Caracol gigante africano

Ejemplar de caracol gigante africano / Foto: Darío Alejandro Alemán

Para aplastar un caracol gigante africano se necesita de una pisada fuerte, preferiblemente, con un calzado cerrado de suela dura. Entonces la concha cruje y se parte en pedacitos. La babosa se esparce por el suelo en una mancha viscosa y marrón. Melba Bravo Rodríguez lo sabe, por eso evita utilizar este método en el interior de la casa. Prefiere sacar el caracol a patadas hasta el patio de tierra y ahí darle la muerte de siempre, un pisotón.

Las autoridades sanitarias del país recomiendan agarrar el animal con guantes o un nylon lo bastante grande como para proteger las manos del contacto con el molusco, después echarle sal o cal viva para matarlo y, por último, enterrarlo a más de 25 centímetros de profundidad. Este es el procedimiento más eficaz, pero Melba, como casi todos los vecinos del reparto Poey, en el municipio habanero de Arroyo Naranjo, opta por aplastar caracoles como si de cucarachas se tratara.

—En los tiempos que corren es un disparate pedir que usemos sal o cal viva. Yo no puedo coger el kilogramo de sal que me da el Estado cada tres meses para matar caracoles. ¡Y la cal! ¿De dónde la saco? ¿Y lo guantes? ¿O el nylon? Si en este país ni jabas hay —dice Melba algo histérica cuando se le recuerda que, según los spots televisivos del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), pisar al caracol no previene todos los peligros de esta plaga.

Se explica:

—Yo empecé con cal viva y todavía me queda un poquito que me prestaron, pero no es suficiente. Nosotros solo tratamos de no tocarlos con la mano —de repente hace una pausa—. ¡Ay! Pero esto no pasaría si desde el principio hubiesen hecho caso a lo que decíamos.

Melba habla de inicios del 2014, cuando los vecinos del reparto Poey se sorprendieron con la aparición del molusco, sin saber aún que se trataba del caracol gigante africano, una de las 100 especies exóticas invasoras más peligrosas del mundo, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Desde el principio, dos cosas les llamaron la atención de este caracol: su extraordinario tamaño y lo rápido que se multiplicaron tanto los avistamientos como el número de ejemplares en cada uno de ellos.

Melba y Eduardo / Foto: Darío Alejandro Alemán

Impulsados sobre todo por la curiosidad, los vecinos llenaron varias bolsas de caracoles y las presentaron en las sedes municipales del Poder Popular y el Partido Comunista.

Sin advertencia ni prevenciones sanitarias, esta primera recogida de caracoles gigantes africanos hubiese sido un grave problema de salud de no ser por los naturales escrúpulos de estas personas. Al agarrar el animal por la concha y evitar el contacto directo con la babosa, sortearon probablemente la parasitación por larvas de Angiostrongylus cantonensis, principal causante de una enfermedad como la meningoencefalitis eosinofílica.

De todas formas, las autoridades parecieron prestar poca atención al asunto. Pasarían varios meses para que el MINSAP informara de la peligrosa introducción de esta plaga en el país.

Melba camina entre los yerbajos de su patio hasta las láminas de metal y las tejas de fibrocemento que delimitan los terrenos de su hogar. Del otro lado crece la hierba, donde hace mucho, según ella, existió un parque. Intenta no pisar las conchas vacías, algunas teñidas de blanco por la cal que les echó esta mañana. Otras aún guardan el molusco en su interior. Cuando Melba se da cuenta las aplasta y continúa su camino. Hay agua por doquier, agua sucia y pestilente que la tierra demora en absorber. Luego queda en la superficie una capa más oscura de desechos orgánicos.

—Es mierda. La mierda del barrio. ¡Mírala, mírala y dime si es normal vivir así! — dice—. Es la mierda de un barrio de mierda.

Ciertamente es difícil caminar entre los desechos de los habitantes de 1ra y D, regados en el patio de esta mujer. También lo es andar por el barrio en los días alternos de abasto de agua o en tiempos de aguaceros: las calles y las tuberías están rotas, el sistema de alcantarillado ha colapsado.

Melba no sabía que la dieta polifágica del caracol gigante africano incluye no solo unas 200 especies vegetales, sino también materia orgánica en descomposición, como las heces fecales. Sonríe.

—Pues que la agricultura no se preocupe, que estos bichos tienen heces fecales de sobra aquí.

Su broma carga con algo de razón. A cinco años de la introducción de esta especie en Cuba, no se han detectado daños significativos en la agricultura. El caracol gigante africano parece sentirse más a gusto en ambientes citadinos.

Eduardo Conte, el marido de Melba, es un hombre callado, de unos 70 años, casi diez más que ella. Me dice que le acompañe y caminamos media cuadra hasta una choza de madera sin más techo que las tablas sueltas y la tela impermeable que cubre el portal.

