Foto: pxfuel.com

Foto: pxfuel.com

Aquí me llamo Julián Martínez, porque le dije al periodista que no utilizara mi verdadero nombre, y que Julián estaba bien. El periodista me hace muchas preguntas, le interesa cómo es la vida en aislamiento cuando eres sospechoso de coronavirus. Espero que para cuando termine todo haya quedado así, como una simple sospecha.

Esto es lo que me han dicho hasta el momento: me esperan 15 días en un centro de aislamiento, junto a 27 compañeros de trabajo del hospital Manuel Fajardo, y en cuatro días nos harán el test. No sé nada más, aunque supongo que con el tiempo me revelen nuevas cosas. Desde las ventanas de este lugar solo se observan árboles, palmas y matorrales que se extienden hasta donde llega la vista. Lo único reconocible es el Zoológico Nacional, que casi da pared con pared con este centro, y eso me alivia. Al menos seguimos en La Habana.

Creo que me voy a aburrir un poco. Entre el momento en que me avisaron que vendría y mi llegada aquí no pasó mucho tiempo, o al menos no el suficiente para recoger todo lo que me hubiese gustado traer. No agarré un libro ni nada. Fuera de la ropa, solo el móvil y el cargador. De todas formas, en el teléfono tengo lo que necesito. Quizás eso sea suficiente para que los días no se vuelvan largos.

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Aunque dicen que la razón de esta cuarentena comenzó en la tarde del viernes 27 de marzo, cuando un paciente ingresó con una severa neumonía en el hospital, la verdad es que fue un poco antes. De hecho, el aislamiento, la inseguridad, los temores que callamos quienes estamos aquí, todo eso pudo evitarse.

Antes de llegar al hospital Manuel Fajardo, el paciente había ido al hospital Naval. Supongo que estaba preocupado porque recién había recibido a sus hijos de España y él, diabético e hipertenso de 75 años, pertenecía a la vez a varios grupos de riesgo y ya sentía los primero síntomas del coronavirus. Como sea, en el Naval desestimaron las sospechas del viejo, quien decidió acudir a su policlínico, donde corrió con igual suerte. Para cuando se presentó en el Fajardo, el hospital que le tocaba por su zona de residencia, ya experimentaba los malestares de una neumonía. Lo ingresaron en la sala de geriatría, grave error que pudo pagarse aún más caro. Por alguna razón que desconozco, los médicos nunca contamos con la ineficiencia y la poca profesionalidad de otros médicos. Confiamos en el criterio de quienes le atendieron en el Naval y en el policlínico y así, como se dice, «nos fuimos con la de trapo». Mientras tanto, el último reporte del Ministerio de Salud Pública (MINSAP) confirmaba un total de 80 casos positivos por Covid-19.

En la sala de geriatría aquel hombre empeoró. Yo lo atendí el sábado, cuando la cifra de casos confirmados de coronavirus en el país sumaba unos 39 más respecto a la jornada anterior. Para el domingo 29 de marzo se hizo necesario trasladarlo a terapia intensiva. Sus pulmones ya no se valían por sí solos, sino del cableado de tubos que los conectaban a un equipo de respiración artificial. Fue esa noche, mientras se realizaba el interrogatorio de rutina, que sus hijos se atrevieron a confesar lo que creían la causa de aquel malestar. «Vinimos de España hace poco y él empezó con síntomas después de estar con nosotros», dijeron, y todo comenzó a cobrar sentido.

En la mañana de lunes, el jefe de la sala reunió al grupo de guardia que recién entraba y, muy serio, explicó: «Miren, no entren a la sala porque hay un paciente sospechoso de coronavirus». Nos quedamos petrificados. Luego supimos que, como aún se hablaba de sospechas y no de certezas, le ordenaron al jefe de sala que todos debíamos seguir trabajando, pero él replicó: «No, van a trabajar solo los hombres».

Entonces nos protegimos con lo que teníamos a mano: una bata verde puesta encima del uniforme, nasobucos, gorros, espejuelos y guantes. Durante esa mañana pensé en la posibilidad real de que ese hombre tuviera coronavirus. Yo lo había examinado directamente. ¡Yo lo había tocado! Aunque después me consolé con la idea de que no había sido mucho el contacto, hasta convencerme de que de ninguna manera pude haberme contagiado.

