Foto: Armando Franco

Foto: Armando Franco

Algo corta el ajetreo incesante del río de personas que en la noche suben y bajan el boulevard de la calle Enramada, en Santiago de Cuba. Enramada es un avispero a toda hora. Una pantalla gigante proyecta varias imágenes de un mismo rostro y se escuchan las canciones más patrióticas del repertorio musical de la isla. La gente detiene el paso. El torrente de personas es ahora una roca compacta a la que se le suman cada vez más peñascos rodantes. Todos miran a Fidel Castro en lo alto. Un anciano vestido con uniforme de custodio se para en firme, alza la barbilla y ensaya el saludo militar.

A lo largo del boulevard hay otras cinco pantallas electrónicas ajustadas al piso, negras y verticales, mucho más estrechas. Fidel Castro sale de un costado, cae desde arriba, viene desde abajo, vestido de militar, en close up, de cuerpo entero. Cubanos y extranjeros se retratan junto a su efigie.

Fidel ya no está. Por primera vez, desde 1959, ha dejado que Cuba camine sola.

Foto: Armando Franco

Calle Enramada / Foto: Armando Franco

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Faltan unas horas para que la caravana, que trae sus cenizas, llegue a Santiago de Cuba, al póstumo adiós. Mientras Cuba entera le rinde tributo en una vigilia solemne que ha durado casi una semana, en el punto final del recorrido se respira una tensión altísima. Los nervios son palpables.

Los alrededores del cementerio Santa Ifigenia están totalmente exacerbados. Una patrulla policial vigila la entrada principal e impide cualquier acercamiento, cualquier estancia. Ni siquiera permiten tomar fotos.

Dentro, brigadas de obreros trabajan bajo el imponente sol. Parecen hormigas. Barren, pintan, repellan. Se mueven de un lado a otro sin cesar. Todo ocurre delante del mausoleo de José Martí, a unos metros del lugar preciso en que descansarán las cenizas de Fidel Castro.

Ni los propios trabajadores del cementerio saben a ciencia cierta cómo será el monumento en el que reposará Castro. En la entrada han sembrado unas matas de mediana altura que obstruyen la visibilidad desde el exterior.

“Han bajado una piedra enorme de la Sierra Maestra, en una grúa, pero nadie sabe cómo es porque está tapada con una lona”, dice uno de los custodios que se encuentra de guardia en la puerta trasera del cementerio.

Julia González, vecina de la avenida Patria, cuenta que “estas obras no empezaron con la muerte de Fidel, esto empezó hace un tiempo ya cuando comenzaron a desalojar a la gente que vivía por estos alrededores. Sacaron a mucha gente de aquí, de sus casas, para poder dejar el frente del cementerio con una buena imagen”.

Según Julia, hace un año y tanto los dos descampados frente a su casa eran caseríos insalubres. Los llamaban “La playita” porque estaban a la orilla del desagüe albañal de la ciudad. Las viviendas se encontraban en malas condiciones, casi derruidas, y el gobierno de la ciudad tomó la decisión de despoblarlas para embellecer la zona.

A los habitantes les otorgaron apartamentos en unos edificios nuevos. El desagüe fue tapado con un material que parece plástico, pero que no atenúa el olor a pudrición. “Patria antes era una calle de una sola senda y la ampliaron para hacerla avenida. Pero para ampliarla tuvieron que tumbar muchas viviendas”, dice Julia. Ahora, poco antes de que las honras fúnebres de Fidel lleguen a Santa Ifigenia, aún se siembran plantas a ambos lados de la avenida Patria y en el separador de la arteria. Limpian y asfaltan la calle. Al mediodía, los trabajadores se esconden del sol en las aceras con sombra.

Avenida Patria / Foto: Armando Franco

Avenida Patria / Foto: Armando Franco

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Detrás de Santa Ifigenia está Agüero, un barrio pobre. Lo único que separa al cementerio del barrio es su muro trasero, un terraplén empolvado, bien estrechito. El paisaje para la gente de Agüero son los ángeles de mármol blanco que se elevan por encima del muro,

José Pérez / Foto: Armando Franco

José Pérez / Foto: Armando Franco

panteones fúnebres verticales y el sollozo lejano de alguna familia que sufre el advenimiento de la muerte.

