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La censura hecha al filme Quiero hacer una película, de Yimit Ramírez, retorna en estos días como el fantasma de un cadáver. El cadáver que un chofer aterrorizado abandonó al pie de la carretera luego de atropellarlo. Regresa en la actual crítica a quienes elaboraron y firmaron el Decreto 349.

Los artífices de su defensa plantean, con un tono de madres conciliadoras, que este solo regula el comercio y distribución del arte, como si estos no fueran un método de neutralización y reducción de la creación, y los ingresos y las presentaciones no fueran esenciales para que el artista sobreviva, financie su obra y encuentre su público.

A Yimit le censuraban su peli porque en un par de minutos, en algún lugar del metraje, los personajes se referían a José Martí como podría referirse cualquier persona harta ya de frases laudatorias y mojigatas, harta de propaganda doctrinaria y de su iconografía. La más dura lo vinculaba a la palabra maricón: «Martí es maricón». Frases así abundan en la cultura popular contra el triunfalismo, las arbitrariedades y las promesas del discurso oficial. Son frases que no refieren exactamente a quien califica. Y de este formato de catarsis no escapa nadie, ni Fidel, ni Raúl, ni los Cinco Héroes, ni Cristo, ni Dios, ni cualquier otro mártir usado como paraguas o rehén para conmover, mantener a las masas unidas y embebidas en su status quo.

A los últimos cinco asientos de las guaguas Yutong que operan aún entre provincias se les sigue llamando, vengativamente, los Cinco Héroes. No es contra “los Cinco” la venganza. Los viajeros a los que les toca, en su mayoría del Oriente del país, tienen que comerse 14 horas asfixiantes y sin ningún tipo de confort pagando el mismo precio que el resto de los pasajeros. Frases así abundaron al anunciarse nuevas regulaciones, profundamente impopulares, que imponían una sola licencia a los trabajadores por cuenta propia1. Son frases rompebúcaros chinos, son huevos contra el cristal que encierra a los emprendedores y los separa de la realización personal, y que el propio discurso oficial genera, como entropía, en contra de sus propios cimientos.

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También retorna el esquema en que se ventiló el tema de QHUP ante la opinión pública. Se mostraba solo un costado del asunto. Como ha sucedido durante décadas, como sainete, farsa ante el sentido común, y sin pizca de rubor, se le dio espacio solo a la opinión del bando oficial que es, sin más, el bando conservador. El error defendiéndose a sí mismo. Una discusión unidireccional, descontextualizada, emprendida por plumas adocenadas y faltas de experiencia en auténticos debates. Los argumentos eran defendidos como si no existiese una tradición occidental de polemistas brillantes al estilo de Sartre, Vargas Llosa, Chesterton, Ratzinger o Habermas. Como si hubiesen quedado ciegos o sordos por una suerte de escorbuto (falta de vitaminas) o sedentarismo intelectual, y solo les quedara la fuerza, y todos los medios de comunicación, para hacer ruido, ocupar espacios, confundir a las masas. Como si fuesen esos equipos deportivos de Corea del Norte que no ganan en ninguna parte porque el gobierno los priva de fogueo internacional.

Generaron, como siempre, la ilusión de que no existe una manera brillante de defender la censura, ni a Martí. Una crisis retórica que suelen capear, pero a golpe del famoso método goebeliano: una mentira dicha mil veces se convierte en verdad.

Muy pocas personas vieron la película de Yimit. Se asumió que bastaba solo con la opinión, la intransigencia y el bagaje de los funcionarios que la vetaron. Si el ciudadano tenía curiosidad, olfato y acceso a la información libre vía Internet podía enterarse de todo el asunto. Si solo leía la prensa oficial, si no tenía curiosidad ni olfato, le tocaba ver desplazarse ante sí a un cuerpo incomprensible, descabezado: una apología repentina a Martí, por ejemplo, o una nota vindicativa sin hacerle lugar al hecho que la ocasionó.

