Fotos: Pablo Tosco

Fotos: Pablo Tosco

Brisa tibia, esporádica y delicada, hace flamear una bandera colgada en el tensor del cartel publicitario de uno de los pocos locales que garantizan proyección continua del partido por los cuartos de final entre Brasil y Bélgica. En el Kurdistán sirio, las poblaciones tienen —en promedio— dos horas de suministro eléctrico diario para hacer frente a las actividades cotidianas bajo los cuarenta y cinco grados del verano oriental.

La bandera es de uno de los equipos preferidos por los kurdos: Brasil. Sorprende la afición local por el fútbol sudamericano. La otra selección predilecta es la eliminada Argentina. Les queda una esperanza ésta noche y los hombres le hacen honor: se reúnen en torno a la shisha —esa estrambótica pipa árabe para fumar tabaco saborizado y filtrado por agua— y piden algo para tomar: agua, un energizante, jugo de naranja, café frío en lata, café amargo y cargado en taza, tres o cuatro pepsis. No hay alcohol, es haram (pecado). Lo demás, todo bien. Y a Faras se lo ve contento. Va de un lado a otro, ocupadísimo, transpirado pero contento. Faras prepara las pipas con la emoción de quien sabe que un partido así, con la gente ansiosa, levanta la demanda y deja márgenes sustanciosos.

Un receptor pirata multiplica la señal en el televisor; el proyector persevera sobre la pantalla improvisada y desde el parlante se desgarra la garganta Issam Al-Shawaly, locutor estrella que pone tanta pasión como en las más apasionadas transmisiones latinas y bien merecida tiene su fama de ser el mejor comentarista del mundo árabe.

En Qamishli, decenas de kurdos olvidan por noventa minutos el horror de la guerra y apuestan a once camisetas amarillas. Las zonas aledañas están destruidas (Raqqa, ícono de la devastación, está a solo dos horas), pero en Qamishli se vive un clima diferente: como si fuera zona de exclusión, es un oasis.

Horas antes, los charrúas perdieron contra los galos. En la región se sabe poco y nada de Uruguay, pero eso no impidió que alentaran a Suarez o lamentaran la pifiada de Muslera. El apoyo a la selección celeste, en el fondo, fue otra manera de pronunciarse contra cualquier atisbo imperialista: Francia fue una de las potencias que se repartió Medio Oriente después de la Primera Guerra Mundial, creando fronteras artificiales que solo fueron funcionales a intereses hegemónicos.

Uno de los espectadores repite en inglés arabizado y rústico: «Acá, todos alentamos a Arshentina y a Barasil», mientras uno de los rojos patea el corner y Fernandinho mete gol en contra. De pronto, varios jóvenes saltan de sus sillas y gritan ¡gol! ¡Gol! ¡Goool! Y no entiendo nada: pensaba que todos querrían un triunfo amarillo. Rato después, el ataque de Lukaku y el zapatazo de De Bruyne hacen repetir la escena.

Fotos: Pablo Tosco

Fotos: Pablo Tosco

Por momentos, algunos cruces en idioma nativo y en voz alta presagian trompadas. Pero me equivoco nuevamente. Es solo la emoción del encuentro. Opinan distinto: hay dos hinchadas que se van polarizando con más decisión, pero solo hacen bromas y ríen a gusto.

Serán sesenta minutos más de esperanza y sufrimiento para los que creen en Neymar y compañía. Aunque la paciencia kurda reconoce pronto entre vencedores y vencidos, igual espera: acompaña.

No sé si la cantidad de estimulante consumido tiene injerencia, pero la tensión sube como el humo de las shishas y deja al borde del infarto a los hinchas sirios-pro-Brasil con el gol de Renato Augusto.

Se alarga la ilusión para la mayoría.

Manos sudorosas, bocas abiertas, gritos contenidos y ¡uuuh! cuando pelota no entra.

El temple kurdo se tiñe de compasión, transformándose en abrazos. El partido se va, el alargue no alcanza y entonces el pitazo final del árbitro que hace de preámbulo para que el hincha de al lado resuma todo en una frase: «Eu listekek bu», que se traduce como: «solo es un partido».

Solo es eso.

Y vuelven caminando a sus casas por calles oscuras.