Anna, Emma et al. Foto: M.

Anna, Emma et al. Foto: M.

Amanecí con un fuerte dolor en una muela.  La leve hinchazón se me palpaba y veía en la mejilla. Se me puso jeta de ese Weinstein, de quien dieron cuenta sucesivamente el #MeToo y el #Covid-19, un tipo con el que se ensañaron los peores hashtags de esta rimbaudiana Saison en enfer, vraiment. De modo que hoy, Mr. Potato bamboleándome de camino a la ducha y el café, no me sirvió el mantra de que a mal tiempo, buena cara.

No habría podido poner mi mejor cara, en todo caso. Porque hoy hace cinco años que murió mamá. Cinco años.

En la mañana, leí un poco de Anna Karénina. A mamá le gustaban Rusia, donde vivió unos años, y las novelas largas con mujeres profundas y hombres más bien desdichados. Por eso Balzac le interesaba más que Pérez Galdós. Bibliotecaria habanera al fin, era una lectora voraz y conocía bien las novelas de Miguel de Carrión y Cirilo Villaverde: impuras, honradas y mulatas. Ese amor criollo que es todo sudor y despecho, miseria y pasión. Leía a Mario Benedetti y a García Márquez, se lo sabía todo de la Rayuela de Cortázar. Conocía a la señora Bovary como a la hermana que no tuvo. A papá las mujeres le gustaban bastante y las rusas en particular y fue un hombre que ostentó durante un par de décadas un poder que lo hacía interesante con su bigote bien cortado, la raya peinada al lado, los chóferes que lo llevaban y traían en Moscú y los bolígrafos de las marcas Parker o Cross sobresaliendo por los bolsillos de la guayabera de manga larga o los billetes de 25 rublos guardados en las chaquetas algo ortopédicas compradas en Berlín del lado sombrío del Muro. De modo que mamá sufrió lo suyo. Aguantó, no obstante, y vivieron juntos hasta el final de ambos; él murió unos meses después de que lo hiciera ella.

En esas últimas décadas de vida, ya amansada la pasión y desarrollado en ella un gusto moderado pero constante por el alcohol y, en ambos, un entusiasmo grande por las plantas a las que mamá les hablaba como a vecinas cordiales y solícitas, parecían gozar de esa extraña felicidad que conocen los niños y los viejos, los primeros de forma inconsciente y los segundos con esa mansedumbre a los que obliga la visión constante de su propio ocaso escupido por los espejos, los mecánicos y las peluqueras. Ella, tal vez, le habría llamado a su estado más bien sosiego que felicidad, pero de esas distinciones es sabido que se ocupa Tolstói.

No puedo recordar que habláramos de Anna Karénina alguna vez con mamá, ni que tuviera esa novela en casa, pero no me cabe duda de que la leyó.

M. hizo lentejas. Fueron las segundas lentejas de confinamiento. De potajes, en estos días de prisión administrativa ya largos como condenas recurridas una y otra vez a tribunales distantes hubo también garbanzos y frijoles negros. Hemos comido legumbres cocidas un par de veces. Y tengo comprado bacalao para hacerlo, tal vez el domingo, con garbanzos, a la manera de los que se comen en Cuaresma.

Trabajé toda la tarde hasta que sonó una alarma en el teléfono a las seis. Entonces bajé a comprar curry para el pollo de mañana. También le compré a M. un vermú. Un orondo Yzaguirre en botella bonita como ella.

A las ocho volvieron a aplaudir los vecinos. Salen a sus balcones y aplauden al vacío. He leído que lo hacen para agradecer a los médicos que trabajan con las víctimas de la pandemia. El agradecimiento es asunto loable, ciertamente. Hay gente que aplaude en los aviones cuando estos aterrizan. Pero esa gente toma a los médicos, “lo público”, que dicen con los labios en corazón, por el Estado. Aplauden a hombres, pero también a una sinécdoque. El Gobierno de España ha reconocido hoy que no es capaz de contar los muertos que le mata el virus venido de la China que hemos hecho nuestro. Es decir, que los mismos responsables políticos que claman por abrir tumbas de hace casi un siglo para contar los huesos de la Guerra civil y establecer “la verdad histórica” no son capaces de contar debidamente a los viejos que se les mueren hoy ante las barbas en el país que gobiernan. Mis vecinos salen a los balcones a aplaudir cada noche. La gente es muy rara y la pandemia, como la noche a aquel gigoló cubano, la confunde.

He pasado buena parte de la jornada con el recuerdo de mamá gravitando sobre mí.

La vela que M. le encendió por la mañana todavía arde y su luz temblorosa, menguante ya, colorea los libros que hay detrás del escritorio donde trabajo. Cinco años hace. Y no sé si me parece más. Si menos. Si en efecto cinco. Hay un cuento de Borges en el que un dios le concede a un Jaromir Hladik al que van a fusilar el deseo que le ha pedido ya de pie ante el pelotón de fusilamiento. A saber, poder acabar un poema que lleva tiempo escribiendo y sin cuya redacción no considera cumplida su vida. El deseo le fue concedido, Jaromir vio la bala detenida a dos palmos de su cara y tomándose el tiempo necesario, años quizás, pudo acabar el poema. Una vez escrito el punto final, la bala siguió su curso y lo mató. Siempre me ha parecido esa una manera cabal de entender esto que es la vida y no lo había visto más claro hasta que advino esta pandemia con sus secuelas de muerte y confinamiento, de miedo y encierro: un patio de cuartel, una docena de tipos que te miran fijamente y tú apurando el tiempo para ponerle fin a un propósito debidamente cincelado. Y después que sea el pum, si no hay remedio.