El cantante de música urbana Bad Bunny es uno de los líderes de las protestas en Puerto Rico.

Bad Bunny/ Foto: Facebook.

Bad Bunny no necesita presentación, Raymond Williams probablemente sí. La primera vez que vi a Bad Bunny expresar de alguna forma sus afectos ideológicos fue en una entrevista que le hizo GQ en marzo de este año. Ahí, vestido con outfits de cerca de 10 mil dólares, y con la frivolidad de la moda como alto contraste, recuerdo haber pensado que en principio no estaba mal, pero también hasta qué punto sus palabras se sostenían.

Nadie escapa a su contexto y ahí estoy yo, descubriendo qué piensa alguien —alguien, por demás, listo— que se toma pausas para dar respuestas sencillas y directas, y voy y lo tildo de inconsecuente.

Luego me digo que pensar en términos de consecuencia es en realidad un virus del sistema con el que cargo, una reacción por default de mi cerebro cubano viciado de discurso ampuloso, y que lo que me molesta es cuán insostenibles suenan sus comentarios acompañados de tanta ropa cara y vicio de exclusividad.

Mal, de nuevo, y escucho a Roland Barthes reprenderme desde alguna esquina de YouTube, diciendo que el placer es un atributo de la literatura de derecha. Decir que él, Roland Barthes, sí cree que hay una derecha y una izquierda, y por consecuencia una literatura de derecha y de izquierda. Y que en su afirmación solo persigue esclarecer que no hay incompatibilidad entre la izquierda y el placer, y que la literatura de izquierda se ahoga con demasiada frecuencia en su panfleto y su llamado a la lucha.

Finalmente me relajo y entiendo que Bad Bunny no quiso decir más de lo que dijo:

«Hace tres años yo era un ciudadano corriente que sentía los problemas del país igual. Si subían la gasolina gritaba igual, subían el peaje, gritaba igual. Yo estaba pela´o [sin dinero] y dependía de la beca para poder estudiar. Yo veo los problemas de cerca y me tocan igual porque afectan a la gente que quiero.

»Creo que es mi deber como persona influyente —ya no tanto como artista, sino como persona— de vez en cuando tratar de hacer lo que puedo. Si tengo el break de decirlo, pues lo digo, pero eso no me obliga a que siempre tenga que decirlo, ni me obliga entonces a señalar siempre todos los problemas, como si yo fuera legislador».

Raymond Williams, por su parte, es el hombre que escribe un artículo científico sobre la naturaleza de la cultura, sentado frente a un lago mirando tres cisnes. Y en vez de sermonear conclusiones, pide tres deseos: uno por cada cisne. Es el académico de Cambridge que dice que la cultura es ordinaria.

No se trata de que la cultura sea algo ordinario, sino de que la cultura no es únicamente la alta cultura de los salones académicos de té londinense –y todos sus equivalentes en el mundo. No hay necesidad de ser maleducados ni ofender ese tipo de cultura, dice, pero si esa es la cultura, no la queremos, hemos visto a otra gente viviendo. Su tesis se basa en una compresión de cultura liberada de estigmas, para reconocer que la cultura existe ahí donde se produce, y que pertenece a aquellos que la consuman y la practiquen. No obedece a falsas ecuaciones de alta y baja cultura, y sobre todo, no es parametrable. Simple, desestabilizador.

Pero hay más en este amante de los lagos. Williams dice, con la sencillez de un pescador, que las personas clasificadas como masa difícilmente cumplen con el estereotipo que describe tal denominación, es decir, gente de un bajo y trivial nivel en gustos y costumbres.

«Lo expreso de otra manera: que de hecho no hay masas, sino nuestras propias maneras de ver a las personas como masas», argumenta. «Con la llegada de la industrialización, gran parte de la vieja organización social se rompió y se convirtió en una cuestión de difícil experiencia personal el ver constantemente personas que no conocíamos, y fue tentador masificarlas como ‘los otros’ en nuestra mente».

No se trata ahora de negar la cultura de masas en un debate casposo y bizantino, sino de darle protagonismo a la nuance, el matiz, la posibilidad de que la cultura de masas no sea tan cómodamente homogénea.

Bad Bunny y yo tenemos una relación tensa. No creo ser de los seguidores que aprueban sin cuestionarse todos sus gestos, o que dan por sentado que sus gestos son parte de una lógica superior que escapa a quienes no pertenecemos a cierta farándula ni consumimos desaforados los infinitos microstatements del fashionismo. A mí Bad Bunny me ha ido convenciendo poco a poco, a fuerza de cumplir con su propio papel. Pintarse las uñas es algo, y sacar Caro (tema + videoclip) es ya otra etapa más seria, más profunda, con implicaciones reales.

