Ana Lyem Lara / Foto: Mario Luis Reyes

Ana Lyem Lara / Foto: Mario Luis Reyes

Cunado Ana Lyem agarró la máquina en su mano derecha y pisó el pedal por primera vez, aquella mañana del 13 de abril, yo llevaba más de dos años sin tatuarme.

Me gustaba la idea de no encontrar al artista asceta, que trabaja o malvive para financiar su obra. Buscaba un arte que se sostuviera con el mercado, que se hiciera para otro. Un artista “cuentapropista”.

Y ahí apareció El Tatuaje, Ana, Zenit y un payaso que sale de una caja y sostiene un cartel, en mi tobillo izquierdo para siempre.

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Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Cuando Ana era una niña su padre le regaló a su mamá una cámara fotográfica marca Zenit. Con ella, ambos hicieron fotos durante mucho tiempo. Cuando su padre murió, la madre no quiso seguir usando la cámara, le traía recuerdos. Entonces Ana la heredó, pero era muy joven y no sabía usarla. Años más tarde, ya en la carrera de Arquitectura, no se separaba de su cámara. Fue quizá su primer contacto, de tantos que vendrían después, con el arte.

Zenit Tattoo es el nombre del estudio de tatuajes que fundó Ana Lyem Lara junto a quien fuera su novio, Alberto Ferrer, hace poco menos de cinco años. Yo los conocí hace dos, cuando comenzaron a aparecer en una buena cantidad de medios de prensa (independientes y extranjeros), cuando se volvieron muy activos en redes sociales, y cuando una buena parte de mis amigos comenzaron a tatuarse con ellos.

En Santa Fe, a menos de 100 metros del mar, una casa rosada, que contrasta con los colores gastados por el salitre y el sol del resto del vecindario, es la sede del estudio de arte corporal. La primera vez que fui, un martes a las once de la mañana, demoraron un buen rato en abrir. La puerta de la casa, completamente cubierta de stickers, estaba cerrada. En el portal, junto a varias butacas de madera típicas de las zonas de playa, había un puñado de latas de Red Bull vacías y un cenicero lleno de colillas de cigarro. Seguramente la noche anterior no se habían acostado temprano, pensé.

Unos minutos después salió Ana, medio dormida todavía. Jhanko Reyes, su maestro y gran amigo, además de una de las figuras más sobresalientes del tatuaje en Cuba, había regresado esa semana por primera vez desde que marchó a Estados Unidos en 2016. Aquella mañana regresaba a Miami, y habían estado hasta las 6:00 AM despidiéndolo.

Luego apareció Alberto, tambaleándose por el sueño. Me propusieron tomar un café. Osbel, el otro tatuador que trabaja en Zenit, llegaría unos minutos después en su motocicleta Triumph.

Alberto perforando / Foto: Mario Luis Reyes

Alberto perforando / Foto: Mario Luis Reyes

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Ana es introvertida, tal vez no mucho, pero el contraste con las personalidades de Alberto y Osbel, que conversan, bromean y cuentan historias a casi todas las personas que los visitan, lo resalta.

Mientras Alberto y Osbel son el alma del estudio, Ana es el cerebro, pienso.

Ella es una tatuadora atípica. Su primer tatuaje se lo hizo con 28 años, comenzó a tatuar con 30. Para ese entonces ya se había graduado de arquitecta y había trabajado durante 6 años en esa profesión. Había hecho fotos como aficionada, había trabajado como VJ con algunos de los DJ’s más prestigiosos de La Habana, había obtenido cierto reconocimiento en el mundo del grafitti.

Los tatuajes le llamaron la atención desde muy joven, pero nunca se preocupó por hacerse uno, le parecía un mundo lejano. Hasta que conoció a Alberto Ferrer, quien tiene casi todo el cuerpo cubierto por obras de 19 artistas diferentes. Él, amigo de Jhanko, la llevó a tatuarse por primera vez.

