Moloch, Leviatán y otras cruces. Foto: M.

Moloch, Leviatán y otras cruces. Foto: M.

Amaneció un día de perros, pero un dolorcito nuevo aquí abajo en la ingle me puso de un humor excelente, porque aunque constante no se rebajaba a la temible militancia de la punzada. Es lo que tiene la hipocondría, que te premia con una deliciosa y pasajera sorpresita, cuando temblabas por la amenaza de la peste, su condición rotunda. Los hipocondríacos vivimos esa constante paradoja. Nos movemos entre el miedo a la enfermedad y el anhelo de padecerla sin que nos mate. Es aquella tensión que el vulgo ha querido encarnar en la figura de la no tan kantiana como chejoviana gata Flora, de la que se dice que cuando se la meten chilla, y cuando se la sacan, llora.

Pero no es esa la paradoja que me va a interesar ahora, cuando me dispongo a despedirnos, cuarenta días después de que me sometiera al confinamiento y te escribiera aquí: «Me desperté con un ánimo estupendo, no sé por qué. El paisaje de cada mañana no indicaba corrupción alguna en el territorio de la salud o las pasiones. Pero una inquietud, un leve desasosiego me incomodaban…»

Han sido esas inquietud y desasosiego, como también mis temores, lecturas, estados de ánimo, anhelos, decepciones, riesgos y aventuras en mi mesa de trabajo durante estas cinco semanas, los que te fui anotando aquí. También te fueron ahorrados, por discreción, fragmentos de mi vida íntima y los desvelos por un amigo al que la peste atacó y acabó matando: Víctor Batista. No así su recuerdo, cuando tocó dibujar su estatura apartando el dolor.

Es otra, otra es la paradoja que nos va a interesar ahora, te decía: la que descubre un error común de estas semanas. Esa queja, ese multimillonario y multipremiado lamento de que el confinamiento es sinónimo de la soledad. No es cierto. Nunca hemos estado más acompañados, más expuestos. Nunca han sido más transparentes nuestra intimidad, la que hemos compartido en decenas de fotos y videos desde el sofá y la cocina y la alcoba. Nunca antes nos habían visto colegas, conocidos y hasta desconocidos sentados en nuestras casas. Como nunca antes se nos había bombardeado con tanto streaming, tanto concierto humanitario, tanta experiencia compartida en red: conferencias, charlas, tutoriales. La pandemia ha hecho de cada hijo de vecino un personaje de TED Talk, gavilán o paloma. De estos tediosos talks paridos por la sobreabundancia de ocio. Toda esa cadena de oraciones o chistes, toda esa basura que hemos ido enviando sin parar, mostrándonos a los demás como no lo habríamos hecho antes, de estar sobrios. Sobrios ante la muerte. ¡Y nada te digo de la extenuante ñoñería de los vecinos que cada tarde se miran y aplauden al vacío asomados a ventanas y balcones como figurantes de una película de Leni Riefenstahl, su primera película de humor! La pandemia nos cogió con las defensas bajas. Infantilizados por el populismo, metidos en guerras culturales tan absolutamente idiotizadoras que la idea de que la «apropiación cultural» es un crimen, por ejemplo, le parece digna de atención a personas que saben lavarse los dientes cada mañana y tres cuartos de las noches.

Pero esto se acaba. Se va acabando. La peste, digo, que no el magma que la precedió y la sobrevivirá con la misma pertinacia con que se suceden las mareas. Moloch y Leviatán se han enfrentado. Lucharon la peste y el Estado. Y a nosotros nos confinaron. En su crueldad y avaricia no nos ofrecieron más gradas que nuestras propias casas.

Es una lucha desigual y todos sabemos que va ganando el segundo. Hoy mismo la peste se ha llevado en España las vidas de trescientas noventa y nueve personas. No se veía un número tan bajo de la elevada cota de la terrible siega en los últimos treinta días. 399. Es difícil dejar de ver ahí un 39,9, cuando escribo la nota número 40 de este diario, la que sigue a la 39 que escribí ayer. Un pésimo número para la fiebre, pero que da rico calorcito de The End.

Desde Wuhan acá ya se sabe que esto se acaba. Que pronto la peste habrá pasado y volveremos a estar solos. Habrá asolado al mundo. La zoonosis en una cuchara de sopa habrá generado una crisis de proporciones enormes, aunque más ligera que cualquiera del pasado. ¡Ya habrían soñado Godofredos, Enriques o Alejandros cercados por epidemias, esta monitorización, esta reducción de la pandemia por sistemas de vigilancia, control y coerción! ¡Y nuestra gozosa anuencia, ese nombre impúber de la mansedumbre!

Hoy es el fin de mi cuarentena, pero no el fin de la pandemia que la propició.  Queda el peligro como inercia. Queda la exhaustiva lentitud del sistema para arriesgar, para dejarnos libres aunque muramos unos pocos. El recelo. El miedo al fracaso. El miedo a perder el poder. El miedo al pleito. El miedo a Hipócrates. La manera en que nos alimentamos de nuestros propios miedos. ¡Quedo yo! Pero seré fiel a los Quaranta giorni que se imponían en la Venecia asolada por la peste negra. Han pasado cuarenta días y ahora volveré a estar solo. Doy por cumplida mi cuarentena.

Buscaré ahora sí en el confinamiento, en lo que queda de él, la soledad que necesito para pensar dos o tres cosas y para enderezar estas notas que te escribí. Ponerlas firmes.

Y estaré aquí en estos metros que habito en Gràcia, Barcelona, esperando que acabado esto, finiquitados el buzz y enderezados los espinazos y los titulares de los periódicos, nos asomemos tomados de las manos a los balcones para cantar a coro de Iglesias, de Julio Iglesias, aquello de que «la vida sigue igual».

Post scriptum: La serie «Días de coronavirus» continuará en formato menor a la espera de ese Julio y su concreción definitiva en la serie «+Días» que se podrá leer en el perfil www.facebook.com/jorge.ferrer