—Aquí vive mi hermano, de 82 años. No está ahora ni está casi nunca, a no ser para dormir. Pero imagina… allá adentro no se puede estar. Esta casa tiene 60 años y desde 1987 se supone que él está en plan de albergue. Pero nada todavía. Cuando llueve él se sienta aquí, en el portal, y si no, se va para mi casa —dice. Luego señala, por entre las paredes de tablas podridas, una lona grande sobre maderos que es la cama de su hermano.

—¿Y hay caracoles aquí adentro? —pregunto.

—Como en todos lados. Aquí adentro hay caracoles, y hasta perros callejeros se metían, pero ya cerré los huecos grandes de la pared con láminas de aluminio. Pero, ¿ves cómo se vive? Y no puedo meterlo en mi casa porque allí vivimos mi esposa, cuatro nietos y yo en un solo cuarto, y no hay espacio para nada. ¡Ni para los caracoles hay espacio!

Casa de el hermano de Eduardo / Foto: Darío Alejandro Alemán

Eduardo me explica que ha pedido el albergue o, si no, materiales de construcción a precios módicos para reparar la casa de su hermano. Sin un subsidio la tarea es imposible. Su jubilación es de 270 pesos, y lo otro es el dinero que hace Melba vendiendo café de la cuota. «Apenas da para la comida mala del día a día», dice.

Conversando con los vecinos de 1ra y D el tema del caracol gigante africano se disuelve entre las otras muchas dificultades de la comunidad. Sus preocupaciones son más imperiosas que una probable plaga transmisora de un parásito que puede resultar mortal.

—¿Y el caracol?

—Muchacho, tú no vas a entender el caracol…, ni vas a saber por qué hay tantos aquí, hasta que no entiendas cómo vivimos. Primero debes saber que este es un barrio marginal, olvidado, y que a los lugares así los abandonan y les suceden siempre las peores cosas —dice Eduardo.

***

A fin de entender la magnitud del peligro que supone la expansión de una plaga como el caracol gigante africano en Cuba, es necesario hacer una distinción entre los daños causados por esta especie por sí misma y los ocasionados por el parásito que ella suele hospedar: el Angiostrongylus cantonensis.

El caracol gigante africano o Achatina fulica es un molusco proveniente, tal como indica su nombre común, de África. En nuestro país es fácilmente diferenciable de la malacofauna endémica por los colores de su concha y su increíble tamaño, el cual oscila entre los 10 y los 20 centímetros de largo. Un individuo puede vivir de cuatro a nueve años y, dada su naturaleza hermafrodita, no le es imprescindible la cópula para reproducirse. Es ovíparo y deposita sus huevos en la tierra varias veces al año (unos 500 por puesta).

Además de su enorme capacidad reproductiva, esta especie posee una gran habilidad para adaptarse a cambios ambientales, por tanto, en un entorno carente de depredadores naturales se convierte en una auténtica plaga capaz de afectar la armonía de los ecosistemas.

Según declaró al diario Granma el doctor en Ciencias Biológicas y jefe del Laboratorio de Malacología del Instituto «Pedro Kourí», Antonio Alejandro Vázquez, algunos estudios han permitido asociar la introducción de esta especie invasiva con prácticas religiosas yoruba.

Presumiblemente, estos ritos ocurrieron en lugares como el reparto Poey de Arroyo Naranjo. En otros países de Latinoamérica como Venezuela, Colombia, Ecuador o Perú, la llegada de esta especie se debe a la adopción del animal como mascota o su utilización como materia prima para cosméticos.

El caracol gigante africano resulta todo un dolor de cabeza para los agricultores, sin embargo, también habita en entornos urbanos, aprovechándose de la humedad y los desperdicios orgánicos. Es común que habite en basureros, donde comparte espacio con los ratones y se expone a la infección del Angiostrongylus cantonensis.

La historia de este nematodo se remonta a la China de 1935, cuando fue descubierto en los pulmones de ratas y ratones comunes. Poco después, en Tailandia, se encontró en el cerebro de un adolescente de 15 años con meningoencefalitis eosinofílica.

En Cuba se identificó en 1981 y ese constituyó el primer reporte de Angiostrongylus cantonensis en el hemisferio occidental. Se han informado casos en todo el mundo, sobre todo, en países como Tailandia, China, Vietnam, Australia, Nueva Caledonia, Madagascar, Hawai, Tahití, Japón y Egipto. En nuestro continente se tiene información de pacientes con meningoencefalitis eosinofílica causada por este nematodo en Brasil, Ecuador, el Caribe y el sur de Estados Unidos1.

