Un paisaje al otro lado. Foto: M.

Un paisaje al otro lado. Foto: M.

Salté de la cama con la energía que me ha faltado estos últimos días de confinamiento. Sentí una alegría especial al asomarme al espejo del dormitorio, componerme el cabello, atusarme las patillas.

De camino a la ducha me pareció escuchar ruidos en la escalera y me asomé a la mirilla de la puerta. Miré afuera, la luz entrando desde el patio, bañando las escaleras, sus pasamanos brillantes y limpios, la promesa del fresco que corría desde lo alto.

Hoy decidí llegarme a la playa antes de ir a trabajar, dejarme ver por el paseo marítimo, gozar de la primavera todavía disimulada por el frío, pero ya soleada y llena de ese rumor que la naturaleza cobra esperando abril.

Bajé por el Paseo de Sant Joan, que tan hermoso ha quedado después de su reforma. Atravesé el mercado provisional que han levantado a la altura de Antonio María Claret, cogí el pasillo de la izquierda donde faenan las pescaderas, pero no me privé de estirar el brazo para agarrar al vuelo un par de lonchas de salchichón con las que el charcutero tienta a las señoras que vienen a comprar y ya llenaban las dos naves. Ahí caí en cuenta de que no había desayunado y apuré el paso. Tomé un café en la Granja Petitbó, en la esquina con Aragón, entre muchachas bonitas que todavía olían a almohada y seguí camino. Bajé por la calle Comerç, porque no me gusta atravesar el Parque de la Ciudadela, un lugar de Barcelona que nunca he podido hacer mío. Y fue una suerte que lo hiciera, porque me tropecé a Lili que venía con Fanta, vivaces las dos y bonitas. El placer de besar a las amigas, ¡qué inmenso placer!

Crucé Marqués de la Argentera, llegué a la Barceloneta. El ir y venir de la gente, los yates cabeceando en los amarres, la cola delante de Baluard, el olor del mar corriendo ya calle arriba en medio de ese ambiente decadente, obrero y transnacional que cada vez me gusta menos. Por suerte, el frío de la mañana y las juergas de anoche guardaban a los bañistas en las camas, así que me descalcé y caminé por la arena dejando que el agua fría me salpicara los pies y los bajos del pantalón, mientras las gaviotas se disputaban los restos de pescado que habían arrojado al muelle.

Pero hoy es jueves y tenía que trabajar. Subí otra vez al Borne, me tropecé con Ginés que salía de comprar quesos chez Vila. Hace días no nos veíamos, enredados en mil afanes, y nos dimos un largo abrazo. Crucé Vía Laietana, tomé la calle Ferran, hice mi reverencia muda al Call, el viejo barrio judío, que dejé por la derecha, y salí a las Ramblas. Subí hasta el mercado de La Boquería, tomé un segundo café en los portalones que lo bordean, entretenida la vista con el paisaje abigarrado y entré a la Biblioteca de Cataluña a las 11 en punto de la mañana. Volvía a tocarle horario de mañana a la bibliotecaria de las tetas bonitas, que ya es tener suerte. Mirar al libro, mirarla a ella; a ella, al libro. En eso eché la mañana, tomando notas y medidas.

Bajé a las dos y comí en el Muy buenas en la calle del Carme: mandonguilles amb sípia y un par de copas de un Montsant. El amigo Enric y Montse, su bella mujer, han creado un sitio de veras magnífico en ese local modernista. Subí hasta el Macba antes de volver a la biblioteca. Valentín e Iván bajaban la rampa de acceso en ese momento. Más abrazos y Valentín riñéndome porque me saltara la inauguración de Daniel el viernes pasado. Mea culpa.

Cuando volvía a los libros, un morito asaltó a un japonés junto al hotel Camper, donde Archie nos sirve esos tragos estupendos cuando vamos al billar. Me dio algo de pena el japo, la verdad, con su rabia digital de la prefectura de Tottori impotente ante el empuje del rapaz de Al-Diwan. Una International Geographic nos debería dar cuenta de toda esa etología dinámica que vive en El Raval. Le señalé al Dos palillos cuando pasé a su lado, porque cenar en ese que es uno de los mejores restaurantes de Barcelona y Europa, en su barra de apenas veintidós comensales, borra todas las penas, alga a alga.

Salí de la biblioteca a las siete y media, agotado ya y vencido el turno de la de las tetas, y como que teníamos la cena a las nueve, me asomé al Cañete y me tomé unos vinos. Vi a Marc al fondo, siempre bien acompañado por esas mujeres del sur que lo adoran.

Entré al Bar Thonet a las nueve en punto para ahorrarme que Arcadi se mofara de mi impuntualidad, una falacia. Juan y Marta llegaron enseguida y lo mismo M., que salía de la oficina. Teresa y Josep vinieron también, locos por acabar las obras en la casa y estar más cerca. Pepe, recién llegado de Madrid con su flamante novia, no faltó tampoco.

Albert nos sirvió esos callos que solo él hace y unas croquetas que deberían ser declaradas Patrimonio de la Humanidad. ¡Material, naturalmente! ¡Materialísimo! Bebimos caldos tremendos, blancos y tintos, y hablamos de las cosas de las que hablamos, las que el ruido del tiempo nos pone en la mente y la boca. Horas más tarde, cuando ya solo quedábamos allí nosotros y el personal esperaba, amable pero impaciente, para marchar a casa, Arcadi gritó: ¡Champán! Y dimos cuenta de esa última botella con las también últimas risas de la noche.

Nos abrazamos en la puerta, de camino a los taxis, y al entrar en el mío, justo en el instante en que dije la dirección al taxista y pronuncié las palabras de mi cárcel, me aparté de la mirilla y de la puerta, y me metí en la ducha, abrí el grifo y dejé correr el agua.

Después tomé un café, me senté a la mesa con el manuscrito de Vasili Grossman y hasta ahora.

Hasta ahora.