Lo kafkiano naturalizado. Hay algo de bestiario en el modo en el que las autoridades culturales y políticas cubanas manejan estos asuntos de censura. Pero esta puesta en escena no cae en saco hueco, sino que retorna (como retorna a cualquier gobierno) en forma de paulatina deslegitimación. La manera arbitraria en que se ventila la política en Cuba recuerda una especie de guerra de guerrillas que dispara salvas y balas de humo. Se localiza un foco, aparecen estos pistoleros que derrochan pólvora sin importarles si llevan razón, ni las consecuencias a largo plazo de lo que defienden, y logrado el aturdimiento desaparecen en desbandada, ocupando trincheras y arbustos, hasta que aparezca un nuevo foco.

En este panorama chapucero es muy fácil suponer que mienten olímpicamente cuando dicen que al Decreto 349 solo le preocupa la chabacanería y el intrusismo. No hay por qué creerles. Y no es difícil suponer que las personas talentosas que lo defienden pecan de ingenuidad, cinismo o cobardía.

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Fue una joven comunista amiga la que me hizo observar por qué era posible en Cuba dicho estado de malestar ante la censura de QHUP. Observaba, no sin dolor, que sus instituciones habían sido vaciadas de una moral que las precediese. Son el rey desnudo del famoso cuento de Hans Christian Andersen. Todos, los que se callaban (como ella, por compromiso) o los que se oponían sin tapujos, percibían de un modo u otro que vivían en una comedia, ante un Rey que se creía vestido.

Doble violación institucional. Yimit mancillaba esa institución viril y heterosexual que es José Martí, y los cineastas y otros artistas irreconocían la decisión del ICAIC de confinar la proyección del filme (inacabado, era un trabajo en proceso) a una salita de pocas butacas alegando que emitía contenido irrespetuoso sobre el héroe.

Más allá de si era una buena o mala peli, los cineastas y artistas veían en el caso de QHUP una peligrosa reducción del papel del arte, y un pisoteo a la libertad de expresión que podría afectarles. Por una fórmula lógica frecuente en Cuba tanto Yimit como sus defensores fueron tildados de estar al servicio del Imperialismo.

La institucionalidad hace aguas, comentaba mi amiga. Un sector del pueblo amante de las buenas artes, la literatura, la expresión libre reacciona contra arbitrariedades y chapuzas, y deja de creer en la justeza de las decisiones institucionales.

Las instituciones cubanas acaso han ido perdiendo su halo. En vez de ser el Gran ICAIC deificado el que censura, en tanto voz del gran sentir popular, son dos o tres funcionarios de digestión lenta quienes ejercen un poder artísticamente inmerecido, técnicamente otorgado. El ICAIC, empequeñecido, ha derivado en hombres, y esos hombres, como hombres, tienen miserias y miedos individuales ajenos al arte, a la herejía inherente al arte, y también a la opinión del pueblo, del cual forman parte los cineastas.

Cuando las instituciones pierden su hegemonía sobre determinado número de conciencias pasan a ser poco más que aparatos articulados a trancos por hombres extenuados, inseguros y patéticos. Incluso entre los que favorecían a QHUP se manejaban supuestos tan dudosos como este: si estuviesen vivas figuras poderosas como Julio García Espinosa o Alfredo Guevara otro hubiera sido el comportamiento del ICAIC.

Algunas figuras, efectivamente, son como Jedis que han ido acumulando en sí un capital artístico, moral, o político que los capacita para detener un tsunami social con la palma de la mano y otorgarle valor a las instituciones que representan. Pero suponiendo que estas figuras son verdaderos Jedis y que no se equivocan nunca-nunca, lo cual es improbable, ¿qué pasa si se extinguen y ya no están?, ¿qué pasa si el modelo se basa en una especie de arbitrio que solo podrían gestionar en vida esos hombres tocados por ciertos dones indiscutibles?

