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El excéntrico analista de ESPN, Stephen A. Smith, describió en su momento el pase de Kevin Durant a los Golden State Warriors como “the weakest move I’ve ever seen from a superstar.” Se refería a la inusual decisión de la superestrella de la NBA de abandonar su puesto en Oklahoma City Thunder para sumarse al mejor equipo de la liga, los Golden State Warriors de Stephen Curry. De paso, el mismo equipo que lo derrotó meses antes viniendo de un desfavorable 1-3 en la serie de playoff.

Las palabras de Smith crearon tendencia, o más bien lideraron la opinión general de la comunidad de seguidores que la NBA ha acumulado en todo el planeta. Y el disgusto estalló por completo cuando Durant alzó los trofeos de campeón y MVP de las Finales el pasado junio. Pesan sobre él los cargos de haber faltado a una tradición de fieles campeones locales y propiciar un desbalance competitivo en el mejor baloncesto del mundo.

Desgraciadamente, detrás de las declaraciones del señor Smith y las acusaciones de los fans persisten dos descarriadas conjeturas. Primero: la NBA no está concebida para propiciar la paridad y es una liga donde el dinero dicta las pautas que luego cristalizan en la cultura deportiva de una época. Segundo: el espectáculo que suponen los deportes hoy día conlleva al juicio incorrecto de que el baloncesto, por ejemplo, no está influido por nada más que no sean los jugadores y el balón.

Como quien empuja un carro sin gasolina, David Joel Stern asumió el cargo de Comisionado de la NBA cuando la liga agonizaba. A golpe de estrategia y mercadeo, el abogado neoyorkino quitó las manchas de drogadicción, indisciplina y hastío que afectaban al campeonato. Tenía ideas de hacer de la liga un espectáculo superlativo y para ello creó los All-Star Weekends, la ceremonia de la Lotería del Draft y la nueva estructura de postemporada. Y en un golpe de suerte tremendo, el mismo año de su debut como máximo líder, pronunció, aún sin saberlo, las palabras que lo cambiarían todo: “With the third overall pick, the Chicago Bulls select Michael Jordan, from the University of North Carolina”.

No se sabe bien, quizás no se sepa jamás, cuánto dinero han generado el nombre, la imagen y las gestas de Michael Jordan. Se calcula que, solo por cuestiones referentes al calzado deportivo, haya alcanzado el monto de cinco mil millones de dólares. Con él se consagró un modelo de atleta que aún perdura como el monumento más perfecto de lo que una estrella debe ser para la NBA. “Porque Michael Jordan” escribe Gonzalo Vázquez “no es ya el nombre de nadie, nadie concreto de carne y hueso. Sino toda una expresión –fonéticamente impecable– sinónima de cuanto sugiere la doble noción de gloria y eternidad.”

El espectacular florecimiento del atleta Jordan vino aparejado con la madurez de la idea de Stern para la NBA como negocio. El primer contrato de emisiones por cable, firmado con el magnate Ted Turner, sumaba cincuenta millones por dos años: su consiguiente renovación hasta 2008 acumularía cuatro mil millones.

El aficionado promedio no conoce los mecanismos internos de la NBA y esto responde a la segunda de las conjeturas erróneas que antes mencionaba. Es normal que lo ignore: la mayoría de las personas se acercan al deporte como entretenimiento, por lo tanto, rehúyen de tener que descifrarlo como rompecabezas económico y hacer dobles lecturas del éxito de sus jugadores favoritos.

Moldeado como fenómeno de feria, solo restaba entonces crearle al jugador NBA un código moral en lo deportivo y unos cimientos legales que garantizaran la perdurabilidad del negocio. Así llegaron el tope salarial, un límite del dinero que puede gastar en su nómina cada franquicia, y el impuesto de lujo, una multa por cada dólar que el club exceda dicho tope, el cual termina repartiéndose entre todos los equipos de la liga. A ello hay que añadirle la “Regla Larry Bird”, una excepción que permite renovar a un agente libre que haya pasado al menos tres temporadas sin dejar el equipo y cuyo salario no pesa sobre el tope.

