Andy Ruiz Muñoz / Foto: Evelyn Sosa

Andy Ruiz Muñoz / Foto: Evelyn Sosa

Yo tenía el santo claro ese día. Yo me levanté con tremendas ganas de salir para la calle con Rafaela. Un día normal, era sábado. María Isabel estaba en el hospital con una tía abuela que estaba enferma, tuvo que ir a cuidarla, y yo estaba aquí con Rafaela, aburridísimos, y nos fuimos para la calle como al mediodía. Fuimos a casa de unos amigos en el Vedado que tienen unas niñas que son sus amigas y estuvimos jugando.

En la tarde, ella misma organizó una pijamada para quedarse a dormir en casa de las amiguitas y me pidió permiso. Le dije: «No sé, déjame hablar con mamá». Hablé con mamá, me dijo que estaba bien, perfecto, y cuando me estaba yendo del lugar, despidiéndome de Rafa, me llamó María Isabel: «Corre para acá, urgente, que se cayó la parte de arriba».

Vine para acá. Con la cabeza en la misma situación que la vez anterior, hace seis años, cuando pasó lo mismo. La vez anterior yo no estuve; estaba en el trabajo y venía camino a la casa. María Isabel estaba con la niña, estaban mis vecinos, y todo el mundo aquí entró en pánico, porque fue un estruendo impresionante. Se desplomó, de ahí de esa pared para allá, el cuarto que queda encima. Cayó sobre mi techo. Aquí arriba en esta barbacoa hay dos cuartos, el de la niña y el mío, y el techo de esos dos cuartos es el piso de la casa de arriba, de mi vecino Carlos, que es donde cayeron todos esos escombros. Yo me imagino que mi techo se tuvo que haber resentido, porque este edificio es una estructura muy vieja: la parte de abajo es de mil ochocientos noventa y algo, y la parte de arriba la construyeron en el veinte.

Esta vez no hubo tanto estruendo, lo hubo, pero no tanto, porque la casa de arriba estaba apuntalada, como esto que ves aquí…, pero por los laterales. Lo que se cayó fue un pedazo de arquitrabe grande, la cubierta quedó sostenida por unas vigas de madera, que aguantaron bastante, y una pared quedó abierta, rajada completa. Era una sábana la pared; estaba así como en el aire. Yo llegué, subí, vi el daño… Ya Carlos había llamado por teléfono al puesto de mando del CAM [Consejo de la Administración Municipal] para reportar el derrumbe y le habían dicho que esperara. Yo volví a llamar. La sensación en ese momento es de desprotección, y uno le pide ayuda en estos casos al gobierno, porque no hay una empresa privada de construcciones a la que tú llamas, viene, te apuntala la pared y le pagas un dinero. Eso no existe. Entonces lo único que puedes hacer es usar los mecanismos que ellos crearon.

Casa apuntalada / Foto: Evelyn Sosa

Casa apuntalada / Foto: Evelyn Sosa

Mi primera llamada telefónica fue a ese mismo número al que había llamado Carlos, y la persona que sale me dijo: «Sí, ya llamaron, ya». Y yo le expliqué: «Bueno, pero no ha llegado el arquitecto, no ha llegado nadie, y hace falta que lleguen rápido porque esto se va a caer en algún momento y hace falta, no sé, no sé…» Yo estaba muy nervioso. «Señora, es que usted no entiende que hay una pared y un techo gigante que se van a caer, y hay vecinos, hay niños, hay señores mayores. Esto es peligroso, no sabemos cuándo se puede desprender». Y esa persona me dijo: «Tienes que correrte pal lado, lo que tienes que hacer, mi vida, es correrte pal lado y esperar a que llegue el arquitecto». Cuando esa mujer me dijo eso, así en alta voz, tengo como cinco testigos, que son los vecinos, estábamos todos, yo me fundí. Colgué y, a partir de ahí, grabé todas mis conversaciones.

Después de la llamada telefónica esa de córrete pal lado, y otras dos o tres llamadas que hice a números de teléfonos que me fueron dando, como a las 9:15 de la noche vino el arquitecto de la comunidad. Un flaco…  No sé cómo se llama. Viejo ya. Vino borracho, es lo primero, estaba borracho. Cuando subió allá arriba y evaluó el daño dijo: «No, no, no… Hay que irse de aquí, esto está en candela. Corriendo, corriendo, vámonos de aquí. Salgan por otro lado, no pueden bajar por la escalera, eso está muy peligroso». Y le dije: «Bueno, y qué viene ahora», y él me dijo: «Yo hago un acta, una orden, y la mando para el puesto de mando de Demoliciones, le pongo urgente, porque lo es, y ellos vienen ahora mismo en la noche a evaluar… Porque ahora mismo no podrán hacer mucho, todo el mundo tendrá que salir de aquí, y, nada, a demoler eso…» Me dijo que iba a ir a su casa a hacer el expediente para entregarlo en Demoliciones, que eso le tomaba veinte minutos, y dije: «Ok, son las 9:15, en media hora yo voy a llamar por teléfono a Demoliciones para saber si ya tienen la orden».

