La calle es de los revolucionarios, dice Bruno. Foto: M.

La calle es de los revolucionarios, dice Bruno. Foto: M.

Pasé la mañana ordenando libros por enésima vez, porque era una manera bonita y parecía que también útil de hacer que el domingo pareciera un domingo. Los libros últimamente no me quedan muy bien puestos que digamos cuando los manoseo, porque suelo abandonar cuando falta rematar, donde rematar es sinónimo de ordenar, pero es un buen pasatiempo. Y la palabra pasatiempo ha cobrado en los días del confinamiento un peso rotundo, esencial. «Se extiende como un gato para dejarse definir», por seguir acariciando los libros con la lengua.

Pero el día de hoy ya estaba señalado con un propósito en el calendario de los presos sanitarios que somos. Y todo el resto, entonces, e incluso la comida que tal vez por lo mismo consistió en el aprovechamiento de sobras de días pasados, fue otro pasatiempo.

Hoy salimos juntos a la calle los tres: M., Bruno y yo.

Todos íbamos atados: Bruno y yo uno al otro por la correa Harley Davidson que le compré hace unos años en la Keys Kritters Pet Shop de Cayo Largo.

M., bien sujeta a la bolsa de basura, su salvoconducto. Antes nos metimos igualmente juntos los tres en el ascensor, un viaje en el que no pudimos evitar darnos un beso con toda la lengua que pudimos menos la de Bruno y apretar los cuerpos, cada uno el ajeno. Como no nos veíamos en ese trance tan habitual del ir y venir de cenar o beber desde hace semanas, que es traslado tan electrizante, tuve un conato de erección que enseguida disiparon el golpe de la cabina con el tope que la frena abajo y la precaución que la aventura requería.

Tanto M. como yo hemos pisado la calle todos estos días, salvo alguno en el que no bajó ella. Pero lo hemos hecho siempre por separado. A Bruno, según acordamos desde el principio del confinamiento lo continuamos sacando ella en la mañana y yo en la noche, algo que ya era igualmente práctica habitual en aquel paisaje, que por decirlo con jerga de la Guerra fría, era el Mundo libre.

La aventura hoy era la compañía. El grupo. La aventura era el riesgo. Porque esta era la primera vez que salíamos de casa juntos en los 39 días que llevamos confinados.

Salimos del edificio a una, pero no echamos a andar juntos, eso no, porque los soldaditos del Estado que nos encerró vigilan a los disidentes y les imponen multas que comienzan en los 600 euros. Y aun habiendo sido yo amansado por largos años de vida en el lado amargo del mundo, y haber gozado incluso de la experiencia de ver a policías en Pyongyang y los aledaños de Teherán blandiendo varas con las que alisar lomos a dos palmos de mi cara, la probabilidad de que este hombre humilde que lleva cinco semanas encerrado, aún no sabe cuántas de encierro más le esperan y se siente amenazado por la ruina económica que seguirá a la pandemia, acepte una multa de 600 euros mansamente es escasa. Por lo tanto, era mejor evitar el contacto con la policía que suele apostarse junto a la estación de metro Joanic y monitorear desde ahí Escorial y Pi i Margall, las calles en las que nos movemos.

La estrategia, con todo, era sencilla. M. sería una señora que bajaba a tirar la basura y yo un señor que bajaba a su perro a aliviarse en las farolas y el bordillo de una acera.

Ya en la calle, presos de nuestros papeles escritos por el improvisado guion y el Decreto Ley, guion improvisado tarde a tarde, avanzamos como un matrimonio marroquí de mediana edad en Ciutat Vella o Mataró, aunque invirtiendo el orden de los factores: M. iba oronda con su bolsa de basura delante y yo la seguía a cuatro pasos de distancia con la capucha de la sudadera a modo de improvisado hijab.

El paseo en familia duró un cuarto de hora largo. ¡Habíamos salido los tres a la calle! ¡Mascábamos normalidad! Nos cruzamos con un padre que había sacado a su niña preciosa a dar una vuelta. Nos saludamos como se saludan los hombres y las mujeres libres. M. tomó algunas fotos y una de ellas ilustra esta crónica. Cuando ella se retiró a casa, Bruno y yo dimos una vuelta más, ya formando el acostumbrado dúo que canturrea música de noche, bar y despecho.

Dediqué el resto de la tarde, su parte alta, a responder algunos mensajes sobre el documental que vi ayer y comenté aquí. Desde un festival me pidieron ayudar a contactar a las directoras para exhibirlo. ¡Conectarlos fue una feliz manera de actuar ya como si viviéramos en libertad! Otras personas, conocidas y desconocidas, me preguntaban dónde verlo y yo me disculpaba por no poder ayudarlas, pero les aseguraba que pronto se exhibirá. Más wishful thinking, mente positiva, buena vibra: una de las características del encierro es que uno se aviene a hablar con las jergas al uso. Siente que hacerlo le resulta útil para sentirse en la calle, jugar en el parque. Aunque sea en la intemperie de ese idiolecto ajeno.

Dormí una siesta breve y soñé que iba en autobús en Moscú, más allá de la carretera de circunvalación y la gente era hosca, pero había una morena que estaba muy buena y yo le decía que se metiera conmigo en un ascensor.

Y. me llamó más tarde y hablamos de septiembre, de una convocatoria a la que podríamos presentarnos. En definitiva, del mundo después de este mundo.

Hay que salir de aquí. Hay que despojarse de este traje de buzo y sacar la cabeza, aunque el poder, ufano y armado de porras, te diga que a él nadie le tose.

Lezama Lima, el dueño del gato que se paseó por el suelo del primer párrafo, se vanagloriaba de ser un «peregrino inmóvil» hasta que dejó de hacerlo en una carta a su hermana Eloísa, ella en Miami, él preso en La Habana confinada por la revolución. Otros muchos, y es probable que yo también, presa de la avitaminosis y las ínfulas mal llevadas, hablaron con entusiasmo del «exilio interior» que se vive en los regímenes autoritarios, cuando alguien los habita en silencio y recogimiento, de espaldas al mundo corriente y sometido al voluntario ejercicio de la soledad.

Es realmente curiosa y extenuante la cantidad de bobadas que se les ocurren a los hombres, cuando dejan de ser libres. La de sofismas y entelequias, alibis y sesgos de los que echan mano para hurtarle el cuerpo a la evidencia de que la libertad y solo la libertad hace a los hombres dignos, a los paseos dichosos y a los ascensores un encantador dormitorio donde todo es sube y baja.