En la tarde, sobre las cinco, el paciente falleció y todos regresamos a casa. Fue triste, como todas las muertes, pero en una sala de terapia intensiva llega el momento en que aprendes que, a veces sin importar cuánto hagas, la muerte siempre va a estar ahí, y no por eso debes perder el sueño. A fin de cuentas, yo escogí este camino.

Esa noche, cuando llegué a casa, cuidé de no tener contacto con nadie. Solo fui directo a la ducha y luego me encerré en mi cuarto. Más tarde recibí una llamada: «Julián, ven rápido para el hospital que el hombre dio positivo y tienes que ir aislado». Agarré cuanto pude y a las diez de la noche ya estaba en el hospital junto a varios de mis compañeros. En total éramos 38, pero mi grupo de 28 entró primero en cuarentena. Los restantes diez fueron llevados a otro lugar. Las ambulancias que nos trajeron hasta aquí no vinieron por nosotros hasta pasada las cuatro de la mañana.

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En verdad, en este lugar no se está tan mal. La comida es excelente y bastante balanceada. Pollo, arroz, sopa, ensalada de vegetales, viandas y yogurt. La atención del personal que nos cuida, desde los médicos y enfermeras hasta los cocineros, es estupenda. Creo que en unos pocos días, manteniendo las respectivas medidas de distanciamiento y precaución, podríamos hasta entrar en confianza. Creo también que mi estadía aquí no será tan aburrida como imaginé, pero aburrida igual. He descubierto mi increíble capacidad de no hacer nada útil durante horas y no sentirme mal por ello. Puedo, y esto también lo descubrí, ver memes todo el tiempo y seguirles encontrando la gracia.

Por supuesto, de vez en cuando socializo. A veces hablo con mi familia. Otras, con los demás aislados, incluyendo al personal de atención. Ellos también, de una u otra forma, corren la misma suerte que nosotros. La última de las diversiones creadas en este sitio para mitigar el hastío ha sido un grupo de WhatsApp. Le cuento todo esto, algo escéptico, al periodista. Y me pregunto: ¿qué le puede interesar a la gente que comienza a sufrir el disgusto de estar encerrado en casa el infinito tedio de otro aislado? ¿Qué buscan? ¿Spoilers?

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Hoy nos hicieron el PCR, el test: un palito con un algodón introducido hasta lo más profundo de las fosas nasales y otro similar hasta la garganta. El resultado lo darán en unas 24 horas. Hasta entonces, creo, estaré nervioso. A veces no es malo sentirse así. Cuando estás aislado puedes hasta agradecer un poco de nervios que alejen el aburrimiento.

Sentirme así, entre ansioso y preocupado, me recuerda a mi familia: cómo no advertí en ellos, al menos en mi madre y en mi abuela, el más mínimo indicio de tales cosas. Casi que me enorgullezco de la frialdad con que asumieron la noticia de mi aislamiento y la posibilidad de que yo esté infectado, aunque después me enteré de que aquella firmeza se deshizo en pedazos en cuanto me marché.

A mi abuela, con quien vivo, no le conté con detalles detalle lo sucedido en el hospital. Ella dedujo que algo estaba mal porque me vio tomar más medidas higiénicas que de costumbre. Aquel lunes la llamé antes de llegar para pedirle que me pusiera el agua a calentar, que me iba directo al baño en cuanto entrara, y que no me tocara ni se me acercara. Ella me dijo: «¿Está todo en candela en el hospital?» Yo me limité a responderle que sí.

Ya en casa, cuando me llamaron, salí y le expliqué: «Mira, me tengo que ir al hospital, me van a aislar porque un paciente que atendimos dio positivo al coronavirus». No sé a ciencia cierta qué esperaba de ella, pero su ecuanimidad me tomó por sorpresa. «Está bien, recoge las cosas que llamaré a tu tío para que te lleve al hospital». A mi mamá, que vive en otra casa, ni siquiera le conté como había sido el día porque nosotros hablamos de vez en cuando y si la llamo es para decirle que todo va bien. Cuando iba con mi tío para el hospital, me comuniqué con ella. Contrario a lo que imaginé, ella también lo aceptó muy tranquila.