A las diez menos cuarto llamé al puesto de mando de Demoliciones de Secons, la empresa que está aquí en Zanja. Desperté a un tipo que estaba durmiendo, el pobre, que me dijo: «No, hijo, no, aquí no ha venido ningún arquitecto. Olvídate de eso, esa gente no va a venir aquí hoy». También tengo grabada esa llamada. Partí para allá, con fotos, a echarle el plomo de que si hay un muerto lo pagas tú. Por suerte estoy muy cerca, porque es la única empresa de demoliciones en toda la ciudad. Si yo viviera en Guanabacoa, me cogía el león. Me puse, ya tú sabes… Le dije al tipo: «Si hay un muerto, lo vas a cargar tú. Despierta a quien tengas que despertar». Bueno, vino el carro de guardia de Secons, a la hora que pudo venir. Ya eran casi las doce. El especialista dijo que no había nada que hacer en ese momento, que nos alejáramos todo lo que pudiéramos y que por la mañana volvían. Yo no pude entrar ni estar cerca; estaba muy nervioso. Salí a caminar y me encontré un amigo en Neptuno. Me metí la madrugada así, caminando, porque no me podía acostar a dormir.

Andy Ruiz Muñoz / Foto: Evelyn Sosa

Andy Ruiz Muñoz / Foto: Evelyn Sosa

***

Por la mañana, a las seis y pico, amanecí allí para cerciorarme. Vi al mismo tipo que había venido por la noche, llegando… Me empecé a hacer socio del tipo para que comprendiera la urgencia. Mandaron a una brigada con madera. Un camión de madera, porque me puse… No sé si les caí bien, pero madera no había. Lo que sé es que madera no había. Empezaron a apuntalar; hicieron un burro de madera para sostener la pared que estaba abierta. Esos tipos no tenían guantes, no tenían cascos, no tenían botas, no tenían martillo. El martillo tenía una oreja partida, yo tuve que darles un martillo. Tenían puntillas, por suerte. Para ser una empresa profesional de demoliciones era una cosa totalmente improvisada. El burro lo pusieron rapidísimo, aunque esa gente tira el majá. El majá es un sistema de trabajo que consiste en hacerlo lento, y si tú das diez cañas, lo hacen rápido, y eso fue lo que yo hice. Cogí al jefe de brigada y le dije: «Coge cincuenta cañas, diez para cada uno. Pónganse las pilas». Los tipos hicieron tututututututu… A las dos y pico o tres de la tarde habían terminado de hacer el burro para sostener la pared y que no se cayera, o para que si se desplomaba, no fuera completa para abajo. Pero ellos no eran la brigada que demolía sino la que apuntalaba.

pared del edificio en mal estado

Pared del edificio en mal estado / Foto: Evelyn Sosa

Al otro día, a las siete de la mañana, tuve que salir igual para buscar a la otra brigada. Hacerme socio de los otros tipos, darles muela, enseñarles las fotos, traerlos para acá, darles diez cañas a cada uno —ya voy por cien—, porque también metieron el majá, pero cuando estaban empezando a demoler (demolieron el techo primero y tiraron los escombros para la calle, porque no tenían camión para echarlos, porque no había gasolina, por todo el drama que conocemos) pasó la policía por allá afuera y paró la demolición. Yo estaba aquí sentado haciéndome un café y Carlos, el vecino de arriba, me dijo: «Oye, la policía paró la demolición». Cuando salí para allá afuera ya no había policías y los demoledores se estaban yendo. Fui para la empresa a hablar con el director de Secons y le dije: «Ahora qué hago. Los escombros arriba de mi casa, sufriendo mi techo, y parada la obra a las tres de la tarde de nuevo, otro día más, por una cosa estúpida. Es verdad que a lo mejor no se pueden tirar escombros para la calle, pero esa es una cosa que tienen que solucionar ustedes, no yo. No puedo más, ustedes me van a volver loco».

