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Hace un par de años las librerías tomaron la ciudad. Ese exceso de mesitas casuales y estanterías serias nos regalaron la ilusión de que acelerábamos en la carrera contra la barbarie. Por momentos, La Habana lucía «letrada», contemporánea: las novedades internacionales del Instituto Cubano del Libro se contaban con los dedos, pero en los alrededores de la calle 23 podían encontrarse ediciones de Tusquets o Anagrama en seis puntos distintos.

Las librerías de uso suelen ser un establecimiento del préstamo, pero del préstamo involuntario. Recibimos los libros de otros de manos intrusas, ajenas. Entablamos una relación silenciosa con la página, pero también otra, extraña y ambivalente, con el dueño anterior. Tengo sentimientos encontrados con esos primeros propietarios, lectores desconocidos que prefieren los mismos autores que yo, pero que abandonaron sus libros. Si dejan huellas, leer se convierte más que nunca en una operación de detectives. Como los capítulos con la trama, sus subrayados y notas de página van dibujando los lectores que son. Esas marcas pueden ser la fotografía indiscreta de sus manías, el registro de sus aspiraciones secretas. En una novela de V.S. Naipaul que compré una vez, alguien tenía esta excéntrica agenda:

Lunes: Guardia en la iglesia. Betty y Benigno en casa.

Martes: Ir a la Biblioteca. Buscar un libro de poemas de amor para el concurso de Varadero. (Dos poemas eróticos, máximo ocho cuartillas)

Miércoles: Prédica del pastor. (Quien tiene a Dios lo tiene todo)

Jueves: Pensar en seudónimos: El Cristo (¿LECORTIS?); Azorín (¿ROZAIN? ¿NIZARO?). Alguno debe funcionar.

Viernes: Ayudar a T.M. a ganar poder. Él es el elegido.

Los libreros de uso forman un gremio heterogéneo e inestable. Durante la invasión, a los agentes de siempre se sumaron otros, extraños y ocasionales, para vender la mercancía en espacios de alquiler, un muro, un portal, algún garaje, cualquier superficie lisa y abierta desde la que exhibir páginas mustias. En ese paisaje, los libros suelen tasarse por el género, por el grosor, por la belleza de sus cubiertas (belleza según la definición de Miss Universo: mucho color, bastante brillo, nada adentro) pero siempre hay chance para las fluctuaciones inesperadas. Hace dos años encontré al sicópata de mis pesadillas, ese tipo de mirada evasiva, tics nerviosos y mugre bajo las uñas, vendiendo los ensayos de Montaigne y un par de novelas de Juan Villoro y Roberto Bolaño. Estaba en las afueras de la bodega de H y 23, los libros en el piso. En mi sorpresa, cometí una tontería: antes de preguntarle el precio, lo felicité por su buen gusto. Con los ojos vidriosos, ese Jack Nicholson cubano (después de un mes sin probar el baño) me miró como si hubiese hablado en turco, pero tartamudeó entre gruñidos «5 cuc». Desilusionada, me di la vuelta y eché a andar. A mí espaldas escuché en una pronunciación perfecta: «5 pesos».

Los libreros de uso siguieron la misma estrategia que las compañías de actores ambulantes. Llegaron de improviso, levantaron su tinglado de estanterías y mesitas escuálidas, para esfumarse de la misma forma precipitada y silenciosa en la que se deslizan quienes desean pasar sin ser vistos. Durante ese tiempo atribuí su multiplicación a los libros digitales. Con desconcertante pragmatismo, los lectores elegían miles de libros en un minúsculo espacio virtual, y vendían en masa su incompleta pero pesada biblioteca. También consideré las restricciones aéreas: quienes partían reducían sus pertenencias a un «equipaje», y se veían forzados a dejar atrás la mayor parte de sus propiedades literarias.

Aunque el éxodo de los libros era ya evidente, su confirmación llegó a principios de año. En la librería de 23 e I (una librería de coordenadas sugerentes: al frente el parque de El Quijote, de nombre, «El siglo de las luces») los productos de bolsillo fueron reemplazados por los de mano. Con previsión, los dueños del lugar cambiaron el negocio de los libros por el de las carteras.

No vale considerar solo las razones del principio para explicar la disminución de librerías (porque los epub siguen leyéndose y la gente sigue partiendo). Posiblemente, como muchos de los emprendidos en los últimos años en La Habana, el comercio de los libros fracasó por una razón tonta y elemental: la escasez de demanda. Excitados por la promesa de ganancia, los libreros aficionados ignoraron una falta, la de los lectores, esos clientes al borde de la extinción.

Como las hormigas antes de la lluvia, la desaparición de los libros es otro síntoma de la transformación vertiginosa que está sufriendo la ciudad. No es un secreto que ni siquiera en las urbes más minúsculas conseguimos abarcar todos los espacios que la componen. Elegimos, en cambio, una trayectoria de afinidades y recorridos repetidos que con el tiempo se nos hacen habituales, entrañables. Esos lugares van dibujando los puntos rojos de una cartografía propia, y son, de cierta forma, el modo más real de hacer una ciudad «nuestra». Tengo, quizás, un gusto anacrónico por los libros de papel, así que las librerías, al igual que ciertos bares, dos o tres teatros, algunos cines, fueron durante mucho tiempo una de esas coordenadas obligatorias, imprescindibles en mis paseos por la ciudad: uno de los paralelos con los que orientar mi plano.

Los auténticos mapas (no esos pliegos fríos que estudia la geografía) son una guía de destinos posibles. En una ciudad donde cada día aparecen nuevos lugares a dónde ir, mi mapa se reduce, y sus puntos cardinales se hacen más tenues. ¿Puede hacérsenos extranjera una ciudad a la que llegamos desde siempre? No hablo de sentidos de pertenencia u otras cursilerías semejantes, sino de una sensación particular de extrañeza, de «aislamiento», en la que los espacios antes conocidos se van volviendo ajenos, convirtiéndose en lugares de otros, en lugares para otros. ¿Es posible perder una ciudad sin abandonarla? Creo que la voy dejando sin irme.