El cantante denuncia en The Tonight Show la situación actual de Puerto Rico y la desidia de Donald Trump hacia la isla después de los destrozos provocados por el huracán María. Una lectura paranoide puede llevarnos a sentir, aunque un gesto así no sea poca cosa, cierto regusto a estrategia de prensa y de marketing. Sin embargo, sus últimos videos en redes sociales lo llevan probablemente a un siguiente nivel, cuando llama, de manera sofisticada, efectiva, a seguirlo en no seguir aguantando más mierda. Quienes no pueden pasar más allá de su tono de voz áspero, se pierden el mensaje de unidad y resistencia de la figura más prominente del trap mainstream.

Consciente de su rol y su lugar, Bad Bunny dice más o menos lo siguiente: «A mí no me gusta presionar a nadie, ni señalar nombre ni artistas, pero yo quisiera que algunos colegas del género que está dominando al mundo se unan. Hay mucha gente que hala, que tiene sectores y áreas específicas. Todo el que se motive, hagan el llamado, los influencers, los restaurantes, los pequeños comerciantes, las que hacen uñas, los que maquillan, los que hacen video de comedia…»

La lucidez Bad Bunny es la de Raymond Williams. Ese tipo de conciencia es importante hoy en día. Si se quiere generar verdaderamente un cambio, hay que apelar a hablar desde lo ordinario, como una suerte de Reinaldo Arenas. Por eso prefiero a Bad Bunny y no a Kanye West: el que no puede ser manejado, ese atolondrado infructífero.

Bad Bunny es uno de los cantantes más escuchados del mundo. Por un momento ha dejado de tomar el sol y beber en un yate privado en Ibiza, ha interrumpido su gira por Europa para volver al Puerto Rico de las protestas que exigen la renuncia de un gobernador corrupto, y desde sus redes sociales ha enviado un mensaje explosivo, cargado de subversión y sentido de comunidad.

A algunos les pudiera parecer, en su caso, algo más fácil que difícil. Tiene dinero para ir y venir en avión cuando lo desea, y lidia con el jet lag a base de pastillas y adrenalina. Pero él no solo puede, sino que quiere, un ejercicio de voluntad que nos llama todavía más la atención en medio de un contexto anestesiado, en el que levantarte de la cama, o despegarte de Netflix, de Facebook, de Instagram y de Twitter para ir a buscar un vaso de agua a la cocina es básicamente un drama shakesperiano.

Los cubanos que no pueden con el picor de la barba de tres días que es la voz de Bad Bunny se pierden el momento en que dice que no va a criticar a generaciones anteriores víctimas del sistema, pero que los tiempos son otros, y que esta generación, la suya, va a ser conocida como la generación del «no nos vamos a dejar».

Él construye su discurso desde el mainstream, y a la vez se construye a sí mismo como personaje. En este sentido, hay ahí una honestidad, incluso una moral que no es rígida y que se auto reconoce dentro del flow del trap.

Bad Bunny ha introducido ya dos cismas en los códigos del reguetón. Primero, ha desdeñado abiertamente los fundamentos del género: el tipo exclusivamente, fieramente, orgullosamente heterosexual que va heteronormando a diestra y siniestra a todo su pueblo. No, never more.  Segundo, se ha convertido en un personaje político activo. Un reguetonero que articula un discurso cívico y se une a un movimiento de intolerancia al machismo, la homofobia, la corrupción, la violencia. De intolerancia a la intolerancia.

Bad Bunny es mi nuevo hippie favorito. Veo cómo se van agrietando los discursos de todos aquellos que esgrimen argumentos culturales y morales contra el reguetón. Y estoy feliz. Acabo de ver un titular de la Revista Anfibia que reza El reguetón al frente de la Revolución. Por unos días el reguetón parece ser, como se merece, la verdadera resistencia, el motor social de la gente que lo baila, la candela.

Bad Bunny se ha vuelto a pronunciar en Mallorca y detrás de la gasa que le cubre el rostro se le escucha decir que va a poner en pausa su carrera porque la situación de su país no le permite dedicarse a otra cosa. Ha convertido un concierto en Barcelona en un evento de repudio a Ricardo Rosselló.

Con una madurez que muchos le niegan, Bad Bunny sabe que no hace falta hacer música políticamente comprometida para ser políticamente comprometido, y el género urbano con el que pone a perrear a medio mundo es también la plataforma sobre la cual se alza ahora vestido de negro, regio y con gafas estrafalarias, para decirle al gobernador Ricky Rosselló incompetente, homofóbico, embustero, delincuente.

Y aquí viene mi argumento final: no hay antagonismo entre Bad Bunny y Benito Martínez. Hay una coexistencia y una aceptación natural de sus múltiples naturalezas. Bad Bunny es un tipo con profunda capacidad emotiva, y eso es anterior tanto a sus fanáticos como a sus detractores, de ahí que no parezca importarle si lo entienden o no, si gusta o no. Justamente esa sensibilidad lo ha llevado a introducir poco a poco su nombre real en sus canciones: «Benito Antonio Martínez Ocasio, directamente del Espacio». El diablo está en los detalles: Puerto Rico, ya le llegó.