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Foto: El Estornudo

No siempre fue así. Estuvo a punto de no ser nunca. Pero desde que es, hace ya siete años, en La Habana no hay nada mejor. Durante la tarde noche de cada jueves, Ray Fernández –showman de arrabal, cantautor pendenciero, animal de supervivencia– se presenta en el Diablo Tun Tun del espléndido Miramar durante cuatro beligerantes horas. Pliegue de humo, alcohol y abierta promiscuidad. No es evento multitudinario. No es evento exclusivo. A la bacanal acuden los justos.

 

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En Cuba, alguna vez escuchamos a Ray Fernández sin saber de quién se trataba. Síntoma de posteridad: si la obra debuta antes que el autor, y se difunde sin depender exactamente de él, es bastante probable que esta continúe cuando el autor ya no esté.

Los años 2000 se deshojaban, entre la escasez sostenida y el recrudecimiento ideológico, y la gente comenzó a corear La Yuca.

A través de la semántica aborigen, La yuca era –es– una alegoría de la situación económica, política y social de los cubanos.

Que dice, por ejemplo: “La jugada está apretá,/ todo el caney lo sabe,/ que no abunda el taparrabo y no alcanza el casabe/ que está cara la magia y más la medicina,/ ¡Ay! Que se nos prostituyen las taínas.”

O también: “…reunión al desfile que ya tocan el fotuto,/ que el cacique tiene el power,/ absoluto.”

En la larga travesía de la Revolución se acumulan varias canciones, desde refinadas alegorías hasta estribillos pop pretendidamente inofensivos, que cuestionan el estatus imperante. Carlos Varela, Tanya, Pedro Luis Ferrer e incluso, según las malas lenguas, Silvio Rodríguez alguna vez. Pero nada tan cáustico, hilarante y audaz como el primer éxito de Ray.

 

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Es músico y pudo haber sido cualquier otra cosa, lo cual de alguna manera es insustancial porque, si hubiera sido otra cosa, habría sido esencialmente lo mismo. Ray Fernández es alguien que, como sea, hubiera vivido en la senda contraria, anónimo y feliz, llevándose de largo todos los semáforos.

 

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–Él llevaba meses amagando, con la idea dándole vueltas, pero yo me acostaba delante de la puerta y no lo dejaba salir –dice Lenia, su esposa.

Aquel día, sin embargo, después de una de sus habituales juergas, llegaron a casa a las seis de la mañana y Lenia se distrajo.

–No pensé que a esa hora, cansado, fuera a hacer nada.

Pero hizo. Se desnudó, se envolvió en una sábana blanca con un letrero del MINSAP (Ministerio de Salud Pública), tomó una Biblia y justo al amanecer salió a predicar como un poseso por el fragoroso barrio de Alamar, su barrio. Arrepiéntanse, gritaba. Caminó kilómetros por la Monumental, una de la principales carreteras de acceso a La Habana, vaticinando el Día del Juicio Final y leyendo versículos o repartiendo monsergas.

–La gente lo reconocía en la calle y pensaban que había perdido la mente –dice Lenia.

Luego Ray le compondría una canción al suceso, incluyendo la décima que un amigo cercano le dedicara:

“Aunque haga son, rock o rap/ nadie la puerta le abra/ al que enseña la palabra/ en sábana del MINSAP./ Hay que reabrir la UMAP,/ allí encerrarlo con grillos/ pasarle siete pestillos/ al profeta de Alamar/ que se pone a predicar/ la moral en calzoncillos.”

 

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Foto: El Estornudo

–Es una actuación –dice–, un performance, nada más. Se me meten esas ideas en la cabeza y me gusta cumplirlas. Es como sacudirte o retarte a ti mismo. Uno tiene que llenarse de valor para semejante actuación. Yo estoy ávido de esas sensaciones, es un estímulo del carajo, cosas que parecen salidas de novelas y son reales. Solo hay que involucrarse.

