Mónica Baró Sánchez en Baracoa, momentos antes del interrogatorio

Mónica Baró Sánchez en Baracoa, momentos antes del primer interrogatorio / Foto: Ismario Rodríguez

No recuerdo la cara de la mujer que me dijo que me quitara la ropa. No recuerdo cómo me lo dijo, si me lo pidió o me lo ordenó, pero yo sentí que no tenía otra opción que quitármela. Llevaba unos pantalones de una tela colorida y estampada que me encantan. Me los había puesto especialmente ese día porque supuse que lo mejor era llevar ropa cómoda. La tela de esos pantalones me permitió en un momento hacer ejercicios de estiramiento en la sala de espera de la unidad militar donde nos dejaron.

Me imagino que nadie entendiera, ni mis colegas, ni los oficiales, que en medio de aquella situación yo me sentara en el suelo con las piernas abiertas, buscando que mis extremidades se expandieran y oxigenaran. Debí haber proyectado una imagen desconcertante. Creo que uno de mis colegas luego me preguntó, con extrañamiento, por qué me había puesto a hacer ejercicios de ballet. Y yo no supe qué responderle. Seguro discutimos, seguro le reproché algo.

Casi cuatro años después de esa detención, de octubre de 2016, de mi intento fallido de cubrir, junto con otros periodistas de la revista independiente Periodismo de Barrio, el paso del huracán Matthew por el oriente de Cuba, es que empiezo a entender por qué me había puesto a hacer ejercicios de ballet en la sala de espera de una unidad militar, por qué me puse esos pantalones de tela suave, por qué no recuerdo la cara de la mujer que me dijo que me quitara la ropa, por qué no recuerdo la cara de nadie, solo uniformes, uniformes verde olivo, y por qué me quité la ropa cuando me dijeron que me la quitara.

No me quedé completamente desnuda, sino en blúmer y ajustadores. Creo que sí, que ese día llevaba ajustadores, pero la verdad es que no lo recuerdo claramente. Todos esos detalles permanecen en mi memoria rodeados por una neblina de miedos. La oficial me debió haber dicho «quítate la ropa» o «desnúdate». Estábamos en una habitación, no sabría decir si había alguien más. La recuerdo a ella frente a mí y recuerdo que yo sentía que no podía marcharme a otro lugar lejos de esa orden.

Hoy le pregunto a la Mónica que se desnudó por qué no se negó, por qué no opuso resistencia, por qué no intentó librarse de esa experiencia. Le reprocho su pasividad, haberse dejado mangonear, no haber luchado, y ella me contesta, sin pensarlo mucho, que si le hubieran pedido que se pusiera en cuatro y ladrara como una perra, lo habría hecho. Su cuerpo no le pertenecía. Mi cuerpo no me pertenecía. En algún punto, entre el primer interrogatorio que había sostenido con oficiales, de manera sorpresiva, en la sede municipal del Partido Comunista de La Máquina, en Guantánamo, y la entrada a esa habitación, a mí me habían despojado de algo muy vital: mi voluntad. Yo sentía que no había nada que pudiera hacer para evitar que todos esos seres uniformados que vería en el transcurso de 48 horas hicieran con mi cuerpo, con mi vida, lo que se les antojara. Había llegado cansada a ese sitio.

No me quité la ropa porque fuera lo legal. No sacudí mi pelo porque fuera lo legal. No me agaché, pujé y tosí, cuando la oficial me dijo «agáchate, puja y tose», para que probara que no había escondido nada en mi vagina o en mi ano, porque fuera lo legal. A estas alturas, no sé aún cuál es el artículo del Código de Procedimiento Penal, la resolución o el decreto que legaliza lo que yo viví, qué faculta a las autoridades cubanas para pedir o exigir a mujeres detenidas sin ninguna acusación formal –y no a hombres– que se quiten la ropas, se agachen, tosan y pujen.