Hoy tiene una veintena de tatuajes, en los brazos, las piernas, la cabeza. El rostro de su madre, la primera máquina de tatuar que pudo comprar con su dinero, su cámara Zenit y una serie de puntos y figuras geométricas que cubren desde el lado derecho de su cabeza hasta el oído, son algunos de los diseños que tiene grabados en su piel.

Ana Lyem Lara / Foto: Mario Luis Reyes

Ana Lyem Lara / Foto: Mario Luis Reyes

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La vida de Ana antes de llegar al tatuaje puede parecer convencional, pero no lo es. Ella, nacida y criada en La Habana Vieja, donde vivió casi todo el tiempo junto a su madre y hermana, sobresalió desde pequeña en la escuela por su buen desempeño. Luego fue estudiante de la Lenin, el preuniversitario de élite de la ciudad, y más tarde se matriculó en Arquitectura, carrera que venció con relativa facilidad.

Hasta este punto nada indica que esta muchacha, de 28 años, toda una profesional de la Arquitectura, vaya a desviar su rumbo hacia otra labor. Pero esto lo pensamos si ignoramos que la enviaron al departamento de inversiones de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) a realizar el servicio social, donde el trabajo cada vez se hizo más escaso y aburrido, por lo que empezó a buscar la realización personal por otros caminos.

Primero matriculó en un curso de VJ que impartían en PM Records. El VJ es la persona encargada de proyectar videos a la par de la música, por lo general en sesiones de DJs. Ana en poco tiempo ya trabajaba con importantes DJs de la capital, como Joyvan, Damian Duff o DJ Ryan.

Podía para esto apoyarse en bancos de videos, pero Ana prefería crear los suyos propios. Uno de los que más le gustó fue un stop-motion que realizó con un cubo de rugby y diferentes pegatinas. En el tiempo libre que le quedaba en la UCI, donde tenía cada vez menos materia de trabajo, pero de todos modos no podía incumplir el horario, editaba la mayoría de estos videos.

Este trabajo fue muy emocionante, pero lo fue dejando poco a poco por varias razones. Era generalmente en las noches, lo que provocaba que apenas pudiera dormir, pues se tenía que presentar en la UCI desde las 7:00 AM. No ganaba mucho dinero, por lo que ni siquiera le iba a garantizar una gran independencia económica. Puesto en una balanza con la Arquitectura, perdió.

De todos modos, no se puede decir que no conserva cosas buenas de esa época. Todavía se emociona al recordar un festival Pro Electrónica, donde proyectó sus videos durante toda una noche en el Salón Rosado de la Tropical repleto de personas. La suerte de haber conocido a Alberto, la ocasión en que él la ayudó a transportar sus equipos luego de una sesión en el Bertold Bretch, también se la debe a esta labor.

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Alberto y Ana han sido inseparables en los últimos siete años, primero fueron novios, ahora amigos, y pensar que él no es protagonista de esta historia, sería errar completamente. Tatuado desde los 15, nacido y criado en Santa Fe, hoy es el manager del estudio de arte corporal y el encargado de hacer las perforaciones.

Nos sentamos a conversar en uno de los pocos momentos en que no está caminando de un lado a otro.

Me cuenta que ellos, hace algunos años, vieron un documental que les cambió la vida. Les cambió la vida porque son muy atrevidos, porque millones de personas han visto el documental, como yo, y su vida no ha cambiado un ápice. El documental, dirigido por Banksy, el mítico grafitero británico, se llama Exit Through the Gift Shop1 y les voló la cabeza.

Pasados tres días, junto a un amigo llamado Fidel Alonso, ya habían preparado un stencil, habían conseguido pintura y estaban listos para salir a imprimir su marca en las calles habaneras. El primer diseño decía chang 90, pero con una tipografía, inventada por Fidel, en la que el 90 se confundía con una G y una O, por lo que se leía Changó, el santo que los protege a ambos. Ana, por su parte, llevó a una plantilla una foto que había hecho tiempo atrás de dos señoras en una moto con side-car.

