Neovis, Bárbara y Alexei / Foto: Cortesía del autor

Creo que nos vamos a volver locos. Lo único que hacemos es hablar del tornado… y darme cuenta de eso me pone mal —dice Yadira y le da una calada a su cigarrillo. Normalmente fuma demasiado, pero en esta última semana las cajetillas se le han ido volando. Mientras apaga uno enciende otro, y habla, habla mucho, casi sin parar.

Yadira está sentada justo al lado de la puerta abierta de la casa de Alexei, su vecino. No quiere que el humo se quede encerrado en la salita y moleste a su hijo y a las dos niñas de su anfitrión que juegan juntos en el suelo. No es costumbre verla así, moviendo a ritmo frenético una pierna, intranquila, atormentada.

Yadira, Yiya, Agne y el hijo de Agne / Foto: Cortesía del autor

Yadira, Yiya, Agne y el hijo de Agne / Foto: Cortesía del autor

Desde el martes Yadira, Bárbara, Alexei y su mamá han consumido tres cajas de té, para pasar la noche, mientras conversaban a oscuras, sin electricidad. Solían hacerlo a la luz de unas velas hasta que ayer, viernes, a las 9:00 pm, cinco días después del tornado, la lámpara de la sala se encendió.

Pero el té se acabó y la madre de Alexei ha decidido que es hora de echar mano al café.

Yadira —dice Alexei, recostado en una silla—, ¿quién vino a La Colonia hoy?

Los mismos de siempre. Unos muchachitos que repartieron cosas y me dijeron que Hayla estuvo en la Calzada, repartiendo también.

Candela, en Regla hemos visto más artistas en una semana que los que han visto mucha gente en toda su vida. Bueno, ¿y recogiste algo?

¡Que va, Alexei! Desde el tornado lo único que me han dado fue una latica de leche evaporada que me dio un muchachito en la calle. Tú sabes que aquí hay gente que necesita las donaciones más que yo. Además, no estoy para la matazón que se forma allá arriba.

Caballero…, ¿y Neovis? Vamos a decirle que venga —dice Bárbara mientras asiste a su suegra en la cocina.

Está cuidando a su hermano —contesta Alexei—. Ahorita le llevamos una tacita de café que, la pobre, debe estar atacada allá al lado, y sin corriente. Si ustedes vieran cómo estaba hoy por la mañana. ¡Partía el alma! Esa mujer me pidió que le cargara su televisor y lo probara aquí a ver si todavía servía. Cuando yo lo vi todo húmedo y con una rajadura en la pantalla supe que aquello no iba a encender. Pero igual le hice el favor y lo conecté aquí. Nada. Es que se veía a la legua que estaba roto. ¡Ay, muchacha! Por poco se me echa a llorar.

***

Neovis, Bárbara y Alexei / Foto: Cortesía del autor

Neovis, Bárbara y Alexei / Foto: Cortesía del autor

Antes de la noche del domingo 27 de enero, Neovis disfrutaba frente a aquel televisor, viejo y pesado, del único momento de paz en el día. Era su hora de descanso, merecida después de una mañana y una tarde ajetreadas, vigilando a su hermano, cuidando que no pasara el horario de sus medicamentos, y haciendo sola todo lo que suele hacerse en una casa.

Ella tiene 72 años, y José Eugenio, su hermano, unos pocos menos. Nació discapacitado mental y ya entrado en la vejez fue diagnosticado con un glaucoma que poco a poco le arrebató la vista. Desde entonces la vida ha sido dura para ambos, siempre entre los límites que imponen las paredes inclinadas de su casita de madera.

Pasadas las 8:00 pm de ese domingo, como había indicado el médico, Neovis sentó a su hermano en una silla y se dispuso a echarle las goticas para el glaucoma. De pronto sintió un sonido parecido al de un avión. Al principio no le dio importancia, pero el sonido se hizo cada vez más fuerte. Abrió la ventana para ver qué pasaba y una poderosa ráfaga de aire le obligó a cerrarla otra vez. El ruido aumentó y José Eugenio, desde su silla, comenzó a dar gritos. Quizás ella también gritó. No recuerda bien. Solo sabe que fueron segundos de caos, lo suficientemente lentos como para que todo sucediera en un instante.