Vinieron con el camión al otro día por la mañana: los mismos muchachos a los que ya yo les había pagado los cincuenta pesos. Trajeron una palita, recogieron los escombros que ya estaban en la calle y empezaron a demoler la pared. Pero en la demolición de la pared fue cuando me di cuenta del peligro real, porque cuando empezaron a tumbar con el martillo, a quitar ladrillo por ladrillo, se empezaron a caer pedazos del edificio de aquí atrás, el de San Miguel, porque ese está de verdad en candela y es más grande que este. Bueno, los demoledores pararon y se sentaron en la escalera una hora a pensar en cómo seguir. A esa hora, a buscar un andamio. Terminaron demoliendo con una escalera de madera. Yo decía: «Ay, Dios mío, si se cae una piedra y le da a la escalera, el tipo se va para bajo». Yo me pasé toda la demolición sufriendo, porque alguien podía morir. Era demasiado loco todo lo que estaba pasando, las condiciones en las que estaban haciendo eso. Al final no pasó, los tipos son monstruos. Son temerarios. Logran hacer eso con una sangre fría tan fuerte… Una vez demolida la pared esto fue un desastre. Todavía hay polvo. Yo no sé cuántas veces he barrido. Y habrá polvo por el resto de los siglos. Ahí empezó el vacío, de verdad.

Tengo que volver a atrás: el primer día que se estaba demoliendo, yo me alumbré y le dije a mi papá que estaba aquí, y a un socio, que fueran a la [Dirección Municipal de la] Vivienda y trajeran a alguien porque la brigada de demolición iba a demoler lo que creyera. Pues fueron y lograron que viniera Martica. Martica, de la Vivienda. Yo no sé qué cosa es Martica, pero algo es. Jefa de algo, de un departamento. Martica vino y explicó en voz alta, allá arriba, cómo era el proceso. Estábamos todos los vecinos allá arriba. Nos dijo que debíamos ver a Cepeda, ese nombre no se me olvida, que era como el jefe de los arquitectos de Vivienda. En medio de eso salió una vecina por aquí al lado diciendo: «¡Carlos…! ¡Si te tumban la casa… pinga!» Una mujer que yo no he visto nunca en mi vida, pero que es amiga de Carlos y se metió en el potaje porque le dio la gana, pero en plan solar. Yo hice como que no la escuché. Carlos mismo le dijo: «¡Oye, ya!» Se tornó muy desagradable ese momento. Martica se piró a la velocidad de la luz, porque además aquello estaba en candela allá arriba… para caerse.

Edificio en mal estado / Foto: Evelyn Sosa

Edificio en mal estado / Foto: Evelyn Sosa

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Cuando pasa todo esto yo voy al edificio de San Miguel, a ver a mi vecina Marlén, que era mi aliada en el tema del edificio. Ella era la que llevaba eso por el lado de allá. Y me encuentro con su hermana y su hija, que me dicen que Marlen se murió de una aneurisma hace tres meses. Me enteré ese día. Me fundí mucho y me senté allá adelante, en la puerta, arriba de los sacos de arena que tengo ahí, a escribir un post en Facebook. Me sentía… en la desolación total. Y escribiendo eso llegó el delegado. Tocó la puerta. Un muchacho joven. Ya yo había ido varias veces a su casa a buscarlo, porque sé que el proceso tiene que partir de ahí, desde la cosa de la Circunscripción, pero no había dado con él. Le había dejado un papel con los vecinos: Urgente, tal dirección, por favor. Y el muchacho vino. Le dije: «Brother, eres la primera persona que va a leer esto que estoy escribiendo. Voy a tomar tu visita como una señal y voy a darle otra oportunidad al sistema a través de ti. Léelo». Lo leyó y me dijo: «Compadre, yo te voy a apoyar, porque yo tengo la misma situación que tú, mi casa se está cayendo». El tipo llamó por teléfono a la secretaria del CAM y logró una entrevista a las nueve de la mañana del otro día con el vicepresidente de Construcción en el municipio.

Al otro día, yo me puse mi camisa de hilo blanca, super bonita, y fui para allá. Fui con los vecinos, por supuesto, con Carlos y Vivian. Estaba reunida toda la plana mayor del CAM. No nos podían atender. Me dijeron: «A la una, a la una el vice te va a atender». Me fui, vine hasta acá, y volví a la una. Y a la una estuve una hora y pico esperando. Esperé hasta que bajó el delegado y me dijo que estaban con un problema y no nos podían atender. Y yo le dije: «Compadre, yo te hablé muy claro a ti, yo te dije que para mí había dos opciones: o esta reunión se daba, alguien me escuchaba, y se tomaban soluciones, al menos arrancaba el proceso, pero de una manera expedita porque hay peligro para la vida, o yo iba a hacer lo que pudiera hacer y me iba a saltar todo esto». Yo sentí que él con la mirada me dijo: «No te demores y mándate, porque aquí no vas a resolver ni pinga, no te van a atender, como tú hay gente que está peor».

