Municipio Regla / Foto: Mónica Baró

Municipio Regla / Foto: Mónica Baró

Es 28 de enero y los ómnibus no llegan al municipio Regla. Hay que quedarse poco antes de la Rotonda de la Shell, en Vía Blanca, y caminar recto casi un kilómetro hasta encontrar un muro blanco entre columnas azules que avisa: “Regla, La sierra chiquita”. Ese cartel, su rimbombancia, su limpieza, esconde que por la tal sierra chiquita hace menos de 24 horas pasó un tornado EF4 en la escala Fujita mejorada (EF por su denominación en inglés: Enhanced Fujita), con vientos de 300 kilómetros por hora. Hasta dos macetas de barro lo adornan. Lo único que sugiere, justo en ese punto, que en Regla la cosa no luce tan impecable como en su cartel, es la presencia de un policía motorizado que impide la entrada regular de tráfico al territorio. Basta caminar cien metros para entender por qué: allí apenas queda espacio para que transiten las personas.

Entro acompañada de una mujer que conocí en el ómnibus. No sé su nombre. Sé que vive en Regla y afirma no tener miedo a haber perdido su casa, como si el miedo fuera demasiado serio y su vida demasiado cómica como para darle lugar al miedo. Esa mañana de lunes va a ver qué le ha quedado. Según ella, su casa debía haberse salvado porque, aunque estaba en mal estado, se encontraba entre otras de mampostería, y seguro el tornado había tumbado las aisladas. Pero seguido me dice que si la encuentra en el suelo, mucho mejor, porque entonces le dan una, y se ríe. Me pregunto entonces en qué condiciones debe estar su casa para que a ella le dé igual que se caiga o no se caiga, y si es cierto eso de que le da igual.

Estragos en Regla / Foto: Mónica Baró

Estragos en Regla / Foto: Mónica Baró

Con sus labios muy pintados de fuscia, y un pañuelo de flores en la cabeza, la señora va saludando a todo el mundo. El saludo siempre es un «cómo está eso». Las respuestas también son siempre más o menos las mismas. «En candela», es la más frecuente. Pero hay quienes se limitan a cerrar los ojos, como si les doliera haber visto lo que han visto, o no encontraran las palabras. A Esteban sí no lo saluda igual. A Esteban, que es un policía canoso al lado de otros policías, le pregunta directamente: «¿Mi casa se cayó?» Y Esteban asiente y cierra los ojos. «¿Se cayó?», repite ella, parece que para cerciorarse de que no le están tomando el pelo. Y Esteban vuelve a asentir y a cerrar los ojos. Ahí nos perdemos. O ella caminó muy deprisa o yo muy lentamente.

Una casa en particular hace que me detenga. Está apartada de la acera por un patio de tierra. En el patio hay montones de gajos de una mata de mango que había comenzado a parir y una escalera de concreto y losas acostadas. La escalera pertenecía a la parte independiente de una vivienda en la que vivía Amparo Gregori. No sé quién mira a quién primero, pero es ella quien me pregunta si he ido a verla, como si hubiera estado esperándome. Me pide que pase, se echa a llorar y me abraza fuerte. Pienso que me ha confundido con alguien. También la abrazo, le digo que todo va a estar bien. No me atrevo a corregirla. Intento ser la mejor equivocación posible.

Amparo Gregori y su esposo / Foto: Mónica Baró

Amparo Gregori y su esposo / Foto: Mónica Baró

Luego me pregunta mi nombre, de dónde vine, por qué vine de tan lejos… Ahí entiendo que Amparo no me ha confundido con nadie. Poco a poco comienza a mostrarme su casa. Me agarra de la mano para que no vaya a caerme mientras caminamos por encima de las ramas de la mata de mango y me presenta a cada uno de los miembros de su familia diciendo que yo soy alguien que vino de muy lejos a verle. Me conduce hasta sus pérdidas, sus ruinas, y me paro frente al abismo que es la entrada de su casa tras haberse desprendido la escalera. Es una mujer muy hospitalaria. Permanezco allí casi dos horas, haciendo entrevistas. No consigo irme hasta que no siento que no queda nadie más con ganas de contar su historia, que para mí es eso, que cuenten, pero para esos sobrevivientes se trata de ser escuchados. Casi que cuentan para convencerse de que es verdad que continúan con vida.