Estaba asustada. Las luces comenzaron a parpadear, por lo que apagó el catao y se quedó tiesa junto a su hermano. La puerta se abrió de un golpe, el caballete del techo se partió y varias tejas cedieron. La tormenta se había colado en casa. Lo mojaba todo, derribaba algunos objetos al suelo y echaba a volar otros quién sabe a dónde. Los aullidos de José Eugenio se confundían con el del batir del viento contra la casa.

Entonces alguien entró de un salto por la puerta y, en medio de la oscuridad, Neovis pudo reconocer a Alexei.

¡Vamos para la casa de al frente! —gritó su vecino mientras la tomaba del brazo y sujetaba con la otra mano a José Eugenio. Afuera la potencia del viento amenazaba con lanzarlos a cualquier parte. Alexei los agarró con fuerza y caminaron hasta llegar a un lugar seguro.

Los tres estaban empapados y la dueña de la casa les ofreció quedarse.

Alexei, por favor, llévanos para tu casa —susurró Neovis.

¿Por qué? ¿Qué paso?

Mi hermano es ciego y está asustado. Esta señora tiene adornos muy bonitos y José Eugenio puede romperlos sin querer. Con la oscuridad esta no voy a poder controlarlo. Me daría mucha pena y contigo tengo más confianza.

Alexei aceptó y los llevó para su casa. En la calle seguía lloviendo, pero el vendaval parecía haberse calmado. Esa noche durmieron todos en unos colchones que tendieron en la salita y la cocina. A la mañana siguiente, Neovis se dispuso a inspeccionar los destrozos de la tormenta. Según Alexei había sido un tornado y eso la puso más nerviosa. Dejó a José Eugenio al cuidado de Bárbara y caminó hasta su choza.

Todo estaba revuelto. Los cables de electricidad que alimentaban la casa aparecieron en el portal de un vecino. Faltaban varias tejas y el resto estaban partidas. La poca ropa que le quedaba yacía en el suelo empapada junto a las sillas, un cuadro de la Virgen de la Caridad y su viejo televisor.

***

Su hijo vino de no sé dónde y yo le hablé para que me ayudara a buscar tejas entre los escombros de Regla y después se las montamos a como pudimos. El remiendo es provisional y va a durar hasta la primera lluvia fuerte, pero algo es algo, ¿no? —dice Alexei.

Por la puerta aparece Agne. Los pelos canosos de su barba, antes cuidadosamente rasurada, le molestan. Entre las tantas cosas que perdió también estaba su cuchilla de afeitar.

¡Dime, familia! ¿Qué volá? Ya vino la luz y ustedes aquí, hablando todavía del tornado. Se van a volver locos.

Eso mismo dije yo hace un ratico. Pero ¡ay, Agne!, dime: ¿Qué otra cosa vamos a hacer? —dice Yadira.

¿Yadi, tienes un Criollo ahí que me regales?

Mijo, claro. Toma. ¿Y Yiya?

Ahí la deje. Ahorita la voy a acostar.

