El apocalipsis en celuloide. Foto: M.

El apocalipsis en celuloide. Foto: M.

Ayer Andréi Tarkovsky habría cumplido 88 años y esta mañana, como en aquellos domingos de matinée en el cine Récord de 51 y 100, en La Habana, me senté a ver una película a las once en punto. Vi la última que hizo, Sacrificio, que es de entre el puñado de películas que vale la pena ver en estos días de la pandemia, una de las que mejor nos habla a los confinados. Creo que Muerte en Venecia, de Visconti, es la otra.

Sentarme con Tarkovsky hoy, además, daba una cierta continuidad a la vida rota por el confinamiento y el estado de excepción light en el que vivimos, porque fue precisamente en el catálogo de una exposición que le dedica el Museo Ruso de Málaga que trabajé en las semanas previas a que me encerraran. Una exposición magnífica, Andréi Tarkovsky. Maestro del espacio, que el museo inaugurará en cuanto vuelvan a la normalidad nuestras vidas, sean como sean en el futuro la normalidad y nuestras vidas de animalitos distantes y enmascarados.

Sacrificio cuenta la historia de un hombre, un actor de teatro y profesor deprimido, que cree fallida a nuestra civilización y considera que la humanidad tomó un camino equivocado al aliarse con la técnica e idolatrarla. De repente, el día en que celebra su cumpleaños en los parajes desiertos de la Gotlandia sueca, la amenaza del final que había vaticinado a la civilización se precipita y él ofrece a Dios entregarle todo lo que posee y ama con tal de salvarla. He ahí el sacrificio: el de un hombre por toda la humanidad.

El paralelo de la historia que cuenta Tarkovsky con la meditación a la que nos empuja hoy el avance de la pandemia en el mundo es evidente. Crisis de valores y apocalipsis. Capitalismo y distopía. Un poco de Nietzsche, unas cucharadas de teología rusa, una paletada de Heidegger y el pesimismo y el nihilismo rusos y soviéticos, ese estado de ánimo (o nastroenie) genuinamente viral. La película es de 1986, fue la segunda que Tarkovsky hizo después de abandonar la URSS, y cuando se estrenó en el Festival de Cannes hacía unas pocas semanas de que estallara el reactor de Chernóbil. La prensa fue unánime al considerar al ruso un visionario, un profeta.

Cada vez que veo esta película me viene a la mente la imagen de Tarkovsky, ya condenado por la enfermedad, sentado en una sala de proyección a solas con su hijo Andriusha, a quien va dedicada la película y viéndola los dos en sueco, una lengua que no comprendían. El pequeño Andréi había quedado secuestrado en la URSS cuando su padre anunció que no regresaba de Italia, donde rodaba Nostalgia, su penúltimo filme. Solo cuando la muerte era ya una certeza, el régimen del Kremlin permitió que su hijo viajara a Estocolmo a despedirse. Fue entonces que vieron juntos Sacrificio. En una anotación en su diario del 21 de diciembre de 1985, desde Estocolmo, Tarkovsky anotó:

«Tengo que continuar luchando por que los dejen salir. Andriusha necesita vivir en libertad. Nadie puede vivir encerrado en una cárcel. Y si hemos decidido tomar este camino tenemos que recorrerlo hasta el fin».

Hay que echar todos esos huesos en la olla de la reflexión ante la pandemia. El debate sobre la libertad y la seguridad, el poder represor, «confinador», del Estado y la libertad sobre nuestras vidas y cuerpos. Las tibias de Heidegger, los omóplatos de Nietzsche y la pelvis de Vasili Rózanov, pero también las falanges de los dedos con los que Tarkovsky acarició la cabeza de su hijo arrancado al totalitarismo soviético, esa tumba de la libertad erigida en aras del bien común.

Hoy le leí a Ai Weiwei, que fue chino inmigrante en Nueva York, antes de convertirse en chino famoso que vive en China, decir que el capitalismo ha muerto y que los comunistas de Pekín… Y ahí lo dejé y me hundí en la siesta. Me interesaba mucho más Weiwei cuando creía que era una mujer entrada en carnes y nunca me recuperé de la decepción que sufrí cuando me demostraron lo contrario.

Sesteando, soñé que jugaba fútbol con Lionel Messi y cuando volvía a la taquilla me habían robado todos los libros. Cuando me desperté, M. leía a mi lado y le propuse, inconsciente: “¿Quieres que vayamos a cenar por ahí esta noche?” Se lo dije como si pudiera ser, como si yo gobernara algo. ¡Me lo habría pegado mi compañero de equipo!

A las ocho salieron menos vecinos a aplaudir a los médicos. Habrá que ver si es que los vecinos han ido muriendo o que ya cuentan con que saldrán de la pandemia con vida y están haciendo planes.

Es difícil entender a los hombres. Y a Tarkovsky, desafortunadamente, no le alcanzó el tiempo para conocerlos a todos.