Cuando recuerdo eso, los nervios casi me avergüenzan.

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No es una gran noticia, pero hoy me entretuve con un gato que apareció por el comedor. Los gatos me gustan, mucho más que los perros. Mi madre tiene uno de mascota y mi abuela suele dejarle algo de comer a los del barrio. En este lugar hay unos cuatro o cinco, hasta donde pude contar. Quizás existan otros dando vueltas por los bajos del edificio. Tampoco es que uno pueda vagar libremente por aquí. Confieso que ahora mismo siento una envidia tremenda hacia los gatos.

Gato en el centro / Foto: Cortesía del entrevistado

Gato en el centro / Foto: Cortesía del entrevistado

Hoy también descubrí lo que ya sospechaba: estoy en una escuela. Al principio pensé que se trataba de uno de esos hotelitos estatales a donde mandan a vacacionar a funcionarios de bajo rango y a trabajadores destacados; pero luego noté que por la disposición de sus edificios, escaleras y habitaciones, parece más una escuela. Realmente se llama Escuela Superior de Cuadros Estatales y del Gobierno. No conozco su función exacta. Tampoco conozco la del otro edificio que junto al mío conforma los dos grandes bloques de este lugar. Fuera de eso, hay una piscina vacía, una garita de vigilante nocturno y un pequeño «gimnasio ecológico» de fabricación china. El comedor está algo apartado y consta de una sola planta muy amplia.

En este edificio cúbico de paredes blancas y azules estamos los aislados, y también los médicos y enfermeras que nos atienden. Entre todos ocupamos los tres pisos de arriba. Los otros tres pisos se reparten entre cubículos que hasta hace poco sirvieron de aulas, laboratorios, sedes de direcciones y secretarías. El periodista me pide entonces que le describa las habitaciones y yo le cuento cómo es la mía: mediana, de unos 12 metros cuadrados, con una silla delante de una mesita, sobre la cual descansa una lámpara, que supongo sea para escribir; también hay una cama bastante cómoda, un espejo, un lugar para poner los zapatos y otro para poner la ropa. Le digo que quizás este último sitio no fue pensado con esa finalidad. No es un clóset, sino unos palos mal puestos que yo he utilizado para colgar la ropa luego de haberla lavado a mano. El baño, por su parte, cuenta con el espacio imprescindible para una ducha, un inodoro y un lavamanos. Aquí nos dejaron parte de los artículos de higiene que la residencia garantiza: un cubo, nasobucos y jabón de lavar. Al final, le repito que este lugar no está nada mal.

Centro de aislamiento / Foto: Cortesía del entrevistado

Centro de aislamiento / Foto: Cortesía del entrevistado

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Ya dieron los resultados del test, y los hubiera celebrado si cinco de mis compañeros no hubiesen dado positivo y al resto no nos hubiesen dicho que igual debemos cumplir el tiempo reglamentado de aislamiento. Cabe la duda, dicen, de que haya falsos negativos, y creo que nos harán otro test en los próximos días.

Los cinco que dieron positivo son pacientes asintomáticos. Es una buena noticia si logran pasar el virus en esas condiciones. De todas formas, se los han llevado a un hospital. Ninguno pertenece a los grupos de riesgo, pues el mayor es un médico de 55 años en muy buenas condiciones de salud. El resto son un médico de 34 años, un enfermero de 34 años, una enfermera de 20 años y un técnico de rayos X de 22 años.

La mañana siguiente, como de costumbre, nos ubicamos alrededor del televisor para ver el parte del MINSAP o «el parte del Doctor Durán». No es obligatorio verlo, pero hasta yo, que ni ahora ni antes he visto mucha televisión, coincido con los demás a las 11 de la mañana. Estamos ansiosos. Queremos saber de nuestros colegas, aunque ha pasado muy poco tiempo y de seguro no dirán nada que no conozcamos ya. Finalmente son mencionados, o algo parecido a ser mencionados. Me molesta un poco que omitan el hecho de que son trabajadores de la salud, así que en cuanto el periodista me llama se lo cuento.

