.

–Yo estaba en Las Tunas –dice el profesor Guerra–, entrenando al equipo de la provincia, y me enteré por la televisión. Nunca se había leído en Cuba un comunicado especial por la deserción de un atleta. Se hablaba de Contreras como si hubiera sido un héroe muerto en campaña. No pude terminar de oír. Me fui a mi habitación y me peleé con todo.

–¿Qué es todo?

–Ni quieras saber.

Pasaron años para que ambos volvieran a comunicarse. Guerra, incluso, dejó dicho que si un día Contreras regresaba, lo buscara en el cementerio de Guane, que allí lo estaría esperando.

Primero hablaron sobre cuestiones técnicas, consejos que Contreras pedía pero que quizás, más allá de la pertinencia de usar o no el tenedor en las Mayores, buscaban simplemente el acercamiento afectivo, paternal. Con Lazo, por su parte, la comunicación nunca disminuyó.

–Después de que yo salí –dice Contreras– no quise hablar con él. No quería que se buscara problemas, pero me mandó su teléfono y me dijo que tenía que llamarlo. Me siguió aconsejando. Veía los juegos y me señalaba la posición del codo, cosas técnicas, en fin. Y ahora, desde que llegué, fue a buscarme, a verme.

Cuando Lazo disertó en el primer Clásico Mundial, y dejó en ridículo a tandas temibles como la venezolana o la dominicana, Contreras se encontraba en un bar de Arizona, brincando encima de su mesa, inusualmente eufórico.

–Grité mucho, cómo no voy a gritar.

Evidente: el hecho de que hayan representado uno u otro rol es puramente casual.

***

El invierno de 2002 fue un invierno duro. Contreras se refugió en un hotel de Managua a la espera de su legalización como agente libre de las Grandes Ligas. Un periodista nicaragüense, que fue a entrevistarlo por esos días, declaró que nunca había visto ojos tan melancólicos en una persona, y publicó un titular digno de Darío: “Es un millonario triste”. No obstante, la estancia recogió incidentes de una gracia exclusiva. Se lo disputaban a muerte los poderosos y seductores archirrivales: Yankees de Nueva York y Red Sox de Boston.

Theo Epstein, gerente general de estos últimos, llegó hasta Nicaragua y alquiló todo el hotel donde se hospedaba Contreras para que los representantes de otros equipos no pudieran hablar con el pitcher o con Jaime Torre, el agente por excelencia de los peloteros cubanos que emigran a los Estados Unidos. Pero no fue suficiente. Contreras firmó con Nueva York por cuatro años y 32 millones de dólares, suma desmesurada para un hombre que jamás había lanzado en el béisbol profesional, que no ofrecía ninguna garantía directa de éxito, y que no había pasado siquiera por pruebas en Ligas Menores.

Contreras rompió reglas desde la previa, pero es, siempre ha sido, un hombre demasiado marcado por lo íntimo, por la necesidad de convivir con los suyos, no es el típico sujeto de ciudad que agradece batirse en solitario. Hay pruebas. Contreras alcanzó notables repuntes en su carrera como jugador de las Grandes Ligas cada vez que sintió el abrigo de sus íntimos: cuando su primera esposa y sus hijas llegaron a Miami, o cuando Modesta Camejo arribó a Filadelfia. Algo que cualquiera entendería, menos los Yankees. Nueva York, bien es sabido, no cree en circunstancias.

Contreras debutó el 31de marzo de 2003 contra los Blue Jays de Toronto, relevando al legendario Roger Clemens, pero nunca encontró la ruta expedita para afianzarse en una ciudad de suma presión y rendir a una afición exigente como ninguna: soberbia, aristócrata, acostumbrada al éxito, con muy selectos ídolos y nombres intocables. No puede decirse que Contreras tuvo siempre malos números con los Yankees. Al menos no en la segunda mitad de su primer año. Sin embargo, cometió pecados capitales, esos pequeños deslices que en cualquier otro lugar pasarían desapercibidos, y que conforman la mística de las organizaciones históricas.

En los play-off de 2003 cayó dos veces, y en la Serie Mundial, contra los Marlins de la Florida, apenas pudo asomar la cabeza. Para peor, frente a Boston, nunca ganó. Todo esto hizo que a mitad de su segunda temporada los Yankees decidieran canjearlo a los Chicago White Sox por Esteban Loaiza, otro pitcher cualquiera, es decir, un cualquiera por un cualquiera, uno de esos trueques ordinarios que nadie atiende demasiado puesto que ocurren cada año en el mercado de verano de las Grandes Ligas.

El resto de 2004 y la primera mitad de 2005 no fueron muy diferentes. Cifras mediocres y alguna que otra eventual salida poco más que correcta. Parecía más el vehemente lanzador de mucha voluntad y poco talento que se mantenía en Grandes Ligas a duras penas que el derecho determinante y volcánico que luego saldría a relucir. Don Cooper, su nuevo entrenador de pitcheo, se percató de que Contreras, cándido muchacho de Las Martinas, a pesar de sus constantes 95 millas y su “tenedor del infierno”, les enseñaba el lanzamiento a los bateadores.

Eliminando esa gratuidad, con el apoyo del carismático director Ozzie Guillén, y con la acostumbrada entrega de Contreras a los entrenamientos, Cooper logró, al fin, dinamitar el carbón, y en la historia corta declararía tiempo después: “Los otros equipos no lo derrotaron; se derrotó a sí mismo. Se pegó un tiro en el pie. Tenía demonios que necesitaba dejar atrás, y lo ha conseguido”.

