Malecón de Baracoa / Foto: Cortesía del autor

Malecón de Baracoa / Foto: Cortesía del autor

Era el 25 de octubre del 2012. Año bisiesto, Olimpiada de Londres, parto de las ballenas. Y las viejas pitonisas cubanas aun profetizaban que una desgracia caería sobre Cuba.

Eran las 6:00pm en Santiago de Cuba, soplaba un viento extraño.

Emmy Márquez estaba en casa de su hijo Mateo, de un año, jugueteaba con él, y de hito en hito miraba el culo de su bella ex Dayana. Emmy se preguntaba cuándo volvería a poseer ese trasero tan perfecto; Dayana se mostraba renuente.

Tres realizadores de cine independiente estaban organizando el Primer Kino Internacional en Santiago, a celebrarse en diciembre. Carlos, Emmanuel y Armando ya se veían filmando con cámaras FULL HD, compartiendo con cineastas de los cinco continentes, y soñando con su primer viaje al extranjero; estaban haciendo jineterismo cultural.

El Chino, un propietario de un timbiriche de pizzas, bocaditos y refrescos, tenía en su almacén tres sacos de harina y 100 libras de queso, la venta estaba estancada, El Chino debía a sus acreedores, se figuraba con una deuda en fin de año, pasando un 31 de diciembre “salao”, cayéndole la maldita a la familia. Estaba muy acongojado. Otros santiagueros también tenían ilusiones, y sus típicas costumbres cotidianas.

No había miedo, hacía décadas que un huracán no atravesaba Santiago. El Ciclón Flora, en 1963, sólo trajo fuertes lluvias para el Chago, y los otros huracanes orientales no habían jodido a la segunda ciudad más importante del país. Los santiagueros siempre esperan un devastador terremoto, pero estaban inmunizados, creían ellos, contra los huracanes. Era la tarde del 25 de octubre del 2012, Sandy ya había dejado estragos en Jamaica y avanzaba como una KatanaHattoriHanzo.

Eran la 6:00pm. Sólo unos pocos tomaron medidas, reforzaron persianas, ventanas, puertas y techos, compraron velas, y alimentos.

Foto: Cortesía del autor

Foto: Cortesía del autor

A las 11:50pm Sandy ancló en Chagolandia. Los techos de zinc volaban por los aires como OVNI de las películas de Ed Wood; algunos valientes salieron a las calles a buscar sus cubiertas. Hubo actos vandálicos, algunos irrumpieron en las tiendas del Estado buscando televisores, comidas y fruslerías.

No llovió mientras Sandy nos jodió. Toda Santiago amaneció al revés. De cuajo, el Hotel Bucanero, anclado en una playa del litoral sureste, dejó de existir. Muchas casas lujosas en la playa de Siboney fueron arrastradas por la furia de la mar; algunos burgueses perdieron sus casas de descanso. Muchas viviendas en los barrios marginales y mal fabricados, como Chicarrones, Vista Hermosa, Altamira, Portuondo, Agüero, San Pedrito, fueron devastadas. No hubo fluido eléctrico por dos semanas en gran parte de la ciudad. Había escombros en las calles, y apareció el cólera. No se divisaba sombra en ningún sitio, los árboles se quedaron sin pimpollo; el calor era asfixiante. Desde muchos enclaves de la ciudad irregular, topográficamente se podían apreciar edificaciones y barrios que antes eran cubiertos por las matas. Los alimentos se pudrían en los hogares.

Hubo ayuda internacional (enlatados, granos, casas de campaña, indumentaria, materiales de la construcción, etc), pero esto no compensaba la pena de los más afectados. Los merolicos acaparaban alimentos y revendían; algunos sufrieron el peso de la ley.

Se escuchaba conga en muchas calles, cientos tomaban ron. Bajo total oscuridad, sin techo, con polvo, peligro de cólera, unos tantos hacían chistes, se reían, bailaban, cantaban, rememoraban otros sinestros huracanes. Fervientes cristianos, protestantes, católicos y testigos de Jehová, juzgaban a los que bebían, bailaban y reían para ahogar las penas. “No es momento para eso”, decían.

El Chino vendió más de 5 000 pizzas en 7 días, no vio racha semejante desde el Periodo Especial, 1993-97,  cuando arreciaba el hambre.

El Centro Provincial del Cine suspendió el evento Kino Santiago, y una vez más, Carlos, Emmanuel y Armando, se sentían unos cineastas “salaos”, sin financiamiento.

Dayana se supo sola, atormentada y sin ayuda, y sucumbió en los brazos de su ex, saciándolo con ese inmenso, bello y perfecto culo suyo, a cambio de los esfuerzos y sostén económico de Emmy Márquez.

Otros santiagueros continuaban con sus ilusiones y sus costumbres cotidianas…

***

Cuatro de octubre de 2016, año bisiesto, Olimpiada de Río de Janeiro, parto de las ballenas.

Raúl Castro estaba en Santiago, y habló a los santiagueros: “Yo sé que ustedes no tienen miedo, ya ustedes han pasado por esto, Santiago es Santiago, y con el esfuerzo de todos, venceremos”.

El principal meteorólogo del país, José Rubiera, anunciaba que era 90 por ciento posible que el huracán Matthew, el cual ya se acercaba a territorio oriental, afectara las ciudades de Santiago y Guantánamo. Granma sufriría también fuertes consecuencias.

Los satélites mostraban un huracán de gran radio y circunferencia. Hacía tres días los santiagueros venían preparándose para afrontar el embate, habían aprendido. Cientos de ellos, que habían adquirido deudas para reparar sus hogares afectados por Sandy, se sentían pesimistas.

