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La última batalla librada por las fuerzas armadas de Cuba, la sangrienta Cuito Cuanavale, concluyó, con todos los bandos atribuyéndose la victoria, veintiocho años atrás. De los tres principales comandantes cubanos en esa batalla, uno, Leopoldo Cintra Frías, a sus setenta y cinco años, es actualmente Ministro de las Fuerzas Armadas, y otro, Ulises Rosales del Toro, a sus setenta y cuatro, no se sabe bien qué hace en su actual posición de vicepresidente del Consejo de Ministros, después de haber fracasado estrepitosamente como Ministro del Azúcar y Ministro de la Agricultura, y haber dejado a Cuba sin azúcar, sin lechugas y sin boniatos. El tercero, el más importante de los tres, Arnaldo Ochoa, fue encontrado culpable de corrupción y alta traición por un tribunal militar y fusilado el 13 de julio de 1989, apenas siete meses después de la firma de los acuerdos que pusieron fin a la intervención de Cuba en la guerra civil de Angola. Cientos de veteranos de las guerras de Angola, Etiopía y Nicaragua, de generales a tenientes, están todavía en activo en las fuerzas armadas cubanas, pero ninguno de ellos, ni, por supuesto, miles de oficiales que entraron al servicio militar después de 1988, ha participado en una batalla en las últimas tres décadas, hasta donde se sabe ahora, puesto que bien podría saberse en el futuro que Fidel Castro mandó soldados a pelear en los Balcanes, en el Congo o en Iraq sin que nadie se enterara.

Entre las muy pocos beneficios que trajo a Cuba el malhadado “período especial”, haber puesto punto final a las expediciones militares cubanas es seguramente el más grande, aunque Fidel, por supuesto, no lo haya visto como un beneficio, sino como una calamidad que le impidió seguir haciéndose el Napoleón en escenarios tan exóticos como las selvas centroamericanas y las sabanas de África. Sin dinero para renovar y expandir su arsenal, o siquiera para alimentar decentemente a sus tropas, y sin la protección de sus antiguos tutores soviéticos, las fuerzas armadas cubanas se contrajeron dramáticamente, aunque no tanto como se contrajo el rol de Cuba en el mundo, de escudero de una superpotencia al tercer más importante destino turístico en el Caribe. Fidel le hizo creer a los cubanos que Estados Unidos aprovecharía la autodestrucción de la Unión Soviética para invadir la isla, aunque no había entonces, ni tampoco hay todavía, evidencia de que el Pentágono haya seriamente considerado un plan semejante en un momento en que parecía que Cuba se rendiría, por hambre y cansancio, sin necesidad de arrojar sobre ella una sola bomba. En 1991, el gobierno cubano no tenía dinero para darle leche a los niños mayores de siete años, o para mantener todos los barrios de La Habana iluminados al mismo tiempo, pero decidió conservar el servicio militar obligatorio y las inútiles clases de “Preparación para la Defensa” en la enseñanza general y hasta en las universidades, y se embarcó en un programa de construcción de túneles y refugios tan extenso y costoso que cualquiera hubiera creído que los americanos estaban decididos a hacer con La Habana y Santiago lo mismo que la Wehrmacht con Londres, los Aliados con Dresde y Vladimir Putin, ahora mismo, con la desdichada Alepo.

Desde los sesenta, cuando una invasión norteamericana sí parecía posible, y en algunos momentos, inminente, los trabajadores y estudiantes cubanos han sido obligados cada cierto tiempo, y en algunas épocas muy frecuentemente, a dejar sus tareas cotidianas para correr y saltar de allá para acá, meterse debajo de un sótano, tirar al blanco, dos o tres tiros, con una escopeta de tiempos de Pepe Antonio, y escuchar a un tenientico o, más frecuentemente, a un veterano que podría haber combatido con el mismo Pepe Antonio contra los ingleses de Albemarle, disertar con árida elocuencia sobre la fabulosamente optimista doctrina militar cubana, la llamada “Guerra de Todo el Pueblo”. La llegada de Bill Clinton a la Casa Blanca en 1993 debe haberle hecho pensar a Fidel que, si pocas habían sido las posibilidades de que George Bush, ocupado con Saddam Hussein en Iraq, atacara a Cuba, menos lo iba a hacer el demócrata Clinton, pero si eso fue lo que pensó, bien se ocupó de no decírselo a nadie, y los cubanos siguieron corriendo y saltando cada “Domingo de la Defensa” y en los juegos de guerra “Bastión” como si fuera 1962, no casi el siglo 21, y John Kennedy, no Clinton, fuera el presidente de los Estados Unidos. Once presidentes de muy distintos talante y estilo, de Eisenhower a Obama, han pasado por la Casa Blanca desde que Fidel Castro tomó el poder en Cuba, y uno más llegará en enero del 2017, pero los gobernantes cubanos siguen comportándose como si los marines norteamericanos estuvieran siempre a punto de desembarcar en Cojímar, ya sea su comandante en jefe un demócrata o un republicano. Sin importarles quién había vencido en las elecciones presidenciales norteamericanas del 8 de noviembre, Hillary Clinton o Donald Trump, sin esperar siquiera a que Michigan, Wisconsin y Pennsylvania acabaran de votar, catastróficamente, por Trump, el Ministerio de las Fuerzas Armadas dizque Revolucionarias anunció la ejecución, entre el 16 y 19 de noviembre, del furibundo  ejercicio militar “Bastión 2016”, como para que el nuevo presidente norteamericano sepa que si se le ocurre atacar a Cuba, tendrá que enfrentarse al septuagésimo noveno ejército más poderoso del mundo, a sus cincuenta tanques y 39 aviones de combate, en excelente estado de preparación para la guerra.

