Gabriel García Márquez y Fidel Castro / Foto: Granma

Gabriel García Márquez y Fidel Castro / Foto: Granma

Si usted escribe el nombre de alguno de los mayores historiadores mexicanos, de cualquier ideología (Enrique Florescano, Josefina Zoraida Vázquez, Clara Lida, Enrique Semo, Carlos Marichal o Enrique Krauze), en el buscador del periódico Granma, no encontrará resultado alguno. En cambio, si pone el nombre de Carlos Salinas de Gortari, encontrará que el expresidente de México aparece, no como político, sino como autor de un libro de historia contemporánea, Muros, puentes y litorales. Relación entre México, Cuba y Estados Unidos (2017).

El libro de Salinas, que trata con la limitada objetividad de un protagonista un tema estudiado a fondo por periodistas, historiadores y académicos mexicanos, como Homero Campa, Carlos Tello Díaz o Ana Covarrubias, fue presentado en el Centro Dulce María Loynaz de La Habana, en junio de 2017, con la presencia del autor. El libro fue, además, reseñado en Granma por Elier Ramírez Cañedo, historiador, diputado a la Asamblea Nacional y, según la Wikipedia oficial cubana, Ecured, «funcionario del Consejo de Estado, analista de la esfera histórica».

Pocas evidencias más reveladoras de la relación del Estado cubano con las ciencias sociales latinoamericanas que el hecho de que el historiador mexicano mejor reseñado en Granma sea Salinas de Gortari. Recordemos: Salinas, el presidente neoliberal que desmanteló lo que quedaba de propiedad ejidataria en el artículo 27 de la Constitución mexicana, que privatizó algunas de las más importantes empresas públicas del país y que dejó el gobierno en medio del levantamiento del EZLN, varios magnicidios políticos y una aguda crisis económica.

Pero Salinas, tan neoliberal como Carlos Saúl Menem, Fernando Collor de Mello o Alberto Fujimori, era amigo de Fidel Castro. En Cuba, esa condición, la de amigo de Fidel, es suficiente para que el neoliberalismo de Salinas o el franquismo de Manuel Fraga Iribarne se truequen en actitudes «solidarias» o «leales». La amistad con Fidel Castro es, en muchos casos, el elemento determinante de las relaciones de Cuba con América Latina: donde comienza aquella amistad terminan las ideologías.

En aquel libro de Salinas se volvía a contar la conocida negociación entre los gobiernos de Bill Clinton y Fidel Castro, tras la crisis de los balseros de 1994, que dio lugar al acuerdo migratorio de los «pies secos, pies mojados» y el compromiso, por parte de Estados Unidos, de conceder entre 20 000 y 26 500 visas anuales, para emigrantes legales cubanos. En aquella negociación, que tuvo lugar en los últimos meses de Salinas como presidente, y en la que intervinieron también Jorge Montaño, embajador de México en Washington, y Richard (Sandy) Berger, Asesor Adjunto del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, jugó un papel central Gabriel García Márquez.

El escritor colombiano, con residencia en La Habana y la Ciudad de México, sirvió de enlace entre Salinas y Castro durante toda la crisis de aquel verano y, todavía, cuando comenzaron las conversaciones entre Ricardo Alarcón, por la parte cubana, y Peter Tarnoff, Subsecretario de Estado de Bill Clinton, movió información entre Los Pinos y el Palacio de la Revolución. Sin embargo, una de las partes más novelescas del relato de Salinas, que tiene que ver con la famosa cena en Martha’s Vineyard, en casa de William Styron, el 29 de agosto de 1994, ha sido cuestionada por testigos y académicos.

Según Salinas, aquella cena a la que asistieron Bill y Hillary Clinton, Carlos Fuentes y el ex canciller de México Bernardo Sepúlveda Amor, entre otros, fue concebida para que Gabo entregara una carta o trasmitiera un mensaje a Clinton de parte de Fidel, en el que éste accedía a una negociación migratoria mediada por el presidente mexicano. Pero Homero Campa, quien entrevistó a Sepúlveda Amor para su libro La conexión México-La Habana-Washington (2014), sostiene que, según la mayoría de los testigos, prácticamente no se habló de Cuba en aquella cena y nadie recuerda que Gabo hubiese entregado una carta a Clinton.

Todos, sin embargo, concuerdan que en algún momento de la cena, García Márquez, traducido por su intérprete Patricia Cepeda, mostró desacuerdo con el embargo comercial contra Cuba y exhortó a Clinton a sostener conversaciones con La Habana. Así lo recuerda el propio Clinton en sus memorias y así lo reiteró Rose Styron, viuda del escritor norteamericano, en la conversación con Peter Kornbluh y William LeoGrande recogida en el libro de éstos, Back Channel to Cuba (2014): «Trate de llegar a un entendimiento con Fidel, él tiene una muy buena opinión de usted», habría dicho Gabo a Clinton.

Salinas, reseñado en Granma, presentaba la cena en Martha’s Vineyard como parte de su operación mediadora. Pero la prensa colombiana y el propio Gabo dieron otra explicación de aquel encuentro. Antes de la crisis de los balseros, en el Festival de Cine de Cartagena, García Márquez y Styron habían almorzado con el presidente colombiano César Gaviria, quien dejaba el mando en 1994 y se preparaba para dirigir la OEA. En aquel almuerzo surgió la idea de invitar a Gabo a una cena con Clinton en Martha’s Vinyard. El motivo: que los Clinton –los tres, Bill, Hillary y Chelsea– eran grandes lectores de García Márquez, en cuya prosa distinguían la marca de William Faulkner, escritor favorito del presidente de Estados Unidos.