El resto de la tarde lo paso más calmado. Pienso en mis compañeros ingresados y comparto criterios con los demás mediante el grupo de WhatsApp que creamos. Después de todo, digo, es bueno que den algunos datos sobre los nuevos casos positivos que se van dando porque humaniza en cierta forma la información. Yo trabajo en un hospital, yo sé cómo es el proceso en que un expediente se convierte en estadística. Es muy triste ser solamente un número.

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He descubierto el origen de dos cosas. En realidad, de dos sonidos. Uno es desagradable y viene del baño, específicamente del tanque del inodoro cuando comienza a rellenarse de agua. El segundo es una de las maravillas de este lugar y llega a mi ventana desde algún rincón del zoológico, donde los leones rugen antes de echarse a dormir. Esta noche quisiera soñar con una pradera.

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La calidad de la comida sigue igual. El plato fuerte ha variado de pollo a pescado, a spam y a un buen picadillo. Hoy, por ejemplo, dieron también plátano y frijoles negros. El periodista me dice que hace mucho no come frijoles negros y los extraña. Nos reímos un rato y después le cuento lo que pudiera ser un dato irrelevante para él (y para ustedes), aunque para mí significa mucho: hay otro televisor en el piso. El que conocíamos hasta el momento me queda bastante cerca, de manera que en las noches, cuando algunos se iban a ver la telenovela, sentía a cubanos y brasileños por igual resolviendo sus enrevesados y ridículos problemas, todos en el espacio reducido de mi cuarto.

El periodista me pide entonces que le cuente algo mejor, como mi rutina diaria de aislamiento. Yo le contesto que quizás la noticia del otro televisor sea más entretenida que eso, pero le complazco. Me levanto, le digo, a las ocho de la mañana porque a esa hora viene la enfermera y los médicos a tomarme la presión arterial, el pulso y la temperatura. Durante una hora hago de remolón, es decir, que me quedo como atontado, mirando al vacío. Después me aseo y bajo al primer gran momento del día: el desayuno.

En el comedor comparto con el resto de mis colegas, por supuesto, no en la misma mesa. Los mejores instantes, esos en que socializamos más, son los minutos que tardamos en ir por las escaleras de nuestras habitaciones al comedor y del comedor a nuestras habitaciones. A veces nos visitamos, pero muy pocas. El grupo de WhatsApp ha resultado una eficiente medida de distanciamiento. Vemos el parte de las 11 y luego me encierro a dormir o a lavar, en un cubo y a mano, la ropa sucia del día anterior. A las 12 y algo bajamos a almorzar. Después duermo o me entretengo en internet hasta la hora de la comida, sobre las siete de la noche.

Me cuesta imaginar que esto hubiese sucedido, no sé, tres años atrás, cuando no había datos móviles en Cuba. Ahí sí nos volvíamos todos locos. Como soy de dormir en las tardes, me mantengo desvelado toda la noche, al punto de que me acuesto sobre las tres o las cuatro de la mañana. Todo ese tiempo, al menos ahora, lo paso en Internet.

Me pregunta el periodista en qué se diferencia mi rutina de aislamiento de mi vida normal y le contesto que en muy poco. No me da vergüenza decirlo. Creo ser un tipo extrovertido, pero con un estilo de vida entre ascético y monótono. Pareciera que este lugar me viene como anillo al dedo, pero no. No es igual no poder salir que no querer salir. La posibilidad del deseo lo cambia todo.

Pese a que llevamos un largo rato hablando, el periodista continúa con su entrevista. Si me vuelve a preguntar por las rutinas, le añadiré a todo lo anterior el tener que contestar a sus preguntas.

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En la noche, los aislados nos sumamos al ritual de los aplausos desde el descanso de las escaleras que da a uno de los pasillos. Todos con nasobucos. Sabemos que, excepto por el vigilante de la garita y los leones del zoológico, nadie más puede oírnos; y aun así aplaudimos y chiflamos con fuerza. Mientras aplaudo hasta el ardor pienso que no solo agradecemos a los médicos que están allá afuera, sino que, además, homenajeamos a quienes nos atienden en el centro. Jamás sentí tanto orgullo por mi profesión.