Poco después de comenzar con los grafitis, ya los contrataban para campañas publicitarias, videoclips, adornar restaurants, peluquerías, estudios de tatuajes. Les llegaron a pagar hasta 1000 dólares por un grafiti, me cuenta Alberto, quien todavía se sorprende cuando recuerda lo rápido que ha sucedido todo.

Luego la galería de arte independiente Cristo Salvador, por allá por 2011, decidió hacer una exposición sobre arte callejero cubano. Cada mes durante un año un artista diferente intervenía todo el espacio con sus obras. Ellos fueron invitados a la clausura, donde trabajaron varios artistas. Fue una prueba de fuego. Decidieron intervenir una habitación con sus 4 paredes y el techo. Nadie creía que les alcanzaría el tiempo, pero lograron terminar apenas tres horas antes de comenzar el show. Fue todo un éxito.

Todavía ambos hacen grafitis en su tiempo libre. En O’Really y Aguacate tienen uno muy grande, en el que aparecen Jim Morrison y Jimmy Hendrix, es uno de sus preferidos junto a otro de Kid Chocolate que pintaron en el Bar Roma. Por lo general los diseños son de 2×2 o 3×3 metros. Los muros de la avenida primera de Santa Fe son testigos.

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Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

El tatuaje llegó poco tiempo después. Alberto empezó a trabajar como ayudante de Jhanko, y este, que no aceptaba enseñar a otras personas con frecuencia, aceptó ayudar a Fidel Alonso. Ana, al enterarse, le pidió a Alberto que hablara con Jhanko, pues a ella le daba pena.

Lo primero que me enseñó fue cómo se monta y se desmonta una máquina, cómo se agarra, cuánto tienes que encajar en la piel, todas las reglas de higiene. Luego las diferentes agujas, los diferentes marcos, a hacer sombras, a mezclar los colores. Lo demás es trabajar”, me cuenta Ana.

Los primeros trazos fueron sobre una piel de cerdo. Allí hizo tres líneas, su nombre y una golondrina negra rellena. A la semana probó por primera vez en piel humana, la de un amigo. Ana estaba nerviosa, no encajaba la aguja, le daba miedo lastimarlo. Después se le fue quitando poco a poco esa sensibilidad, me dice, porque si no lo hacía bien de la primera tenía que repetirlo varias veces.

Luego Jhanko le regaló algunas máquinas, fuentes, dos o tres tintas. Otro amigo le regaló el pedal, y con su pobre salario de la UCI compró papel sanitario y dos o tres cosas más que le faltaban.

El tatuaje lleva una inversión muy grande, porque casi todo lo que se usa es desechable, hay que estar reponiendo constantemente”, me explica, “hay tatuadores que se lo gastan todo en fiestas, pero yo desde que empecé casi todo lo que ganaba lo volvía a reinvertir, por eso he logrado avanzar bastante rápido. Si no fuera por las cosas que me regalaron, me habría demorado un año ahorrando para poder comenzar”.

En poco más de un mes, para tener más comodidad, alquiló la sala de una casa. En ese tiempo tatuaba por las noches, luego de regresar de la UCI. Muchas veces no tenía tiempo para dormir. Podía terminar a las tres de la mañana y ya a las seis debía estar lista esperando la guagua que la llevaba a su trabajo.

Cuando vi que me gustaba y podía dedicarme a tatuar, pedí un mes de licencia. Durante ese mes estuve a tiempo completo tatuando”, me cuenta. “No tenía clientes todos los días, pero poco a poco llegaban y así empecé a cobrar. Al pasar ese mes, regresé a la Universidad, pero a pedir la baja. Al principio quise buscar otro lugar donde pudiera trabajar de arquitecta con horarios más libres, pero no lo encontré. Me dolió mucho dejar la Arquitectura, pero lo tuve que hacer”.

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En Zenit Tattoo, a pesar de no haber un consenso sobre si lo que hacen es arte, prefieren no realizar cualquier tipo de tatuajes. Cuando un cliente se presenta con un diseño grotesco, o sencillamente feo, intentan convencerlo de que cambie de idea, si no lo logran, entonces le recomiendan que cambie de tatuador. También hay determinadas figuras de contenido religioso que se niegan a realizar.

Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Como mínimo cobran 10 cuc por tatuaje. Dependiendo de la complejidad y el tamaño del diseño, el precio puede aumentar. Sus tarifas, cuando las comparamos con las de otros tatuadores, no suelen estar entre las más caras. Actualmente tienen todos los turnos cubiertos por los próximos tres meses.

Alberto, al hablar sobre los inicios del estudio, hace apenas unos años, se impresiona por todo lo que han logrado en el transcurso de ese tiempo. Me confiesa que ellos actualmente, más que irse a otro país, se sienten muy motivados por seguir creciendo aquí. En el futuro nadie sabe.

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Su sede actual es una casa típica de Santa Fe, con techo a dos aguas, de madera y tejas. Lo primero es el portal, donde pasan la mayoría del tiempo los clientes que esperan su turno, luego la sala, decorada con diferentes objetos como una bandera cubana, otra americana, varias tablas de surf, patinetas, cámaras fotográficas, pinturas, dibujos, ilustraciones, stickers, pins. Un televisor, un pequeño equipo de música, unos papelógrafos en los que Alberto se dedica a escribir una especie de cartelera cultural. Un sofá, y en ese sofá Ana Lyem, Tinta, la perrita chihuahua que forma parte del estudio hace un año, mi grabadora y yo, preguntándole cómo se ha tomado su familia su trabajo como tatuadora.

Mi familia, la más íntima, se reduce a mi mamá y mi hermana. Mi mamá no tiene ningún problema con que yo sea tatuadora. Yo estudié, me gradué de arquitecta, le di esas alegrías. A lo que no se acaba de acostumbrar es a que me tatúe. Eso nunca le ha gustado.”

Luego hay un pasillo, lleno de cámaras fotográficas y pinturas en las paredes, a la derecha la habitación donde se hacen los tatuajes. De una de las paredes cuelgan todos los reconocimientos que han ganado en los diferentes concursos y eventos en que suelen participar, y el cartel del documental La piel como lienzo que lanzó a la fama a Ana Lyem hace poco más de dos años.

Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Dirigido por Yaima Pardo y Naty Gabriela González en 2015, en los breves 13 minutos que dura el metraje aparecen tres mujeres tatuadoras. Ana Lyem se ve más joven, apenas tiene dos tatuajes en un brazo; no tiene, como ahora, una parte del pelo teñido de azul, ni el lado derecho de la cabeza rapado, ni el piercing del medio de la nariz, ni el microdermal que aprendió a poner en México.

Desde la punta del pasillo interior de Zenit, se ve, al fondo, la cocina. Enfrente de esta se encuentra el baño, y al lado otra habitación que funge como salón de perforaciones. Cuando sales al patio de la casa ves otra pequeña edificación. Un dormitorio, me dicen.

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Osbel / Foto: Mario Luis Reyes

Osbel / Foto: Mario Luis Reyes

Osbel o Mr. Black, como lo conocen muchos, es el otro integrante de Zenit. Nacido en Jagüey Grande, en la provincia de Matanzas, se enamoró del arte desde muy joven. Por allá por el 98, cuando tenía 15 años, apareció un hombre lleno de tatuajes por su pueblo. Este hombre era tatuador y Osbel no demoró, escondido de su familia, en tatuarse por primera vez, una viuda negra.

Se siguió tatuando desde entonces con cuanto tatuador conociera. Se mudó a La Habana hace alrededor de 8 años, trabajó como cocinero y somelier en diferentes restaurantes. Siguió tatuándose. A veces uno sobre otro. Conoció a Jhanko, y en su casa a Alberto y a Ana. Le dio a Ana su brazo derecho –el cual desde el codo hacia arriba es casi completamente negro– para que aprendiera a rellenar, y de paso se tapaba unos tatuajes deteriorados que tenía.

