La transmisión comienza con una joya fantástica. Héctor Villar entrevista a Bruce Chen, el pitcher panameño que nos lanzó en 2006 y que ahora, a sus cuarenta años, representa a China, y al final de la conversación le suelta a bocajarro: “Chen, he pasado un trabajo para encontrarte, porque estaba llegando todo el equipo (se refiere a los chinos), y no lograba distinguirte. No sé si te ha pasado a ti pero es que, bueno, je, con el mayor respeto… todos los chinos se parecen.”

(Introduzca acá un GIF con un gordito patas arriba meado de la risa.)

Chen, que hoy es instructor de pitcheo en Cleveland, y que ya competía en las Mayores cuando Víctor Víctor y Yoelkis Céspedes eran unos recién nacidos, nos mantuvo en cero durante dos y dos tercios, a pesar de sus constantes complicaciones.

Por un momento todo parecía un remake de mal gusto, una espartaquiada entre dos Frankenstein del comunismo tardío. Chen –que fue justo el primer rival que vimos en los Clásicos– pitcheándonos, el bueno de Cepeda –quien mantiene diagramada en su campo visual de cirujano la mejor zona de strike que haya pasado por la pelota cubana en años, pero ya sin estamina en las muñecas– bateando, y Carlos Martí –un gentilhombre resucitado que debutó en los banquillos cuando en Cuba se repartía el Básico, el No básico y el Dirigido– conduciendo el juego. Solo faltaba que los narradores utilizaran términos como el nunca bien ponderado “tribey” de mis abuelos.

Pero, ah, los narradores. Hoy insistieron con ese extraño fetiche que los ha poseído, contabilizar pitcheo por pitcheo la cantidad de lanzamientos. Y nos revelaron, además, que hay pescado en Japón, una noticia tan desconcertante que nadie pudo pensar ya en otra cosa durante el resto del encuentro.

Sin embargo, hay siempre un momento en el que el desvarío y la constante improvisación oral a la que tiene que estar sometida una persona cuyo trabajo es justamente comentar y cuyo campo lexical se reduce a tres perífrasis verbales, cuatro retruécanos y cinco o seis gerundios mal utilizados, esa especie de cuerda floja, digo, hay un punto en que alcanza la categoría de arte. Y ese punto llegó esta vez alrededor del quinto inning, cuando Rodolfo García dijo que en el Tokyo Dome había scouts –estremézcanse los huesos de Góngora y Quevedo– a PULULU.

Propuesta para titular de Granma: Jóvenes prospectos cubanos asediados por legión de scouts a PULULU.

Aún recuerdo (paréntesis) que la final de los cien metros en el Mundial de Atletismo de Beijing fue presentada por Lang Lang con una bagatela divertida al piano, y Rodolfo no hizo más que preguntarse de dónde habían sacado a ese chinito risueño. En cualquier caso, lo mismo da, porque como bien acaba de dejar claro Villar, todos los chinos son iguales.

Pero volvamos. Se escucharon animadas voces de fondo alentando desde el dugout. Alguien le dijo a Vladimir Baños que dominara al octavo de la batería, que estaba desnutrido. Lo que equivale a decir: “No te demores más y acaba de ponchar al comemierda ese”. Razón no le faltaba a este sabio de la macrobiótica. Hubo un chino homogéneo –no importa que lo relevaran, siempre fue el mismo idéntico chino– que durante seis innings se mantuvo estable sobre las sesenta millas, y hubo otro chino único y ubicuo, bateando y corriendo del uno al nueve, que soltó el bofe con el swing para llevar la pelota hasta los doscientos, doscientos cincuenta pies.

Ahora bien. Nada, absolutamente nada, como el musicalizador de los entre innings. Al gráfico del line-up chino le engancharon una melodía de Revolución Cultural, de legiones de campesinos felices cultivando arroz bajo el sol luminoso de la Patria de Mao, que la única respuesta que se me ocurre para semejante agravio es que la televisión estatal china haya presentado el line-up cubano con Moncada de cortina de fondo.

Y luego, para festejar la victoria, uno de esos temas bestiales que clasifican en el cada vez más variopinto género de la salsa por encargo, donde llegan a caber desde tumbaos por los CDR, sandungas de la FMC y congas contra el PSOE, hasta timba caliente para el INDER. Algo así como «guarachea con Entenza y manana con Manduley».

Al día de hoy, los máximos representantes del género son Cándido Fabré y Arnaldo y su Talismán, y si pasamos a la segunda ronda es muy posible que tales virtuosos nos tengan preparado un electrizante featuring neobarroco que se llame, por ejemplo, Sinfonía Sonera por el Sushi.