Es, tercamente, el que ha sido, y no, por negligencia o pereza, otros hombres, ninguno de los cuales hubiera sido tampoco particularmente estimado por el público. Nació, inapropiadamente, en el Sagrado Corazón de La Habana. A pesar de la insistencia de su padre, nunca aprendió a jugar pelota. Su madre decidió por él lo que iba a ser cuando le compró, con casi todo el salario, El Corsario Negro. Él comprendió, resignadamente, lo que no iba a llegar a ser, cuando leyó El Siglo de las Luces. Estudió y enseñó periodismo en la Universidad de La Habana. Creyó él mismo ser periodista en Cuba durante varios años hasta que le hicieron ver su error. Fue a parar a Londres, en vez de al fondo del mar. Tiene un título de doctor por la Universidad de Westminster, que no encuentra en ninguna parte, si alguien lo encuentra que le avise. Tiene, y eso sí lo puede probar, un pasaporte británico, aunque no el acento ni las buenas maneras. La Universidad de Roehampton ha pagado puntualmente su salario por casi una década. Sus alumnos ahora se llaman Sarah, Jack, Ingrid y Mohammed, no Jorge Luis, Yohandy y Liset, como antes, pero salvo ese detalle, son iguales, la inocencia, la galante generosidad y la mala ortografía de los jóvenes son universales. Ahora solo escribe a regañadientes, a empujones, como en esta columna. La caída del título es la suya, no le ha llegado noticia de que haya caído o vaya pronto a caer nada más.
Foto: ACN

La cola del comedor

Los delegados del congreso de la UPEC insistieron en que no quieren copiar lo que llamaron “el modelo de prensa capitalista”, y prometieron que el de Cuba sería especial, diferente, mejor que el de todos los demás países, incluso el de Noruega.

Foto: EFE

Después

Esta semana, habrá cambio en la Jefatura del Estado, y alguien distinto a Raúl Castro será proclamado presidente. Nadie espera que cambie nada, y nada cambiará, no inmediatamente, porque Raúl, mientras viva y pueda mandar, será todavía quien mande.

Foto: AFP

#InCubaToo

Cuba necesitaría no solo un #MeToo, necesitaría una verdadera, arrasadora revolución de mujeres que comience por convencer a las propias mujeres de que no tienen que aguantar lo que ningún hombre aguantaría…

Apoteosis de la censura

Cuba tiene una feroz habilidad para deshacer cualquier amenaza a su grotesca normalidad, transforma todo aquello que podría ser historia en anécdota. Pasan cosas, pero al final, no pasa nada.

Goodbye, Lenin (de nuevo, ahora sí)

La realidad terminará imponiéndose, con arrogante contundencia, sobre los restos de la elocuente fantasía sobre la cual se construyó la escuela. Pero el declive y posible clausura de la Lenin no es un síntoma de la crisis terminal del socialismo cubano, sino una tardía consecuencia de ella.

El poder del pueblo, qué poder ni poder

Raúl no tiene de qué preocuparse, tendrá las Asambleas que quiere, tan inútiles y serviles como las actuales. Nadie levantará en ellas jamás la mano para hacer una propuesta original de auténtica significación política, económica, legal o moral.

El centro de nada

La ruda constatación de que el gobierno cubano no es reformable podría causar que algunos de esos que llaman “centristas” se desesperen, y decidan, tristemente, dedicar su tiempo a refinar su estilo literario y escribir novelas en vez de constituciones.

Un demócrata

Habiendo gobernado la isla más tiempo que ningún otro hombre, salvo su hermano, Raúl llega al final de su supuesto último término como jefe del Estado sin saber muy bien a cuál de los serviles cortesanos que lo rodean va a entregar el país que él mismo heredó de Fidel.

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