La Habana tras el paso del huracán Irma / Foto: Mario Luis Reyes

La Habana tras el paso del huracán Irma / Foto: Mario Luis Reyes

Las líneas telefónicas no han colapsado y permiten que se efectúe una llamada de urgencia al 105. La llamada les comunica a los bomberos que el mar ha inundado una casa y que la familia que la habita, batallando entre las paredes y la inminencia que se cierra cada vez más sobre ellos, está dando gritos de puro miedo a morir.

Dirección, pregunta el oficial de guardia. Calle E entre tercera y quinta, le contesta una voz del otro lado.

Seguramente el oficial de guardia ha venido oyendo este tipo de voces, este tipo de llamadas, una detrás de otra, hasta que dejen de alarmarlo por hábito. Llegado a un punto, todas le parecerán provenir del mismo sitio, de la misma gente, todas moduladas igual. La gente que cree que va a morir actúa por instinto, lo cual los homogeneiza al cabo. También está la gente que cree que va a morir por cualquier simpleza y llama a los bomberos. También la gente que a pesar de las cuitas imperantes quiere gastar una broma. Y, también, la gente que de verdad va a morir si no acuden a salvarlos. Nadie sabrá por cuál de estas opciones se decantó el oficial de guardia, o si los efectivos de rescate no alcanzaban a fraccionar los recursos en ese momento, o les daban prioridad a otros casos. Haya o no una explicación para los hechos, los bomberos no vendrían nunca a socorrer a la familia.

Cuando la familia se ve en peligro, se cumple la tarde del domingo 10 de septiembre. Antes de que se corte la electricidad, los pronósticos avisaban que el huracán Irma haría una recurva en la madrugada, abandonando el territorio cubano por la provincia de Matanzas. Decirlo así es un poco dotar al huracán de cualidades que no tiene, volvernos al animismo. Un huracán no se gobierna por sí solo, explicaría el Doctor José Rubiera en televisión, comparando las navegaciones del fenómeno con las de un corcho a la deriva. Es decir, como un corcho que muda su curso por agentes externos, el trayecto de un huracán se replantea según las condiciones meteorológicas que lo rodean.

Un corcho tampoco es una fuerza catastrófica. Esta salida de Irma afectaba el litoral de La Habana, con un serio desbordamiento marítimo. La situación es —sobra afirmarlo— sumamente complicada. De un lado, una familia atrapada en el interior de su vivienda, clamando auxilio. Son dos mujeres, un hombre y una perrita sata moteada. Un segundo factor que se vuelve, mejor, una ausencia, compuesto por el salvamento que no llega. El tercero es el de los vecinos, que oyen los gritos mientras se resguardan en sus casas. Todo entonces se conjuga. Sin embargo, siendo justos, el tercero viene a resultar el elemento concluyente.

En lo que la familia pega gritos, con el agua salada ya a la altura del pecho, Beatriz tiene cuidado de no dejar caer a la perra. El ovillo, la madeja temblorosa de pelo blanco que busca refugio entre los brazos de su dueña es la niña del hogar, dirá Victoria, la menor de las mujeres, hija de Beatriz. La sensación de ahogarse tiene que ver mucho con el encierro, de modo que el efecto psicológico se endurece. La familia siente que golpean la puerta desde fuera. Lo más que pueden hacer en tales condiciones es alentar a sus vecinos para que sigan. Pum, pum, pum. Un impacto seco y de inmediato una corriente arrastra a la familia hacia la cocina. Es la consecuencia del agua acumulada en el exterior pujando en busca de su canal.

Victoria es quien logra salir primero, nadando, como no imaginaría que saliera un día de su casa. Aunque, eso sí, viva.

Además de su huella fúnebre, los diez cubanos muertos, el asolamiento de Irma motivó las historias de los que casi mueren.

  • La Habana tras el paso del huracán Irma / Foto: Mario Luis Reyes
    La Habana tras el paso del huracán Irma / Foto: Mario Luis Reyes

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Las rachas del domingo 10 de septiembre registraron cerca de 125 km/h por en el Instituto de Meteorología de Casa Blanca, La Habana. Los vientos sostenidos del anillo de tormenta tropical, que fue el que impactó la capital, fluctuaron ente los 70 y los 80 km/h.

El huracán Irma, de 315 kilómetros de anchura, también levantó olas furiosas en la costa norte occidental, de unos nueve metros en La Habana. Las inundaciones marítimas, dice el meteorólogo Carlos Manuel González, no tienen precedentes históricos.

Podrían compararse con referencias como la llamada Tormenta del Siglo, de 1993, o con el huracán Wilma, ambos fenómenos superados por las crecidas de Irma, a excepción del reparto Camilo Cienfuegos en Habana del Este, donde el agua apenas rebasó la línea divisoria entre el arrecife y las calles.