José Pérez, 95 años, está sentado en la puerta de su casa. Se apoya en un bastón de metal y mira el vecindario. “Estoy esperando la muerte, quiero ir para el hueco ya”, dice. Con el triunfo de la Revolución cubana en 1959 y la posterior confiscación de los negocios privados, José perdió su negocio de tintorería. Luego se convirtió en carpintero y creó su propio taller.

“Perdí mi negocio pero estoy con él cien por ciento, porque ese hombre nos sacó del capitalismo. Quiero ir a despedirlo aunque sea arrastrado. Él es lo más grande que ha dado la naturaleza”, dice José, masón consagrado a su logia por más de 55 años.

En la calle C, acaban de matar un cerdo y sus costillas están expuestas al aire libre encima de una lámina de hierro. Hay una caldosa puesta al carbón, a fuego lento. Dos hombres agarran los intestinos del animal, los exprimen y botan los excrementos por una zanja.

A unos metros de allí vive Noelvis, albañil de 52 años que trabaja en el Ministerio de Alimentación. “Estoy aprovechando el duelo nacional porque como no se trabaja hago algunos trabajos particulares y me gano algo de dinero”, dice después de preparar amablemente un poco de café.

Noelvis construyó su casa solo, sin ayuda del Estado. Dice que “no he hecho más nada porque el gobierno quiere extender el cementerio y ha

Noelvis Gutiérrez / Foto: Armando Franco

Noelvis Gutiérrez / Foto: Armando Franco

puesto al barrio en plan de demolición”. Las casas de Agüero más cercanas a Santa Ifigenia son todas de madera y zinc viejo, oxidado. Menos la de Noelvis.

Dentro hay una pared diseñada por él mismo con el Morro de La Habana en el fondo y con una pecera incrustada en la mampostería. Desde su azotea se divisa todo el cementerio. Trepados allí, comenta: “Me erizo de decir que Fidel ha muerto”.

Tocan a la puerta, son dos estudiantes de medicina que realizan una pesquisa en la zona. Preguntan si viven niños en la casa, si alguien ha tenido fiebre recientemente, dicen que hay dengue en el barrio. Fuera, levantando el polvo de calle C, camina una mujer con un cerdito pequeño en sus brazos, lo lleva envuelto en una manta.

 

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Esta semana, Santiago de Cuba es una de noche y otra de día. Con la luz, todo es preparativo, ajetreo, policías moviéndose, carros que pasan con sus altavoces y le alertan al pueblo cómo tienen que vestirse y comportarse cuando la caravana llegue a la ciudad.

En el cuartel Moncada los estudiantes de las escuelas primarias y secundaria básica ensayan los cánticos y los saludos que efectuarán dentro de unas horas. Los trabajadores estatales usan el brazalete del movimiento 26 de julio en conmemoración a la muerte de Fidel y al alzamiento de la ciudad hace 60 años.

En la noche, excepto en los parques con conexión wifi, la ciudad parece abstraída en un absoluto toque de queda. El silencio es total, no hay nadie en las calles.

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A las nueve de la mañana en el santuario sagrado de la Iglesia de la Virgen de la Caridad hay un silencio prodigioso. En la cima del poblado “El Cobre” se escucha el trinar de los pájaros, el viento que corre, las hojas de los árboles que bailan.

El templo, sitio donde se encuentra la imagen de la patrona de Cuba, inevitablemente conmueve al más ateo, como una ventisca.

Una mística increíble transmiten las promesas cumplidas y las historias que se leen en las notas que las acompañan, la belleza de las columnas y el esplendor de las esculturas, los ramos amarillísimos de flores, las velas encendidas, el susurro de los labios que oran mirando a la virgen en su urna de cristal.

A 21 kilómetros del centro de Santiago de Cuba, Humberto Amaral barre uno de los costados de la iglesia y cuenta que “al otro día de fallecer, a Fidel le hicieron una misa aquí”.

Wilbert Moreno, uno de los trabajadores del templo, dice: “El poblado se lo ha sentido, estamos todos muy tristes, por eso hay tremendo entusiasmo para despedirlo cuando pase en la caravana”.