Eran las 6:00pm, 4 de octubre, 2016, hacía un viento extraño. Se esperaba que a esta hora ya Matthew estuviera en tierra santiaguera. Matthew entró por el extremo oriental de Cuba, quedó tan fascinado con la Isla como Colón, cuando expresó admirado: “Es la más bella tierra que ojos humanos han visto”.

Por más de seis horas, Matthew permaneció en tierra oriental.

Foto: Cortesía del autor

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A la mañana siguiente todo el país obtuvo noticias de la devastación de Matthew tras su paso por los municipios Imías, San Antonio, Maisí, y la exótica y turística Baracoa. La ciudad del Guaso no recibió ni una gota de lluvia o viento.

Un equipo de cineastas independientes de Santiago de  Cuba –entre los que me encontraba– fue contratado para filmar reportajes en la zona afectada. Apenas entramos en la terminal de Guantánamo, allí comentaban: “Es imposible llegar a Baracoa, sólo hay paso hasta Imías, La Farola está incomunicada, Maisí también, se derrumbó el puente sobre el río Toa, no hay forma de llegar”.

Un “pisicorre” nos llevó hasta Imías, pueblo pequeño. La situación estaba  igual que cuando Sandy, los árboles caídos, no había fluido eléctrico, muchas casas se quedaron sin techo, arboles frondosos cayeron sobre casas de mampostería y derrumbó las paredes. En una vaquería murieron más de 100 vacas.

Subimos a una guagua que transportaba a algunos electricistas destinados a solucionar el desorden. Un señor baracoense iba con nosotros, y contaba: “Se perdieron las matas de cacao, no habrá chocolate en Baracoa por un buen tiempo. José, el vendedor de miel, perdió todas sus colmenas. Se afectaron casi todas las matas de coco, no habrá cucuruchos de coco en unos años. Diez personas se metieron en una cisterna mientras sopló el viento. Un padre y su hijo se amarraron a una palma. Cinco días antes de que pasara el ciclón, se vieron dos ballenas en el malecón; eso había pasado unos años atrás, cuando hubo una penetración de mar, una penetración extraña que duró varios días, y se llevó  varias casas, pegadas al mar y a los ríos. Muchos profetizaron que las ballenas anunciaban que una desgracia caería sobre Baracoa, las ballenas saben. Ha sido un desastre…”

Apenas llegamos a La Farola, el espectáculo era desolador. Todas las palmas habían perdido su pimpollo, todas las montañas se percibían en ciernes. De repente, vimos una casa arrinconada, solitaria, una madre tendía una ropa sobre un cordel improvisado, el techo había desparecido, sus tres hijos pequeños cargaban palos, el padre, unos metros más allá, cargaba troncos y daba algunos puntillazos. Un kilómetro después apareció otra vivienda, y seguían apareciendo más casas mientras la guagua surcaba toda La Farola. Yo me preguntaba por qué y cómo esa gente había fijado allí su residencia. Me preguntaba si ellos eran felices.

Llegamos a Baracoa de noche, no había luna, la oscuridad era acojonante, y caminar entre los escombros se hacía incómodo. Como en Santiago bajo los efectos de Sandy, muchos jóvenes baracoenses reían, bebían ron y escuchaban música con sus dispositivos móviles; pero no había conga, en eso Santiago seguía siendo Santiago, su conga era única en la Tierra.

Baracoa se sustenta en gran medida del turismo internacional, hay casi un millar de viviendas arrendatarias; a los turistas los habían evacuado fuera de allí días antes. Después  de muchos intentos, conseguimos alquiler. Nos bañamos y salimos a trabajar.

Entrevistamos a una bella y joven arrendataria, iluminamos con velas su cómodo hostal. Ella confesó que algunos de sus amigos habían perdido las viviendas, que el turismo disminuiría, pero que al final Baracoa saldría adelante; ella argumentó vehemente que Matthew había sido más devastador en la Ciudad Primada que Sandy en la Ciudad Héroe.

A la mañana siguiente pudimos apreciar mejor el panorama, estábamos impresionados, pero no sorprendidos. Entrevistamos a un equipo de linieros eléctricos de Ciego de Ávila. Ellos confesaron que nunca habían visto semejante caos, pero que no se irían de allí sin haber restablecido el fluido eléctrico. Había polvo, escombros, sol asfixiante, desesperación. Innumerables colas para comprar pan, pizzas, las últimas cervezas y refrescos fríos.

Un joven pescador, y su familia, habían perdido su apartamento. Un edifico de tres plantas pegado al malecón había sucumbido completo a la penetración del mar. Baconao, como le dicen todos a este joven pescador,  contaba que el ciclón se llevó los erizos, los pulpos, y algunas especies de pescado. Hacía una brisa agradable, y nosotros sucumbimos al excelente humor de la Madre de Baconao, el Padre vendedor de croquetas, y los otros vecinos. Reían, hacían chistes sobre sus propias calamidades. Nosotros reímos con ellos. Sin chovinismo, sin ser patriotero, tuve que admirar el carácter fuerte y optimista de mis queridos vecinos orientales.

Baconao / Foto: Cortesía del autor

Baconao / Foto: Cortesía del autor

Había mucho más caos para filmar, mucho más. Pero mi equipo de filmación quedó fascinado con las mujeres baracoenses, su acento tan dulce, su ternura, su toque particular.

La tarde antes de partir me fui solo hasta la playa del malecón. Había estado allí en agosto del 2007, con mi ex. Bajo un bello ocaso hicimos el amor completamente desnudos.

En el malecón había una familia y su perro bañándose. Yo pensaba en muchas cosas, relaciones perdidas, proyectos frustrados, mi enfermedad, mi hijo, mis amigos, mi madre y mi abuela. Estaba solo con mis pensamientos. La ciudad detrás, hecha un desastre.

Foto: Cortesía del autor

Foto: Cortesía del autor

Por: Emmanuel Martín