Adornos en la casita de José / Foto: Legna Rodríguez

Adornos en la casita de José / Foto: Legna Rodríguez

cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta,

y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores,

porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales

que no tienen por qué influir en los demás

ni hacer lo que él quiere que hagan los demás.

Juan Rulfo

Los últimos días han sido tristes. Han ocurrido eventos atroces, atrocidades. Como aquel tornado que pasó por La Habana, a principio de 2019, despedazando parte de la ciudad. Como las niñas de La Habana Vieja, muertas por el derrumbe de un balcón sin apuntalar (año bisiesto). Como los huracanes que arrasan, uno detrás de otro, con Puerto Rico y Haití. Huracanes en forma de régimen arbitrario. Tornados en forma de censura. Temblores de tierra en forma de encarcelamientos políticos. Fenómenos naturales en forma de miseria. Miseria humana y miseria de todo tipo.

Muchos de nosotros, emigrantes natos, nacimos en casas de palo. No de madera preciosa sino de palo. Otros nacimos en casas de mampostería. Es así como se dice en Cuba y me suena a poesía. Poesía de la crueldad. Mampostería. Hay calor en las casas cubanas de mampostería, que son las casas modernas, que se construyen a como dé lugar, que se construyen sin materiales, con materiales robados o comprados a sobreprecio.

Mi casa, la casa donde nací, es una casa desaparecida. Mi mamá no entiende por qué no me dan ganas de ir a Camagüey. Por qué no me dan deseos de ir a mi casa. ¿Cuál casa? Mi casa se fue a bolina, lentamente. Ella vive en una construcción ubicada justo al lado de la que era mi casa, un eufemismo que ha costado muy caro. Un eufemismo que ha costado sacrificios. Cada ciclón que pasó, cada huracán, se llevó con él un pedazo de mi casa.

Esa es una respuesta lógica a su desaparición. Además de que mi casa fue construida hace mucho tiempo, cuando triunfó la Revolución y le ofrecieron a mi abuelo los materiales que él quisiera para construir su casa. Mi abuelo, que fue uno de esos hombres que luchó por la Revolución y que no se aprovecharía nunca de la Revolución, quiso madera y clavos para construir su casa. No quiso arena y cemento. Quiso madera y clavos.

Pero, además de ese tipo de casas revolucionarias, la arquitectura cubana, caribeña y latinoamericana, tiene una tradición que proviene de los países que nos han colonizado. Es una arquitectura magnífica, vasta, que no se ve en las ciudades modernas. Una arquitectura ancestral que debería conservarse en formol. Restaurarse cada año. Acariciarse todos los días.

Esa arquitectura se extraña al llegar a Miami en el siglo 21. Llegas de cualquier lado con unos ojos que han visto edificios de tantos estilos apuntalados, derrumbados, a medio ser, medio parados. Llegas con una espalda que ha dormido en una cama desvencijada, en un colchón remendado, heredados de generación en generación. Llegas con unas manos que han tocado las paredes de cada casco histórico de cada ciudad en la que has estado antes. Con unos pies que han caminado por calles en donde aún se ven los raíles de los tranvías de siglos pasados, calles hechas de adoquines y de piedras consistentes como, tal vez, los recuerdos.

En vez de eso, los emigrantes que somos empezamos a vivir en pequeños cuartos amueblados con nuestras necesidades básicas. Cuartos que se han construido en horas, días, semanas, que tienen todo lo que nos hace falta al principio: un baño, una nevera, un microwave, un aire acondicionado, una hornilla o una cafetera. El techo es bajito y las paredes, al tocarlas, retumban como un tambor para niños, huecas, acartonadas. Pronto nos damos cuenta que será así la mayoría del tiempo.

El material más común con que se construyen las casas en Miami se llama drywall. Se trata de paneles de yeso (también conocidos como láminas de roca o paneles destructores) hechos de dihidrato de sulfato de calcio (yeso), con o sin aditivos, afianzados entre láminas gruesas de revestimiento y papel de respaldo, utilizado en la construcción de paredes y techos interiores. El yeso se mezcla con fibra (típicamente papel, fibra de vidrio, asbesto o una combinación de estos materiales), plastificante, agente espumante y varios aditivos que pueden reducir el moho, la inflamabilidad y la absorción de agua. Escrito en lenguaje poético, pudiera decirse que cada uno de nosotros habita su propio libro.