Irma es el único huracán categoría cinco de la escala Saffir-Simpson que ha tocado la isla grande, y el más intenso en aguas abiertas del Atlántico sin considerar Golfo de México y Mar Caribe. Mantuvo una velocidad de vientos de 295 km/h durante 3.25 días, rompiendo el récord de sostenimiento del supertifón Haiyan, que dejó miles de fallecidos en Filipinas.

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La marmita, negra y verrugosa, humea en medio de la calle. El vapor despide un olor mezcla de vianda y de carnes indefinibles. La mujer que remueve con el cucharón no agarra el asa con sutileza, sino que parece aplicarle el poderío completo de su muñeca, como apurando la espesura. Cuando finalmente adopta la forma de una caldosa, los vecinos que han tributado con los ingredientes, se sirven. Con la caldosa que les vende el Estado, no muestran la misma confianza. Después de que Irma se alejara, las redes de gastronomía ensamblaron varios quioscos desde la calle Línea hasta Malecón.

Lidia sospecha que la caldosa de los quioscos está elaborada con cárnicos descompuestos, lo cual respondería a la falta de refrigeración. Tras más de 72 horas sin fluido eléctrico, en el Vedado, E entre 3ra y 5ta, Lidia espera a que el delgado hilo de agua que sale de la llave llene sus recipientes.

Ella ha visitado los quioscos, es miércoles 13. Abundan las galletas de soda a 50 pesos cubanos y el pan con mortadela. Bajo los efectos nocivos del calor de más de 30 grados Celsius y la humedad ambiental, la sanidad de los productos es claramente frágil. Lidia y su familia los evitan.

Los depósitos de agua potable fueron contaminados por la irrupción del mar, de modo que deben esperar a que los desinfecten y restablezcan el abastecimiento. Dentro de este cuadro de fatalidades, el pasillo de calle tercera es afortunado, el agua viaja a través de una línea directa y no se almacena antes de redistribuirse. Para erradicarle los parásitos y beberla, la hierven o la ligan con unas gotas de hipoclorito de sodio.

En la calle, la carne fermentada de las casas son sus mobiliarios muertos, de los que emana el hedor de la madera, el vinilo, el hierro oxidado, ascendiendo y revoloteando en un vaho apelmazado. Quitar los muebles de una casa es como descarnarla, queda un agujero de significados. Debajo de la insensibilidad de los muebles, el arraigo es poderoso y no se supera de pronto. Y lo que ahora se aprecia es un cementerio de patas en crucetas, un basurero sentimental.

Isis muestra la marca de agua, el autógrafo de Irma en una pared. La raya todavía visible, aunque sigilosa, está sobre los 170 centímetros de altura.

—A esa casa de ahí, la tapó el mar hasta el techo—dice Isis.

La casa es la de Lidia. El sábado el noticiero de televisión insiste en que La Habana entró en fase de alarma ciclónica. Lidia sube lo que puede de sus pertenencias a la habitación de un vecino, en un segundo nivel, y prioriza los electrodomésticos, lo más difícil de reponer. El vecino había brindado el lugar desde temprano, pero se trata del espacio de un apartamento y obvio que es finito. Reúne, adentro, las posesiones de cinco viviendas distintas. Hubo cosas que no se salvaron, que debieron permanecer a la voluntad de las inundaciones, y que acabarían sumergidas, echándose a perder. Desde el amparo, Lidia observa un desfile atribulado que saca a la calle los restos, los televisores, las lavadoras, las neveras y los colchones, estos últimos recogidos por personas más necesitadas que vieron su oportunidad en el desperdicio.

—Se informó bastante, por esa parte no nos podemos quejar. La gente que perdió mucho, perdió mucho porque no se preparó con tiempo. O porque no esperó que la magnitud fuera tal—dice Lidia.

Cada casa cocina como puede. Con carbón por lo general. Hace poco se hizo una caldosa colectiva para los vecinos del pasillo. En cambio, no ha habido manera de remediar la basura que se acumula y que sirve de cultivo a las epidemias. La respuesta estatal ante las quejas es que hay falta de medios de transporte. A las insistencias les responden con insistencias que mañana, y mañana que mañana…

Se han tardado demasiado, se queja uno de los vecinos. Otras veces habían venido los camiones y las propias personas ayudaban a los trabajadores a recoger la basura. Otras veces habían venido carros con refresco, pan, jugo, agua, y hoy nada.

—Me atrevo a decir que con otros ciclones las afectaciones han sido más graves, mayor la cantidad de postes de electricidad caídos—añade el vecino, un hombre grueso, moreno, sentado como un buda sobre un ladrillo de cemento crudo.