Hoy, justo a las nueve, imaginaré que alguien, en algún lugar, también aplaude por mí.

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Entre las cosas que hablamos para pasar el tiempo hay algunas más sensatas y serias que otras. Hace un rato, por ejemplo, conversamos sobre lo extraño que es el aislamiento. Pienso en el periodista, tan obstinado con saber qué pasa aquí adentro, cuando lo verdaderamente importante es lo que sucede afuera. Todo es relativo, ¿verdad?

Aunque leamos noticias a cada hora y nuestros familiares nos cuenten lo que pasa en las calles, a veces creemos que cuando terminen estos 14 días encontraremos una ciudad muy distinta a la que dejamos atrás. A lo mejor exagero, pero temo que chocará un poco ver La Habana más vacía que nunca.

Más tarde conversamos sobre qué haremos una vez termine el aislamiento. No creo que quieran escuchar la trepidante historia de mis días comunes. «Lo que más extraño es volver a trabajar», digo, y es la pura verdad.

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No nos harán un segundo test. Por si las dudas, y si alguien no despunta con repentinos síntomas, terminaremos el período de aislamiento. Mientras, hemos mantenido contacto con nuestros cinco compañeros ingresados. Nos cuentan que están bien y que saldrán de esta. Solo los más jóvenes entre ellos se sienten algo asustados, pero es natural. Yo también lo estuviera en su situación.

Hoy supimos que el país entró en la fase de transmisión autóctona limitada y que entre antier y anoche se confirmaron 61 nuevos casos para un total de 457, contando a los fallecidos y recuperados. También dijeron que entre los infectados hay 25 trabajadores de la salud y, me cuentan, uno de ellos en estado crítico. Logré contactar con un amigo que me confirmó la noticia y me dijo que el paciente tiene unos cuarenta y tantos, es decir, que es joven para la media de edad a la que, supuestamente, afecta más el virus.  Pienso en mis cinco compañeros. Espero que se estén portando bien. Lo digo con total conocimiento de causa: no hay peor paciente que un médico.

Es muy raro ser médico y paciente a la vez. No un «raro» ridículo, como un sastre que pide unos pantalones en una sastrería o un carpintero que pide una silla en una carpintería. No. Yo, por ejemplo, siempre he sufrido asma. Ataques leves, nada grave, por suerte. En esos momentos en que asumo el papel del enfermo, me es imposible no ser un poco indisciplinado, ni evaluar a quien me cura ni pensar cosas como: «mira, esto lo está haciendo bien» o «si fuera yo, utilizaría tal procedimiento». Es inevitable. Pero cuando lo miras todo desde esa perspectiva, aprendes a valorar a los pacientes, quienes acuden a ti con total desconocimiento, muchas veces inseguros. Esta experiencia ayuda a crecer profesionalmente, tanto como los libros de medicina.

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Cuando supe de las nuevas medidas anunciadas –paralización del transporte público, cierre de grandes centros comerciales, etc.– se me heló la sangre. Sé que es lo correcto, que es la única manera de frenar el ascenso de la curva de infectado, pero conozco también lo difícil que adaptarse a esto en un país como Cuba. Al final, me digo, lo importante es salvar vidas. Estoy entrenado para que eso siempre determine mis cálculos. Solo espero que salga bien, que el costo social y económico que deban pagar los cubanos sea el mínimo posible. Hoy, ahora, la sociedad entera es un paciente infectado con coronavirus que se debate entre la vida y la muerte, y el Estado un médico primerizo y nervioso que debe hacer lo que sea necesario por salvarla.

Antes creía que a lo mejor exageraba con lo de encontrar una ciudad transformada una vez regresara a sus calles, pero no. En uno pocos días, cuando salga del aislamiento, estaré viviendo en otro país.