En la historia larga, intervinieron otros actores. Orlando “el Duque” Hernández –quien ya se había marchado de Cuba desde 1996 y de los Yankees durante 2003, con tres anillos de Serie Mundial en el bolsillo– fue quien se encargó de averiguar por qué un pitcher de tantos recursos como Contreras no acababa de encontrar su forma definitiva. De aconsejarlo, echárselo arriba, convertirse en su mentor, y formularle una pregunta clave: ¿por qué había dejado de lanzar por el lado del brazo?, ¿por qué había dejado de soltar la bola desde ángulos distintos?, una característica fundamental que distingue a los pitchers cubanos y les proporciona una ventaja vital. Eso fue lo que hizo el Duque con su coterráneo.

Contreras, pues, inició precisamente frente a los Yankees, en agosto de 2005, una de las mayores cadenas de victorias consecutivas de un pitcher en Grandes Ligas: 17. Pero eso, que parece mucho, es realmente poco. Contreras guió a su equipo hasta la postemporada. Allí derrotó a Boston, vigente campeón, en la Serie Divisional. Luego cayó contra los Angelinos en la apertura de la Serie de Campeonato, pero volvió por sus fueros en el quinto juego para colocar al equipo en su primera Serie Mundial desde 1959.

Los White Sox no sobrevivían durante octubre desde que Fidel Castro entró en La Habana y no ganaban desde los tiempos del presidente Wilson, hacía 89 años, después de aquellos famosos partidos amañados y la proverbial maldición de las medias negras. Desde la época en que Babe Ruth bateaba y Hemingway publicaba en el Toronto Star.

Contreras abrió el primer juego de la final –su carrera estuvo llena de cábalas– frente a Roger Clemens, ya en los Astros de Houston. No fue su mejor actuación, pero aguantó hasta el octavo e inició la senda que terminó simbolizada en un grueso anillo de plata, oro y perlas vidriosas. Hoy, en Las Martinas, casi ocho años después, aún lo lleva puesto. Sobresale en su mano, como la joya en la tierra oscura.

–Estaba en la calle con los aficionados –dice Contreras– y Ozzie me pidió que hablara. Había dos millones de personas. No sabía inglés, todavía no lo sé, pero la gente quería que yo hablara. Mandé un saludo a Cuba, a Pinar del Río y luego a Chicago.

En 2006, estuvo cerca de abrir el Juego de las Estrellas por la Liga Americana, pero sufrió una lesión. Otra de tantas. Muy probablemente el tenedor, un arma tan letal y tan costosa, haya terminado socavando la dureza de su brazo. Después llegó a ser Latino de la Semana, tuvo retornos espectaculares, aunque también salidas desastrosas y frecuentes descensos a las Menores. Se mantuvo en Chicago hasta 2009, luego pasó a Colorado, y de ahí a Filadelfia.

En todo ese tiempo su consagración y persistencia cobraron merecida fama. Tanta que Will González, comentarista de ESPN, llegó a sugerirle a Yoenis Céspedes, jardinero contratado por Oakland a inicios de 2012, que aprendiera de Contreras cómo asumir la escabrosa transición de exiliado cubano a estrella consistente en las Grandes Ligas.

***

Desde su salida hasta hoy, 30 de enero de 2013, han pasado diez años y fracción. Uno le pregunta qué distingue al pitcher que regresa del pitcher que se fue y dice que solo la experiencia. Y al hombre que se fue del hombre que vuelve:

–Diez años de más, fuera de aquí, sin mis fanáticos y mi gente, lo demás igual.

Pero sí existen un par de diferencias. Cualquiera se percata, con solo escudriñar la sala de su casa. Hay, en la pared del fondo, un afiche de los Yankees donde asoman, además del cubano, Jeff Weaver, Roger Clemens y Andy Pettite. Al frente, un póster de Pinar del Río con Contreras en el banco, un guante en la mano y la vista perdida más allá de la foto. Paradójicamente, o no, el Contreras de los Yankees es audaz y risueño; de una sonrisa, eso sí, impostada, como son las sonrisas de la publicidad, y el Contreras de Cuba es nostálgico y meditabundo.

El Contreras de los Yankees es un portento íntegro, una pieza de ébano sin fisuras, un cuerpo sin articulaciones ni empates visibles: su ancho cuello de toro, sus brazos como ramas de guayabo, sus piernas como troncos de cedro. Parece un árbol de cemento. El Contreras de Cuba, en cambio, muestra la definición de sus partes, es como un juguete ensamblado. Fuerte, sí, pero todavía un boceto. Le faltan luces, glamour, pesas. Uno nota los amarres de los hombros con los brazos, de los brazos con los antebrazos, de las dedos con las uñas, el zurcido de las fibras.

El Contreras de los Yankees es, simplemente, con ese eficiente sentido del mercado y la brevedad que tienen los norteamericanos, José Contreras. El Contreras de Cuba, más desaliñado, es José Ariel Contreras. Y hoy, en el sillón de su portal en Las Martinas, es solo Jose. Sin énfasis, sin acentos.

–Ahora mismo me levanto y me quedo así y me digo: “¡Wow!, estoy de regreso”.

De los ojos le salta el éxtasis, de la barbilla le nace un chivo gracioso y breve, del cuello le cuelga una cadena larga que termina en un dije mediano, y en el dije, incrustado, el número 52. Su brazo derecho, distendido, cuelga fuera del sillón, sosteniendo entre sus dedos largos una cerveza fría. Alguien lo llama. Se bebe el último buche y estruja la lata. Se pone de pie. Hace por pitchearla. Ensaya su elegante windup.

Nunca se sabe, hasta última hora, si lo que Contreras lanza es una recta o un tenedor.

 

 

Este texto fue originalmente publicado en la revista El Malpensante