Luis Manuel Otero / Foto: Facebook

Luis Manuel Otero / Foto: Facebook

Creo que lo primero que habría que decir del último performance del artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara (la subasta de la bandera cubana usada en Drapeau), recién liberado de la cárcel, pero aún con las causas abiertas y pendiente de juicio, es que se trata justamente de una obra de arte. Parece obvio, pero no lo es tanto, si atendemos la cantidad de argumentos que se han argüido en las redes para criticar la acción, y que incluso han terminado en ofensas al artista.

Una obra de arte no existe para solucionar cosas, así de manera instrumental, no es transparente ni se construye con arreglo a fines, como un programa político o una empresa. Una obra de arte sirve para señalar las cosas que deben ser solucionadas, para imaginar escenarios diferentes, e incluso entretejer ficciones que anticipen soluciones o abran posibilidades, para mover los límites y erosionar lo que parece inamovible. Pero siempre es un proceso a largo plazo, y es también así en ese tipo de arte que respira y se expande en los predios del activismo.

Pedirle a un artista, y peor aún, a una obra, que muestre una solución coherente y definitiva al problema cubano, es una ingenuidad o una perversión, revela la histeria que hemos desarrollado en todos estos años de poca práctica política y lo altisonantes que a menudo son nuestros paradigmas o incluso nuestros anti-paradigmas. Palabras demasiado generales y llevadas y traídas: comunista, anticomunista, castrismo, oposición o verdadera oposición, mercenario, nación… se estrellan una y otra vez contra la concreción y simplicidad de una acción como la que propone Luis Manuel Otero.

Un resto de un performance ya realizado, en este caso una bandera, no la Bandera, se pone a subasta por el propio artista que ya la llevó como segunda piel durante un mes, el mismo artista que sufrió numerosas detenciones en medio del performance y fuera de esta, el mismo artista que pasó casi dos semanas en la cárcel acusado de un delito penal relacionado, en parte, a las fotos que se había tomado con esa misma bandera. Y el dinero recaudado en la subasta lo ofrece al Estado cubano para la lucha contra el Covid 19.

Muchos –curiosamente no los funcionarios y voceros de ese mismo Estado, y ya por ahí la obra comienza a dar frutos porque comienza a mostrar dobleces– se han focalizado en el receptor del dinero y no en la acción misma y su intención final. Que no es acabar con el coronavirus, porque así volveríamos a la trampa de la desmesura, sino expresar simbólicamente a través de esa suma mínima de dinero la voluntad y el ejercicio de un derecho y un deber ciudadano, el de la solidaridad; y ejercerlo subvirtiendo la fórmula habitual con que esta se exporta al mundo por el gobierno cubano o se gestiona por este mismo gobierno al interior de la Isla: a escalas estatales o del Estado al pueblo.

En la obra de Luis Manuel, es el artista el que es solidario con el Estado, por el bien de todos. En este sentido, su operatoria revela un reconocimiento y un emplazamiento de ese Estado, en un acto en el que está mediando su comprensión de las particularidades de esta pandemia a la que nos enfrentamos, que exige acciones a niveles macro sociales y no nasobucos para los ancianos de la cuadra.

Es una obra que parte del respeto a la vida humana y de la necesidad de que los gobiernos garanticen su preservación, pero sin caer en lo códigos plañideros a los que nos han acostumbrado, donde una preterida resistencia per seculum seculorum del cubano sirve, demasiado a la ligera, para encubrir ambigüedades y sobreentendidos en la gestión de una crisis inminente, por parte de las autoridades competentes.

Pero todas estas conclusiones están implícitas, solo se muestran si tenemos la paciencia y la suspicacia de quitar las cáscaras de la cebolla. En primera instancia la obra es un golpe, un gesto seco, una acción concisa, donde no hay tiempo para encontrar culpables ni para erigir héroes; hay que hacer, sin que medien cuestiones ideológicas de un mundo bipolar que ya no existe y que se desembaracen de estrategias políticas tan radicales que su único saldo posible sería la muerte. El hacer que se propone aquí, y que es el hacer de un cuerpo a través de un objeto y los valores que a este quieran otorgarle otros cuerpos, encarna un tipo diferente de resistencia, de intervención, de comunicación, que nos va a servir no solo para demoler sino para reconstituir ese todo social ahora fragmentado y estresado, y para hacerlo con todos nosotros vivos, respirando, dentro.

Con la subasta de la bandera utilizada en Drapeau, la obra de Luis Manuel se cierra sobre sí misma, y es curioso porque este tipo de giros «contemporáneos» no abundan en un quehacer artístico cuyo sino es la apertura constante y la inclusión casi febril de nuevos actores y figuras sacados de la realidad, de por sí incontrolables para los procedimientos regulados del arte contemporáneo internacional. Pero con este gesto él cierra un proceso, sin esperar a que se cierre legalmente su causa de ultraje a los símbolos patrios.

Él decide pasar la manzana de la discordia a otras manos, disolver el cuerpo del delito en las manos de todos y entregar el valor resultante a las manos únicas del poder único. A ellos ya no hay bandera que entregarles, a ellos se les entrega la traducción de esa bandera en responsabilidad, en servicio, y se les encara para que sean lo que están llamados a ser. La obra se cierra, repito, al mismo tiempo que se abren, como anillos de agua alrededor del guijarro lanzado, las connotaciones que su gesto genera y mediante las cuales la obra queda liberada del control del artista. Y aquí es donde se evidencia el fundamento artístico del activismo de Luis Manuel Otero.

Las respuestas y reacciones que irán emergiendo en el proceso que todavía es la obra serán la evidencia de los intereses y los límites de cada uno de los actores sociales, de su capacidad de diálogo, de su capacidad de acallar al otro, de la historia y traumas que cada parte acarrea y que no son desestimables, pero tampoco pueden ser la medida del futuro. La sociedad que tenemos, no la que quisiéramos tener, se manifiesta en esos síntomas y necesitamos diagnosticarla a cada rato, y aprender a proponer remedios que no sean remediales, sino eruptivos, saltos no al vacío sino a ese reducto de experiencias con que cada uno de nosotros nos reinventamos dentro de Cuba a diario, desmarcándonos cada vez más de la retórica altoparlante de tribunas, mesas y comités.

Para andar y desandar Cuba emocionalmente, unas cuantas veces en un día, nosotros apelamos a esas paradojas de cercanas distancias que median en nuestras relaciones personales más entrañables, con familiares y amigos que se han ido y se mantienen en ese estar y no estar. ¿Cómo pretender entonces que para nosotros Cuba sea esa mole unida que jamás será vencida, esa cara condescendiente que repite una frase tan poco empática como «no nos entendemos», mientras toma café amargo en un país donde no hay café?

Para nosotros Cuba es ese punto desdibujado por el que todos nos conectamos y que nos recuerda que tenemos que insistir en su redefinición aventurada, pues de eso depende que podamos estar juntos de nuevo, aunque solo sea, por el momento, en las narraciones que contamos en nuestras revistas, en las ficciones que generamos en nuestras obras, en la virtualidad de un chat de Whatsapp, o incluso en la calidez efímera de un hashtag pegajoso como #estamosconectados.

Y aquí ya no hablo de la subasta, ni siquiera de Luis Manuel Otero, aunque también. Aquí hablo de esos muchos hacer que necesitamos, versiones miles y pequeñas de hacer, no soluciones, no descubrir el agua tibia, no continuidades; muchos hacer que garanticen nuestra participación, sin permiso y sin canales preestablecidos, del país que solo existe, ahora mismo, en la voluntad restauradora de los cubanos que estamos en todas partes y en cualquier lugar.