Por eso, cuando entramos a una casa diferente, una casa que huele a antigüedad, nos quedamos sentados durante unos minutos que podrían ser años, pensando que eso aún existe. Si eso existe, existen también muchas cosas más.

La casita de José es demasiado pequeña como para llegar a ella y pasar desapercibidos. Es demasiado acogedora como para llegar y querer irse enseguida. Está demasiado llena de objetos asombrosos como para no mirar, no tocar y no preguntar.

Es la casita perfecta para quedar embarazada por primera vez, por segunda y por tercera. Diría que, si una mujer que no puede tener hijos quiere tener un hijo y para tenerlo desea engendrarlo fuera de su casa, la casita de José es el lugar ideal, emocional, autosuficientemente afectivo. La mujer que querría embarazarse se embarazaría en un santiamén.

No digo que la casita de José haya sido construida a base de un material diferente del drywall. Lo que sucede con el drywall es que su concepto de eficiencia, funcionalidad y facilidad va contaminando el interior de los hogares. Las casas, por dentro, adoptan esa misma efectividad. No hay problemas, pero tampoco hay magia. No hay polvo en los adornos, pero tampoco hay adornos. A veces hay adornos, incluso en exceso, pero no son los adornos que asombran, no son los adornos que encuentras en la casita de José. Si no hay tiempo para cocinar o ver una película en Amazon Prime, mucho menos hay tiempo para asombrarse.

En la casita de José el tiempo se ensancha, se alarga y se ahonda. El espacio, pequeñísimo, se multiplica. Las expresiones del tipo Miami es plástico, o del tipo Miami es una pecera, o del tipo Miami es un Shopping Mall desaparecen de tu percepción del mundo. Miami es la casita de José y la casita de José es el paraíso. Al paraíso se entra por una puerta de malla de cadena galvanizada cubierta con una sábana o una bandera de hibiscos, no nacional. Una sábana de hibiscos sería una bandera de la libertad.

Junto a los hibiscos, un hombre de nombre bíblico, ya sea José o Emanuel, nos da la bienvenida. La bienvenida en Miami sería así: Welcome to La casita de José, Welcome to Paraíso. José o Emanuel, hombres bellos en el centro del paraíso, no dicen how are you sino qué tal, un idioma que siento conocido, el idioma de mi casa. José o Emanuel, hombres bellos en el centro de un ouroboros íntimo, doméstico, esdrújulo, no dicen welcome sino pasa y siéntate, un idioma caprichoso, un idioma natal.

Una frase que José repite mucho y que le va de perilla a su casita es la siguiente: no faltaba más ni sobraba menos. En la casita de José no falta ni sobra nada. Los muebles, los cuadros en las paredes, los adornos en las mesas, las lámparas de luz, los espejos, el baño diminuto, los utensilios de la cocina, las sábanas de la cama y la fundas de las almohadas, la jaula de Zucchini, una bulldog americana más grande que yo (aunque eso no es difícil), el cuarto de los gatos: Paréntesis y Elipsis (que ya murió), Punto y Coma, Raya y Guion (una gata negra que se arranca los pelos) y Socks, el único que, según José, no es un signo de puntuación y sí amigo de la bulldog americana.

En la casita de José he visto a Soleida Ríos andar como Pedro por su casa. He visto a Reina María Rodríguez conversando seductoramente sobre la poesía y la tos, porque una no puede ser sin la otra. He comido en la misma mesa que Oscar Cruz, José Ramón Sánchez, Marcelo Morales y Gerardo Fernández Fe. La comida ha sido lezamiana, pero a la manera única de José, una manera en la que no falta la ensalada de quinoa y el queso feta, ninguna silla igual alrededor de la mesa y un búcaro de flores probablemente silvestres.

He llorado a moco tendido como si José fuera un paño de lágrimas, sin saber qué hago en Miami (2015). Las lágrimas negras de ese día fueron tocayas de un cerdo doméstico, negro, que andaba paseándose por la calle y que sería el primer cerdo enano, peludo, que yo vería en mi vida. Y más recientemente, he visto a un dramaturgo famoso desenvolviendo álbumes familiares en la alfombra de la puerta de la casita de José.

