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Casi entramos en 2017 y Santi, que ya suma treinta y cinco de edad, no pierde la costumbre de hablar con la boca llena ni de chuparse los dedos aun en público. Pica un trozo de lechoncito asado cuyo pellejo seco cruje, se le deshace tierno, expedito, entre los dientes. La familia que ahora lo rodea en un patio humeante ha tenido que esperar más de un año para que se produzca esto: Santi el emigrante aterriza en la hecatombe del aeropuerto José Martí, en un vuelo procedente de Hialeah, Florida, con retraso; la cinta que transporta el equipaje se detiene por rémoras técnicas, pelea verbalmente con los agentes de la aduana y sale por la puerta con las orejas rojas empujando un carrito de ruedas al más puro estilo cubano, lleno de bultos empacados en nailon y con un televisor LED de 32 pulgadas y conector HDMI, y después pasa unas semanas de apoteosis en La Habana.

Está igualito, más rellenito, pero igualito a la última vez, piensa la madre, Doris, una mujer alta con los pies hinchados y dolidos y alguna que otra crisis de artritis. El padre es una copia física más morena y velluda de Winston Churchill con mono y zapatillas deportivas, que recibe a su benjamín voceando desde una escalera en la que entorpece el ascenso de un turista italiano zancudo, con tipo de mochilero.

Que Santi esté igualito quiere decir que siga peinándose sin mucho esmero, emplastándose el pelo con gel fijador; que masque chicle como un rumiante o que continúe adornando su cuello con la cadena de oro que el tío Eddy le obsequió antes de que un paro cardíaco lo matara en el trabajo. Que esté más rellenito quiere decir que ha subido unos cuatro kilos que se le notan particularmente en el vientre y en la cara.

Antes de que acontezca la cena por la que se ha reunido la familia, Santi le tira el brazo por encima a la madre en la terminal 3, le besa la frente y le pregunta si es verdad el runrún que hay de que suspenderían las ventas de bebidas alcohólicas durante los festejos de fin de año por la muerte de Fidel Castro. Doris le responde que no, que solo fue un rumor que desmintió la televisión y que incluso el mismo 28 de noviembre, en plenas exequias, había un hombre que caminaba errátil por la avenida Paseo rumbo a la Plaza, apestando a etanol, y que hubo uno que en la calle Galiano que recién cumplido el luto oficial, salió como bólido a comprar cervezas, gritando que al fin éramos libres.

Santi, quien piensa que en poco tiempo obtendrá la ciudadanía estadounidense, a menos que Donald Trump se interponga, dice que le pareció demasiado nueve días de duelo como para que se extendiera la abstinencia hasta las últimas horas de diciembre.

—Es demasiado que Fidel nos joda el fin de año, vieja.

Doris sube el índice y le suelta a su hijo un sonoro Chissssss con un arranque muy semejante al que libera si Santi habla con la boca llena, o se chupa los dedos en público.

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Fidel Castro ya se había encargado de opacar las celebraciones navideñas. Las tradiciones cristianas fueron recortándose a partir de los albores de la Revolución, cuando se extendieron las tensiones entre el comunismo y la religión. Los que practicaban un fervor que no fuera exclusivamente hacia los líderes políticos o el marxismo, ni siquiera podían militar en las filas del PCC, otras veces se les negaba el empleo o cursar una carrera universitaria.

Apostilladas por igual quedaban entonces las fichas personales de homosexuales, gente con familiares en el exterior y religiosos. Hubo que esperar cerca de cuarenta años para que con la visita del Papa Juan Pablo II, en 1998, se estableciera como día feriado el 25 de diciembre en honor al nacimiento de Jesucristo en Belén que se unía al 1ro de enero, la fecha en que en verdad se celebra el triunfo de 1959 y no el año nuevo que, por azar, coincidieron en el calendario gregoriano.

Pero las familias cubanas si bien se volvieron menos devotas y se bautizaron en menor cantidad, no extinguieron la tradición de un par de cenas lo más opíparas posibles en dos jornadas: Una el 24 de diciembre y la otra, el 31. Algunos rituales de consumo se fueron añadiendo poco a poco, dándole forma a las fiestas que se congregaron y que todavía se arman como con recatos, como una ninfómana reprimida.