Ya en ese momento, Ray no era un cualquiera. Por ejemplo: había conducido un programa de trova en la televisión, había cantado a dúo con Omara Portuondo y había grabado un álbum con la disquera EGREM.

–Yo soy un ciudadano del mundo y un anarquista. Yo soy un choteo, yo soy un cínico, yo soy un vacilón. Yo no tengo una ideología definida. Yo creo que está bien bromear. Y soy un poco altruista.

 

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Es el Toulouse-Lautrec de la trova cubana.

El Buster Keaton de la canción intelectual.

Un clown subversivo en el gremio de los poetas sesudos.

Cuando lo escuchas, en directo, te entran ganas de comerte el mundo.

 

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–¿Hay algo para ti que no se pueda desacralizar?

–No, nada, broder. Absolutamente nada.

–¿Y algo sagrado?

–La vida, tal vez.

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Nació en Báez, un sitio perdido al centro del país, el 28 de junio de 1971. A los tres años su familia se mudó para La Habana. Ya en Alamar su nombre fue urbana y debidamente cambiado del aparatoso Raimundo al efectivo Ray.

En vacaciones viajaba al campo, y recuerda que en la pared de la casa de sus abuelos maternos colgaba una guitarra negra con la que los guajiros de la zona amenizaban los guateques y con la que él, en los silenciosos after party de la campiña, ensayaba sus primeros acordes.

–Lo que hacía era lastimar las cuerdas, tenía seis años, qué me iba a salir de ahí.

De otra de sus posteriores virtudes –la décima–, sí tuvo bastante por ese entonces. Su abuelo sufrió un golpe en la cabeza y estuvo un año entero hablando en cuartetas. Ray memorizó intrínsecamente la base de la espinela: uno con cuatro, dos con tres, el puente en el quinto y sexto verso.

Sus composiciones e improvisaciones actuales se rigen por la fuerte presencia de una décima que gira entre ciertos motivos bucólicos y la plasticidad propia de ciudades abiertas al mar como La Habana.

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A los catorce años, comenzó estudios de chef de cocina en la escuela del hotel Sevilla.

A los quince, tal vez a los dieciséis, tuvo una relación tempestuosa y lo que suele suceder, sucedió: los consabidos primeros poemas, el inefable hormigueo y esa boca interior, siempre hambrienta, que no sabíamos que estaba y que de repente empieza a masticar.

A los diecisiete, alguien le enseñó cuatro acordes básicos, arsenal suficiente para que Ray se fuera con varios amigos a la Playita de los Rusos, un concurrido balneario de Alamar atestado de muchachas por el que otros aspirantes a donjuanes también deambulaban con sus guitarras o con sus radios Selena y VEF.

Su repertorio se reducía a los Formulas V, los Mustang, esos grupillos míticos de la Década Prodigiosa. Lo justo para pugilatear. Luego, en casa, leía eventualmente. Libros como El perfume. Todos esos mundos, el aparentemente frívolo, el aparentemente excelso, terminarían amalgamándose en un eclecticismo, como todos los eclecticismos, a primera vista perturbador.

Están los artistas que desde temprano, queriendo llegar a artistas, emprenden una muy severa y hasta extenuante formación profesional, militares de la estética. Y hay personas que de una formación cualquiera –tomaron la vida así como les vino y le doblaron el cuello– arman un artista.

Ray es el arquetipo del autodidacta. Tiene el tic medio espontáneo, algo inconsciente, de aquellos que lo que hacen lo hacen porque lo hacen. Nada odia tanto como teorizar.

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Ha leído, y musicalizado, a Lezama Lima (son), a Gastón Baquero (blues), a Eugenio Florit (elegía), y a Miguel Hernández (bolero), casi un Dios para él, lo cual se entiende porque Ray comparte con el gigante de Orihuela ese rugido corporal de las bestias cerreras.