El ciclo de vida del parásito comienza en los pulmones de las ratas, su huésped definitivo, donde se reproduce; las larvas se trasladan al sistema digestivo, hasta que son expulsadas en las heces. De estas suelen alimentarse muchos moluscos, que entonces conservan las larvas en su mucus. Durante su tercer estadio de crecimiento, las larvas del parásito pueden transmitirse a humanos y afectar el sistema nervioso central.

El Angiostrongylus cantonensis existía en Cuba mucho antes de la aparición del Achatina fulica, pero aún resulta complejo encontrar datos exactos sobre su propagación y, asimismo, sus probables efectos en humanos, ya que la meningoencefalitis eosinofílica es de difícil diagnóstico y suele confundirse con otras enfermedades2.

Entre los años 2006 y 2009, en un estudio realizado a 26 pacientes con esta enfermedad (17 de Villa Clara y nueve de La Habana), se reportaron seis fallecimientos. De estos últimos se sabe que cuatro fueron infectados a partir de la ingesta de vegetales mal lavados, contaminados a su vez por moluscos endémicos portadores3. Sin embargo, la enfermedad no resulta hasa el momento común en Cuba. Por otro lado, todos los fallecidos por meningoencefalitis eosinofílica se encontraban en un rango de edad adulta4.

Desde la introducción del caracol gigante africano en el país, no se han hecho públicos datos sobre esta enfermedad.

La sola presencia del caracol gigante africano es suficiente para alarmar al sistema sanitario de la isla. Hasta el momento, se han encontrado especímenes de este molusco en el municipio especial Isla de la Juventud y en todas las provincias menos en Cienfuegos y Guantánamo. Su reproducción imparable y el hecho de que habite en los abundantes espacios insalubres de las ciudades, le convierten en una amenaza superior al resto de los moluscos endémicos infectados por el Angiostrongylus cantonensis.

También el tamaño de este animal presupone un aumento notable del riesgo, pues, según una investigación realizada en Hawái, las babosas terrestres comunes pueden hospedar, de acuerdo con su masa total, entre decenas de miles de larvas (rango: 15 835-62 393), mientras que un caracol gigante africano podría albergar hasta 14 veces más (213 515)5.

Ejemplares de caracoles africanos en la zona / Foto: Darío Alejandro Alemán

***

Desde hace dos años, entre las cuatro y las cinco de la mañana, sobre la acera que da al antiguo parque colindante con el patio de Melba, se puede asistir al espectáculo de decenas, si no centenares, de caracoles gigantes africanos regresando al refugio del herbazal. Tras el paso de los moluscos queda una capa de mucus que refracta la luz de la luna sobre el pavimento e impregna por algún tiempo un brillo de metal pulido. La escena es hasta cierto punto hermosa, como lo son muchas de las tomas de Animal Planet. También resulta escalofriante si se comprende que ese mucus brillante podría contener miles de parásitos capaces de quebrar el sistema nervioso central de una persona.

Sin embargo, esto es parte de la cotidianidad para los vecinos de 1ra y D en el reparto Poey.

Bien cerca de allí se sienta Melba desde temprano para vender su termo de café —la tacita a dos pesos— a los madrugadores. A lo largo del día alguna gente se reúne allí y el lugar se vuelve casi una asamblea popular en que se cuentan los chismes y se debaten los problemas del barrio.

—¿Y ustedes han chapeado este placer para quitar caracoles? —pregunto y todos se echan a reír.

—Mira —dice un vecino—, al principio lo hicimos, pero es por gusto todo. La hierba vuelve a crecer en unos días y los caracoles ni se enteran. Además, no es solo este placer, es todo el reparto que está inundado de esos bichos.

En efecto, en la zona abundan los espacios abandonados con la hierba alta, tanto como los basureros desbordados. También se encuentra el maltratado centro deportivo «Ciro Frías», con terrenos e instalaciones que son hoy una sombra de lo que fueron: baldíos que guardan escombros y piscinas con aguas verdosas desde las últimas lluvias.

Cerca de la casa de Melba se encuentra un agromercado, donde se almacenan y comercializan vegetales. Ni la administración del agromercado ni el MINSAP se han preocupado por la posibilidad de que los caracoles lleguen hasta los alimentos y, eventualmente, provoquen casos de meningoencefalitis eosinofílica. Ninguno de los vecinos conoce el nombre de esa enfermedad.

La prevención, en cualquier caso, se realiza sin mucho conocimiento de causas y consecuencias. Para los lugareños esta se reduce a no andar descalzos y no tocar el mucus del molusco.

—¿Y Salud Pública? ¿Han dicho algo? —pregunto.