Siguió en el mundo de la gastronomía hasta que un día tomó una máquina en sus manos y se tatuó a sí mismo. Aquella sensación le encantó. Llamó una noche a Alberto, le preguntó si podía trabajar con ellos, si Ana lo podía enseñar. Desde entonces, hace dos años, Osbel ocupa uno de los dos sillones de Zenit Tatoo. El alumno prodigio de Ana Lyem. La cantidad de clientes que acumuló en poco tiempo lo obligó a dejar la gastronomía, aunque me confiesa, le encantaría tener un negocio en el que pueda combinar el tatuaje con la cocina.

Osbel / Foto: Mario Luis Reyes

Osbel / Foto: Mario Luis Reyes

Ana es un duende, un hada”, me dice, mientras tatúa varias rosas a una muchacha. “Ella y Alberto son de lo mejor que me ha pasado. Cuando ella se insertó en el mundo del tatuaje, llamó mucho la atención. Como persona tiene un poder muy fuerte. Tiene mucho carisma, muchos deseos de hacer las cosas. Analiza todo, se sienta, se toma su tiempo. Cuando tú haces eso, incluso de lo malo, salen cosas buenas. Y todo esto va vinculado al buen gusto, y ella tiene muy buen gusto”.

Hace unos meses Osbel llegó al estudio emocionado por el anuncio del concierto en Cuba de la banda norteamericana Red Hot Chilli Peppers. Le propuso a Alberto hacerse una foto desnudos, con una media cubriéndoles el pene, como hicieran en los 90’ los integrantes de dicha banda. Ana protestó, quería aparecer también en los retratos. Finalmente le pusieron sobre los pezones el símbolo de Red Hot, y la cámara Zenit cubriendo su sexo. May Reguera les hizo las fotos. Finalmente las publicaron en sus redes sociales el 17 de mayo como parte del Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. También piensan enviarlas a los músicos californianos.

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El tema de la falta de regulación del tatuaje en Cuba afecta tanto a los tatuadores, quienes no tienen el amparo legal para ejercer su oficio y viven con la incertidumbre de ser clausurados el día menos pensado, como a los clientes, que deben confiar en la seriedad de los tatuadores respecto a las cuestiones higiénicas ya que estos no son sometidos a inspecciones ni nada por el estilo.

Por lo general no es perseguido este oficio, pero en el 2015 el estado cerró varios estudios, y confiscó los equipos a los tatuadores, imponiéndoles fuertes multas. Afortunadamente, al estar en Santa Fe, lejos de los céntricos Vedado y Habana Vieja, a Ana le dio tiempo a clausurar su estudio. Pasó tres meses tatuando a domicilio, hasta que se volvió a estabilizar la situación.

Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Desde entonces teme que un día se pueda aparecer un inspector a decomisarle las cosas que con tanto trabajo ha logrado tener. Casi todos los materiales que se utilizan en un estudio de tatuajes son importados, pero al no haber ninguna tienda en Cuba de estos artículos, los tatuadores se ven obligados a comprarlos al doble o el triple del precio a personas que se dedican a viajar, traerlos y revenderlos.

Hay otros productos que sí se pueden conseguir en Cuba, como las servilletas, el jabón y los guantes. Pero debido a la inestabilidad del mercado nacional, donde estos insumos pueden desaparecer por tiempo indefinido, se ven obligados a comprar de más y armar un pequeño almacén “por si acaso”.

Ellos tomaron la decisión de pedirles alguna referencia a los clientes desconocidos. ¿Quién les dio su número, su dirección, quién los envió? A veces no recuerdan el nombre de sus clientes, y entonces pregunta qué tatuaje les hicieron, porque, dice Ana, los tatuadores suelen recordar mejor los tatuajes que los nombres o los rostros.

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Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Ana Lyem, como grafitera, fue seleccionada por el proyecto MELAH (Movimiento de Expresiones Latinoamericanas de Hip-Hop) para formar parte de un intercambio cultural entre cubanos, mexicanos y colombianos. El encuentro comenzó por Bogotá, donde realizaron algunos grafittis, pero ella apenas tuvo tiempo de conocer la ciudad o visitar estudios de tatuajes.