No significa esto, claro está, que Magic Johnson, Larry Bird, John Stockton, Hakeem Olajuwon, David Robinson o el propio Jordan no fuesen feroces competidores y fieles hijos de las ciudades que los acogieron como atletas profesionales. Pero sí queda claro que el modelo de estrella/líder único/ícono local, imperante desde los ochenta hasta principios de este siglo, debía su existencia a las normativas de la NBA y el dinero que esta era capaz de generar.

Tampoco el tope salarial y el impuesto de lujo garantizan la paridad, porque la diferencia de mercados grandes y chicos entre los clubes permite los excesos: dos ejemplos claros son los Knicks de Nueva York y los Lakers de Los Ángeles ya que ambos exceden el tope, tengan o no resultados favorables, por su valor como franquicia y la generosidad de sus contratos televisivos

A medida que la imagen de la NBA cobraba más fuerza y el mundo recibía el cambio de siglo con la caída del Muro, se hizo más difícil repartir todo aquel dinero logrado en conjunto. Así llegó el desacuerdo del año 1994, breve aunque fecundo, y el batacazo de 1998, en donde se perdió media temporada por un parón laboral en la liga a falta de un acuerdo colectivo de trabajo (CBA, en inglés).

La NBA fue el primer organismo en el deporte profesional en firmar, en 1967, un CBA entre los dueños de equipos y el Sindicato de Jugadores (NBPA). Jefazos y atletas se han enfrascado en un poco común juego de la soga a lo largo de los años. Finalmente, la cuerda se rompió en el 98.

El saldo de la disputa, de acuerdo con el Profesor Emérito en Administración de Negocios por la Universidad de California State, Paul D. Staudohar, no fue del todo resolutivo. Los dueños, comenta el autor de “Playing for Dollars: Labor Relations and Sports Business”, lograron a su favor un límite en los salarios individuales de los atletas (contrato máximo) y otro límite del 12% como máximo posible de ascenso al salario de los agentes libres acogidos a la “Regla Bird”. Esto último reforzaba la idea de que la estrella no abandonara el nido pronto.

Por lo demás, se mantuvo un “soft salary cap” que permitía a los grandes seguir gastando en impuesto de lujo y se les garantizó a los jugadores el 55% de los ingresos de la liga hasta el sexto año del contrato y el 57% el séptimo.

El Comisionado Stern (o David a secas, como prefiere ser llamado), graduado con honores de Columbia, estelar fichaje de la firma de abogados Proskauer Rose, mantuvo en pie la carpa una vez más. El truco no solo le garantizó comenzar el nuevo siglo con más fuerza y renovar en 2006 el acuerdo, sino que lo llevó ver crecer aquel monstruo que había creado hasta niveles impensados. En 2011, finalmente, algo falló.

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En diciembre de 2011, en algún lugar de California, Kobe Bryant preparaba el final de su carrera. No su último año: el final, glorioso, de su carrera. Mientras los dueños de los treinta equipos de la NBA y el Sindicato de Jugadores (NBPA) negociaban el acuerdo colectivo que pondría fin al parón laboral establecido desde julio, Bryant entrenaba sin falta cada día desde las cuatro de la madrugada. Carreras, pesas, Pilates e interminables sesiones de tiro, seguidas de cerca por su entrenador personal. Necesitaba un campeonato más que sumar a sus cinco coronas y sus rivales ahora, catorce años después de su debut, eran más rápidos, más fuertes y casi tan ambiciosos como él. No había tiempo que perder.

Su personal tenía órdenes explicitas de no interrumpir, salvo contadísimas excepciones, las rutinas de trabajo. Sin embargo, la mañana del día 8 su asistente le alcanzó un móvil ante la mirada incrédula del astro:

  • Kob, estoy yendo a L.A. contigo, hermano —apuró desde el otro lado Chris Paul, el mejor base organizador de la NBA y estrella de los New Orleans Hornets.