Los hombres del grupo del cual yo era parte, que eran cinco, no tuvieron que hacerlo, a pesar de que todos, como se supone, tenían su propio ano que podían usar como escondite. Tampoco me importa cuál es el sustento legal de esa escena. Yo no estaba evitando incumplir la ley cuando me quité la ropa, me agaché, pujé y tosí, sino que me forzaran a cumplirla. Tenía miedo de que la oficial me quitara la ropa por la fuerza, porque creía que podía hacerlo, y que tocara mi cuerpo. Mi cuerpo mío. ¿Esa mujer era una mujer? Yo sé que era una mujer, pero mi memoria solo me devuelve ahora la imagen de un cuerpo uniformado sin rostro.

Delante de mí no tuve una semejante sino un sistema. Un sistema militar represor. Fue el sistema quien me mandó a quitar la ropa, quien quiso saber si mi vagina o mi ano expulsarían una memoria flash o cualquier otro artefacto que pudiera colocar en peligro a mi país, quien trató mi cuerpo como una amenaza que podía parir o cagar un golpe de estado o tumbar la mismísima revolución.

Mañana yo podría encontrarme en la calle con esa mujer, con los oficiales que revisaron pieza por pieza mis pertenencias, con los que me interrogaron o con los que me trasladaron en un vehículo hermético, enrejado y sofocante desde Baracoa hasta la unidad militar de Guantánamo, que no reconocería a nadie. Incluso podría ayudar a esa mujer, extenderle mi mano, si de pronto tropezara y cayera al suelo mientras camina por mi ciudad, o podría regalarle una entrada que me sobrara para una obra de teatro y comentar la obra a la salida y sonreírnos. ¿Se acordará ella de mí? El único rostro que recuerdo, muy remotamente, es el del hombre que estaba al frente de la unidad militar de Guantánamo, justo en el momento en que nos avisó que podíamos irnos de allí, que de La Habana habían llamado para decir que nos soltaran o algo así.

En algún punto, la situación se me volvió cómica. Había una persona que quiero mucho llorando y no quise que me viera también a mí llorando. Quise transmitirle, con mis ojos secos, incluso con mi sentido del humor inoportuno, que yo estaba siendo fuerte. Menuda locura. Esa persona, con sus lágrimas, estaba siendo fuerte, pero yo entonces pensé, a cada rato pienso, que ser fuerte para otros, cuando otros lloran, es no llorar. Cuando cubro una historia en la que mis fuentes rompen a llorar, más si es una madre, nunca lloro. O lloro para adentro. No me pregunten cómo lo logro. Se me salen las lágrimas ya en el camino de vuelta a mi casa o cuando escucho nuevamente el testimonio grabado de mi fuente, a solas, y lo transformo en un relato.

Mónica Baró Sánchez en Baracoa, momentos antes del primer interrogatorio / Foto: Ismario Rodríguez

Mónica Baró Sánchez en Baracoa, momentos antes del primer interrogatorio / Foto: Ismario Rodríguez

Ha habido historias en las que he encharcado el teclado de mi computadora, que por suerte es anti derrames. Pero frente a alguien que llora yo siento que debo permanecer impasible como una montaña. Por eso quizás me dio por el sarcasmo. Yo pensaba o decía: «Ya escribiré sobre esto, acá me están regalando una historia, ustedes son todos patéticos». A la mujer que me dijo que me quitara mis ropas le pregunté, mirándole a los ojos, con cara de lunática probablemente, si iban a hacerme la prueba citológica.

Yo pretendía –lo pienso ahora– demostrarles que no les tenía miedo. De alguna forma, intentaba recuperar algo del poder sobre mí que sabía perdido. Por eso me burlaba de ellos y de la situación y hasta de mí misma. Ridiculizaba cada procedimiento. La carta de advertencia que me redactaron incluso la corregí varias veces: el oficial a cargo de redactarla no sabía que la Unión de Periodistas de Cuba, a la que yo no pertenecía, se llamaba así, y no Asociación de Periodistas de Cuba, y para colmo, incurría en errores ortográficos y gramaticales. Acabé dictándole al oficial, palabra por palabra. Me molestaba mucho que mi carta de advertencia, que al final no firmaría, tuviera imprecisiones y errores ortográficos y gramaticales. Si me van a reprimir, reprímanme, pero sin chapucerías. Chapucerías no.