En Cuba sucedió algo semejante. Durante una semana realizaron grafittis en muros de Santa Fé, también en algún edificio de Alamar. Invitó a sus compañeros a conocer el estudio. Y finalmente se marcharon todos a México, donde luego de insertarse en el mundo del grafitti y hacer varios trabajos más allá de los que requería el propio proyecto, Ana decidió quedarse tres meses para conocer el ambiente del tatuaje fuera de las fronteras cubanas.

Desde La Habana, por Facebook, había contactado con el Estudio Disorder INK, para ver si podía, durante un tiempo, trabajar con ellos.

Cada vez que le comentaba a alguien sobre la zona donde estaba ubicado el estudio me decían horrores, que era peligroso, pero como donde yo estaba haciendo los grafitis era peligroso también, decidí ir. Esa zona se llama Ecatepec, pero el estudio estaba en la parte fresa de Ecatepec, lo que no se podía era estar sola de noche por la calle”.

Si alguien busca Ecatepec en Wikipedia, por ejemplo, puede encontrar esto: “Ecatepec es considerado el municipio más violento del Estado de México y uno de los más peligrosos del país. De enero a agosto de 2016 se cometieron 1700 homicidios, 174 secuestros, 1400 agresiones sexuales, 1300 robos a viviendas, casi 3000 robos de autos y casi 2000 robos a negocios. El aumento de delitos sexuales ha motivado que desde 2015 se mantenga una alerta de violencia de género en el municipio…”

Ahora, sentados en el portal de su casa en Santa Fe, confiesa: “Me demoré un poco en ir porque me sentía insegura, pero tenía que ir, a ver qué tal. Y me esperaron con tremenda comisión de embullo, los que trabajaban en el estudio y amigos de ellos. Yo no conocía a nadie. Solo por Facebook, ¿qué puedes conocer? Nada”.

Pero todo, afortunadamente, le fue bien. Eran gente agradable, dice. Allí aprendió a trabajar en un estudio grande, con jefe, muchos tatuadores. Aprendió a poner microdermal2. Pero lo que más le impresionó fue cuando asistió a uno de los muchachos del estudio en una modificación llamada lengua bífida.

Para esto primero hay que anestesiar al paciente– me cuenta– preferiblemente una anestesia anticoagulante. Lleva mucha higiene, guantes, boquilla. Luego se marca con violetas gencianas donde va el corte por arriba y por abajo, porque no se puede coger una vena. Después se corta a la mitad con el bisturí. Hay algunos que tienen un láser que van quemando mientras cortan, pero el de nosotros era uno normal. El cortó la lengua, yo aguanté por un lado, y después lo cosió. Yo pensé que me iba a impresionar más, pero no, nada.

Le pregunto si lo haría aquí y me dice que, con la supervisión de alguien que sepa más que ella, no tendría ningún problema.

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Hoy Zenit Tatoo es el estudio de tatuajes de moda en La Habana. La semana en que los conocí era el tercer periodista que los visitaba. Artistas de la plástica y diseñadores se han acercado para crear alianzas. Marcas como Miller, Red Bull o Jagermeister utilizan su imagen para hacer publicidad en Cuba. Artistas como Alexander Abreu, Oliver Valdés, Isaac Delgado y Roberto Gómez se tatúan con ellos. Incluso una vez se apareció un viceministro, para tatuarse una hoz y un martillo.

Ana destaca en una profesión, ya de por sí estigmatizada, donde las mujeres casi no existen y las pocas que hay son subestimadas. A los treinta años comenzó a abrirse paso en una zona alejada de la ciudad como lo es Santa Fe y a veces algunos clientes deciden no tatuarse con ella porque es mujer. Para estas cosas hay que tener tanto valor como para caminar por Ecatepec en la noche. Y Ana, de más está decirlo, no teme a nada.

1 La traducción del título al español sería Salida por la tienda de regalos.

2 Tipo de implantes semejantes a los piercings donde una parte de la joya queda dentro de la piel.