La noticia llegaba como un bálsamo. Bryant había soportado una humillante derrota ante los Mavericks la pasada temporada y luego los vio coronarse campeones sobre el fabuloso Big Three de Miami Heat. Paul, por su parte, se encontraba atascado en la mediocridad de los Hornets, una franquicia cuyo dueño quebró luego del huracán Katrina y pasó a ser propiedad de la liga, representada por cada uno de los treinta propietarios de equipo.

Si bien era improbable que Dallas repitiera campeonato, el equipazo formado en la Florida, luego de la famosa The Decision de LeBron James, era el mayor obstáculo entre Bryant y su objetivo final: las seis coronas de Michael Jordan. Con Paul de su lado, a pesar de que perdería a su amigo Pau Gasol en el camino, sus oportunidades de conseguirlo mejoraban considerablemente. Esa temporada ambos ocuparon las plazas cinco y seis en la lista de los jugadores con mejor PER (Player Efficiency Rating) de toda la liga. El canje prometía anillo.

  • Genial, hermano, no puedo esperar a que llegues — respondió Kobe.

Bryant y Paul no disputaron un solo minuto como compañeros de equipo fuera del Team USA: esa misma tarde el Comisionado de la NBA, el señor David J. Stern, vetó, en su condición de dueño transitorio de la franquicia de New Orleans junto al resto de los dueños de equipo de la Liga, el traspaso acordado.

Dos años después, en un partido frente a los Warriors, Kobe Bryant giró sobre su tobillo izquierdo para dejar detrás a Harrison Barnes y desgarró su tendón de Aquiles. Encadenó esa con otras dos lesiones de rodilla y hombro hasta su retiro: nunca más volvió a ser aquella bestia feroz. Paul sufrió todo tipo de lesiones frustrantes y derrotas dolorosas como estrella de los Clippers de Los Ángeles, a donde finalmente fue traspasado. Este verano, harto de perder, marchó a Houston tan vacío como llegó.

Las razones por las cuales este canje nunca tuvo lugar, no están contenidas en ningún manual de baloncesto. Sin embargo, significó el comienzo de una nueva etapa en la historia de la NBA y quizás del deporte en general. El Comisionado Stern rompió el trato porque, supuestamente, dejaba en desventaja extrema a New Orleans al tiempo que favorecía a los ya poderosos Lakers. Es cierto que el canje le ahorraría a la franquicia angelina unos 20 millones en salarios por los próximos tres años y otros 21 en impuestos de lujo.

Pero Stern sabía bien que la paridad es un mito detrás del cual se esconden los más habilidosos capitalistas como él. Lo supo siempre: cuando fijó el tope, cuando creó la Lotería del Draft y cuando cerró el acuerdo colectivo más de diez años antes. Todos sabían ya que Stern haría todo lo posible por evitar que se repitiera el caso de Miami Heat.

Para ese entonces ya era un secreto a voces que pronto el Comisionado se retiraría. Incluso se sabía tras bambalinas el nombre del sucesor: Adam Silver.

Carismático y refinado como un gato siamés, Silver creció siendo un gran fanático del baloncesto. Coreaba desde las gradas del Madison Square Garden el nombre de Walt Frazier, cada fin de semana que el padre, un abogado divorciado de su madre, lo llevaba al partido. Incluso solía usar las Puma Clyde cada vez que entraba a la cancha. Llevó ese mismo entusiasmo hasta la Universidad de Duke, donde participó, siempre como fanático, de la gran tradición canastera de ese centro. Cuando por fin se graduó de la Chicago Law School, su pasión por el juego topaba con la que sentía por su profesión. Trabajó como actuario de una corte federal y para un congresista de Oregon. Sin embargo, no se encontraba a gusto.

