Pioneros cubanos

Pioneros cubanos / Foto: Vanguardia

Debió ser a los ocho años. Marchaba por el Malecón habanero en una de las tantas «tribunas abiertas» que se hacían en ese entonces, a comienzos de los dos mil. Ahí supe de alguna manera qué siente una oveja en un rebaño de camino al corral. El calor, los gritos, la imposibilidad de ver más allá de la espalda que tenía delante, la confianza en el paso apresurado de la turba que no sabía hacia dónde iba, la impresión de habitar un cuerpo colectivo de carne sudorosa que por momentos se volvía una escuadra compacta e indestructible. Como sea, era feliz. Marchaba por el regreso de los Cinco Héroes, contra las provocaciones de los funcionarios de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA), contra el bloqueo, contra la impunidad de los crímenes de Luis Posada Carriles y otras tantas cosas más que las voces de invisibles oradores de tribuna se esforzaban en recordarme.

Yo era uno entre muchos, uno alegre, contagiado del ímpetu marcial de casi un millón de personas (a veces más) que desde fines de 1999, y hasta 2005, aproximadamente, hicieron de La Habana un hervidero político donde se exigía lo que sea que Fidel Castro exigiera. Pero las Tribunas Abiertas no eran más que la punta del iceberg de un proyecto aún mayor que el líder cubano había llamado Batalla de Ideas. En palabras del propio Fidel, este nombre fue inspirado por la frase martiana «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra», pero la verdad es que, desde los inicios de la Revolución, cada uno de sus caprichos y encomiendas llevaron el título de «Batalla», en parte por su obcecada intención de dirigir una sociedad de modo espartano, manteniendo permanentemente al pueblo, al menos de manera simbólica, en pie de lucha.

La Batalla de Ideas promovió una extraordinaria inversión en el sector educacional, cultural y de la salud pública, además de apresuradas y absurdas iniciativas condenadas al fracaso. Pero fueron las Tribunas Abiertas las que marcaron el ritmo de aquel momento; todo un espectáculo que, detrás de las exigencias, intentaba aclarar que la Guerra Fría no había terminado, que el germen progresista de la izquierda más radical florecía en Hugo Chávez y apoyaba a Cuba y que, contra todo pronóstico, la Isla había superado los años difíciles del Período Especial, lo cual merecía ser celebrado con cuanta fastuosidad fuese posible. La Batalla de Ideas nunca fue una batalla, sino un triunfo en la acepción de los antiguos romanos, una fiesta de excesos por la supervivencia del sistema y su regreso al escenario político internacional de la mano de un aliado tan rico como Venezuela. Algo así como un pequeño respiro económico en un hogar pobre que puede darse al fin un lujo después de tanta austeridad y decide tirar la casa por la ventana en desperdicios. La dirección del país despilfarró millones en banderitas de papel, en transporte especial destinado a movilizar hacia la marcha y regresar luego a casa a quienes asistían, en pulóveres con una horrenda foto de Elián González o con estrellas cuyas puntas eran los rostros de los Cinco Héroes, en carteles y vallas de Luis Posada Carriles compartiendo un mostacho hitleriano al lado de George W. Bush o en cortos animados donde el director de la SINA representaba una diabólica hada madrina. Entonces a nadie a mi alrededor le parecía un despilfarro en propaganda, o al menos a nadie se le ocurría decirlo.

Las Tribunas Abiertas no solo cambiaron la dinámica de la vida de los habaneros, cambiaron La Habana misma, aunque fuese solo ese pedazo de litoral. Fue una transformación simbólica del espacio que obedecía más a un juego, tan maquiavélico como infantil, de provocaciones y respuestas que a cuestiones ideológicas y patrióticas. Si la SINA usaba su sede para reunir a grupos opositores, Fidel Castro les plantaba una Tribuna Antiimperialista al frente con todo el bullicio que pueden hacer cientos de miles de habaneros. Si la SINA colocaba un cartel lumínico con mensajes subversivos, Fidel Castro lo cubría con un montículo de banderas negras en recuerdo a las víctimas cubanas del terrorismo. Y en medio de todo eso estaba yo, la oveja feliz de ocho años, marchando junto otras tantas igual de felices en apariencia. Recuerdo escuchar los ladridos de los oradores guiando a la multitud, entre los que podía identificarse a algunos niños. Fue entonces cuando aspiré a ser uno de ellos. Ya no quería ser oveja y sabía que tampoco podía ser el pastor, pero nada podía impedirme ser un perro ovejero.

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En Ciudad Escolar Libertad, antiguo cuartel Columbia, se festejaba todos los años la entrada de Fidel a La Habana el 8 de enero de 1959, y en especial aquel momento en que una paloma caprichosa escogió uno de sus hombros para posarse. No celebrábamos la historia, celebrábamos el símbolo. Participar en los festejos era un orgullo, aun si se participaba de la manera en que yo lo hacía, con un bombo sujeto por correas a mi cuerpo y una enorme baqueta para marcar el ritmo de la marcha de tambores. Los pioneros agitaban pañoletas a lo largo de la avenida 31 o en la Plaza de Marianao, después de caminar desde sus respectivas escuelas. Una vez allí, soportando estoico bajo el sol las llagas que las correas me hacían en los hombros, escuchaba a los oradores, frescos todos, hablar en la tribuna y repetir consignas que ya conocía, recibir el aplauso del público y después perderse por los costados de la tarima en cómodos ómnibus con aire acondicionado y suculentas meriendas. Pensé entonces en Lázaro Castro, o Lazarito, como le llamaban todos, y la suerte de aquel niño que me parecía un prodigio por haber jugado ajedrez con Fidel, pensé en lo importante que se veía desde el púlpito y en lo insignificante que era ser el niño del bombo. Por primera vez me planteé muy seriamente la posibilidad de merecer al año siguiente la tarima, enfrentarme a un micrófono como Lazarito. Y así sucedió.

