El escandalillo por las declaraciones tardíamente filtradas de Miguel Díaz-Canel parece que va a pasar, como corresponde, dejando tras de sí un corrillo penoso de teorías de la conspiración propio de un país que quiere pasarse de listo y lleva décadas poniendo el tonto.

Quien quiera que haya filtrado el video en el que el primer Vicepresidente cubano pretende vestirse de hombre fuerte y dice que va a censurar porque todo el mundo censura, solo ha sacado en claro la evidente incapacidad de los cubanos, no ya el pueblo mayoritario, que nunca se entera de nada y sobrevive como un hámster trepado a una noria, sino ese puñado de ciudadanos medianamente al tanto de los chismes políticos de turno, para diluir las energías en hipótesis que, ciertas o no, no hay modo de comprobar, no van a volver a Cuba un centímetro más próspera, y no van a poner en riesgo a un gobierno ilegítimo que en unos pocos meses, sea Díaz-Canel, José Ramón Machado Ventura, o el fantasma de Quintín Banderas el sustituto de Raúl Castro, va nuevamente a renovarse a dedo, simulacro de elecciones mediante.

Por no haber, ni opinión pública consistente hay en Cuba, por lo que no se ve de qué manera podría incidir el criterio de los votantes en el rumbo político que pueda tomar el país a partir de 2018, ni a quién en las altas esferas del poder, que sepa cómo han funcionado las cosas en los últimos cincuenta años, le podría interesar lo que piensan las personas sobre determinada figura política, sea esta figura su adversario o su aliado, ya que lo que en realidad piensa la vasta mayoría de los cubanos, que ninguno de los ministros y funcionarios que salen por la televisión podrá arreglar este desastre, provocado además por ellos mismos, será expresado de modo convincente en las urnas, donde el 99,8% de los votantes marcará obedientemente una cruz por el candidato que le digan de antemano y luego la Asamblea Nacional aplaudirá con fervor unánime al gris sustituto que decidan Raúl Castro y su camarilla más cercana.

La filtración del video no busca sondear la opinión de nadie, porque la opinión de nadie ha sido nunca requerida para nada en Cuba, si no es para asentir, acatar o amagar a veces, por dos minutos, con un deshiele participativo, hasta que a alguien le pique un mosquito, se le ocurra que hemos ido demasiado lejos y empiece de nuevo a prohibir. Es curioso que sigamos creyéndonos portadores de una importancia e influencia que los hechos nos niegan rotundamente.

Si las declaraciones de Díaz-Canel son un espaldarazo en la pugna secreta de poderes que tiene lugar en la oficinas y salones del Consejo de Estado y el Comité Central del Partido, o si lo sacan del carril y desinflan lo poco que queda de esa imagen cool que la esforzada prensa internacional se encargó en los últimos tiempos de promocionar, un Richard Gere villareño que escuchaba el Rubber Soul, se movía en bicicleta por la ciudad del Che Guevara y permitía desfiles de travestis en un país donde unos años antes, bajo la misma Revolución, los homosexuales eran conducidos a campos de reeducación ideológica, y los políticos, si nos guiamos por su ineficiencia y mal humor, solo parecían oír las arengas patrióticas de Osvaldo Rodríguez o las cancioncillas de horror dominical de Farah María y Rebeca Martínez, es algo que solo puede saber un puñado muy reducido de mandamases y conspiradores ocultos de la transición, los Fouché, Talleyrand, Malenkov y Jruschov cubanos, algunos de los cuales, muy probablemente, no aparecen aún en las quinielas de los analistas y periódicos de Occidente.

Quien se ha pasado demasiado tiempo ya en boca de todos, y las malas lenguas creen que ha nadado tanto para morir en la orilla, una liebre del castrismo en la carrera por el trono, es Díaz-Canel. Lo verdaderamente sintomático es que el segundo hombre de Cuba, que no tendría que esforzarse para dejar claro hasta dónde estaría dispuesto a cumplir los preceptos totalitarios del Partido Comunista, puesto que todos sabemos que no se llega hasta donde él llegó si así no fuera, y que la virtud y el interés por el diálogo son rarezas que invariablemente hay que suprimir antes de ingresar en la corte del Buró Político, parece decidido a disputarle el papel de villano más implacable a Machado Ventura o al delfín Alejandro Castro.

El momento lo requiere. Los términos del cambio se están dando en medio de un ambiente de oscurantismo exacerbado, con el cierre abrupto de la autorización de licencias privadas, un auge de la retórica nacionalista y el éxito de dos o tres comisarios sin crédito intelectual ninguno que lanzaron al ruedo esa bola de humo conocida como centrismo, otra finta retórica del establishment.

La más saludable dentro de una serie de opciones ya maltrechas por el peso de un plebiscito ficticio, que la atmósfera de las próximas elecciones promoviera un candidato que tuviese que adaptarse a los vientos de relativa apertura que soplaron en Cuba entre 2009 y 2014, se ha esfumado del todo, y febrero de 2018 nos va a recibir como si todavía estuviéramos, y lo estamos, en 2005 o 1971.

La disputa por el poder ocurre en términos de mano dura. En ese contexto habría que leer el video de Díaz-Canel bravucón, una competencia esta que, si consiste en superar en autoritarismo a Fidel o Raúl Castro, promete subir en decibeles, ya que esos supremos recordistas no se derrotan de la noche al día. Pero siendo hoy las cosas como son, el que asuma en unos pocos meses la presidencia de Cuba va a llamarse, en resumen, Luis Bonaparte. Comienza la farsa concluida la tragedia.

Este texto fue originalmente publicado en CiberCuba.