Las tiendas en divisas comenzaron a vender arbolitos, juegos de guirnaldas, figuritas de Papá Noel, bolitas de colores, lazos y estrellas.

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El primer recuerdo de un árbol de navidad que tengo es  el gajo de un pino rancio que se cortó en mi casa  y se adornó con bombillas redondas de luces blancas y ambarinas. Era un lujo comprarse uno sintético en los noventa. Mi madre, para instalarle más ceremonia al asunto, pintó las bombillas con rotulador. Un día le regalaron una cinta erizada de las que llaman rabos de gato y se puso radiante. Enseguida fue y se la enrolló a la rama de pino. Así estuvimos celebrando con el gajo ni sé cuánto tiempo. No teníamos más, ni pesebres ni Reyes Magos, pero en la tarde mi madre se inspiraba y preparaba una cena tan rica con carne de cerdo que ignoro dónde la conseguía, y dejábamos los platos tan limpios que no hacía falta ni fregarlos. Si Gaspar regaló incienso al niño Jesús, a los cubanos Dios les regaló la carne de puerco.

Esto lo dice Lily, de treinta años, que en solo una Nochebuena quiso romper el esquema, pintarse de norteamericana, y compró un pavo que le dieron como aguinaldo a un guardia de seguridad de la extinta Oficina de Intereses de Estados Unidos.

En las fechas del rumor sobre la detención de ventas de cerveza, Lily se precipita y compra dos cajas de marca Presidente, tipo Pilsener, una en buen estado y la otra adulterada. Una con sabor a cerveza y la otra con sabor a detergente.

También es la carestía general y habitual la que provoca que la gente encienda las sirenas de emergencia y se apelotone en los quioscos y tiendas en grandes filas amorfas. También los rumores, que tienen un efecto de bola de nieve, van poniendo detalles a las noticias, las precisiones amplifican las imprecisiones, la falta de sosiego. La falta de sosiego de Juan Carlos es la que le arranca la voz y me habla en lugar de él.

—Compadre, tú que andas en los periódicos, dicen que van a vender solo cerveza importada en diciembre y la de nosotros, nada, cuando el río suena es porque piedras trae ¿Qué has oído?

Juan Carlos, bajo, de caminar combado, estira el cuello y adelanta su cabeza celulítica y suplicante a la espera de que le aclare lo mínimo y marcharse tranquilo. Desdichadamente, lo más que consigue es trasmitirme la duda y compartir su peso conmigo.

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Nochebuena. Los negocios particulares replican la figura de Santa Claus en distintas formas y dimensiones. En el barrio de La Timba juegan dominó y estalla la gorda —el doble nueve— contra la mesa. En un balcón de Línea y F se ve a unos muchachos y muchachas (o boys and girls), algunos de ellos encorbatados, saltando y tirándose fotos, con los brazos abiertos o en jarra, de perfil, o apoyando los mentones en los nudillos. Las navidades de hoy tienen otros sitios y modos de celebración de relativa novedad en Cuba. Facebook, Instagram, etcétera. Mientras, los olores de los asados que cubren en el asueto el aire de La Habana, derriban las paredes que retienen el hambre, toda se libera en un gran desborde excitado del viejo Nereo. El puerco y el pollo son regios y gobiernan en los hornos.

Restaurante Karma, calle 24, Vedado. Aquí hay un hombre que se gana la vida fingiendo ser una estatua que imita a algún criminal de la Cosa Nostra o a Dick Tracy o a uno de los intocables de Eliot Ness. Cubierto de tinte broncíneo, con un sombrero tipo Fedora y un traje extenso, de rato en rato, saca una pistola de juguete, apunta a los comensales y los comensales se carcajean. Por obra de los restaurantes, las familias escapan del hastío de la cocina y de lavar la vajilla y en Karma, de paso se divierten con Dick Tracy. Y pueden regalarse una variación, el premio por su buen comportamiento anual: Un bistec uruguayo de res. El bistec uruguayo de res se elabora con carne vacuna, jamón y queso, se condimenta, se forra con harina de pan y se fríe. La camarera tiene que dar, toda vez que sea necesaria, esa explicación; de la misma forma, tiene que esforzase más para convencer a algunos de que es más suculenta que la oferta del bistec de cerdo.

Pero solo Dios puede decirnos. Amén.