El poder de los prohombres es histórico, o sea, entra en crisis con el advenimiento de nuevas generaciones, imaginarios y avances tecnológicos impredecibles, y además se disuelve por causas tan prosaicas como la muerte. Los prohombres se mueren, se descomponen bajo tierra como cualquier perro o conejo, y se llevan consigo todo el poder práctico y empírico que acumulaban. Con ellos cesan sus intuiciones, su institucionalidad activa, el arte de parar tsunamis con la mano y sofocar rebeliones usando la labia o la magia o el valor agregado que le inyectaban a las instituciones que dirigían.

Por lo que la tesis de que la sociedad socialista debía ser guiada por una vanguardia tocada por la razón, el ingenio, la moral y otra serie de virtudes, se desinfla al final de ciertos ciclos vitales. Algo se deshace sin retorno cuando el tiempo pasa y mueren los prohombres que servían de modelo y de soporte y de vigilantes.

La idea de la vanguardia jedi dirigente muestra su falencia cuando aparecen cuadros corruptos, o cuadros demasiado críticos, o nada eunucos respecto a su dirigencia, que terminan siendo defenestrados. Muestra su mortalidad cuando aparece un caso como el de QHUP, ventilado por funcionarios incapaces de caminar por encima del agua, hombres simplemente.

El ingrediente jedi y religioso para el que está diseñada la institucionalidad cubana se confirma en una de las cuestiones que más se le señala al Decreto 349 (e incluso a la propuesta de Constitución que será aprobada sí o sí en los próximos meses): su discrecionalidad. En el 349 se conciben a unos inspectores que proponen sanciones y luego se le confiere el derecho a unos supervisores superiores de declarar si esta sanción procede o no. A todos ellos les tocaría decidir qué es arte y qué no.

Si cualquier ciudadano cubano que vivió arbitrariedades similares a las anteriormente descritas en este artículo no supiera además que el veredicto de un supervisor podría tardar meses o años (desestimulando la sinceridad, la expresión personal, promoviendo la autocensura, la doble moral y el soborno), si no supiera también que este veredicto estará mediado por miedos y prejuicios personales que se anticipan y neutralizan la osadía o herejía, si no supiera también que históricamente no ha habido otro barómetro en Cuba que el político de “guerra fría” para decir qué es bueno o malo, solo si se ignorara todo esto se podría aceptar sin más la supuesta justeza o imparcialidad del dispositivo propuesto en el 349.

En Cuba, leyes y decretos fueron escritos durante la “guerra fría” para mantener el control sobre la expresión individual (artística o técnica) de los ciudadanos. Los políticos del país, con el respaldo popular, se habituaron a usar métodos de plaza sitiada. Incluso los propios artífices de actos terroristas suelen contar con este efecto. La discrecionalidad, los vacíos interpretativos ayudaban al poder a afincarse y a sofocar herejías políticas que supuestamente terminarían minando su seguridad o su hegemonía. Dicha discrecionalidad daba lugar a toda clase de empoderamientos sobre los demás en nombre de la salvaguarda política. Eran hombres quienes operaban, hombres con bajas y altas pasiones. Pero este espacio de discrecionalidad creó un modus vivendi, una zona de confort, que no fue levantada en lo sucesivo porque garantizaba gobernabilidad. La actual torpeza intelectual de los grupos de choque que rebatieron a QHUP son acaso consecuencia de este habitus. Solo que ahora se trata de gimnastas obesos.

La guerra de guerrillas a corto plazo fue deslegitimando las instituciones. Las reacciones contra el 349 no comenzaron con QHUP, comenzaron a formarse cuando el poder se posicionó y perpetuó, sin actualizar su estatus, por encima del bien y el mal. Acaso antes del famoso caso Padilla en 1971 y el periodo de cacería de brujas que le siguió. Acaso antes de: “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”.

Cuando los profesores de la Universidad analizaban el caso del derrumbe soviético repetían una especie de mantra: “la culpa la tuvo el Partido Comunista por desvincularse de las masas”. ¿Una enfermedad inevitable? ¿Es tan inevitable como la fuerza de gravedad?