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–Tengo un conflicto. Mis canciones son trabajadas desde lo cotidiano. Me salen mejor así. Yo me rompo la cabeza componiendo un tema. Me meto en los conflictos psicológicos de mis personajes, pero trato de plasmarlo de la manera más sencilla. No me gusta la grandilocuencia. Entonces quería hacer un tema profundo, porque a mi alrededor todos los trovadores denotaban cultura y me censuraban y me criticaban, decían que mis canciones eran fáciles. Yo no creo. Yo me hago leña encima del papel. El problema es la poesía. La poesía es poder de síntesis también, y a mí me gusta el lenguaje llano, normal, el lenguaje mío. A veces, conversando con una persona, uno tiene que utilizar determinado lenguaje, pero yo estoy enclavado en Alamar y compongo desde aquí. Aunque uno lea y entienda la poesía de Lezama no tiene que hablar como Lezama. Yo era bastante prolífico, hacía cosas buenas y cosas malas pero no me salía nada demasiado intelectual, entonces se me ocurrió coger a Gastón Baquero para buscar esa magia que tiene Gastón y quizás robarle algo, y tomé un fragmento de Palabras escritas en la arena…, eso de “yo no sueño la vida, es la vida la que sueña a mí”, me pareció un verso rotundo y por ahí lo descontextualicé. A mí la onda esta americana no se me da, pero salió un blues y cuando se lo mostré a estos amigos trovadores me dijeron “ves, por ahí es por donde tiene que ir la cosa.”

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Por suerte, Ray no les hizo demasiado caso a estos amigos, porque la cosa, su cosa, más cosa que la de todos ellos, no tenía que ir por ahí. Canciones como El gerente, Matarife, El obrero, El hambre, o la propia La Yuca, lo convirtieron en el cronista social más acuciante de los últimos, pongamos, quince años cubanos. El testimonio más vívido es el suyo. La fuerza de su flow es más de rapero que de trovador.

Retratados, pues, el dirigente arribista, el Estado usurero, la precariedad y la miseria diaria maquilladas por la propaganda ideológica, o el trabajador social que de buena fe le explica al ex convicto por qué no puede comer carne de res y el ex convicto que catequiza al trabajador social con un baño de realidad.

Revolución y amor. Hippismo. La gente chifla y alza el puño en señal de aprobación cuando Ray dice lo que casi nadie.

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La yuca fue la primera canción que gustó en el circuito de Alamar, donde ya estaban saturados de mis canciones lacrimógenas. Fue una cosa que hice en diez minutos. Yo me había molestado por un episodio que tuve en el Habana Libre. El portero no me dejó pasar y viré muy berreado. Estábamos en los noventa y aún no se podía entrar a los hoteles. Después hice Mr. Policeman, sobre el maltrato policial. Tenía muchas ganas de criticar y a mí me gusta el choteo. Mis canciones amorosas no tenían ningún éxito y la crítica se me daba bien.

–¿Sientes algún compromiso social como artista?

–Yo me divierto, broder. No creo tener ningún compromiso social ni poder cambiar nada. Yo necesito expresarme y tengo la suerte de tener el Tun Tun los jueves. Es como un templo ecuménico y ahí vamos a exorcizar demonios, pero sin ningún tipo de pretensiones de cambiar mentalidades ni de inculcarle a nadie una doctrina. Voy a exponer mi tesis y admito cualquier tipo de crítica, incluso en ocasiones he pedido disculpas por molestar a alguien. Una vez un vasco se molestó porque dije ¡Viva el Rey! A la peña han ido connotados disidentes políticos como Yoani Sánchez y me han llamado para que los expulse. Por favor, yo no tengo que expulsar a nadie. Hay diferencias ideológicas y creo que la amistad es compatible con eso.

–En el Tun Tun tú te mueves con una libertad que no es común.

–Lo hago a riesgo de hacer el ridículo, a riesgo de lastimar o lacerar a alguien, pero yo le brindo a todo el mundo la posibilidad de acercarse, broder. No tengo ni camerino ni guardaespaldas.