“Acordamos hacer el novenario católico que consiste en oración y misas durante nueve días, para que Dios lo acoja, le premie todo lo bueno que ha hecho y le perdone todos los errores que pudo haber cometido”, dice Eugenio Castellano, sacerdote rector del santuario de la Virgen de la Caridad.

Castellanos, quien llegó al templo en 2010, cuenta que Fidel Castro nunca visitó la iglesia. Sin embargo, cuando decidió alzarse y emprender la lucha guerrillera, su madre le ofreció a la Virgen unas estatuillas de oro para que cuidara de los tres hijos que se habían lanzado a la lucha armada.

Luego, Fidel y Raúl caerían en prisión tras el fracaso del asalto al cuartel Moncada. Una vez en libertad, su madre regresó al Cobre y en uno de los altares a la Virgen dejó otra estatuilla de oro con una franja en blanco y el nombre de Fidel Castro Ruz.

El Cobre / Foto: Armando Franco

El Cobre / Foto: Armando Franco

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Cerca del Morro de Santiago de Cuba, en las afueras de la ciudad, un islote se levanta en medio de la bahía, en el mar Caribe. Un pedazo de tierra firme que se desprendió y quedó a la deriva. Su nombre es Cayo Granma y en él viven alrededor de 2 mil habitantes.

Testigo de Jehová / Foto: Armando Franco

Testigo de Jehová / Foto: Armando Franco

Hay una bodega, una tienda, un restaurant, una iglesia, una cafetería, un comedor para ancianos y dos consultorios médicos. No hay calles, sino trillos empedrados que suben y bajan, escaleras, y una especie de pasillo a la redonda. La inmensa mayoría de las casas son de madera.

Hay pocas personas fuera de sus casas en el cayo. Sin embargo, en el puertecillo donde zarpan las embarcaciones siempre hay alguien. Mientras espera una lancha que lo lleve a la ciudad, un testigo de Jehová dice: “Fidel es como Jesucristo, él ayudó a los niños, a los pobres, a los desposeídos, por eso yo aprecio mucho lo que hizo por este país”.

A la entrada, hay dos ancianos conversando bajo la sombra de un árbol. Uno es mulato, ciego y tiene 70 años. El otro es negro, jubilado y tiene 69. Ambos han vivido toda su vida aquí y dicen que nunca les pasó por la cabeza marcharse a otro sitio.

“Estoy seguro que la tranquilidad de aquí no la vamos a encontrar en ningún lado”, dice el anciano negro que no habla sobre Fidel. En cambio, el anciano ciego dice: “No porque estemos aislados hemos dejado de sentirlo, mi mujer está desconsolada”.

En la parte sur de Cayo Granma, vive María Caridad, de 83 años. Otra señora que tampoco puede contener su dolor cuando habla de la muerte de Fidel Castro y sus ojos se ahogan en un llanto contenido.

“Mis 11 hijos estudiaron gracias a la Revolución. Cuando mi hijo me llamó para darme la noticia no pude comer durante ese día, me entró un maria-caridad-2temblor en todo el cuerpo que tuve que acostarme en la cama”, dice María Caridad, mientras sujeta su almuerzo, un plato plástico que contiene pocas raciones de arroz, boniato y maíz.

La casa de María Caridad y su familia es un caserón colonial, espacioso, pero que no puede estar más deteriorado. Al caminar, el piso tiembla, las tablas de madera se mueven. Hay partes totalmente levantadas y otras con huecos profundos.

“No me voy porque todos mis ancestros están enfrente, en el cementerio, yo quiero que me entierren aquí”, dice María Caridad.

A unos metros de su casa, un cartel de agosto pasado dice: “¡Feliz cumpleaños 90 Fidel!” La frase aún se reproduce por todo el cayo. En cartones, en paredes, en casas abandonadas.

 

Santiagueros / Foto: Armando Franco

Santiagueros / Foto: Armando Franco

Parque Céspedes en Santiago de Cuba / Foto: Armando Franco

Parque Céspedes en Santiago de Cuba / Foto: Armando Franco

Custodio del Cementerio Santa Ifigenia / Foto: Armando Franco

Custodio del Cementerio Santa Ifigenia / Foto: Armando Franco

Santiagueros / Foto: Armando Franco

Santiagueros / Foto: Armando Franco

Estampas de la ciudad / Foto: Armando Franco

Estampas de la ciudad / Foto: Armando Franco