Ha sido una especie de padrino. Cuando Irma arreciaba, cobijó a seis de sus vecinos en su casa del segundo piso. Ahí los recursos se fueron agotando y se vio obligado a salir en la moto a comprar pan. Algunas panaderías, con el soporte de los grupos electrógenos, no han cerrado.

—No todos tenemos dinero para comprar al precio de las tiendas —aclara otro de los vecinos, que hasta entonces se había mantenido al margen de las conversaciones.

—¿Pudieron dormir esa madrugada del domingo?

—El aire silbaba. Silbaba. Contra la ventana un ruido insoportable.

Con el ruido del aire, el calor del encierro hermético y el miedo, se mantuvieron en vela.

—Esto nunca había pasado, que el Estado se despreocupara tanto por lo que ocurre —comenta el vecino con ánimos de padrino.

—Papito, Fidel ya no está, ya no está —dice una señora que vive aquí hace 34 años.

Las apariciones públicas del presidente Raúl Castro llegan a ser fugaces, si es que son.

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Anaxímenes de Mileto tuvo al aire como principio, una materia determinada a la que le atribuyó los caracteres de la infinidad y el movimiento incesante. El mundo es un animal gigante que respira, especuló. Del aire nacen todas las cosas que son, que fueron y que serán, debió haber explicado, y describió dos procesos: La rarefacción y la condensación. Rarefacciéndose, el aire se convierte, pues, en fuego. Condesándose, origina el viento y las nubes. A más condensación, produce agua, tierra y piedra. Otro filósofo griego, del siglo V a. C., Diógenes de Apolonia, dijo que el aire creaba la vida, el movimiento y el pensamiento, y que por esto es increado, iluminado, inteligente, ordenador y dominador de todo.

Una anécdota quizás espuria, ofrecida por Platón, sugiere a un Tales de Mileto que, demasiado absorto en sus observaciones del cielo, no advirtió que se dirigía al brocal de un pozo y cayó al fondo del mismo, provocando la risotada de una sirvienta tracia. Precisamente fue en el agua que Tales encontró un elemento primordial, acompañado de una fuerza activa, vivificadora y transformadora.

  • La Habana tras el paso del huracán Irma / Foto: Mario Luis Reyes
    La Habana tras el paso del huracán Irma / Foto: Mario Luis Reyes

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La señora que tengo delante no excede los 170 centímetros. Significa que la altura que tomó la inundación del domingo la hubiera sumergido completa, pero no se expuso a ello. Afectada por un dolor en la espalda, ocasionado por cargar tantos bultos hacia el segundo nivel de su vecino, la señora cree que quizás ha perdido los batidores, quizás el refrigerador, quizás los equipos subidos a la meseta de la cocina adonde nunca, antes de Irma, había alcanzado el agua. Lo que sí está convencida de haber perdido el vídeo, un aparato ya obsoleto, de formato VHS. En cuanto al DVD, alberga sus esperanzas, y piensa llevarlo al mecánico y que él dictamine.

Un largo cable funge como tendedor. Cuelgan todas las prendas de la señora, puestas a secar al sol sesgado para que después no apesten.

Ella duerme en un catre, en la sala, con el cerco de sus bienes rescatados. La puerta exterior no le cierra. Las de la meseta, atoradas por la crecida, las tuvo que abrir a martillazos.

Al mediodía del miércoles, empieza a lloviznar.

La señora se agarra la cabeza con las manos, como cuidando que no se le desprenda. Recoge a toda máquina la ropa del tendedero. La ayudamos a apilarla, sin ningún orden la tiramos en las primeras butacas que hallamos, ella pidió que así lo hiciéramos.

—No se me acaba de secar nada, por Dios, Cristo—se lamenta.

Otra mujer pasa a nuestro lado, más o menos canturrea algo de cortarse las venas.

—Cortarse las venas no, yo subiría al quinto piso de un edificio y me lanzaría, no aguanto más tiempo en esto.

La señora vive sola. Su hijo la visita, pero tiene que atender sus problemas personales. La señora dice que no come nada, que su apetito se limita apenas a tomar el caldo que su hermano preocupado le envía, y solo lo hace por consideración a sus esfuerzos.

—Hoy salí a buscar comida y lo único que encontré fueron galletas de soda, es como si hubiera habido una guerra —dice una visita en el apartamento más próximo.

El flashazo abrupto de una cámara nos llama la atención. Es la presidenta del CDR, que nos hace fotos. La reconocimos muy rápido. De entrada, estuvimos conversado con ella, y vimos un detalle inconfundible. La mujer llevaba un pañuelo rojo en la cabeza.