A las dos de la tarde del 15 de enero publiqué el post en Facebook diciendo que no quería hablar con más nadie que con el presidente Díaz-Canel, porque entre esa persona y yo no funciona nada. El sistema completo es ineficiente, burócrata y corrupto. De las tres cosas tengo pruebas y no voy a dudar en usarlas a medida de que la cosa siga poniéndose más fula. Yo nunca me había radicalizado con nada en mi vida hasta este momento con el tema de mi casa. Esto se volvió mi guerra. Yo no voy a llevar un papel más a ningún lugar. No puedo perder más ese tiempo, de verdad, porque me sigo desgastando yo. Ya no es el impacto sobre mi casa, es el impacto sobre mi vida. Caballeros, es que ya no hay que llevar un papel más a ningún lugar. ¡Ya!

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Andy Ruiz Muñoz / Foto: Evelyn Sosa

Andy Ruiz Muñoz / Foto: Evelyn Sosa

Después del artículo que publicó Periodismo de Barrio el 22 de enero, a la hora de publicado, estaba Martica de la Vivienda tocándome la puerta. Te lo juro por mi hija. Yo estaba compartiendo el artículo y, cuando abro, es Martica. Cierro Facebook, abro la grabadora de voz, pongo a grabar… «Ah, ¿viniste a ver, no? Doce días después de la demolición». Doce días después vino Martica, una hora después del artículo de Periodismo de Barrio. Yo con Martica tengo 28 minutos de un documento impresionante, mi conversación fue muy buena. Martica me dijo: «¿Tú fuiste el que escribiste el artículo?» Y le dije: «No no no no… Estás confundida, yo escribí un post en mi muro de Facebook, es personal, eso es incuestionable. El artículo es una consecuencia de eso, porque mis amigos no son delincuentes, ni van a tirar un cubo de mierda para la calle, ni van a sacar los sofás, como hace la gente aquí abajo en La Habana Vieja, y los atienden… Yo no voy a hacer eso. Lo que sí puedo hacer es un artículo. Y una película. Y un reportaje. Eso sí va a ser. Hasta el infinito y más allá, porque yo me dedico a esto. Ese es mi negocio».

Ahora mismo no tengo más nada que hacer, perdí todos mis trabajos de enero, todos, porque esto se convirtió en mi causa, y así va a ser. Hasta que yo logre mi objetivo, que es salvar mi casa. Yo no quiero que el Estado me dé nada, yo no estoy pidiendo nada —así mismo se lo dije a Martica y lo tengo grabado. Yo no estoy pidiendo un saco de cemento. Yo no estoy pidiendo un subsidio. Yo estoy pidiendo al Estado que haga su trabajo, para el cual me cobra a mí impuestos, porque me quita mucho, bastante, del dinero que yo genero, y que acabe de hacer el puto dictamen y el puto expediente de reubicación de ese hombre para que le dé un local.

Yo tengo un arquitecto, el papá de un amigo mío, que vino, que me podía haber hecho el dictamen; lo que pasa es que eso no es válido. Él trabajó en la Oficina del Historiador de la Ciudad, ya no está vinculado, pero me explicó, parado allá arriba, que aquí hay que hacer una obra en plan hotel, como la fachada del hotel [Iberostar Grand] Packard, que tuvieron sostenida ahí durante 200 años, y un día lo hicieron un hotel, así mismo. Ese es el tipo de pincha que hay que hacer aquí. Brutal. Es mucho dinero, una inversión que ellos no van a… Porque el problema es más grande, no es solo mi casa, es un edificio que colinda, que es el que pone la cosa caliente; porque ya no es una persona a reubicar, son más las que están en peligro. Ellos prefieren que se derrumbe, que mate a dos personas; hacer una nota, un tuit de Díaz Canel, lo lamentamos, chao. Bájale el perfil, métele la Seguridad del Estado para que no esa talla y ya… después hacemos algo: un parqueo o un parque Wifi, ahí en el medio de Centro Habana. Eso es lo que piensan. Ellos están dejando esto al tiempo.