Agne, ahora que apareciste ahí me acordé del susto que pasé esa noche cuando los vi a ustedes en la puerta de mi casa. ¡De película de terror! Mira, me erizo y todo —dice Yadira mientras prende otro cigarro—. El domingo fue un día de esos perfectos, para no quejarse. Pero, en Regla, esos días en los que todo te sale bien, siempre terminan jodidos. Por la mañana fui a ver al mayorcito mío al Servicio Militar y logré que me lo sacaran de la marchadera y me lo pusieran a trabajar en una oficinita, tranquilo. A los padres nos mandaron que nos fuéramos temprano porque habían anunciado lluvia, así que vine y me conecté para ver si mi mamá había llegado bien a España. Me dijo que sí, y hasta me mandó fotos y todo. Entonces por la noche, a eso de las ocho y cuarto, sentí el ruido ese. Primero pensé que era un camión o una grúa que estaban arrancando en la calle, pero las luces empezaron a tintinear y yo salí a ver qué era aquello que ya sonaba como un avión. Muchacho, cuando me asomé en el pasillo y vi ese relámpago con esa cosa dando vueltas… ¡UHHHH… UHHHH… UHHHH…! ¡Cómo sonaba el tornado ese, y el cielo estaba rojo, y qué carajo sé yo! Bueno, yo vi cómo el techo de Yiya se levantaba como cuando abres una lata y ahí grité, ¿no es verdad, Agne?: “¡Corre, Agne, corre, tráeme a Yiya!” Mira, yo no sé cuántas cosas me pasaron por la cabeza. De la terraza empezó a caerme la arenilla del cemento y la puerta me cogió… ¡Pam! Y por poco no me desarma el brazo. Tuve que entrar. Agarré al chiquitico mío y lo abracé así…, en una esquina. Y él, pobrecito, me decía: “Mamá, este es el fin del mundo”. Y yo nerviosa, y las ventanas se me abrieron, y el aire aquel entró, y yo me dije: “Bueno, aquí quedé, se acabó lo que se daba”. Entonces, en la oscuridad esa, aparecieron Alexei y Agne con Yiya encima. No te puedo explicar…

Así mismo fue. ¡Lo más grande de la vida, compadre! —confirma Agne y lanza la colilla a la calle.

Agne, mijo, siéntate para que tomes un poquito de café que estamos haciendo más —dice Bárbara desde la cocina.

¡Qué va! Gracias, pero tengo que acostar a la vieja que se ha pasado casi todo el día en una silla. Pero guárdame, que ahorita paso por aquí.

Cuando Agne se marcha todos callan, excepto Anny, la hijastra de Alexei, y el hijo de Yadira que se esfuerzan por armar una casa de lego con unas pocas piezas.

Yadira —dice Alexei en voz baja—, ¿sabes si alguien pasó a hoy a donarles algo?

Sí, pero tú sabes cómo es eso. Agne es muy penoso, así que yo le dije a unos estudiantes que pasaran por ahí, y le dejaron alguito. Pregúntale a tu mujer, ella estaba conmigo.

Bárbara asiente y reparte el café.

Yadira, al que ustedes puedan mándenlo para allá atrás que a esa gente el tornado los dejó sin nada.

Ay, Alexei, el tornado vino a rematar. Fíjate para que veas: los que se quedaron sin nada son los que ya tenían muy poco.

***

A sus 80 años Yiya cree que ha vivido lo suficiente como para mirar hacia atrás y decir que la existencia humana se reduce a un sacrificio infructuoso. Se sacrificó cuando en la finquita de su padre, casi a los pies de la Sierra Maestra, le regalaban las reses y los caballos a Fidel Castro, y ella misma curó a varios de sus hombres heridos. Lo hizo también cuando llegó a Regla y conoció al padre de sus hijos, un dirigente de los CDR, la CTC y miembro del Partido que resultó al final un borracho insufrible. Y lo mismo, durante décadas, trabajando de cocinera en varios centros laborales para levantar sola a una familia. Los años siguientes a su jubilación fueron una cadena de pérdidas: dos de sus muchachos, buena parte de su audición, la pierna derecha y, ahora, sus pertenencias. Luego ve a Agne y todo rastro de pesimismo desaparece.

Mi hijo me cuida mucho —dice Yiya—, pero lleva demasiado tiempo sin ir al trabajo y tengo miedo de que lo despidan. Por eso estoy esperando a que me pongan la prótesis, y así trabajar.

¿Trabajar? —replica Agne a gritos, para que su madre pueda escuchar— Tú dirás trabajar en la casa.

Ay, mijo, está bien. Pero al menos haré mandados, cocinar, fregar, moverme. El problema es que ahora lo haces todo tú solo.

Hace cuatro meses la pierna derecha de Yiya comenzó a hincharse y a cambiar de coloración. Fue ingresada en el Hospital Calixto García por una diabetes y una hipertensión descontroladas. Durante un mes estuvieron los médicos intentando salvar la pierna, pero todo fue en vano. Agne la llevó a casa y, desde entonces, no se ha separado de ella, pese a que tiene un hijo de cinco años, que casi siempre cuida su mujer. Pidió una licencia en el trabajo que, al parecer, deberá extenderse, pues la herida de la amputación de su madre aún no ha sanado como para solicitar una prótesis. Según los doctores, quizás tarde un año en obtenerla.

