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A primera hora de la tarde se filtró el borrador del Decreto Ley y vi enseguida que iba contra Bruno. El borrador contemplaba ocho circunstancias por las que los confinados podremos salir a la calle. De la a) a la h). Ninguna de ellas parecía admitir que yo saliera de casa a pasear con Bruno, salvo acaso una interpretación con maneras de flan del inciso «g»: «Por causa de fuerza mayor o situación de necesidad».

Fue mi primera crisis en el encierro. Tan pronto, tan pronto. El estado de alarma que el Gobierno proponía, impelido ayer por un pueblo aterrorizado, sería, de facto, un estado de excepción en lo que a mi relación con Bruno respecta. A ver, yo no me puedo encerrar en casa con Bruno, noble anciano de la Casa de los Frenchies. Bruno me obliga a salir, a exponerme, me arrastra al peligro, sí. Pero sé que he de correr ese riesgo por la década que llevamos viviendo juntos. Y es verdad que tengo una manera de evitarlo. Puedo decirle a Bruno que no salimos más y que mee y cague en casa. Hacerlo que convierta esto en un estercolero. Que nos rebajemos juntos. Asumir la degradación del secuestro, el confinamiento, la reclusión, como el preso que se deja ir. Hundirnos juntos en la mierda del mundo, cuya peste hemos sorteado con mediano éxito todos estos años. Pero no haremos eso, porque quiero conservar mi dignidad.

Al menos por ahora. Porque sé bien que la cuestión con las pandemias, con la muerte que te ponen en los talones o la puerta de casa, es que no sabemos para cuánto nos alcanzará la dignidad, cuánto podremos tirar de ella. Tal vez por eso, los cercados, asediados o confinados en algún momento comienzan a racionar la dignidad como racionan el pan.

A última hora de la noche, devoradas ya mis uñas, el presidente ha aclarado que sí podremos sacar a los perros bajo el estado de alarma. De hecho, fíjate tú qué cosas, ahora en este país solo se podrá pasear impunemente entre el coronavirus si uno lo hace acompañado de un perro. Veo una oportunidad ahí: ¡alquilar a Bruno! Mañana preparo la operativa.

Hoy, primer día de encierro total (deyecciones de Bruno aparte), cocinamos un potaje estupendo, que acompañamos con arroz blanco. Como tanto M. como yo conocimos el hambre feroz del castrismo hasta que nos largamos felizmente de su abrazo, el racionamiento comenzó desde el principio y no nos permitimos ningún exceso con lo que echamos a la olla. Todo, el ajo y el chorizo, el orégano y el medio peu de porc, fue tasado en su medida justa e, incluso, en proporciones ajustadas a la baja. Calculo que tenemos comida para tres semanas, pero hay que cuidarse y toda imprudencia podría hacernos mucho daño después.

El resto del día leímos, intentamos ver la insoportable película coreana titulada Virus que hoy ve media España en Netflix y la abandonamos al cuarto de hora, hablamos de ustedes, es decir de los lectores de estas crónicas, nos divertimos tomando la fotografía que ilustra estas líneas. Es curioso, me decía, que si por lo general las crónicas de confinamientos de este tipo se escribían para lectores futuros o que no padecían el asedio, aquí escribo para personas a las que, como a ustedes, los va alcanzando también la pandemia, si no la padecen ya. No debo perder esa perspectiva, porque la compartimos.

Más tarde hablé con amigos, un fármaco que refuerza la psiquis del confinado. Conversé con C., quien huyó ayer a Cuba en el último avión, prácticamente. Con Ca. y A. en Nueva York a quienes reñí por ignorar la cada vez más amenazante presencia de la infección. Desde Moscú, me avisaron del próximo estreno para la prensa de la serie de televisión basada en la espléndida novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina que traduje para Acantilado. También me entero de que pronto podré ver el documental Funeral de Estado, de Serguéi Loznitsa, que llevo meses cazando. El ucraniano Loznitsa ha dirigido unas cuantas cosas estupendas, más en el documental que en la ficción (En la niebla es potente, pero Donbass, la última, es malita), y esta vez repetirá lo que antes hizo con El suceso, un documental enorme hecho con metraje de archivo del día de la tentativa de golpe contra Gorbachov, donde todo es archivo, hecho y verdad. Sin más afán de truco que el montaje, esa media verdad o verdad construida a medias. En este Funeral de Estado Loznitsa se ocupa de los funerales de Iosif Stalin. Revisó miles de horas de la hora última del estalinismo y las montó sin voz en off, sin mediación alguna. El pueblo enterrando a su líder, llorando a su déspota sanguinario. ¡Ah, si ya te digo que el pueblo…! Pues bien, llevo meses esperando poder verlo, sabiéndolo en el periplo por festivales que es propio de estos menesteres, y cuando me avisó una amiga esta noche que lo estrenarán en el canal ARTE, programo enseguida la alarma en el teléfono: 7 de abril, 22:00 hrs. Fijada la alarma en la memoria de la pulcra Siri. Concertada la cita con Loznitsa. Pero al hacerlo no consigo evitar que me tiemble la mano, que se me turbe el gesto: ¿estaré vivo ese día? ¿Sobreviviré a la pandemia?

Me preocupan las reservas de vino. He ahí otro fármaco al que no atendí lo suficiente antes del encierro. ¡Por estar entretenido soñando con montes de orégano!