Casa de amparo y familia / Foto Mónica Baró

En cada uno de los lugares a los que llego hay gente contando su propio tornado. Una luz roja en el cielo, un ruido tenebroso, una nube negra. Aviones que se estrellan, aviones que bombardean. Metales que se arrastran por la calle. Vidrios que revientan. Paredes y techos que colapsan. Puertas derribadas. Tejas que salen volando. Cuerpos abrazados para protegerse o morir. Y un silencio que hace pensar que se acabó el mundo. Fue cuestión de segundos: tres, cinco, diez, quince. No más. Nadie puede recordar con certeza cuántos. Todos coinciden en que es lo peor que han vivido.

Las personas más viejas aseguran que el tornado fue peor que cualquier huracán. Los huracanes, por lo menos, se pronostican, dan tiempo a prepararse, no llegan tan repentinamente. Se nombran Flora, Iván o Irma. Cuando pasan, se sabe que son huracanes. Esto pasó sin que la gente supiera qué cosa era y sin que diera tiempo a pensar qué había sido. Muy pocos vieron los vientos arremolinados y pudieron saber que les venía encima un tornado. A cada rato, en medio de su testimonio, alguien rompe a llorar. No de tristeza sino de miedo. «Yo pensé que me moría y que toda mi familia se había muerto», me dice un hombre de cuarenta años. El tornado les recordó a los vivos que eran mortales. Regla lidia con la destrucción al tiempo que lidia con sus traumas. Las historias contadas y vueltas a contar parecen parte de una gran terapia.

«No es más que una nube, porque surge de una nube, y va hasta la tierra con una forma rotatoria», dirá el doctor José Rubiera, Director del Centro Nacional de Pronósticos del Instituto de Meteorología, en el Noticiero de la Televisión, durante la noche del 28 de enero. «Es un sistema muy pequeño, muy localizado, pero muy mortífero, muy destructor, y esto ocurre cuando hay una gran inestabilidad atmosférica». Para el domingo 27 se habían anunciado chubascos, lluvias y tormentas eléctricas en la región occidental del país, que aumentarían al final de la tarde y en la noche, vientos de entre 25 y 40 kilómetros por hora y ligeras inundaciones costeras.

El Estado Mayor de la Defensa Civil había emitido un aviso de alerta temprana “sobre la situación meteorológica compleja en la mitad occidental de Cuba” y había exhortado a la población a actuar disciplinadamente. Esperaban que la naturaleza provocara desastres en las zonas de Malecón por las que acostumbra a penetrar el mar. Las autoridades no esperaban nada que no hubieran enfrentado antes. «No es posible predecir un tornado», dirá Rubiera. Pero en La Habana, el domingo 27 de enero, lo que se puso a prueba no fue tanto la preparación de las autoridades para los desastres naturales como su capacidad de respuesta ante los eventos impredecibles.

Estragos en Regla / Foto: Mónica Baró

Estragos en Regla / Foto: Mónica Baró

A las 8:26 de la noche comenzó todo. Un equipo de especialistas del Instituto de Meteorología de Cuba reconstruyó la trayectoria del fenómeno. Pasó por seis municipios: Cerro, Diez de Octubre, Regla, San Miguel del Padrón, Guanabacoa, Habana del Este. Afectó y desfiguró barrios en cada uno de estos lugares. Al principio su radio de acción era de 500 metros. Cuando llegó a Regla, ya debía haber alcanzado los 700. A las 8:42 salió al mar y desapareció. En total, en 16 minutos, recorrió 11.5 kilómetros, con vientos de unos 300 kilómetros por hora.