Agne trabaja de electricista en las instalaciones del puerto de La Habana. Su salario no es gran cosa, pero, sumado a los 240 pesos de la pensión de Yiya, resuelve el mes. O resolvía. Con mucho esfuerzo logró construir él solo un cuartico sobre la parte del techo de la casa que no está armada con tejas para poder pasar más tiempo con su mamá. Entonces no sospechaba que dormiría ahí todas las noches durante tres meses.

El domingo fue un día normal, excepto porque su mujer decidió llevarse a su hijo a casa de la abuela materna. Agne cuidó de Yiya con especial atención, pues la noche anterior había tosido mucho y en la mañana se quejó de un fuerte dolor de garganta. Poco después de las 7:00 pm comenzó a llover y las bajas temperaturas, unidas a la humedad, amenazaban con complicar aquel resfriado. Él salió bajo la lluvia a buscarle un jugo y, cuando regresó, encontró a su madre preocupada mirando al techo.

Casa de Yiya / Foto:Cortesía del autor

Casa de Yiya / Foto:Cortesía del autor

Agne, mira a ver que el bombillo está pestañeando —dijo Yiya. Él inspeccionó la lámpara esperando encontrarla poco firme.

Vieja, si no es problema con la corriente, yo creo que el tubo de luz fría se nos quiere joder.

Sintió entonces el sonido de un avión acercándose. El techo comenzó a resentirse, como si se moviera. Yiya, pese a no oír bien, gritó:

Mijo, ¿Qué es ese ruido?

Agne no supo que contestarle. La parte del tejado que cubría la cocina fue arrancada. El agua y el viento entraron a la casa y, sobre sus cabezas, se estremecía cada vez más lo que quedaba del techo. Él se arrodillo en el piso y abrazó a su madre con fuerza. Las persianas de la ventana que tenían justo al lado salieron disparadas.

¡Ay, vieja, yo creo que esto se jode!

Cerraron los ojos y el miedo que los consumía se volvió resignación. Solo los gritos de Yadira pudieron despertarlos del estatismo. Agnes agarró unos largos trozos de nylon y cubrió a su madre. Después, con una jaba cubrió el muñón de la pierna y trató de alzarla. Las fuerzas lo traicionaron. Lo intentó otra vez. Nada. Durante cuatro meses, primero en el hospital y después en la casa, levantar a Yiya había sido un ejercicio rutinario. Esta vez, quién sabe por qué, no pudo. De pronto sintió cómo golpeaban la puerta. La abrió y encontró a Alexei quien, sin decir una palabra, le ayudó a trasladar a su madre hacia la casa vecina.

Allí encontraron a Yadira en una esquina, encogida, con su hijo más pequeño casi asfixiado entre sus brazos. Sentaron a Yiya en una silla y Alexei, como poseído, salió corriendo por la puerta.

Yiya durmió hasta el martes en casa de Yadira. Agne aprovechó esos días para irse con Alexei a recorrer el reparto La Colonia buscando tejas con las que remendar la parte del techo que se podía salvar. El cuarto de arriba quedó destrozado, vuelto escombros que por milagro no hicieron sucumbir también la planta baja.

Tuvimos mucha suerte —dice Agne—, porque si el peso de los escombros llega a ser un poco más, nos hubiese caído encima.

La vieja computadora amaneció el lunes en el tejado de un vecino y el ventilador, irremediablemente desarmado, en el portal de otro. Bajo las ruinas quedaron el televisor, la olla arrocera, la taza de baño, las camas de ambos, el pequeño escaparate y los overoles de Agne.

Pareciera que el tornado me está diciendo que vuelva al trabajo porque la única ropa que me dejó fue la de electricista —dice riendo mientras echa los bloques partidos de su cuarto a la calle.