Resolvió el dilema enviando una carta a un antiguo compañero de trabajo de su padre, la cual encabezó así: “Estimado Sr. Stern:”.

Llevaba 24 años como empleado de la NBA (como asistente especial del Comisionado, luego jefe de su staff, Vice-presidente Senior de NBA Entertainment y finalmente Comisario General en 2006) cuando le llegó la noticia de que sería el nuevo jefe.

Silver, creía Stern, era el sucesor perfecto a quien legar su reliquia: “We think alike about a lot of things — not just about basketball, but about life”, dijo alguna vez al The New York Times el viejo David.

Ahora, en 2011, confiaba en que había librado su última batalla como cabeza de la liga. Después de cancelar 16 partidos de temporada regular, traducidos en 800 millones de dólares perdidos según Forbes, Stern había logrado encarrilar una vez más un acuerdo colectivo, esta vez más acorde con los tiempos que vivía la NBA. No solo mejoró el impuesto de lujo y la distribución de los ingresos, sino que pactó con los jugadores la división 50-50 del total de ingresos relativos al baloncesto (Basketball Related Income). Con esta alianza los atletas renunciaron a casi 300 millones de dólares. Años más tarde, quizás David Stern todavía piensa en ese día y en ese trato.

Él siempre creyó que cada Comisionado debe recibir una nueva NBA, con las herencias justas del mandato anterior y mejorar, a su forma, lo que ya existía. Lo que gestaban Lakers y Hornets atentaba fuertemente contra ese mantra.

Kobe era el último rastro de la era Stern. Una estrella opulenta y ambiciosa, entrada en años, es cierto, pero implacable en lo deportivo (“Relentless”, dijo Allen Iverson cuando le pidieron definir a la Mamba Negra en una sola palabra) y dispuesto a jugar hasta su último partido con los mismos colores. El último heredero de aquel modelo prefigurado por Jordan, capaz de burlar el cálculo más preciso. De niño, LeBron James cubría las paredes de su apartamento de bajo costo en los suburbios de Akron con pósters suyos. En el patio de la casa donde vivía solo con su madre, Kevin Durant jugaba a ser Kobe.

El Comisionado no podía permitirse el retiro sin que reinara una nueva figura en la NBA. Pero, como de costumbre, disfrazó ese deseo con los ropajes de la competitividad y el reparto equitativo del dinero.

No se equivocó con el jugador: Bryant fracasó al tiempo que James se consagró como el líder de una nueva clase. Pero, irónicamente, Stern olvidó, como sucede a muchos, que la NBA comienza a funcionar muy lejos de la cancha.

***

El Comisionado Adam Silver tiene un verso favorito del rapero afroamericano Jay-Z: “Incluso un reloj roto está bien un par de veces al día”. Ese es Silver. Está dispuesto a escuchar a todos y lo deja saber. Es el administrador de una popular cuenta en Instagram y disfruta compartiendo momentos íntimos de la liga: una conversación en el túnel con LeBron James, la reunión de los árbitros antes del partido o simplemente uno de los camarógrafos del partido sonriendo. Sabe que el presente y el futuro están detrás de una pantalla.

La nueva NBA se parece mucho a él: es sofisticada, se ubica en el núcleo de la cultura pop y está equipada con una carcasa de lujo. Escogido con voto unánime de la junta, el abogado de 54 años ha dedicado tanto tiempo de su vida a la liga (se casó hace poco, pero antes de eso solo se le veía fuera de las oficinas haciendo jogging o paseando a su perro) que los dueños de equipo ni siquiera valoraban otra posibilidad. Como sucedió en el anterior mandato, Silver se parece mucho a los dueños de las franquicias.

