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Hoy el confinamiento transcurre en domingo, aunque las jornadas resultan indistinguibles en las semanas de la peste. Dijo Ramón Gómez de la Serna que los domingos envejecemos más deprisa. Será por eso, por la frase sola o porque enuncie una verdad, que hoy pensamos en los viejos. También puede ser porque daban misa en la radio que me despertó a las nueve en punto. El caso es que el número de ancianos en mi edificio es alto y hoy con otra vecina, la dueña del bar de abajo cerrado ahora por decreto, nos preguntamos si alguno de los que viven solos necesitaría algo. Con esa preocupación llamamos a la puerta de M., que es, de entre todas las vecinas ancianas, la que más me recuerda a mamá. Por su elegancia, sus maneras suaves, el cabello como esculpido, la calidez no exenta de firmeza de su trato, el porte erguido. M. nos dijo que por ahora tiene de todo, pero insinuó que la leche se le terminará pronto. Unos instantes después volví a llamar a su puerta con dos litros. «Desnatada y sin lactosa», me disculpé. Y ella hizo un gesto con la mano que indicaba que esos deméritos de la leche que alguna vez vivió feliz en las ubres de una vaca ahora carecen de importancia. ¿Recuerdas que ayer hablábamos de la dignidad, de lo que le dura un digno a una pandemia? Para sobrevivirlas también importan la elegancia, la sofisticación, eso que mamá habría llamado «la distinción» o, más elaboradamente, «la finura». Pensé en esto viendo a mi vecina recibir la dádiva: el mentón elevado al ángulo exacto que pide la dignidad antes de embarrarse en la arrogancia, los ojos entornados en la medida justa para agradecer sin mostrar debilidad, la puerta cerrada con la fuerza justa para equilibrar el contento y la frialdad del mero trámite. ¡Ah, la elegancia es un arte que salva vidas!

María Stepanova, la fantástica poeta y ensayista rusa que leerás muy pronto en Acantilado, sobre todo si yo sobrevivo, nos había llevado ayer en Facebook a la lectura de las cartas que Aleksandr Pushkin escribió a su prometida desde la cuarentena a la que lo obligó la epidemia de cólera que asoló Europa a partir de 1830. La misma que se llevó al adusto Hegel a discutir la fenomenología del espíritu con los arcángeles. Hay un fragmento de una de esas cartas que viene muy a cuento de este trasiego con la elegancia y su relación con la pandemia. Te lo traduzco de corrido:

«Todo rastro de hombría me ha abandonado ya. De veras no sé qué hacer. Lo que está claro es que este año (¡maldito sea!) no nos podremos casar. Pero dígame una cosa, ¿verdad que ya ha dejado Moscú? Sería imperdonable que usted se expusiera voluntariamente a los peligros del cólera. Sé bien que se exagera siempre al dibujar el paisaje de desolación y el número de víctimas que la epidemia deja. Una muchacha de Constantinopla me dijo una vez que del cólera solo muere la canaille. Pero por estupendo y bien que eso esté, la gente decente debe tomar medidas de precaución, porque es esa cautela la que los salva y no la elegancia ni el buen gusto de que hagan gala» (Bóldino, 11 de octubre de 1830).

Es bueno que sepas que ese período de obligada cuarentena en la hacienda familiar en Bóldino, a 600 kilómetros de Moscú, fue uno de los más productivos en la corta vida del poeta. Allí terminó de escribir el poema Eugenio Oneguin, relatos varios, piezas de teatro y entre ellas El banquete en medio de la peste, tan apropiado para revisar estos días. Curiosamente, por mucho que le cundiera a él la cuarentena, Pushkin no se mostró favorable a su establecimiento en una anotación que leemos en sus diarios fechada un año más tarde y resuena hoy como traída por un tuit con ganas de fundar trending topic. Allí, aludiendo al daño que las cuarentenas ocasionan a la economía y la hacienda de la gente humilde, escribió esto con ánimo tan burocrático como ilustrado:

“Si eliminamos las cuarentenas, el pueblo no negará la existencia de la ponzoñosa enfermedad, tomará medidas de proteсción y acudirá a médicos y funcionarios; pero con la cuarentena en vigor, la gente preferirá el mal menor al mal mayor y se dolerá más por la pérdida de sus bienes y la miseria y el hambre inminentes, antes que preocuparse por una enfermedad invisible cuyas señales se parecen más bien a las que produce la ingesta de un brebaje cualquiera”.

Por lo demás, hoy Mario Vargas Llosa firma en El País un artículo donde alude a la condición medieval del miedo a las epidemias. Es flojo, porque Mario lleva tiempo escribiendo con la misma esclerótica gracia con la que sonríe su mujer, pero la idea está bien traída y, de hecho, llevan años trayéndola ya. La idea de un Nuevo Medioevo y una nueva visión del Medioevo que lo haga a la vez más próximo y más luminoso. Vattimo, Le Goff, Eco et al. Tanto es así que el Medioevo se ha ido colando en la cultura popular más allá del cómodo asiento en los videojuegos. Ay, ¿cómo no recordar aquel momento en Pulp Fiction, cuando Marsellus, tras ser liberado por Butch, le dice a su violador “I’ma get medieval on your ass”?

Mañana será lunes, el primer lunes del confinamiento impuesto por la pandemia y tendré que ponerme muy medieval, a la manera de Marsellus, con el trabajo pendiente, como si todo fuera normal. Aunque no lo sea. Porque no lo es. Mira, no te voy a escamotear una decisión que tomé hoy y que muestra lo anormal que es todo. Vivir en la pandemia es vivir en el miedo y es también coquetear con lo extremo, sea en la bondad, como en la mezquindad. Y así, de la misma manera que acudí a la puerta de M. mientras mi vecina se ocupaba de visitar a otros dos ancianos, ignoré deliberadamente al viejo hijoputa que se mea en el ascensor y se comporta groseramente. Fue una decisión consciente tomada en el paisaje de la pandemia, que es también una estancia moral. Mi ser en la pandemia lo eligió así. Y es bueno que uno anote para el futuro, de ganarlo, que de la misma manera que la elegancia te puede salvar la vida, la ruindad te la puede costar. Ir bien peinada te la salva; mearte en el ascensor te lo pone más difícil.