Al principio, como a la casa se llega por un pasillo estrecho que da al interior de la manzana, ninguno de los que reparten donaciones en La Colonia había pasado por aquí. Durante los dos primeros días no recibieron nada, en parte porque Agne no quiso dejar sola a su madre, pero también porque le daba pena. Yadira cocinó cuanta comida tenía guardada para evitar que se le pudriera y la compartió con ellos: frijoles colorados, carne, huevos, verduras. Agne muchas veces se negó. Solo le ha pedido a su vecina algún que otro cigarro; una camita para su mamá y un plato de comida diario le parecen demasiado. Lo consume la vergüenza.

En la Calzada, el Estado instaló una carpa para venta de cajitas de cartón con un poco de arroz y salchicha o pollo; a 20 pesos. Las colas eran inmensas y la turba se empujaba y gritaba pese a la presencia de varios policías. Lo mismo ocurría en los camiones y los carros que llegaban con donaciones.

El miércoles en la mañana unos muchachos se llegaron hasta la casa de Yiya y le dejaron varias prendas de ropa y comida enlatada. Bárbara se los había encontrado en la calle y los atrajo hasta el pasillo. Cuando estos se marcharon, le dijo a Agne:

Oye, la gente de la carpa eran unos cabrones. ¿Tú sabías que el Estado en verdad estaba vendiendo las cajitas a cinco pesos?

Agne no se lo podía creer. Su expresión, siempre impávida, se tornó agresiva.

¡Coño, mira que hay gente mala e hijoeputa!

***

En la sala solo quedan los adultos; solo falta la madre de Alexei, que ha ido a visitar a Neovis. Los niños se han ido a dormir y todos opinan que una segunda ronda de café no convendría a estas horas de la noche.

¿Viste cómo quedó la casa del médico de la familia? —dice Bárbara.

Echa polvo. Y la escuela del más chiquito mío tampoco está funcionando. No porque se cayó, sino por los maestros y las familias de los otros niños, que parece que sí sufrieron daños —dice Yadira.

Yo te digo a ti que empezamos rico el año. ¡Saladitos, saladitos! Y para arreglar todo esto va a hacer falta Dios y ayuda. Porque la gente no puede vivir a base de donaciones y matándose allá en la Calzada por coger algo. Mira, hoy la niña más chiquita subió y consiguió una blusita, pero se la arrebataron de las manos y me la empujaron. ¡Y tiene cuatro años! —cuenta Bárbara.

Alexei se levanta de su silla y abraza a su mujer.

Baby, hay demasiada necesidad y la gente se vuelve loca cuando no tiene nada. Es verdad que hay muchos descarados que vienen de donde no pasó el tornado para aprovecharse, pero los que son damnificados de verdad andan desesperados. Ya yo prohibí que las niñas salgan de la cuadra porque se van a buscar un mal golpe allá arriba.

Lo que hay que hacer es lo que estamos haciendo ahora, cazar al que pase por la cuadra y llevarlo a ver a Yiya, a Neovis y a Lourdes —explica Yadira—. Lourdes, la de la esquina, se quedó sin nada. ¡Pero nada! Está durmiendo con su marido en el carro que le prestaron donde él trabaja y, pobrecitos, andan con la misma ropa con la que salieron a pasear el domingo. Si llegaban a estar aquí cuando el tornado… ¡zas…!, los cepilla.

Ahí, esa es la cosa. Nosotros tuvimos suerte, pero ellos no. Hay que tirarles el cabo —dice Alexei.

Yadira prende otro cigarro y observa a Alexei con ternura.

Bárbara, qué bueno es tu marido —dice—. Se ha portado como un héroe, la verdad. Es más, como un superhéroe.

***

Alexei, a sus 27 años, no cree parecerse en nada superhéroe. Es un muchacho venido de Manzanillo que poco a poco se ha abierto paso en una ciudad que todavía a veces le parece demasiado grande. La noche del domingo 27 de enero, mientras pasaba el tornado por Regla y varios otros municipios de La Habana, o después, pudo haberse puesto a pensar que la Naturaleza es una fuerza superior a la voluntad humana, que la existencia es azarosa y que, en fin, “estamos prestados en este mundo”. Pero todo eso solo vino a pasar por su mente un día después. La noche del domingo Alexei no pensó en nada.