En el artículo que el colombiano dedicó a aquella cita con los Clinton, «El amante inconcluso» (1999) en la revista Cambio, el tema central era la literatura. Según Gabo, Clinton les preguntó a los comensales cuáles eran sus libros favoritos. Styron dijo Huckleberry Finn de Mark Twain, García Márquez El Conde de Montecristo de Alexandre Dumas, y Fuentes Absalón, Absalón. «Ah, Faulkner», suspiró Clinton. Entonces Gabo, según él mismo, interrumpió el diálogo entre Fuentes y Clinton, para decir que prefería, de Faulkner, Luz de agosto, lo que hizo que el presidente se pusiera de pie, y «con largas zancadas alrededor de la mesa, recitara de memoria el monólogo de Benjy de The Sound and the Fury». Ningún otro testigo de aquella noche, según Campa, recuerda la escena.

Las dos versiones, la de Salinas y la de Gabo, se vuelven completamente contradictorias al narrar el desenlace de la cena. Según Salinas, la misión se cumplió y Gabo redactó un informe a Fidel, aquella misma noche, en que comunicaba la disposición de Clinton a dialogar. García Márquez, por su lado, el propio Clinton en sus memorias My Life (2004) y Rose Styron en su charla con LeoGrande y Kornbluh, lo recuerdan de otra forma: el presidente fue áspero al final de la velada y le dijo al colombiano que «ya Castro le había costado una elección, no puede costarme dos», en alusión a su derrota en la contienda por la gubernatura de Arkansas, en 1980, cuando perdió la reelección frente al republicano Frank D. White.

Era evidente que Clinton también pensaba que el manejo de Fidel Castro de las tensiones migratorias en 1980, cuando el éxodo del Mariel, había influido en la derrota de Carter frente a Ronald Reagan aquel mismo año. Y así se lo trasmitió a Gabo en el siguiente mensaje para Fidel: «si la afluencia de balseros continúa, Cuba recibirá una respuesta muy diferente de parte de Estados Unidos, de la que había recibido de Jimmy Carter cuando el Mariel». Según Clinton, ese mismo mensaje ya se lo había enviado a Castro, a través de Salinas, por lo que los oficios del escritor eran innecesarios.

Tal vez lo más significativo de toda esta trama de literatura y diplomacia, egos y ficciones, sea que de todas las versiones de aquella mediación la más autorizada por Granma es la del expresidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. Pero es innegable que la multiplicidad de versiones y testimonios contradictorios ilustra, también, la forma en que García Márquez utilizaba la literatura y, sobre todo, su status de Nobel, con fines políticos concretos.

En los Diarios (2019) de Héctor Abad Faciolince, recientemente publicados en Alfaguara, se expone otra faceta del mismo rol. Cuenta el autor de El olvido que seremos (2006), hijo de un médico ejecutado por los paramilitares en Medellín, que dos años después de aquella negociación, escribió en su columna de El Espectador una reseña muy crítica de Noticia de un secuestro (1996). En este libro García Márquez relataba el secuestro de seis meses de la periodista Maruja Pachón, cuñada del asesinado dirigente liberal Luis Carlos Galán, a manos de Pablo Escobar y el grupo de Los Extraditables.

Según Abad Faciolince, el libro de Gabo reproducía «el punto de vista de la élite bogotana, no de la gente sencilla, de las personas sin nombre ni apellido». Su campo de investigación, eran «los salones bogotanos, de las familias bien de la capital». Reconocía Abad Faciolince la maestría de García Márquez en la crónica: «su prosa es mejor, sin duda, incluso cuando es mala». Pero rechazaba el tono cortesano de un texto donde las víctimas del narcoterrorismo eran siempre de clase alta y el gobierno salía indemne de toda complicidad: «es triste que el hijo del telegrafista de Aracataca no les dedique ni un párrafo a los choferes asesinados por los sicarios en el momento del secuestro. Ahí sí ni habla con los parientes ni se apiada del dolor. El duelo es el duelo de los importantes».

Unas semanas después de haber escrito estas líneas, Abad Faciolince era invitado a viajar a Santiago de Cuba y La Habana para una serie de conversatorios sobre literatura colombiana. El anfitrión, que aparece «vestido de blanco hasta los mocasines sin medias», no es otro que García Márquez, quien les da la bienvenida en el lobby del Hotel San Juan. Las peroratas del ministro de cultura, Armando Hart, sobre qué hacer con el machete de Antonio Maceo, perdido en un pueblo de Córdoba, Colombia, es lo de menos. Lo central es que Gabo ha recibido una delegación de escritores colombianos (Manuel Zapata Olivella, Santiago Mutis, Nina de Friedman, William Ospina…), a los que llevará a comer en el exclusivo restaurante Tocororo, en Miramar, y a una cita con Fidel en su casa de Siboney.

En aquel viaje a la isla, Abad Faciolince se convence de que, entre otras funciones diplomáticas u oficiosas, García Márquez cumple la de agente literario del Estado cubano. Resulta a todos evidente que el escritor preferido del Nobel, entre los narradores colombianos que le siguen, es William Ospina. No Fernando Vallejo, ni siquiera Laura Restrepo, sino Ospina, que en 1996 todavía no ha publicado su primera novela. Abad Faciolince se despide de Cuba y de Gabo con estas palabras: «yo estoy contento, de todos modos, de haber conocido a Homero. Me siento inferior a William Ospina, que lo recuerda todo y cuyos apuntes son celebrados siempre con palmadas en la espalda por el maestro. William está a su izquierda, yo a su derecha. San Juan, el discípulo dilecto, y Judas Iscariote».