¡Cuidado con el perro! / Foto: M.

¡Cuidado con el perro! / Foto: M.

El virus no distingue entre nosotros para alojarse en una célula y replicarse. Es el gran igualador, decía este fin de semana Madonna disputándole a Slavoj Zizek el patrimonio de la charlatanería pop de estos días de la peste. Al mismo tiempo, la voracidad de su expansión es brutal. Por eso comienzan a colarse los nombres de famosos y notables de diverso signo en los obituarios: el Marqués de Griñón o Maurice Berger, Lucía Bosé o Lorenzo Sanz, el presidente que le dio al Real Madrid sus Copas de Europa séptima y octava.

Los muertos con nombre propio nos afectan mucho más que los anónimos, por centenares y millares que estos últimos sumen. Funciona de manera parecida a como lo hace el «kilómetro sentimental», el mecanismo que hace que tres muertos en París nos afecten mucho más que un centenar en Bangladesh o un millar en una isla filipina. La distancia aminora la empatía, como lo hace también el anonimato, que diluye la pena y mitiga el miedo.

A medida que esos nombres de personas cuya identidad conocemos y, por lo mismo, tenemos por «reales» aumenten, crecerán también el miedo y la certeza de que la ponzoña nos puede alcanzar también a nosotros. Pensaba esta mañana que tal vez sería una buena idea silenciarlos, como silencia la prensa las noticias de suicidios. Pero en realidad convendría vocearlos más, si eso sirve para que todos entendamos que la medievalización del paisaje y la necesidad del encierro no son requerimientos de un guion que escribimos nosotros, sino de otro que nos escribió la vida. Tal vez así le llegue a ese esperpéntico presidente de México que pronto hará que recordemos a Hugo Chávez como un Churchill más desaseado.

Esta tarde cortaba unas patatas para hacer una tortilla y el silencio era tan absoluto que pensé por un instante que todos los vecinos habían muerto y que yo era la única persona con vida en todo el edificio. Pensé enseguida en M., y la idea de que dos patatas para mí solo serían un derroche imperdonable me pasó por la mente como un bólido. La llamé para asegurarme. “Estoy muerta de hambre”, me gritó desde la mesa en la que trabaja, que es la misma de comer. La tortilla quedó buenísima y la acompañamos con tomates y una burrata de las que traje de las ruinas que visité hace unos días.

Ah, por cierto, a las 00:17 de anoche conseguí por fin que Amazon Now me aceptara la orden. La traen mañana. Verduras y hortalizas varias, vino abundante, cerveza y un par de cosas más para disimular el hambre, y disimular el vino y la cerveza.

Hoy me han vuelto a enviar la foto de unos peces en Venecia. La idea de un mundo sin nosotros está generando mucho entusiasmo. Los peces en el Gran Canal, los pavorreales del Retiro caminando por Madrid, los jabalíes inundando la zona alta de Barcelona… De entre todas las ideas bobas que nos ha traído la Era de la Ñoñería, esa de que “el planeta no nos merece” es, quizás, una de las más insoportables. El mayor problema de los canales de Venecia, como sabe cualquiera, es la insolencia de los gondoleros. ¡Y las tarifas que cobran! Pero el teorema del mono infinito, que sostiene que un mono que aporree un teclado eternamente acabará en algún momento escribiendo Hamlet o el Quijote, ha hecho mucho daño para suerte de los monos y desgracia de Shakespeare, Cervantes y la civilización humana cuyos sueños anotaron. Ahora la pandemia, la extenuante globalización de la pandemia, promueve la circulación de todas esas supersticiones infantiles que nadan entre el virus como peces de colores.

A media tarde supe de la muerte de Juan Padrón, ilustrador, animador. A los niños que crecimos viendo su cine en la Cuba del castrismo nos insufló un orgullo que tenía su asiento en un pasado glorioso y distante, soslayando el presente autoritario y miserable. A muchos los hizo mejores. Fue un tipo inverosímil, improbable casi, porque fue un patriota con gracia. Y de esos no ha habido muchos.

Creo que Bruno no está llevando bien el encierro. Si los animalistas tuvieran razón, estaría sufriendo porque sabe que me obliga a salir de casa y exponerme al contagio. Es decir, acercarme a la enfermedad y la muerte. Hoy me le quedé mirando fijo un rato y evaluando opciones. Pero, claro, la más drástica de ellas, y la que más me beneficia en lo que a la peste respecta, requiere que M. no dé señales cuando yo cuento patatas.