La crisis de institucionalidad no contagia solo a los artistas, es multisectorial. El Estado y el Partido Comunista, aferrados a principios ajenos a las expectativas populares, regula e impone actividades por cuenta propia sin ofrecer soluciones que propicien la legalidad y el derecho en los intercambios. Los taxistas, por ejemplo, sobreviven sin acceso legal y sostenido a piezas de repuesto. Se genera entonces un ambiente fértil para el soborno tanto a inspectores como a policías de tránsito. Los restaurantes y otros negocios funcionan sin espacios de venta mayorista, lo que promueve similares sobornos, desvíos de recursos y otras puertas de escape legitimadas precisamente en la opresión estatal.

El cinismo de los dirigentes cubanos cuando dicen que censuran porque todos los estados fuera de Cuba censuran (generalización falsa), es un reflejo del mismo dispositivo moral que permite a los ciudadanos pagar coimas a los inspectores que los visitan. Tanto políticos como emprendedores consienten ser arrojados a un mismo terreno donde la institución que más sufre es, justamente, la noción del bien y el mal.

Una buena parte de las personas en Cuba, comunistas, centristas, derechistas o budistas, sobreviven gracias a una violación constante de principios como la sinceridad, la honradez, la moral. Creen que son buenos por lo que piensan de sí mismos y no por lo que hacen. Tanto para ellos como para los políticos el fin justifica los medios. Un político o funcionario de Cultura acepta la censura a nombre de un cinismo mundial.

Pero esta relativización del bien y el mal supuestamente solventa un problema cuya resolución justa no es precisamente la relativización. La contradicción es confinada a una tierra de nadie, a una zona franca e idiota.

Cuando se es cínico se defiende un estado de cosas que casi nunca es justo. Ser cínico es burlarse de un artista por utópico, por ingenuo, porque hace cine o pinta cuadros críticos. Ser cínico es ser pequeño y aceptar sin más las reglas del juego. Es ir en favor de la corriente (como hacen todos), que casi siempre va en dirección mediocre y reaccionaria.

El cinismo ataca a las minorías. Asfixia a mucha gente que por ser menos no son menos importantes. Los artistas en Cuba son minoría como en todas partes, y la crítica que puede ejercer un artista (que no trabaja precisamente por dinero, aunque lo necesite, y aunque una campaña propagandística diga que son mercenarios del imperio) es importante para el progreso de una sociedad. Los artistas se comprometen con su opinión, con su arte, ese es su sino, su maldición. No se comprometen necesariamente con el poder.

En Cuba les exigen este compromiso a los artistas. Les exigen entregar la libertad de que gozan artistas de países supuestamente opresivos, donde paradójicamente sí se puede vivir y comer del arte de opinión libre en contra de los males que afectan sus sociedades. Las opiniones que emite Danny Glover en Cuba sobre la política de su gobierno lo podrían dejar sin trabajo a su regreso, si en Estados Unidos se aplicara un decreto como el 349. En Cuba, según el 349, los artistas deben pertenecer a instituciones como el Registro del Creador, el Centro de la Música, etc., que regulan la opinión de sus miembros y que en un momento determinado pueden arrogarse el derecho de expulsarlos de su membresía.

El McCarthismo no pudo sobrevivir el tiempo que ha durado en Cuba. El McCarthismo en Cuba ha durado 50 años y a veces, relativizando, lo justifican con algo que sucedió en Estados Unidos durante un quinquenio. Ningún artista debe relativizar la censura y la coacción porque es serrucharse el piso a sí mismo. Para el artista la herejía, la libertad de expresión, es como el agua para los peces porque el artista no solo trafica con las formas (como insinúa el proyecto de Constitución), sino con el contenido, e incluso a menudo vale más el contenido que las formas.

El artista maneja recursos de opinión sobre esos actos inacabados e imperfectos de los hombres que derivan en formas de opresión y exclusión. Puede notarlos y no ser arrastrado a ellos precisamente porque no está totalmente comprometido con el poder que los naturaliza. Cuando Platón decía que en la República no debería haber poetas se refería a esa necedad del artista. Justo por esa posición terca no comprometida con la política, pero sí con las miserias y virtudes humanas, con las ideas que emancipan al hombre de otros y de sí mismo. Gracias a esta terquedad que suele tener el poeta, el escritor, el plástico, el cineasta o el trovador (reguetonero, rapero…), debe ser expulsado de esas Repúblicas perfectas sin disidentes ni herejes.