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Desde que el 27 de noviembre de 2008 comenzara su peña de los jueves, Ray hace riffs de Led Zeppelin y Deep Purple. Parodia a políticos de ocasión o a los padres fundadores del comunismo o a sí mismo. Improvisa décimas con el pie forzado más inaudito. Canta temas de El Puma, Roberto Carlos, Rudy la Scala, Enmanuel, Cheo Feliciano o Silvio Rodríguez. Rescata clásicos de Matamoros, himnos de alfabetización. Pasa del rock, al son, al tango. Puede citar a Benito Juárez, hablar en lengua vasca, imitar el cantonés, usar sombreros charros, tricornio de pirata, vestirse completo de blanco elegante o disfrazarse de yonky o de jeque o dejarse la barba tupida o rasurarse. Puede quitarse la camisa y tamborilear en su barriga. Hay quien cree que sube fumado al escenario.

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–No tengo la fertilidad creativa para dar algo novedoso todos los jueves. Necesito del trabajo, pero a la hora de proponer me repito. Este año, por ejemplo, compuse cinco canciones y eso a mí me parece un éxito. Dos canciones en un año y estoy contento, happy. Por eso me gusta cantar no solo mis canciones, sino cantar canciones de cualquiera, hacer mis versiones, ir de lo sublime a lo ridículo.

–Más que cantar, actúas.

–Sí, es un performance, una fiesta. Me disfrazo y la gente se involucra. Voy a descargar, formo lo mío. El público es bueno. A veces llego deteriorado, sin ánimo, pero luego me animo. Y tengo que hacerlo cada semana, porque es mi sustento.

–¿Qué Tun Tun ha sido memorable?

–Un día que llegué borracho, muy borracho. No había dormido y estaba hecho un adefesio. El público me cuidó. Un amigo se quitó la ropa y me la dio. Me sentí acogido.

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–Silvio Rodríguez, Pablo Milanés. ¿Influencias?

–Me llegaron tarde, porque ya tenía influencia de la música que oían mis padres, de la Década Prodigiosa. Una música que mucha gente detesta, pero con la que ahora los trovadores están empezando a coquetear. Son buenas canciones y no pretenden nada, no tienen una intención como sí la tuvo la Nueva Trova. Silvio y Pablo me deslumbraron, por supuesto, pero nunca quise emular. Mis canciones son muy testimoniales, historias que palpo, que me suceden o que le sucede a gente cercana. Silvio y Pablo me influenciaron con su carga poética, pero son peligrosos. Pusieron la viga altísima. Hay que oírlos constantemente y también tener cuidado. Se te pegan y no te puedes desembarazar. Aunque yo nunca me contaminé tanto y pude mantener la distancia. No me hipnotizaron. Y ellos también son distintos entre sí. Silvio nunca hubiera podido escribir Yolanda, por ejemplo.

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La gran diferencia entre Ray Fernández y casi todos los trovadores de su generación es justo esa. Que Ray es fiel a sí mismo de manera muy radical y no un epígono más que, contagiado por el virus Silvio Rodríguez, terminó confundiéndolo todo, queriendo sufrir o reflexionar más de la cuenta, pujando metáforas o creyendo que poetizar es aburrir.

Unos autobiográficos versos suyos, nombrados Romance del guitarrero, son una declaración de principios: “…Eran tiempos de Chaonda,/ De Break Dance, de Disco,/ Y tildado era de cheo/ Aquél que no diera brincos./ Comenzaban a radiar/ A Pablo, a Noel, a Silvio,/ La Nueva Trova Cubana/ Imponiendo letra y ritmos,/ Quien no tuviese guitarra/ Era un verraco lo mismo./ Intérpretes, trovadores/ Nuevos con otro lirismo/ Fueron llegando a la escena/ Asumiendo el viejo oficio./ Hubo canciones brillantes,/Y temas –justo es decirlo–/ Que más que canciones casi/ Eran puros algoritmos,/ Ecuaciones trasnochadas,/ Metasones, burundangas,/ El metaintelectualoide/ Creando la metatranca./ Y como cantaban todos,/ Y a coro todos croaban,/ Tuve a bien poner mi grano/ De arena y buscar la fama./ Me surgió entonces de pronto/ Una gran interrogante:/ A quién dirijo mi verso,/ Quién por él va a interesarse,/ Nada nuevo hay bajo el sol,/ ¿A qué coño he de cantarle?/ Como la cucarachita/ Que se encontró aquel centavo,/ Me devanaba los sesos/ A punto del arrebato./ De dónde copio el estilo,/ ¿Voy de pantalón y saco,/ Con gabardina, bombín,/ O con poncho y cuello largo,/ Sandalias de cocaleca,/ De dos tonos los  zapatos,/ El pelo crecido y sucio,/ O acaso calvo y barbado?/ El hacerme trovador/ Era todo mi conato…”

