Club de los Inmigrantes

Hace algún tiempo mi amigo Florian me invitó a participar en un evento en la Universidad de Montreal llamado “El Club de los Inmigrantes”. Como era de esperar, me negué a participar en algo con semejante nombre. Mi apartamento, mi estado de cuentas y mi ausencia de viajes me recuerdan ya todos los días que soy un inmigrante; no tengo que asociarme a ningún club para ello. Florian me dijo entonces que aquello estaría lleno de muchachos lindos así que acepté. Sí, lectores: si se me dan razones de peso soy muy fácil de convencer.

Pues bien: resulta que tendría que dar un minidiscurso sobre mi país de origen, la forma en que llegué a Canadá, mi integración a mi nuevo país, mi relación con el antiguo… Aquello sonaba fácil: me pondría una camisa, me peinaría como niño bueno y hablaría sobre la precaria situación de mi isla de origen, el Período Especial, los balseros, la libreta de abastecimiento, la libertad de expresión, su ausencia, mi vida presente, las penurias de estar lejos de la familia…y luego, cuando todos estuvieran llorando, atacar a los más lindos para llevármelos a mi apartamento de inmigrante. Sí: no sonaba tan mal después de todo aquel club.

Aquel sábado el lugar estaba repleto, tanto de extranjeros como de bellos rubios locales. Florian y yo cogimos el número 18, identificamos con la mirada a las posibles víctimas, hicimos una preselección y nos sentamos a esperar que los 17 inmigrantes anteriores a mí dieran sus minidiscursos.

El primero era un muchacho de Eritrea que reía todo el tiempo. Había llegado a Canadá luego de cruzar ilegalmente la frontera con Etiopía en medio de tiros que “por suerte, no acertaron”, arreglárselas para llegar a París seis meses después y de ahí a Montreal (no sé muy bien cómo porque mi cabeza estaba todavía en los tiros que “por suerte, no habían acertado”). Luego de dos años aquí le dieron el asilo político, pero a su cuñado, quien hizo todo el recorrido con él, lo regresaron a Eritrea.

De pronto, los muchachos lindos se escaparon de mi cabeza y me vi a mí mismo cruzando la frontera etíope en medio de tiros.

Un rumano nos contó luego de cómo estuvo un mes escondido en un contenedor, un ruso de cómo lo molieron a golpes por ser gay y un japonés de cómo su balsa había logrado llegar a los Estados Unidos tras semanas de viaje para luego ser enviados todos de vuelta a Japón.

A las hembras no les había ido mucho mejor. Una muchacha turca había escapado de un matrimonio arreglado y de las amenazas de muerte de su propio padre, una bosnia había perdido a toda su familia en la guerra y una colombiana tenía rastros visibles de agresión, provocados por los paramilitares de su país.

Me alteré. ¿Qué era aquello? ¿Los Juegos Olímpicos de las desgracias? Me sentí fuera de lugar, sin preparación, demasiado desafortunado como para ser afortunado y demasiado afortunado como para ser desafortunado. Cuando el muchacho palestino se acercó al micrófono no aguanté más, le dije “me voy” a Florian, me paré y salí de la sala.

Una vez fuera, Florian me interceptó. “¡¿Qué pasa?!”. “Invitaste a la persona equivocada a este club”, dije. “¿De qué hablas? Tú eres cubano”. “¡Exacto! Y aparentemente alguien nos mintió diciéndonos que éramos los seres más desafortunados del planeta! ¡Y al lado de esa gente parecemos criados en Disneylandia!” “Esto no es una competencia”, dijo Florian.

“Estoy molesto y ni siquiera sé por qué. Por un lado siento que no le hago justicia a los cubanos si digo que no tenemos problemas y a la misma vez nadie me ha caído a tiros nunca ni he visto un contenedor por dentro. No sé si somos unos héroes del sufrimiento o unos niños malcriados a los que obligaron a leer y a escribir”. “Esto no es una competencia”, repitió Florian.

Me senté en un banco. “Ser inmigrante es una mierda”, dije. “Todos tenemos vidas complejas”, dijo Florian, canadiense de pura cepa, a quien su madre abandonó cuando niño, dejándolo con sus abuelos, los que tuvieron que acudir a la asistencia social para criar a su nieto. Le sonreí. Respiré profundo y me paré: “las cosas que hace uno por los muchachos lindos”. “El polaco es mío”, dijo Florian mientras entrábamos de nuevo a la sala. “Que gane el mejor”.

“Hola a todo el mundo: este es Raúl, el cubano más inteligente y carismático que conocerán jamás”, dijo Florian por el micrófono cuando finalmente llegó el momento del número 18. “No le hagan caso: soy el único cubano que conoce”, dije. El Club de Inmigrantes rió. “Bueno, yo tenía un discurso preparado pero al oír el de los demás creo que tengo que cambiarlo un poco… Cuba es una mezcla de tantas cosas diversas que uno no sabe nunca si gana o si pierde, si tiene que quejarse o dar gracias. Y ¿saben qué? Creo que nos gusta eso. Somos excéntricos así. Nos gusta gritar que “eso solo nos pasa a nosotros” y engrandecer nuestras desgracias es parte de nuestra cultura. Supongo que no hay nada malo en eso”.

“Pero entonces llega uno aquí, oye otras historias que uno creía que solo pasaban en las películas y se da cuenta que nuestras desgracias no son… ni menores ni mayores, son simplemente las nuestras. Todo el mundo tiene problemas, incluso – en voz de susurro – los que vienen de países ricos también”. (Risas)  “Al final esto no es una competencia, como diría mi amigo. Pero si lo fuera, todos en este Club seríamos ganadores. Sé que se supone que diga perdedores, pero prefiero pensar que somos ganadores. El muchacho de Eritrea siempre se está riendo y yo intento acostarme con todo el mundo. Nuestras desgracias no han podido afectarnos”. (“¡Eso!”, gritó el muchacho de Eritrea y todos rieron).

“Por eso quiero darles las gracias. Al oír sus historias me siento un poquito menos cretino que cuando entré aquí hace dos horas… así que gracias”. Y el Club de los Inmigrantes le dio un lindo aplauso al número 18.

Un poco más tarde, con un trago en la mano y mientras me tiraba fotos con otros miembros del Club, Florian se me acercó. “¿Ves? Invité a la persona correcta”. “Supongo”, dije e hice una de mis muecas. Nos abrazamos. “Eso fue lindo”, dijo. “Y nunca hubiera pasado si no fuera por ti”, dije yo. Él imitó mi mueca. “Ahora ven conmigo que un muchacho lindo te quiere conocer”, me dijo tomándome por una mano. “¿El polaco?”, pregunté mientras lo seguía. “No.” ¿El ruso? ¿El filipino? ¡Ya sé: el paquistaní!…”

Así que ya saben, lectores, si algún día los invitan a un Club de Inmigrantes, pues vayan. Hay muchachos lindos. Y quizás alguna que otra lección que aprender.