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Al levantarme pensé que solo faltaban tres días y experimenté el optimismo como pocas veces en mi vida. Sin embargo, el ruido incesante de las ambulancias que pasan por alguna carretera cercana comienza a inquietarme. Poco a poco el hombre feliz de esta mañana vuelve, como por inercia, a su apática ansiedad. Las sirenas son vuelos de tiñosas, sonidos de mal agüero. Estoy convencido de que no deben ser pacientes de coronavirus quienes van dentro de las ambulancias. Que el virus acapare todas las noticias no significa que ya no existan accidentes, agresiones, cánceres de todos tipos, tuberculosis, infartos, gangrenas, dengue, abortos naturales, fallas renales.

Le digo al periodista que quiero volver al hospital. Todos aquí queremos volver, quizás más que nunca. Somos gente que quiere sentirse útil otra vez, aunque eso signifique cambiar la monotonía reposada de este lugar por la monotonía agotadora de los pasillos y las salas del Fajardo, que ahora se las agencia con 38 trabajadores menos.

«Faltan solo tres días», me digo antes de irme a dormir, y recupero el optimismo de la mañana.

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Hoy hemos hablado con los directivos del centro para exigir que se nos haga otra prueba. Luego de haberlo conversado durante largas horas, los aislados decidimos que era preferible saber si alguno no es un falso negativo, aunque eso signifique que nos tengamos que quedar más tiempo aquí. Si uno de nosotros regresara al hospital infectado, el precio a pagar por nuestra irresponsabilidad sería millones de veces mayor a unas semanas más sin hacer nada. Los directivos del centro, finalmente, nos dieron la razón y nos hicieron otro PCR. Solo queda esperar.

La otra gran novedad es que supe que una lagartija llevaba casi una semana muerta en mi cuarto. Sé que debí al menos barrer la habitación, pero la inactividad de este sitio, en vez de darme motivos, me provoca un letargo y una vagancia tremenda. Por suerte, la agradable señora que trapea los pasillos se brindó a limpiar mi cuarto, y fue entonces que encontró la lagartija muerta. Aquello me dio una pena terrible.

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El periodista me ha llamado en la tarde. Después de hablar unos minutos comprendí que está tan ansioso como yo porque acabe el aislamiento para poder publicar su trabajo. Cuando le conté que nos repitieron el PCR se mostró muy de acuerdo, pero pienso que teme que alguien dé positivo y esta historia continúe extendiéndose. Me preguntó, además, cómo pasaba estos días tan calurosos.

«Es insoportable», le respondí, «porque siento que me derrito. Y tenemos aires acondicionados, pero nos han prohibido encenderlos por todo eso del ahorro de combustible. Mi habitación a veces parece un horno».

Después le hablo de un rumor que me ha llegado y que espero sea tan falso como ciertos ridículos audios que la gente me comparte una y otra vez por Whatsapp. Se trata de la penosa situación de otra residencia de aislamiento. Queda en Casa Blanca, según me contaron. Se dice que allí hay solo 5 baños para más de 20 personas, que algunos hasta presentan síntomas y aún no les han hecho la prueba. Quiero pensar que es mentira y que no soy un privilegiado.

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Esta vez fuimos todos declarados negativos. Lo celebramos con gritos, chiflidos y aplausos, como una fiesta de cumpleaños. Desgraciadamente no tenemos con qué brindar y creo que no nos dejarán hacerlo ni con los vasos de yogurt del desayuno. Nos han dicho también que nos iremos mañana. Un ómnibus pasará por nosotros y nos dejará en puntos escogidos por municipio. Ya me apresuré a apretujarlo todo en la mochila. Hoy me he propuesto muy en serio irme a dormir temprano.

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Ya estoy en camino. El ómnibus nos ha recogido en las puertas del centro, luego de que dejásemos nuestras cosas sobre el suelo del patio e hiciéramos lo que más o menos solíamos hacer aquí a estas horas de la mañana.

Les aviso a mi abuela y a mi madre de mi regreso. Curiosamente, lo único que se me antoja ahora es descansar, echarme a dormir sin preocuparme de ese otro país que habito, ni de los estrictos horarios de chequeos y de comidas. Le aviso también al periodista. Él me agradece la colaboración y le envío algunas fotos. En unos días, supongo, volveré al hospital, lo cual me entusiasma a pesar de no saber aún cómo me las agenciaré para ir hasta allá. Eso también se lo digo.

La ciudad está vacía y me sorprende. El aislamiento general continúa.