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Foto: El Estornudo

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Además de sus textos cargados de un humor corrosivo o con posturas abiertamente críticas, Ray también suma ejemplares canciones de amor, como Tenerte un año, compuesta para Lenia en el principio de la relación.

–Pero él me ha dedicado muchas otras –dice ella, con disimulado orgullo.

En el cuarto piso de un edificio esquinero de la zona 11 de Alamar, ambos tienen su apartamento, abundantemente decorado. Lenia es neonatóloga y, desde hace catorce años, la guardiana sentimental de Ray, su lazarillo. Lo interrumpe constantemente, le corrige fechas, completa los relatos con esa refinada exquisitez de los recuerdos femeninos y no permite que en ningún momento Ray se cuestione a sí mismo. Ella sabe que su esposo es un guerrero, un tipo extremadamente singular y le desagrada particularmente que Ray cubra sus virtudes con paños de modestia.

La sala del apartamento es de una elegancia barroca. La guitarra apoyada en un rincón; una repisa cargada de piezas artesanales: jarrones y cuencos, el barro y sus imitaciones; una percha con bombines rojos y negros y sombreros de pajilla o de tres picos; una mesa de madera empotrada en la pared y, a un lado, un cuadro llamativo, más bien anémico en el tono, pero agitado por la veloz trabazón de colores furiosamente trazados, como si una paleta histérica se hubiera derramado sobre sí misma.

Hay acumulación díscola de naturalezas muertas por aquí y por allá; un helecho tupido y lorquianamente verde colgando del techo; lamparillas; ventiladores; bocetillos a carbón; llaves de hierro; cestos de mimbre; botellas enceradas; más cuadros; retratos; muebles; revisteros; una máquina de escribir; una bandera cubana; portavasos; velas y otros objetos imposibles de identificar por sucesivos.

Es su sala. Y su sala es como él. Una acumulación de trozos dispares que terminan por armonizar. Una sala, a pesar de lo dicho, muy pequeña, muy acogedora, y que no parece dispuesta a desprenderse de ninguna de las piezas que la conforman.

Hay también un mapa, enmarcado en un cristal, con el que Ray acaba de fotografiarse. En esta noche calurosa, a mediados de 2015, Ray ya ha hecho de las suyas y se ha prestado para que lo fotografíen con unos de esos hermosos gorros rusos que nos recuerdan algodonadas palabras como isba o estepa o samovar, mientras finge hojear un ejemplar de la revista Mujer Soviética. Se ha hecho retratar con la imagen de José Martí en una caja de ron Presidencial y con un pulóver icónico suyo, que trae una declaración de fe. Soy marxista, se lee debajo de las fotos de los Marx: Karl junto a Groucho, Chico y Harpo.

Pero la foto de Ray con el mapa y un sombrerón negro con su respectiva calavera blanca cruzada por dos tibias es tal vez la más representativa, porque una de sus más reverenciadas composiciones se llama Bucanero, la cual lo avala como un maestro de las alegorías. A través del hundimiento de un barco, y el marasmo de una tripulación que no reacciona al desastre, su público cree ver un muy efectivo retrato de la nación contemporánea.