Raúl Castro, que sabe muy bien que sus fuerzas armadas no podrían impedir que los Estados Unidos ocuparan Cuba y tomaran el Palacio de la Revolución en La Habana si quisieran hacerlo, no se hace ilusiones de que los norteamericanos vayan a quedar muy impresionados con el “Bastión 2016”.  Astuto como es, Raúl tampoco deposita grandes esperanzas en la resistencia popular contra los hipotéticos invasores, piedra de toque de la doctrina militar de Cuba, puesto que, calcula, si los cubanos no se han levantado en armas ya contra su propio gobierno, a pesar de la pobreza y la falta de libertades en que este los ha obligado a vivir, menos ardor aún, y menos patriótica abnegación, mostrarían contra los marines del Comando Sur. El objetivo de “Bastión 2016” no es, por supuesto, advertirle al presidente electo norteamericano que tomar La Habana sería más difícil para sus ejércitos que tomar Bagdad o Kabul, porque, si ese fuera el propósito, Trump no se tomaría en serio la advertencia, y encima, es más probable que el nuevo presidente viaje a Cuba en el futuro en Air Force One a inaugurar un hotel o un campo de golf en Varadero, en presencia de Raúl, Cintra Frías y Rosales del Toro, que a bordo de un portaviones y lanzando cañonazos contra el Morro. En el Pentágono, y en la Base Naval de Guantánamo, algún secretario de un secretario debe haber anotado el pasado miércoles en un libro de incidencias que los cubanos se disponen a correr y saltar durante tres días de esta semana, y debe haber recomendado que se les deje correr y saltar tanto como quieran. Pero el objetivo fundamentalísimo de “Bastión 2016” no es “elevar la preparación del país para la defensa y la preparación de las tropas y la población para enfrentar las diferentes acciones del enemigo”, como dijo el Ministerio de las Fuerzas Armadas en una nota típicamente granmesca, sino preservar y reforzar el mito de que los Estados Unidos planean no solo una invasión de Cuba, sino incluso su definitiva anexión.

Los generales cubanos no podrían jamás aceptar que hay mínimas posibilidades de que Estados Unidos bombardeen o invadan un país con el que acaban de restablecer relaciones diplomáticas, y al que han visitado, muy amigablemente, numerosos congresistas, gobernadores y alcaldes demócratas y republicanos, además del propio Presidente Obama y centenares de miles de turistas de los cincuenta estados, de los que votaron por Clinton y de los que votaron por regresar a la Edad Media. La autoridad y el exagerado, injustificado poder que una casta de altos oficiales ejerce en los órganos civiles del Estado y las más lucrativas industrias del país, dependen de que los cubanos,  principalmente los que nacieron después de 1988, o pocos años antes, y tienen todavía la edad apropiada para servir de carne de cañón, crean que hay razones para que Cuba siga en perenne estado de alerta, y acepten que esos artríticos generales y coroneles de la Guerra Fría son todavía capaces de proteger al país aunque no hayan sido capaces de alimentarlo y vestirlo bien. Los militares cubanos, por supuesto, no tienen interés alguno en pelear con Estados Unidos, y eso es lo mejor que puede decirse de ellos, aunque hagan un punto de parecer que sí lo van a hacer. Muchos de esos altos oficiales han ido ocupando posiciones no en los campos de batalla de la futura guerra de liberación contra los invasores norteamericanos, sino en esas empresas que los cubanos llaman, generosamente, corporaciones, y que constituyen un rudimentario borrador de lo que sería la economía de Cuba, después de Fidel y Raúl, en condiciones de plena normalidad en las relaciones entre la isla y Estados Unidos. Mientras los hambreados soldaditos cubanos se arrastran por la manigua y ensayan ataques y contrataques contra el vil enemigo, sus generales se preparan para la única guerra que están interesados en pelear, la de la sucesión de Raúl y el reparto de lo que poco que queda de valor en el país. Mientras los obreros y estudiantes de Cuba practican su puntería, los generales y coroneles de las FAR y el Ministerio del Interior, y hasta algunos de menos rango, se parapetan en las posiciones estratégicamente más importantes de la isla, no Caibarién, Gibara o Manzanillo, no la Sierra Maestra o la Ciénaga de Zapata, sino los consejos de administración de las numerosas empresas de GAESA, el conglomerado que controla la mejor mitad de la economía del país, dirigido por el casi invisible yerno de Raúl Castro, el general Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, del que muchos cubanos que andan corriendo y saltando esta semana nunca han oído hablar.

Deben estar felices con Trump, esos generales.  Se van a entender muy bien con él.