Como todos, sintió el ruido de un avión. Se asomó a la calle con un haragán en la mano y vio “aquella bola de fuego” que se arrimaba a La Colonia. Todavía hoy no sabe bien qué pasó después. Según Bárbara, Alexei quedó paralizado ante la puerta. Parecía una estatua, los ojos bien abiertos, los músculos tensos. De pronto salió disparado con el haragán en la mano hacia la calle, y regresó unos minutos después.

¿Quién sabe a dónde habrá llegado a parar ese haragán? Pero no importa. Él regresó con Neovis y con su hermano ciego —dice Bárbara.

Su casa soportó mejor el paso del tornado que la de muchos de sus vecinos. A la mañana siguiente, encontró en medio de la calle el colchón empapado de Anny, su hijastra. El viento solo arrancó las ventanas del cuarto de arriba y por ahí salieron el colchón y algunas ropas. Alexei le pidió a Bárbara que recuperara lo que pudiera. Se fue en busca de algunas herramientas y no apareció hasta bien tarde, sudado y con la ropa sucia. Esa noche llamó a uno de sus compañeros de trabajo y le dijo que no lo esperaran, que por unas semanas tendría cosas más importantes que hacer.

Casa de Neovis / Foto: Cortesía del autor

Casa de Neovis / Foto: Cortesía del autor

Aunque es joven y la mayoría de sus vecinos casi le doblan la edad, Alexei es venerado en la cuadra. A su manera tiene alma de líder y por eso le escuchan, como si fuese un viejo sabio con la verdad en la mano. Él se empeña en negarlo, en decir que solo fue un impulso lo que lo llevó a ayudar a sus vecinos bajo la violencia del tornado. Aquella sensación de no poder dominar sus acciones desapareció dos horas después de regresar con Neovis.

Me quedé pensando en lo que sucedió y no me lo creía —dice Alexei—. Estaba pálido, temblando y hablando sin parar, diciendo cosas sin sentido, hablando por hablar. Pero todo eso ya pasó. Ahora tengo que pensar también en la niña.

Unos días antes del tornado la única preocupación en la vida de Alexei y Bárbara era una protuberancia que había emergido detrás del oído izquierdo de Anny. No era nuevo para ellos. Desde los seis años la niña fue diagnosticada con una enfermedad muy rara que entre los médicos se conoce como histiositosis linfática o Rosai Dorfman. En Cuba, según dijeron los doctores, solo existen dos casos. A veces los ganglios son tratados con quimioterapia y otras son extirpados mediante operaciones. Bárbara se niega a otra intervención quirúrgica. Cree que son ya demasiadas cicatrices para un cuerpo de 10 años.

***

La madre de Alexei regresa de casa de Neovis con una tasa de café vacía. La conversación de la noche no ha variado mucho. Hoy, como durante los últimos días, solo se ha hablado del tornado. Todos tienen las caras largas, se les nota cansados. Les agobia el hecho de que sus vidas giren una y otra vez alrededor de algo que quisieran olvidar.

¿Saben quién pasó hoy por casa de Yiya? ¿No? Ah, fue Cándido Fabré —dice Yadira.

¡Ay, muchacha, no me digas eso! —dice la madre de Alexei, sorprendida. Todos saben que Fabré es su ídolo desde antes de abandonar su natal Manzanillo y mudarse a San Miguel del Padrón para estar cerca de su hijo.

Andaba con un saco al hombro repartiendo comida, ropa, agua, sábanas, de todo. Y saludó a la gente y conversó con todo el mundo —continúa Yadira.

¡No puedo creer que me lo perdí! ¿Y viene mañana?

Creo que sí.

La madre de Alexei se deja caer sobre una silla, simulando la proximidad de un desmayo.

Si yo veo a ese hombre me desmayo. ¡Por Dios! Con lo que me gusta el negrón ese.

Mami —dice Alexei—, pero si te saluda y hablas con él ya te puedes morir tranquila, ¿no?

¡Qué va! Yo no me conformo con eso. Si yo lo tengo delante voy a querer más.

Por primera vez en una semana todos se echan a reír.