Los políticos pretenden reducir toda la sociedad a su manera de pensar, y en cierto modo lo logran. Fruto de esta enjundia es la idea totalizadora y totalizante como un martillo de que todo gesto humano es político. Todo gesto humano compite entonces en la misma arena que un político de carrera, y por eso este tendría todo el derecho de capitalizarlo.

Los artistas dicen cosas que las llamadas ciencias sociales, la mayoría de veces, no pueden decir con sus herramientas cuantitativas y cualitativas. Lo que dijo Fresa y Chocolate en los 90 (filme censurado en los medios de comunicación cubanos hasta dos décadas después) contra el estado de opresión y exclusión en que vivían los homosexuales en Cuba, era algo que las ciencias sociales cubanas no podían decir, por falta de coraje o de locuacidad. ¿Cómo describir en números la humillación de un hombre o mujer condenadas y vejadas por otros hombres y mujeres? ¿Humillación grado 9, humillación grado 3?

Si en Cuba tenemos un grado 4 de humillación, podemos estar tranquilos porque en la mayoría de los países de Latinoamérica los pobres tienen grado 7 de humillación. Políticamente hablando, esto es posible; artísticamente hablando no, porque el arte tiene una relación más directa con el bien y el mal. El arte es utópico; la política, cínica. El político que capitaliza una sociedad es un Rey que desafina y espera que la orquesta diga que es increíble el modo en que canta.

Pero el bien y el mal existen, y son distinguibles salvo en casos excepcionales. El control del gobierno sobre la opinión no es el bien porque pisotea la libertad, que es una aspiración fundamental en Occidente. En Cuba basta un artículo como este para que su autor no sea aceptado en ninguno de los medios de prensa que financia el gobierno.

El periodista que trabaja, al igual que el artista, con su opinión, con contenidos, está condenado a guardárselos o comprometerlos, so pena de perder su puesto de trabajo. Esta política de exclusión se entromete con los ingresos que podría obtener como cualquier trabajador, hasta reducirlos a cero. Esta reducción a cero es también lo que plantea el Decreto 349, que, con su discrecionalidad, pretende comprar o persuadir al artista hasta convertirlo en un ciudadano ejemplar. Si cualquier cineasta o reguetonero cubano fuera el ciudadano ejemplar que necesita la Patria (y la Patria son los políticos y sus lineamientos) no habría manera de que la realidad se expresase a sí misma tal cual es. Diego, el gay de Fresa y Chocolate sería un personaje indecente. La chabacanería, los textos explícitos señalados a Chocolate MC y su consumo (otra manera de castigar a la institucionalidad) no serían el termómetro social que son ahora mismo.

Lo que distingue a los artistas de los políticos es que no son políticos. Como no son políticos, sino artistas, como no deben tener necesariamente compromiso con los errores, los aciertos o la agenda programada de los políticos (a los que no tienen por qué odiar ni amar), pueden decir que la censura y la vigilancia abierta o secreta por cualquier motivo está mal, y que tal práctica debe ser señalada siempre como infame. En Cuba, además, la vigilancia nunca se reduce a la mera vigilancia.

En el periodismo hay múltiples casos de colegas comprometidos con su país a quienes se les ha negado un puesto en revistas estatales por artículos críticos publicados en blogs o medios de fuera o dentro. La maldad ahí solo puede ser relativa para un político o funcionario cínico que acepta las reglas del juego, y que está muy interesado en seguir la corriente del poder.

El cadáver que el 349 dejó tirado en la carretera regresa como celo, como mentís, como condena frente a su supuesta inocencia.

1 Medidas finalmente revocadas por el gobierno a inicios de este mes, antes incluso de que entraran en vigor (Nota del editor).