–Cuando salieron los Lineamientos* una mujer dijo que la Libreta de Abastecimiento estaba hecha agua –dice Lenia–, y ahí mismo, en cinco minutos, Ray armó la canción. “El barco está haciendo agua,/ la línea de flotación/ está llena de agujeros/ y roto el palo mayor.”

Incluso, bien mirado, Ray mismo parece un pirata, uno peculiar. Bajito y algo rechoncho, pero fornido. El rostro asaeteado, la piel de salitre, los gestos bravíos, la voz de cascabel, algo de calvicie, actitud errante y un carácter, según Lenia, que conoce la generosidad pero también la iracundia.

En el librero de la sala, que vendría siendo una estantería de arcabuces, destaca Paradiso, pero desde que comenzó en el Tun Tun Ray no tiene tiempo de leer.

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–Leí mucho en algún momento, todo lo que me encontraba.

A los veintitrés años cayó preso en el servicio militar y su mujer de entonces, por llevarle algo, le llevó El Periquillo Sarmiento. De ahí siguieron Mann, Dostoievski, Orwell, algunos de los principales poetas del idioma. A las lecturas y al tenaz ejercicio de sobrevivir, en partes iguales, Ray cree que les debe lo que es.

En lo adelante, estimulado por algunos íntimos, compuso sus primeras canciones. Graduado de alta cocina, trabajó como chef en la Diplojoya de 5ta y 16, en Miramar, y en los restaurantes 1830, en Vedado, y El Patio, en La Habana Vieja. En los ratos libres visitaba la Casa de la Cultura de Alamar y estrenaba sus temas, leía o escuchaba poesía y practicaba la guitarra.

En El Patio, Ray tenía la costumbre de abandonar la cocina por intervalos y unirse al grupo de música tradicional que amenizaba las veladas con sones y boleros, hasta que entretenido quemó unos treinta pollos y fue, como él dice, deshonrosamente expulsado de las filas culinarias.

Fue portero, cocinero en una escuela de profesores emergentes y músico ambulante en el Malecón, etapa esta que quedó marcada con hierro caliente en su memoria y en uno de sus temas, donde dice que no le teme a la vida mientras el Malecón tenga su madrugada y él dos cojones para luchar su yuca.

–Me gustaba solo cuando empezaba o me aplaudían las canciones. Tener que cantar Lágrimas negras para que te echen diez o veinte pesos en la guitarra es del carajo. Yo salía con disfraces y con máscaras. Iba a ganarme los frijoles y también a joder un poco. Nunca pensé que podía dedicarme a esto profesionalmente.

–¿Nunca?

–Para nada. La gente me celebraba la voz, mis interpretaciones de los Fórmulas o de Los Pasteles Verdes, yo puedo ser muy mimético, pero mis canciones no gustaban.

Ray salía diariamente desde las nueve de la noche hasta las cuatro o las cinco de la madrugada.

–Trabajaba para el Estado un día sí y un día no –dice Lenia–. Y cuando le tocaba, iba directo del Malecón para la cocina. Muchas veces, para que no lo botaran, cocinaba yo, o escogía los frijoles y los lavaba.

Hacia 2002, aproximadamente, Ray asistió por su cuenta a unas Romerías de Mayo en Holguín y allí conoció a varios trovadores de la nueva hornada, quienes, a su vez, lo presentaron al círculo editorial de El Caimán Barbudo, la emblemática revista cultural que por aquel entonces organizaba peñas de trova.

La escalada de Ray fue inmediata: conciertos, presentaciones, eventos, audiciones para profesionalizarse y obtener el respaldo legal que le permitiera firmar contratos y dedicarse por entero a la música.

–Empecé a practicar dos horas diarias con la guitarra y enseguida mejoré. Antes yo oía la canción y después buscaba reproducirla a partir de la melodía que tenía en la cabeza. Era muy elemental: do, re, mi. Pero hay acordes de paso, plisados, bajeos, cosas que embellecen el tema. Aprendes a pensar como músico.

–¿Así de cero se puede lograr?

–Sí. Hay que tener, creo, talento. Yo llevo la música muy adentro.