La escalada fue sencilla y en gran medida posible gracias al apoyo de mis padres, quienes veían con buenos ojos mis aspiraciones. Para ser un pionero orador, un niño Batalla de Ideas, bastaba presentarse a un concurso de oratoria con algún discurso en el estilo apropiado. Uno debía leer con la entonación adecuada, el dedo índice hacia arriba, acusador, y las palabras debían gritarse a toda voz cuando se hablaba del imperialismo. Terminé el ensayo, como si le hablase a una multitud embriagada de entusiasmo, y las dos mujeres que me evaluaban me preguntaron qué era «marxismo-leninismo» para comprobar que aquello lo había escrito yo. Respondí, sonrieron. Salí del lugar con el aval de pionero orador, lo cual me granjeó la oportunidad de convertirme en jefe de mi escuela y que me invitaran a cuanto acto político se celebrara en La Habana.

Oficialmente, mi debut fue el 8 de enero. Una vez frente al público, mientras mezclaba algunas ideas sobre las bondades de crecer en un país como Cuba con consignas y citas, me fue imposible observar a Esteban Lazo, a Miriam Yanet (entonces presidenta de la Organización de Pioneros José Martí), a Ramiro Valdés o a cualquiera de los dirigentes que formaban la primera fila; ni siquiera pude mirar a ese punto vacío y perdido en la multitud al que suele recurrirse para evitar los nervios. Durante todo mi discurso, y hasta que desaparecí del escenario en un cómodo ómnibus con aire acondicionado y suculentas meriendas, mis ojos jamás se apartaron de mi sustituto, el nuevo niño del bombo.

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Fui un niño de la Batalla de Ideas, pero no de los protagonistas. Disfruté de pequeñas dosis de protagonismo político, o entonces creía yo que era protagonismo político, pero por poco tiempo. Realmente llegué tarde, cuando aquella ensoñación de Fidel enfermó junto con él y empezó, como su imponente figura, a resquebrajarse.

El inicio de ese fin lo presencié en una villa para pioneros en Varadero, a la cual me invitaron como parte del grupo de niños delegados al 4to Congreso Pioneril. Había comida en abundancia, buena comida que pocas veces podía disfrutar en mi casa, y fiestas en las noches, y excursiones y, muy de vez en cuando, alguna reunión preparativa sobre cómo debíamos comportarnos o qué debíamos decir en el Palacio de las Convenciones cuando Fidel nos viera.

Una de esas noches de fiesta bailábamos y comíamos cuanta chuchería nos viniera en gana y de repente la música paró. Una de las profesoras guías que nos acompañaba ordenó formarnos en fila. Sudaba mucho, creí que había llorado poco antes. Nos dijo: «Fidel está muy grave. Está enfermo». Lo decía con la precaución con que un embustero dice una mentira absurda que todos reconocerían como tal, pero sus ojos rojos y el movimiento de su mandíbula delataban su miedo. Al día siguiente se organizó un matutino solemne, cualquiera pensaría que ridículamente fúnebre, aunque lo fue con toda justicia. Fidel no había muerto, pero había comenzado a morir. Lo que no sospechaba era que igual comenzaría a morir la Batalla de Ideas, los discursos, todo aquel fervor nacionalista y ese espíritu espartano que se empeñaban en inculcarnos. Para mí todo se resumía en la triste noticia de que no podría ya ser como Lazarito, que no estrecharía la mano de Fidel ni tendría la suerte de besar su mejilla.

De pronto, en aquel matutino comenzó a sonar La era está pariendo un corazón, de Silvio, y uno de los profesores gritó: «Si de la sangre de un pionero…» Todos sabíamos qué decir a continuación. Era de nuestras consignas favoritas y la gritamos a coro: «Depende la soberanía,/ Comandante en Jefe, ¡ordene!/ ¡Puede contar con la mía!» El profesor siguió en su papel de maestro de ceremonias. «¡Comandante en Jefe, ordene!» Nosotros continuamos: «Ordene sobre esta tierra/ que vamos a hacer la guerra/ si el imperialismo viene./ Si nos matan: mala suerte./ Si nos hieren: buen vendaje/. Nuestro lema: ¡Patria o Muerte! ¡Paredón pal que se raje!»

Lo grité emocionado. Algo me conmovía en aquel grito, pero no lo entendía. Entonces me era imposible comprender la realidad de nuestras palabras, ese sentido que inevitablemente pierde la consigna en su historial de repeticiones. No hay consigna vacía como no hay palabras vacías, pero me hizo bien decir aquello, lo consideré un deber. Jamás reflexioné que quienes gritaban a mi lado, mis amigos del Congreso, juraban no pensarlo dos veces antes de fusilarme si desertaba o me negaba a matar en ese inminente combate contra el imperialismo; o peor, que yo tampoco dudaría en fusilarlos a ellos.

Unos cuantos años después descubrí a Orwell, o tal vez fue Orwell quien me descubrió en aquella mañana de gritos y consignas cuando escribió: «Aquello producía un poco de miedo, algo así como los juegos de los cachorros de tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores de hombres».