Rafael Alcides / Foto: Facebook Regina Coyula

Empecé a escribirte un poema que nunca terminé y ya nunca voy a terminar. Era para regalártelo. Algo así como una foto de nuestro primer encuentro. El escenario de ese poema inconcluso era tu casa. Cuando nos conocimos, tu casa y tú se habían vuelto una misma cosa. Apenas salías a la calle. Tu mundo se había reducido al sitio donde trabajabas, donde hacías suceder la poesía -porque la poesía “es algo que sucede”, nos dijiste-, y ese sitio se había expandido hasta alcanzar el tamaño de todas las cosas. Tu casa era una prolongación de tu cuerpo, como un caracol la llevabas a cuestas , pero dejabas entrar a gente extraña, incluso a quienes llegaban sin avisar, a quienes no habían sido invitados ni anunciados, a los invitados de tus invitados, y junto a tu esposa Regina les recibías como si fueran hijos que acaban de regresar de una guerra.

A mí me invitó Carlos. Me preguntó si quería ir a ver a Rafael Alcides, el poeta, como quien pregunta si quieres ir a ver al último exponente de una especie en extinción. Que no vivía en un mausoleo, ni al amparo de instituciones poderosas, ni venerado por la prensa oficial. Que sobrevivía sin hacer ruido, sin reclamar atenciones, menos homenajes, sin esperar el perdón de quienes lo atacaron, sin esperar tan siquiera el saludo cortés de amigos a los que una vez les dedicó poemas. Tuve que decir que sí. Esa tardé cancelé todo y fui a conocerte. Ya había leído el perfil que Carlos te había escrito, y tres o cuatro poemas tuyos, no más, y presentía que ir a conocerte, cuando menos, iba a ser inspirador.

Me encantaba, además, el hecho superfluo, tonto, de que ambos hubiéramos nacido bajo el signo de Géminis. Me hacía sentir hermanada a ti por la vía astrológica. (Esto tuve la prudencia de no hácertelo saber; aunque sé que de haberlo hecho no me hubieras juzgado, ni me hubieras ninguneado. Me hubieras preguntado sobre las cartas astrales, los ascendentes y las influencias, y me hubieras escuchado atento, curioso, hasta que yo creyera que la astrología era uno de tus temas de conversación preferidos; porque, en ese instante, probablemente, si yo te hablaba sincera y apasionada, se convertía en unos de tus temas de conversación preferidos). Pero la verdad es que yo nunca me imaginé que poetas como tú existían, o que existía en Cuba un poeta como tú.

Tampoco es que yo haya conocido tantos poetas cubanos, ni de ninguna parte. He estado en espacios literarios donde se congregan poetas, marchitos y joviales, publicados e inéditos, felices y melancólicos, entusiastas y escépticos; en fin, gente buena y poco exitosa, no siempre por falta de talento, pero en quienes la poesía tenía una hora y un espacio en sus vidas. Era una especie de refugio o escondite. Cuando yo te conocí, la poesía era, en cambio, tu estado natural. Hablabas como si estuvieras de vuelta de un lugar al que nadie ha ido antes. Escucharte era un privilegio. Parecía que en cualquier momento ibas a revelar un mensaje, una respuesta. Eso me dijiste, cuando te di a leer mis poemas, que eran los poetas: mensajeros. Y que no debía guardar para mí el mensaje, porque no me pertenecía, que mi responsabilidad era difundirlo. Para ti la poesía significaba, entre tantas cosas, responsabilidad. ¿En qué punto dejaste de pertenecerte y te volviste de todos?

El día que salí de tu casa por primera vez sentí que algo había cambiado. No podía precisar qué, pero me sentía más viva que antes. Y cuando vi llorar, como quien sana de algo, a la más joven de las tres muchachas que fuimos a verte, supe que nadie quedaba impasible ante ti. Después nos vimos tres o cuatro veces más. Yo fui a tu casa tres o cuatro veces más. Leí tus libros. En una ocasión, llevé conmigo mis poemas y a alguien a quien amaba. Quería que leyeras mis poemas, sobre todo no me asustaba que los leyeras, y quería que ese a quien amaba pudiera tener la bondad de tus ojos en su memoria. Para mí visitarte era uno de los recuerdos más hermosos que luego una persona podía tener. Visitarte equivalía a viajar a una parte de Cuba a la que solo era posible acceder a través de quienes te amaban y se acercaban a la poesía como una cuestión sagrada. Nunca podré agradecer a Carlos lo suficiente por darme la oportunidad de conocerte, a mí y a tantas otras personas; por burlarse, una y otra vez, de los muros mentales con los que intentaron aislarte.

No cualquier poeta al borde la muerte, el cuerpo tremendamente adolorido, se sienta a leer los poemas inéditos de una chiquilla, le hace apuntes, sugerencias y, en apenas una semana, la cita para decirle esto y aquello, este más y este menos, hablarle como si fuera una igual, animarla a tomarse en serio y a continuar escribiendo poemas, a exigirle que continuara escribiendo poemas y llevándoselos. Luego ya no pude volver a tu casa si no llevaba dos o tres poemas nuevos. Creíste en mí más de lo que yo nunca creí. No cualquier poeta que vive cada día como si fuera el último, porque en efecto podía serlo, se quita tiempo para entregarlo a una nadie, a todos los que frente a ti éramos nadie, e íbamos a verte como quien va a ver a un maestro, a un padre, a un amigo, a un sacerdote, a un terapeuta, para compartir escritos, escenas, traumas, conflictos, cosas rotas.

Todavía no comprendo cómo Cuba pudo prohibirte. O no Cuba, porque Cuba no es, en esencia, quien la destruye con prohibiciones infames; cómo pudieron quienes tienen el poder de prohibir. ¿Qué tipo de gobierno prohíbe la poesía? ¿A qué le teme? ¿Teme a un poeta? ¿Teme a la libertad, a la belleza? ¿Teme a un hombre que no le teme? ¿Teme a lo que nos puede hacer sentir tu poesía?¿Teme a que descubramos, de pronto, en un poema tuyo, que hay algo muerto o roto o enfermo dentro de nosotros? ¿Teme a que queramos estar más vivos que antes, a que queramos sanar? Yo siento vergüenza. La poesía para lo único que podría representar un peligro es para la mediocridad. Un país elige lo que quiere ser cuando elige a lo que se opone.

Debe haber mucha gente ahora que no sabe que, el 19 de junio de 2018, este país escaso y tramposo, bello a pesar de todo, te perdió. Debe haber también gente cobarde, como es usual, que pretende que no sabe que ha muerto el poeta y actúa como si nada hubiera pasado. Y provoca lástima, ni siquiera rabia. Si Cuba te mereciera, al menos por un día, se hubiera vuelto nadie para volverse Rafael Alcides. Sin embargo, mi querido poeta, disperso por aquí y por tierras extrañas estoy segura de que hay una legión de nadies que te conocieron, o que con la noticia de tu muerte comenzarán a conocerte, y que encontrarán siempre el camino a tu obra. Ninguna prohibición ha sido nunca más poderosa que la poesía. Descansa en paz, maestro.