Escritorio de Jorge Ferrer Foto: M.

Escritorio de Jorge Ferrer / Foto: M.

Acabamos de cerrar la puerta de casa para el encierro. M. trabajará desde casa. Tan solo saldremos para bajar al buen Bruno, criatura, sus necesidades. Curiosamente, nos encerramos el mismo día que sentí por primera vez algo extraño, desconocido y muy perturbador por M.

Hoy se anunció el estado de alarma que entra en vigor mañana en España, lo que queda de ella. Y ahora que envío estas líneas está en todas las portadas que el niño Trump ha declarado emergencia nacional en los EEUU.

Giorgio Agamben escribió hace unos días una columna en Quodlibet que dio mucho que hablar: «La invención de una epidemia». El autor de Homo sacer y Estado de excepción sostenía que la emergencia por el coronavirus era frenética e innecesaria. Que el gobierno italiano infundía el pánico, avisaba. Agamben veía en los periódicos y las calles la plasmación de buena parte de su notable obra postfoucaultiana: una sociedad punitiva y de control devora nuestras libertades mediante la amenaza constante del estado de excepción. Dos semanas más tarde, cientos de muertos y miles de infectados después, Agamben ha comprobado que sus libros, teorías y artículos de la mañana funcionan mucho mejor cuando sólo se ocupan de la metáfora, la alegoría, la hipérbole y demás figuras de la retórica. De hecho, en ese ámbito discursivo son tan perfectas como las manzanas perfectas. Pero basta que irrumpa una epidemia de verdad, basta que Venecia sea de pronto la de aquel von Aschenbach asediando al joven Tadzio con su mirada lasciva y su sed de belleza para que la teoría se desplome y el ufano teórico se convierta en hazmerreír de quienes burlan disimulados tras las mascarillas. No las máscaras precisamente venecianas, sino esas mascarillas quirúrgicas que antes eran patrimonio de los turistas orientales mi-mi-mí y ahora lleva cualquier gorda de extrarradio como unas bragas de más.

A mí me pareció excesiva la mofa de Agamben, debo decir, pero juzgué conveniente el rapapolvo que la realidad propinó a la construcción intelectual. ¿No es precisamente Agamben quien preconiza la nuda vida que es a la vez endeble e insacrificable como lo es casi siempre la verdad puesta en manos de la gente?

Hoy con el clamor por la servidumbre voluntaria que brotaba de la radio y se desparramaba por las pantallitas salté de la cama con aquel artículo y el dulce escarnio a su autor en mente. El pueblo todo clamaba en España por la puesta en vigor del estado de excepción. Con ello al presidente Sánchez, esa menudencia de hombre, le pedían a gritos que nos protegiera de nosotros mismos. El pueblo es un artefacto curioso, cuando lo espolean el miedo, el odio, la esperanza. Y ese mismo pueblo le dio la razón al filósofo romano con magnífica pirueta: no es que la epidemia, pandemia ya, sea una excusa de los poderes para someter y vigilar: ¡es la excusa que pone el propio pueblo para ser voluntariamente vigilado, encerrado, sometido y, a la postre, salvado! Agamben:1 – Los graciosos: 0. Convendría anotar este episodio para el capítulo de toda sobremesa futura, si sobrevivimos, que aborde la cuestión de la utilidad de la filosofía.

También me tocó hoy hacer algunas compras, ocuparme de que me llegaran materiales que necesitaré para trabajar en el encierro y llamar a la señora que viene los viernes a ayudar en casa. M. había accedido a mi firme propuesta de pedirle que no viniera a limpiar hoy. Siempre generosa, me sugirió que le dijera que le pagaríamos igual aunque no venga algunas semanas. Pero yo no lo veo así, de modo que me limité a explicar a C. que preferimos permanecer aislados y que ya le avisaré cuándo reanudamos su trabajo. Lo entendió, probablemente con los ojos fijos en la tele. Nos instamos mutuamente a cuidarnos, a permanecer a salvo. Es, tal vez, la primera conversación que mantengo con alguien a resultas de la pandemia para romper una relación, aunque parezca que es solo para suspenderla un tiempo. Un tiempo que no sabemos cuánto durará. Y cuando corto la comunicación siento un ligero abatimiento, porque he roto algo, la pandemia ha roto algo usándome como herramienta.

A media tarde acudió un mensajero enviado por la editorial a traerme más papeles de Grossman. ¡Toda una caja! Me avisó desde la calle y bajé. El tipo me esperaba de pie junto a la motocicleta de reparto comiendo un bocadillo como si fuera verano en Marbella y pasaran las rubias y las morenas. Me dio a firmar un recibo y me alargó un bolígrafo. Firmé. El bolígrafo estaba como grasiento. Cogí la caja con las carpetas y subí a casa los doce tramos de escaleras para evitar el ascensor. Recordé, sofocándome, que el coronavirus está recubierto por una película de grasa. El bolígrafo grasiento me horrorizó. Me froté las manos con jabón como si borrara la sangre de un hombre que acabara de matar. Después volví a la mesa donde tengo desde hace días un bote de gel para esterilizar las manos. Lo utilizo precisamente cuando vuelvo de la calle. Ahora, de repente, vi que faltaba. Sólo se lo podía haber llevado M., pensé, porque C. no había venido a limpiar. Llamé a M. y le pregunté por mi gel. «Te lo cogí esta mañana», dijo como si tal cosa. Y por un instante, solo un instante, sentí rabia y sentí odio y miedo. Asustado de mi propio sentimiento, le dije estirando las sílabas: «No vuelvas a coger nada de lo que he comprado para sobrevivir, por favor». Y nos echamos a reír, aunque los dos sabíamos que mi risa no era de esas risas de reír. No volverá a hacerlo, estoy seguro de ello. Al menos durante los primeros días de encierro.

Compartieron en un hilo de Whatsapp el video de unos macacos en Tailandia que recorren famélicos las calles donde antes los alimentaban los turistas que ahora permanecen encerrados o han enfermado o muerto. Un gran espectáculo apocalíptico el de los dos bandos de monos disputándose lo poco que pueden llevarse a la boca. En el video, uno de los monos se me antojó particularmente desesperado. Pensé que alguna M. le había robado su gel hidroalcohólico. Alguna mona con ganas de antiséptico. Y apreté el stop. Preferí no saber todavía qué le hizo el mono a la ladrona. Apenas comienza el encierro y no va uno, como el aprovechado de un videojuego, a cargar con todas las armas desde la primera pantalla.

Hoy aterrizó en Roma un avión de China Eastern Airlines cargado de ayuda a los europeos. Treinta y una toneladas de ayuda del gobierno de la China popular a una Europa en estado de excepción. Si alguien tenía alguna duda de que estos días comienza un nuevo mundo, ya la habrá visto disipada.