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El otro día me tropecé con un socio mío productor que tuvo un «detalle» por el cual logré calcular cómo mucha gente que conozco, y con la que trabajo, ve mi situación y mi proyección. Me lo encontré en una fiesta, porque todos los días por la noche tengo que salir de aquí, y me voy para cualquier lado, porque acá adentro no puedo estar. Sin mi hija y sin mi mujer este lugar es un campo de fútbol. Salgo y me aparezco en cualquier lugar y además hago lobby, porque lo necesito, necesito contar face to face la historia. Y me veo con este socio que me dice: «A ver, mijito, qué pasó». Cuando me dijo eso me puse muy fula: «Cómo que a ver mijito qué pasó, tú me estás faltando el respeto, brother, por qué tú me estás diciendo esto, así de esta manera. ¿Tú crees que yo estoy dando un petate de niño? No comas esa mierda. A ti nunca se te ha caído un pedazo de casa arriba. Tú no sabes lo que tú estás diciendo. No juegues con eso. Estás hablando de mi casa, mi familia, mi vida». Tuve rápido la comprensión de cómo se ha manejado mi historia en esa esfera, en un circuito de personas poderosas y de influencias.

Y una semana después, el 27 de enero, se murieron tres niñas en un derrumbe. Tú no te imaginas cómo yo me puse con eso, porque tú viste a mi hija, tiene casi la edad de esas niñas. Yo no he podido ir allá abajo. No puedo. Esas niñas son la bandera, se convirtieron en mártires de una causa que todavía no está cantada, pero que es probablemente la causa política más fuerte que tiene este pueblo. Si las personas comprendieran eso, de verdad, y se pusieran en la piel de esas madres, de esas familias, y de esas niñas que ya están muertas, asere, aquí tiene que haber otra revolución. Ahora mismo, no dentro de una semana. Hoy.

Yo acabo de sentir que tengo que irme de Cuba. De hecho, te lo voy a confesar: estoy preparando para irme, en algún momento me voy. No puedo más. Y me he pasado la puta vida luchando contra mí mismo para no irme. Porque no me quiero ir. Y me he sentido tan desamparado y tan alejado así como… de una solución, que la única que me va quedando, temporalmente, es alejarme de esto. No puedo estar aquí. No puedo, no puedo, no puedo con esto. No puedo con la hipocresía. No puedo volver a ver a estas personas, que las voy a ver, una y mil veces, por mi trabajo, y hablar con ellas. Romper una conversación sin decirle: «Tú eres un hijo de puta, ¿por qué?, porque tu hipocresía me lo ha hecho sentir así». Ahora sí siento que estoy solo. Total. Solo. Luchando contra algo que es… Todo el desastre del sistema este que tenemos. Un monstruo. Es gigantesco. Es gigantesco. Y pasa, desgraciadamente, por la política más cochina. Por concepciones de la vida muy aberradas. Asere, esta gente no le tiene valor a la vida humana, de verdad. Esta gente lleva una denuncia. Yo creo que al gobierno cubano hay que denunciarlo, pero tal cual, por su inoperancia y por su falta de responsabilidad con esto de proteger a las personas. Es de pinga el sentido de desprotección.

Lo peor de toda esta situación es que mi vida, mi familia, mi casa, tal cual era hasta el día 11 de enero, dejó de existir. Este proceso del derrumbe, la inseguridad, generó que yo dejara de sentir que este espacio es mi hogar, y lo mismo mi hija y mi esposa. Los tres. Y eso está fula. Eso está fula porque no fue una decisión. Fue muy, muy drástico y muy doloroso. Un día se cae un pedazo de casa y tu vida cambia. Ni siquiera se cayó la casa, fíjate, tú puedes vivir aquí. Mi casa no se va a caer, está apuntalada, hay menos peso encima. Aquí hay más seguridad que antes. Lo que pasa es que el entorno no es seguro. Yo aquí no puedo volver a tener una vida normal. He tenido que readaptarme, pero estoy superafectado emocionalmente. Entonces estoy viendo cómo logro acercarme más a la solución, y que me afecte menos, para yo morirme menos, porque siento que me estoy muriendo cada día que pienso en esto, que escribo, que pongo una foto, que digo… Llevo un mes, casi, sin parar. Un mes así, todo el tiempo. Concentrado. Y no he llegado a ningún lugar. Siento que estoy así, en el mismo lugar, dando vueltas.

Testimonio de Andy Ruiz Muñoz, residente de San Rafael 612.