El grupo asiático en la segunda ronda está compuesto por cuatro equipos: Japón, Holanda, los judíos y Alfredo Despaigne. Los comentaristas deportivos cubanos, por no saber, no saben ni de deporte, así que hubiera sido un poco injusto pedirles que no se refocilaran en la cantinela de que Israel no es Israel sino Estados Unidos. Es cierto que el nombre de Israel es un pretexto, pero no del tipo que ellos creen. Error craso: no se trata de Estados Unidos (un país placenta fundado hace menos de trescientos años), no se trata tampoco de Israel (un país más placenta aún, fundado temerariamente en la década del cuarenta del siglo veinte en medio de un hormiguero árabe).

Los que participan en el Clásico Mundial son judíos. Un pueblo –hay que decirlo en honor a los comentaristas– básicamente inédito, no hemos escuchado mucho sobre ellos, no han legado prácticamente a nadie importante para la historia o el progreso humano, pero que tras varios éxodos forzosos se han pasado dos mil años vagando por el mundo sin ningún pedazo de tierra enteramente suyo, aunque básicamente, allí adonde llegan, plantan campamento y coronan fula.

Que es, por ejemplo, lo que han hecho en Estados Unidos, donde siguen siendo minoría étnica, pero tienen un poder económico y político de tres pares y sin ellos la Estatua de la Libertad, la peluca de Trump y el cartel de Hollywood en L.A. se vendrían literalmente abajo. No importa que se llamen John o Adam y se apelliden McQueen o Zimmerman. Representan a un pueblo que, como los italianos o los irlandeses, también llegaron a Estados Unidos, pero, contrario a los italianos o irlandeses, quienes a estas alturas de generación primero son estadounidenses y después son de donde sea que vengan, los judíos bien que pueden seguir siendo judíos, pasar por la circuncisión y la bar mitzvah y todos esos rollos, y luego ser, bueno, gringos de Dakota o Alabama.

¿De qué se quejan los narradores y los funcionarios y los directores? ¿Quién querían ellos que nos pitcheara? ¿Moisés? ¿Pretendían una tanda alta formada por Abraham, Isaac y Ariel Sharon? Yo sé que, puestos a elegir, hubiésemos preferido a los Adventistas del Séptimo Día. Como jugamos un sábado, es probable que se hubieran quedado en cama y así habríamos comenzado la segunda ronda con un forfeit que ni mandado a hacer.

Procesémoslo. Es una combinación que suena ridícula al oído. Israel, béisbol. Ver ese marcador de cuatro a uno, y ver quién le gana a quién, da escozor y cefalea. Los cuentapropistas cubanos que viajaron a Japón disfrazados de peloteros se salvan que Raúl Castro tiene la cabeza puesta en otra cosa (contando con que la tenga puesta en algún sitio). Si este hubiese ocurrido hace veinte años, Fidel los habría mandado a circuncidar por perder con un país que –vergüenza, oprobio– no se cansa de votar a favor del bloqueo en las Asambleas de la ONU.

En cualquier caso, seguimos esperando la maravilla diplomática, que va a suceder, de que en uno de estos años los americanos voten en contra del bloqueo y los israelíes sigan votando a favor. Por Dios, es una delicia suprema que nos hará chuparnos los dedos después de dos décadas soporíferas en que el único incentivo ha sido saber si Islas Marshall o Micronesia van a votar en contra o se van a abstener.

Pero volvamos al béisbol. La pregunta es esta: ¿qué bolá con el purete de Carlos Martí? ¿Él se ha dado algún golpe en la cabeza? ¿Él toma algún antihistamínico antes de los partidos, no sé, algo? Hay varias cosas que este señor evidentemente no sabe que no solo se pueden hacer, sino que, normalmente, la gente cuerda las hace. Como poner a relevar a tus mejores pitchers, no a los peores, como que el beisbol permite sustituir un jugador por otro.

En realidad, Martí es un perdedor de raza, solo está cumpliendo con su sino en el Clásico. Se pasó cuarenta años para ganar un campeonato nacional, una exagerada cantidad de tiempo que solo puede explicarse en un país como Cuba, porque en cualquier otro sitio ya lo habrían despedido. Es, sin embargo, un buen hombre que no hay por qué remover del puesto. Si no perdemos la paciencia y seguimos apostando por él, para 2057 tendremos finalmente nuestro campeonato. Martí tendrá en ese entonces más de un siglo de vida, casi tanto como los hebreos bíblicos, y un título mundial será una buena recompensa para alguien de la cuarta edad.

En el partido contra Israel hubo, además, otras dos notas curiosas. La primera es que, según Modesto Agüero, un bateador judío conectó un rolling que fue fildeado de aire, y la segunda es que choque por choque hay en las gradas un cubano entusiasta, un blanco gordito que es idéntico a Roger Machado y que no se cansa de gritar.

En principio pudimos pensar que se alegraba solo con nuestras carreras, pero no. Con el partido tres a uno a favor de Israel el gordito chillón volvió a desgañitarse, arrebatado por salir en cámara. Ojalá se trate de Roger Machado camuflado, de verdad, porque lo único que falta es que ese sujeto desorbitado sea el mismísimo Carlos Miguel en persona, nuestro embajador en Japón que Rodolfo García no se cansa de mencionar. Semejante diplomacia explicaría muchas cosas.