Más o menos 16 minutos es el tiempo que me toma ducharme cuando me lavo la cabeza, o freír cuatro o cinco arepas para desayunar. ¿Qué estaría haciendo la gente antes de que escuchara ese ruido que hizo que lo dejara todo? Amparo Gregori iba a poner a cocinar unos frijoles. María del Carmen Curbelo se había acostado a descansar. Nelvis Águila miraba una telenovela. Yoel Ramos intentaba hacer una llamada en un teléfono público. ¿Qué estaría haciendo la gente que, en la misma ciudad, no escuchó el ruido y durante esos 16 minutos siguió con su vida como si nada pasara? La trayectoria del tornado es una herida profunda en La Habana.

Miguel Ledesma / Foto: Mónica Baró

Miguel Ledesma / Foto: Mónica Baró

Miguel Ledesma no llora. «Llorando no resuelves nada», dice. Es un hombre de 69 años que se mueve lento entre tres paredes de madera jorobadas y piensa que «la vida es así». Él y su madre de 90 años estaban dentro de su casa cuando las tejas de fibrocemento se desbarataron, todo se sacudió, y su casa se convirtió en tres paredes de madera jorobadas. Me recuerda la imagen de un barco encallado en el arrecife luego de una tempestad. También Miguel Ledesma me recuerda a un capitán.

Los capitanes nunca abandonan su barco, ni siquiera cuando va a hundirse, especialmente no cuando va a hundirse, o al menos ese es el mito popular que hay en torno a ellos. A su madre de 90 años, Miguel la mandó para casa de su hermano en otro municipio, mientras él clasifica lo que se puede recuperar y lo que no, y espera «a ver qué se puede resolver». Su esperanza, me dice, es que le den una casa. En La Habana debe haber otros cientos de personas con su misma esperanza. La cifra de viviendas afectadas, hasta ahora, asciende a 1238. «La vida es así», reitera, inexpresivo. ¿Por qué cosas habrá llorado Miguel Ledesma en sus 69 años como para no llorar por un tornado que lo dejó sin un techo bajo el cual dormir?

Quizá una de las pocas cosas que quedan intactas en Regla, en los devastados barrios de La Colonia y La Ciruela, en los devastados nervios de sus habitantes, es la fe de quienes fe tenían. La fe es intangible. Después de haber visto casas de ladrillos perder techos y paredes en segundos, conviene preservar algo que sea intangible, que ningún tornado te pueda arrebatar. Incluso quienes cuentan su historia a la intemperie, con los pies sobre sus propias ruinas, al final terminan diciendo que es un milagro estar con vida.

Libertad Rodríguez / Foto: Mónica Baró

Libertad Rodríguez / Foto: Mónica Baró

Libertad Rodríguez, la nuera de Amparo Gregori, me pide que me asome a un tanque azul con agua que hay a un costado de la entrada de la casa de su suegra. La tapa, me dice, la levantó el viento en cuanto desbarató el yale de la puerta que Amparo Gregori había trancado. «Mira donde cayó ella, así, solita», dice Libertad. Ella no es la tapa sino una efigie, de unos treinta centímetros, de la Virgen de la Caridad del Cobre. La efigie se encontraba ubicada en lo alto de una meseta, contigua al tanque, pero cuando el viento irrumpió en la casa y levantó la tapa, también tumbó a la efigie.

Que la Virgen de la Caridad del Cobre, en vez de caer al suelo y hacerse añicos, terminara en el fondo de un tanque de agua clara, para esa familia, que vio el rostro de la muerte, significa que hay algo más en este mundo que una vida con la que puede acabar un tornado. Libertad dice, enfatiza: «Hay que creer, hay que creer». Y yo, como mismo antes no me atreví a corregir a su suegra, no me atrevo ahora a no creerle a ella.