Lo cierto es que en ese momento yo no les tenía miedo exactamente a ellos, sino a mí misma. No quería que mis nervios me traicionaran ni que vieran a la persona que soy cuando mis nervios me traicionan. Desde que tengo doce años, mis nervios, ante ciertas circunstancias, explotan como fuegos artificiales. A los doce años yo no sabía qué me pasaba, no entendía, y lo oculté bastante bien durante mucho tiempo, pero más tarde supe que había palabras que más o menos lo explicaban: depresión, ansiedad, pensamientos obsesivos, ataques de pánico.

No consigo recordar un año de mi vida que haya transcurrido sin al menos una crisis y en los últimos dos años no ha habido crisis en la que no haya tomado medicamentos. Fui por primera vez a un especialista con 22 o 23 años y no pasé de la primera consulta. He sido una pésima paciente. He intentado hacer terapia con tres psiquiatras y cuatro psicólogas, pero mis terapias han sido muy inconstantes. Casi todas las he abandonado antes de llegar al final. Si antes de ser periodista independiente era difícil enfrentar a esa persona cuyos nervios colapsan a cada rato, desde que lo soy es doblemente difícil.

Temo que me teman por ser periodista independiente y sentir ese temor. Es un asunto no resuelto y vivo con eso, lo asumo. Ya no me avergüenza contarlo, ni creo que padecer depresiones, ataques de pánicos o pensamientos obsesivos me vuelvan vulnerable. No creo que existan infiernos peores que los que han ocurrido en mi mente. Pero un ataque de pánico, aunque muchas veces no es posible contenerlo y se desencadena en los momentos y lugares menos esperados, incluso sin motivos evidentes, es una experiencia muy íntima. Un ataque de pánico me transforma en otra cosa que yo no soporto que nadie vea.

Por lo general, la gente que lo presencia reacciona de tres maneras: me compadece, me reprocha (como para intentar detenerlo) o se espanta. Muy poca gente sabe acompañar. ¿Cómo hubieran reaccionado los oficiales? Esto, creo, fue lo que estuve evitando durante las 48 horas que duró el proceso de detención: que me vieran con un ataque de pánico. Por eso el sarcasmo, por eso mis ejercicios de ballet, por eso los pantalones de tela suave, por eso no me negué a quitarme la ropa. No quería que pensaran que tenían semejante poder sobre mí.

Tardé un año en volver a reportar y en superar el miedo a los uniformes de militares y policías, a las patrullas y a las sirenas de las patrullas. Lo hice, porque no hay miedo que me impida cumplir con mi trabajo en los términos en que lo concibo, pero no fue nada fácil. En octubre de 2016 algo en mí cambió. Cuando me dijeron que debía irme de Baracoa, que debía abandonar la provincia, yo sentí que me estaban quitando mi país. Me trataron como una enemiga de mi país y por un tiempo me creí que eso era cierto. Hoy estoy convencida de que no hay más enemigos de Cuba que quienes restringen los derechos civiles y políticos de sus ciudadanos, pero convencerme de esto me tomó tiempo. De hecho, nunca antes, hasta ahora, había intentado escribir mi vivencia.

¿Será posible que, en los últimos 61 años de historia, en Cuba solo hayan existido personas cobardes? Creo que no, parece algo imposible, tantas generaciones cobardes. Pero la otra hipótesis que explicaría todo esto me asusta demasiado: que todavía gran parte de la población crea que este es el país que nos merecemos, el mejor de los países posibles.

Tengo un amigo muy querido que va más allá y me dice: «Mónica, a lo mejor, simplemente, a la gente le gusta esto». Que es como si me dijera que yo debería dejar de intentar cambiar algo. A casi cinco años de empezar a trabajar como periodista independiente, a casi cuatro de mi única detención, hay muchas preguntas a las cuales no le encuentro una respuesta, pero no paro de contar mi país. Aquí, en la historia, en la palabra, yo le quito Cuba al poder y la hago mía.