—Hace ya tiempo —cuenta Melba—, cuando el lío del cólera, aquí vino mucha gente porque se dieron casos. Pero eso duró poco. Después vino el dengue y el enfermo hizo ola, pero vinieron unos días nada más a recoger las calles y a fumigar cada cinco minutos. Con el caracol africano no han venido. Quizás estén esperando a que la gente se enferme. No sé.

Luego confiesa que ella, hace años, fue delegada del Poder Popular en la circunscripción.

Dice que de poco o nada se siente orgullosa cuando piensa en sus tiempos como «delegada».

—Es un cargo vacío en el cual tu función es hablarle a una pared —dice.

Entre otras cosas, Melba intentó aprovechar su posición de líder en la comunidad para dar solución a su problema de vivienda, y al de su cuñado, pero fue en vano. Quizás el único éxito (personal) de su gestión sea haber conseguido, después de muchos trámites y muchas tardes en la sede el Partido y el Gobierno municipales, el único teléfono fijo de la zona. Pero eso le correspondía: fue la promesa que le hicieron a su hijo médico cuando salió de misión a Venezuela en 2004. El teléfono, al fin, fue instalado en el 2009, y pocos años después Melba renunció a su cargo.

Hace unos días, los vecinos presionaron a Normita, la actual delegada, para que pidiera a las autoridades del municipio que se hicieran cargo de los herbazales y los basureros del reparto Poey. La respuesta fue que, según la política trazada por las instituciones y organismos encargados de la cuestión, la lucha contra el caracol gigante africano debía darse en las comunidades por sus propios habitantes.

—Nosotros —dice uno de los vecinos reunidos junto a la casa de Melba— no nos vamos a poner a chapear todas las semanas los matorrales de por aquí porque tenemos que ir al trabajo, tenemos cosas que hacer. Además, quieren que nos metamos ahí sin darnos machetes, ni guantes, ni botas ni nada para trabajar. Eso es un riesgo del carajo porque en cada placer hay millones de caracoles.

Quizá no son millones, pero también están los caracoles pequeños, y los huevecillos, que son más difíciles de observar entre la hierba alta.

Nunca faltan las anécdotas. Alguien cuenta que hace pocos días una vecina suya encontró una calabaza podrida entre las que tenía sembrada en el patio de su casa. Dentro del agujero que tenía la hortaliza vio, horrorizada, un caracol gigante africano. Otro comenta que ya no hay tantos niños jugando en las calles porque para jugar ahora hay que tener zapatos y ningún padre quiere que su hijo descalzo sea la primera víctima, al menos pública, del molusco invasor.

Unos minutos después, la conversación se desvía hacia lo de siempre: la vivienda, la insalubridad, los problemas del agua, la escasez de comida.

—Nosotros no somos gente. Nosotros somos marginados —sentencia Melba, y los otros repiten, cada quien a su manera, esa frase.

Hay ciertas coincidencias entre los vecinos de 1ra y D en el reparto Poey y el caracol gigante africano que tal vez sirvan para entender cómo unos se han adaptado a la presencia del otro.

Primero, está el instinto de supervivencia, la capacidad de ambos grupos —humanos y moluscos— para adaptarse a la adversidad. También está el impulso migratorio: el caracol parece haber llegado para quedarse en Cuba; la gente del Poey nació aquí, pero lo demás no lo tiene tan claro.

Presencia de caracol gigante africano en el reparto Poey / Darío Alejandro Alemán

1Conferencia dictada en la Convención Internacional de Salud, Cuba Salud 2018. «Meningitis eosinofílica causada por Angiostrongylus cantonensis: SOS Caracol Gigante Africano». Por Ana Margarita Manso López/ doctora del Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínico Quirúrgico «Lucía Iñiguez Landín». y Elbert Garrido Tapia/profesor de la Universidad de Ciencias Médicas de Holguín.

2«Aporte de Cuba al estudio de Angiostrongylus cantonensis». Por Dr.C. Alberto J. Dorta Contreras. En Revista ACIMED v.16 n.4 Ciudad de La Habana oct.-oct. 2007.

3Investigación de los doctores Eduardo Sánchez-Zulueta y Lissette Sánchez Magraner. «Meningoencefalitis eosinofílica por Angiostrongylus cantonensis en el adulto cubano». Publicado en Angiostrongylus cantonensis: Emergencia en América. Editorial Academia. La Habana. 2016.

4«Aporte de Cuba al estudio de Angiostrongylus cantonensis». Por Dr. C. Alberto J. Dorta Contreras. En Revista ACIMED v.16 n.4 Ciudad de La Habana oct.-oct. 2007.

5Kim J, Hayes K, Yeung N, Cowie R. Diverse Gastropod Host of Angiostrongylus cantonen­sis, the Rat Lungworm, Globally and with Focus on de Hawaiian Islands. Plos One May. 2014; 9(5): e 94969, 1-10.).