Stern convivió siempre con empresarios de su misma estirpe capitalista. Ser propietarios de una franquicia era para estos señores un final feliz, nunca un giro temerario. Hombres como Herb Kohl, militar de reserva y heredero de una cadena de tiendas el cual terminó convirtiéndose en Senador de los Estados Unidos. Kohl fue el dueño de los Milwaukee Bucks casi el mismo tiempo que Stern fue Comisionado (1985-2014). O Glen Taylor, pequeño empresario que convirtió un negocio de invitaciones de bodas en una de las compañías de impresión más grandes del país y luego se hizo con los Minnesota Timberwolves.

La mayoría de los dueños del anterior mandato tenían en común el hecho de que construyeron sus fortunas dominando negocios especializados en una sola materia. Más que nada, por ser esa la forma en que las personas solían hacerse ricos en Estados Unidos. Por eso dirigían sus franquicias con el mismo carácter de hacendado tejano con que regentaban sus imperios industriales.

El innovador más grande de aquella clase de patrones era el Dr. Jerry Buss, dueño, entre otras grandes empresas, de los Lakers de Los Ángeles. Se trata del que quizás sea el empresario más exitoso en todo el deporte: de sus 33 temporadas como dueño, los Lakers alcanzaron las finales 16 veces. Pero lo deportivo en él venía acompañado por la gestión múltiple que hizo de su negocio. “Jerry Buss”, ha dicho la leyenda del baloncesto, Jerry West, “fue un innovador que pensó que el baloncesto debería tener el caché de un show de Broadway”. La renovación que llevó a cabo logró convertir un acontecimiento gris en el espectáculo superlativo que suponemos común hoy en la NBA.

Sin embargo, como bien observa West en un texto del The New York Times Magazine, el show no lo era todo. Durante buena parte de esa época los Lakers contaron, primero con el mítico Showtime de Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y James Worthy, y luego con la dupla Shaq-Kobe. Ambos equipos llegaron a convertirse en auténticas dinastías, esa famosa hipérbole deportiva. La renovación llegó entonces en ambos frentes, en el palco y en la cancha, y convirtió a los Lakers en el eterno candidato a campeones.

Y ahora le ha tocado a Silver enfrentarse con una nueva versión del Dr. Buss: Joe Lacob.

Todos los martes Lacob, dueño mayoritario de los Golden State Warriors desde 2010, atraviesa el campus de la Universidad de Stanford para jugar al baloncesto con un grupo de amigos y colegas de profesión: otros empresarios de los denominados “venture capitalists”. Participan en esos partidillos a 13 puntos, con dobles y triples incluidos, hombres importantes en grandes empresas tecnológicas como Open Table, Curious o Vanguard Ventures. Hombres relativamente jóvenes, que amasaron una buena fortuna temprano y ahora, guiados por Lacob de 60 años, van camino a su sueño de invertir en un equipo NBA.

Hablamos de una revolución en la forma de pensar la Liga, marcada por el alcance global de la NBA como negocio. Si seguimos el rastro, desde que Wyc Grousbeck compró en 2002 los Boston Celtics (Lacob era parte de ello) la cantidad de equipos pertenecientes a esta clase inversora suma más de un cuarto del total de la liga. Esto se traduce en un grupo cada vez mayor de franquicias siendo dirigidas como si fuesen Google, Amazon o Apple.

El nuevo modelo preconizado por los Warriors de Lacob entiende la necesidad de un manejo más hábil del personal, una comunicación total entre todas las partes de la organización y el uso frecuente de consejeros en todas las áreas. Por mucho que quisiera Lacob, como el Dr. Buss, no puede influir sobre la cancha, por lo tanto invierte en un área que no controla: es eso lo que hacen los venture capitalists.

Siguiendo un camino arriesgado, los Warriors se deshicieron de su estrella Monta Ellis a cambio del pívot Andrew Bogut, lesionado de rodilla, pensando en el desarrollo del joven Stephen Curry. Luego contrataron a Mark Jackson, respetado como jugador, pero completamente inexperto como coach. Y luego de una temporada de 53 victorias, despidieron a Jackson para traer a Steve Kerr quien, irónicamente, había ocupado la plaza de aquel como comentarista de televisión. Para cada uno de esos movimientos, además del propio Jerry West, Lacob confió en Daryl Morey, un desconocido en el universo NBA, y lo nombró Mánager General.