–¿Ha habido alguna melodía difícil, que no logres dar con ella y que hayas terminado desechando?

–Tengo muchos retazos, cosas instrumentales. Salieron como ejercicios que hacía y que quedaron bonitos. Hay unos siete u ocho que repaso a diario porque me ayudan a digitar.

Casi simultáneamente con la apertura de la peña en el Tun Tun, Ray grabó su primer disco, Entre la piedra y el sueño, gracias al Centro Pablo de la Torriente Brau, y se estrenó en la conducción de Entre manos, un programa de trova en el Canal Habana. Pero con las cámaras no lograría entenderse demasiado bien.

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–Empecé a chocar con la censura de mis propias canciones y con la censura a artistas que invitaba. Además, a mí la televisión no me gusta, me parece muy pacata, sobre todo la cubana. Ya eso de que no salgan las cosas en vivo me resulta vomitivo, el miedo que hay, la paranoia. He ido luego a programas que me han invitado y me he sentido mal. Yo sé que es fundamental para la promoción. Sin embargo, el Tun Tun lo hemos promocionado boca a boca. Por la radio sí me pasan, incluso canciones que han censurado en la televisión. Y no salir en la televisión te crea un halo místico. Me he acomodado y ya no quiero salir tampoco, porque si me invitan entonces lo que me gusta es buscar problemas y cantar lo que no se puede, una actitud de fuerza. Nunca voy. Y hay que añadir, broder, que yo soy muy perezoso. Un programa de televisión de esos se graba a la diez de la mañana, horario en que estoy durmiendo. Mi biorritmo es nocturno. Si me entrevistas a las diez o a las once de la noche, perfecto, pero no a las diez de la mañana. Y se gasta mucho tiempo, yo no quiero gastar tiempo promocionando mi carrera. Sé que hay que hacerlo, pero me va bien como estoy. Quiero grabar, eso sí, para que las cosas queden. Es una manera…

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A Entre la piedra y el sueño le siguió, con la disquera EGREM, el DVD el Conciertosky y el CD Paciencia. En 2015, EGREM firmó un contrato de distribución para su catálogo con Sony Music. Y ahí, en algún sitio, se coló Ray.

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En EGREM bien que lo conocen. Después de grabar Paciencia en 2010, quedaron debiéndole unos veinte mil pesos. Tras insistirle a la empresa por varios meses, Ray, harto, entró al snack-bar del hotel Inglaterra, invitó a un par de amigos, bebió y comió suculentamente –“sandwichitos, picaditos de aceitunas, alcaparras, jamón serrano, cerveza”– y luego pidió que enviaran la cuenta a la EGREM, que él no tenía un centavo y la disquera le debía un dineral.

Horas después, Lenia tuvo que cubrir los gastos, mientras Ray pasaba tranquilamente la digestión en uno de los calabozos de la estación policial de Dragones y Zulueta, en La Habana Vieja.

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El Tun Tun, los jueves en la tarde noche, es un espacio de resistencia que solo el pasado 24 de marzo de 2016 terminó más temprano que de costumbre. Los Rolling Stones llegaban a La Habana y el Instituto de la Música había seleccionado cierto grupo de artistas –Ray entre ellos– para un intercambio con los abuelos del rock.

En declaraciones posteriores a El País, Ray, que no se parece a nadie, dejó su impronta. “Estaba la crema y nata de la cultura musical cubana (…) Comportándonos, esperando. Pero cuando llegó Mick Jagger, la euforia se los comió. Todos tirándose a él para pedirle autógrafos, se lo querían comer a besos. Parecían las muchachitas esas fans de los Beatles que se tiraban de los cabellos”, dijo.

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Según la periodista, Ray bromeaba. Cualquiera que lo conozca sabe que muy probablemente no lo hacía. Eso tienen los legendarios, libérrimos bucaneros. Si se aburren, pasan de Mick Jagger y de quien sea. Destruyen las flotas de la realeza. Saquean todo. Son una broma muy seria.

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