Emanuel, el otro dios géminis de la casita de José, que también es la casita de Emanuel, se desplaza por la casita en inglés, dejando marcas de piel, arañazos de tigre en las paredes. Su avatar para mí: el artista gatopersa arrancaparedes.

Lo descrito anteriormente, la gente entrando y saliendo de un tipo de jardín de las delicias (la obra de arte preferida de José) forma parte de un jardín real que se extiende alrededor de la casita de José y sigue hasta la casa de alante, donde vive Chaplin Tyler, la trans más beauty y más silver sobre la faz de Miami. Hay un dibujo del rostro de José, que Chaplin Tyler pintó, sobre uno de los altares de la casita. Porque la casita de José está organizada así: en forma de altares. Hasta la jaula de la bulldog americana constituye un altar en la esquina del cuarto. Una casita dentro de otra casita. Una organización espiritual. Cada esquina, cada centro, cada dimensión dentro de la casita, ha sido concebido como un altar.

Los jardines, las praderas y los bosques de Henri Rousseau fueron los primeros gustos que compartí con José. La pieza donde un león se acerca a una mujer negra en el desierto y la huele mientras la mujer está acostada con una luna llena sobre ella en posición cenital. Esa pieza es lo que siento en la casita de José, acostada sobre su cama mientras quedo embarazada por primera vez, con asma o sin asma, con los bronquios contraídos y el alma dilatada. El león dentro de José se acerca, me huele, echa un vistazo curioso, deja el semen ahí donde debe estar: adentro.

Empecé esta crónica ayer y todavía sigo sin terminarla. Me gustaba la idea de escribir algo lleno de vida doméstica. A fin de cuentas, yo soy una mujer doméstica, yo soy una mujer dedicada a sus labores.

Hoy, en el Taller de Escritura Creativa de la Feria del Libro de Miami, hablamos bastante de poesía y de cómo uno no es consciente de las figuras retóricas hasta que las aprehende y empieza a usarlas. Leímos «El baño suabo», un relato breve de Herta Müller, para poner varios ejemplos sobre todo lo que a mí me parece interesante en la poesía.

Los muchachos querían que yo hablara de mí pero yo no tengo nada que decir de mí. Si quiero decir algo prefiero escribirlo. Al escribirlo no titubeo. También hicimos un antiguo ejercicio de escritura que consiste en escribir un texto a partir de la frase: Esa mujer se parece a la palabra nunca. Lo menciono porque la casita de José no tiene nada de figura retórica pero sí de figura geométrica. La casita de José también se parece a la palabra nunca.

Su poesía consiste en hacerme recordar mi casa, el patio de mi casa, la mata de aguacates y la mata de frutabomba. Las plantas medicinales que mi abuela regaba a eso de las diez de la mañana y las orquídeas que dedicaba a sus muertos, sembradas en cocos abiertos amarrados a los troncos de los árboles. La mata de aguacates y la mata de frutabomba llena de frutabombas en la casita de José tiene lo mismo que el relato breve de Herta Müller: una belleza agónica, una cosa de atrás.

No sabría explicar la sensación de poder que me produce el semen entrando, revolviendo la vagina y sus paredes. Así como encontramos alivio en la casita de José, el semen de José encuentra alivio en mi vagina, quedándose ahí, complacido, durante 72 horas. Luego expira y mi vagina vuelve a ser la misma de siempre.

Tal vez por eso, porque solo en la casita de José mi percepción de la arquitectura más común de Miami florece, me dio por regodearme en José y en lo que un hombre es capaz de construir. El ejercicio, como quiera, resultó simpático y la gente se rió:

Esa mujer se parece a la palabra nunca. Ese hombre también se parece a la palabra nunca. Tú te pareces a la palabra nunca. Aquella mujer de allá se parece a la palabra nunca. Estoy cansada de las palabras. Harta. Estoy harta de la palabra nunca. Un día tuve una hija y le puse Nunca. Mi hija se parecía a la palabra nunca. Nunca Rodríguez. Cuando vinimos a Estados Unidos y logramos hacernos ciudadanas, mi hija se cambió el nombre. Ahora se llama José. José José.