Lacob y su grupo lograron que este modelo de gestión traspasara las paredes de la oficina y bajara hasta la duela. Cuando los Warriors perdían 2-1 las Finales contra Cleveland Cavaliers en 2015, un cambio táctico produjo la fisura definitiva en el juego de los Cavaliers. Horas antes del cuarto partido, Nick U´Ren, el hombre encargado de seleccionar la música en las prácticas y coordinador de las sesiones de video, le comentó al atribulado Kerr su idea de alinear a Andre Iguodala en lugar del pívot Bogut y así cubrir mejor a LeBron James, garantizando además movilidad en ataque.

Kerr no lo pensó dos veces y el riesgo le valió su primer campeonato como director y el primero de Lacob como dueño. Daryl Morey fue nombrado Ejecutivo del Año. El hecho de que una decisión así, no solo haya salido de un puesto menor dentro de la franquicia, sino que haya sido escuchada por un hombre que jugó junto a Michael Jordan y Tim Duncan deja clara la filosofía de esta nueva NBA: “Incluso un reloj roto…”.

Pero la más arriesgada de todas las decisiones tomadas por el grupo de hombres que dirige Joe Lacob es anterior a esta. Dependía más de su visión como empresario que, como se cree, de los frágiles tobillos del hijo mayor de Dell Curry. Cuando llegó la hora de renovar a Steph, no solo tuvieron en cuenta las destrezas físicas y mentales que las lesiones no habían dejado florecer, sino que calcularon la posibilidad de contar con más de una superestrella par de años después con la puesta en marcha del nuevo contrato televisivo.

Es este el parte aguas de la generación Silver.

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Seamos claros: el hecho de que Durant se haya marchado a los ya imponentes Warriors fue posible porque ESPN y TNT pagaron 24 mil millones de dólares por transmitir la NBA durante nueve años y esto elevó en más de 20 millones el límite salarial de cada equipo. Fue posible porque la liga fue creciendo increíblemente rápido hasta convertirse en un monstruo que genera cerca de 50 mil millones al año. Además, fue posible porque un grupo de hombres emigrados de una clase empresarial de nuevo tipo, aplicaron las mejores estrategias de negocios en el mundo en función de un campeonato deportivo.

El dinero terminó por perseguir a la NBA como la roca gigante a Indiana Jones. El modelo Stern se ha desdoblado con la televisión y el Internet, y justo cuando su sucesor creía tener la respuesta para sus problemas, Durant le cambió la pregunta.

Porque lo que antes solían llamarse “súper equipos” podían resumirse a dos clases: aquellos armados durante años con buenas elecciones en del Draft y una gerencia decente o el acto desesperado de estrellas en declive por ganar un anillo esquivo. LeBron James contribuyó a cambiar ese aspecto en la cultura de la NBA y ahora, si en realidad hizo mal, el karma le dio una cucharada de su propio chocolate.

El fanático común no le perdona a Kevin Durant el faltarle a una tradición. Pero de qué tradición hablamos si sabemos que la historia de la NBA bien pudiera ser la historia del dinero que ha generado. El propio Jordan, intocable ídolo del deporte, fue uno de los dueños que pidió en 2011 rebajar la cantidad que reciben los atletas: un reclamo diametralmente opuesto al que dirigió en 1994 como jugador y máxima estrella de la liga. Lo que llevó a Durant a abandonar su lugar en Oklahoma no solo fue la posibilidad única de jugar en un mejor equipo por la misma cantidad de dinero, también influyó la parte más banal del imaginario de la NBA: hay que ganar un anillo, cueste lo que cueste.

Aunque ganar es el objetivo último en cada deporte, la NBA lo ha convertido en una especie de yugo para sus mejores atletas. El reconocimiento que la comunidad de las Grandes Ligas o de la NFL tiene para aquellos grandes jugadores que jamás ganaron el último partido, no es tal en la NBA. Se trata de un pensamiento simplista y retrógrado según el cual tendríamos que clasificar a Karl Malone como un jugador menor, aunque haya anotado casi 37 mil puntos y capturado cerca de 15 mil rebotes en 20 años como profesional.

Más importante aún, Malone nunca ganó un anillo porque decidió ser, junto a John Stockton, la némesis del más grande de todos los jugadores de baloncesto. Pero los mismos que tildan de cobarde a Durant y ponen a Malone como ejemplo de la entereza de aquella época, son también los que se apresuran en dejarlo fuera de todas y cada una de esas listas inútiles de los más grandes jugadores. Tampoco le tienen en cuenta, por ejemplo, a un jugador como David West, haber abandonado un claro contendiente como San Antonio Spurs tras caer la pasada temporada para sumarse a Warriors, donde terminó siendo decisivo.

Si las rodillas de Brandon Roy o los ligamentos de Greg Oden no hubiesen flaqueado, quizás estuviésemos contando otra historia. Si alguien hubiese hallado una buena razón para no renovar a Curry, también. Le tocó a K.D. ser la cara de un cambio de generación, de una nueva narrativa de la NBA. Una en la cual las grandes estrellas tienen en sus manos la decisión de jugar donde quieran por una suma de dinero acorde con la que ellos contribuyen a generar desde la cancha o desde su celular. Según las métricas del sitio Socialmention.com, durante las pasadas Finales las palabras “Kevin Durant” se mencionaban cada un minuto en Twitter. Por si el mero dato no bastara, debe decirse que la combinación “Donald Trump” relucía cada 51 segundos. Nada mal ¿no?

Toda franquicia que no acuda de prisa al cambio generacional está destinada al fracaso. Al tiempo que los autocráticos Lakers desecharon todo su dinero y prestigio a cambio de complacer los caprichos millonarios de Bryant, guiados por las ineptitudes de Jim, el vástago del Dr. Buss, los Warriors pasaron de ser el hazmerreír de la división del Pacífico a convertirse en el más temido equipo en el deporte. Sólido e innovador tanto en la cancha como en la oficina.

No. Durant no ha hecho más dispareja la NBA de lo que ya era: solo cinco equipos han ganado el 70% de los trofeos desde sus inicios. En los ochenta y los noventa, el “período clásico” del modelo Stern, cuatro equipos ganaron 18 de las 20 temporadas. Ahora, cuando esa tendencia comenzaba a cambiar poco a poco, llega el dinero y pone todo de cabeza otra vez.

Se acercan tiempos difíciles para Adam Silver: tratar de poner la Liga por encima de cada uno de los multimillonarios que la integran. Han vuelto males, anteriores incluso a David Stern, como el sobre-pago a jugadores y la concentración del talento.

Por suerte, la NBA no es el baloncesto. Eso lo saben en las canchas asfaltadas de Rucker Park, en la nueva 23 y B de La Habana y en el Morgan Levy Park de Miami. El más hermoso desafío sigue siendo lanzar la pelota al vacío de la cesta. Solo se trata del comienzo de una época un tanto triste. Una en la cual el presidente de los Estados Unidos es un títere burlesco y la máxima estrella de la NBA es a la vez el más odiado de todos sus jugadores. Quizás sea Durant el primero de una nueva estirpe de estrella, practicantes de una valentía diferente a la de Malone y Stockton.

Una valentía (o cobardía) que los aficionados más viejos, digámoslo ahora, digámoslo siempre, no compartimos. Por eso tantos concuerdan con Stephen A. Smith y su sentencia lapidaria. Influidos por un embrujo doble: el encantamiento hermoso de este deporte y la trampa complaciente tendida hace ya mucho por David Stern.