Non-fiction es la definición anglosajona que intenta calificar a todo lo que no proviene de la narrativa y está más próxima al ensayo, incluso a la teoría. Esta definición en negativo siempre me ha resultado molesta. En ella —sobre todo en las prácticas académicas que ha desplegado— hay algo de esa vanidad admonitoria de quien está en posesión de La Verdad (de Toda la Verdad y Nada Más que la Verdad).

Desde mi parcialísimo punto de vista, Non-fiction es estatus y parcela: acotación del campo en el campus. Una compuerta en el desbordamiento y, asimismo, el stand de una feria en la que alcanzan su tregua la industria editorial, la academia universitaria y los suplementos culturales.

Non-fiction es el muro contra el que, cada cierto tiempo, cualquier seguidor de Montaigne está obligado a estrellarse.

Tampoco es cuestión de concederle heroísmo al asunto. Ni de pedir cuartel allí donde uno ni es bien recibido ni, digámoslo todo, califica para discutir medalla. A fin de cuentas, la clasificación de marras no es siquiera la barrera más difícil que enfrenta el ensayo. En mi caso, aunque muchas veces me ha resultado irritante, ni siquiera me deparó el primer cabezazo —ni el más fuerte— de mi temprana y terca vocación.

Tiro de recuerdo y puedo verme en el momento seminal de esta fricción. Estoy situado en la playa donde me crié, a unos 20 kilómetros de La Habana. Se llamaba, y todavía se llama (y aún está allí, aunque no del todo en pie) Baracoa. Tiene el mismo nombre que la primera villa fundada por Diego Velázquez en el otro extremo de Cuba, aunque no debe ser confundida con ésta.

“Mi” Baracoa, entre otros avatares de su infrahistoria, una vez tuvo su orquesta: Los Hermanos Silva. La banda estaba integrada básicamente por pescadores u obreros textiles, y su apogeo, esto es un decir, puede cifrarse en las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. A Los Hermanos Silva les distinguían dos características: tocar borrachos y no saber parar (siempre había un redoble de más que obligaba a empezar otra vez el estribillo, lo que les convertía en involuntarios especialistas de “versiones largas”).

Pero Los Hermanos Silva divertían a la gente y, sobre todo, se divertían ellos mismos con sus rocambolescas galas. Cuando el declive etílico era irreversible, era perceptible tanto por la radicalización del caos armónico como por el hecho de que la orquesta atacaba, invariablemente, su tema estrella: “Componte canallón”.

Al final, entre muertes y otros menesteres, la orquesta se disolvió y quedó apenas como un recuerdo que los viejos entonaban sobre sus buenos tiempos (que también incluían bailes con artistas “de verdad”: desde una estrella local como Yiyo Gómez hasta un monstruo transnacional como Benny Moré).

A veces, los supervivientes improvisaban un trío o un cuarteto en algún portal (ese remanente fue lo que yo pude presenciar), pero lo que sonaba era tan estrambótico que tan sólo su hit dipsómano era vagamente reconocible. Entre ellos, un personaje mal encarado y hosco llamado Linao. Este hombre jamás asimiló la vida posterior a 1959, al extremo de que la revolución, que lo cambió casi todo, no consiguió cambiarlo a él. Su inadaptación, una forma socarrona de protesta, incluía primero que todo su atuendo.

Toda su ropa, incluidos los calzoncillos, era “de antes”. Aún lo veo, de blanco integral: bigote extrafino, pantalones de batahola, brillantina abundante, calzoncillo de botones a la vista y, por debajo de la camisa almidonada, una camiseta de ribetes dorados conocida como “guapita”. Todo rematado con una desproporcionada cadena de oro y su correspondiente medallón de la Caridad del Cobre a la altura del pecho. (Con su vestuario, Puff Daddy —hoy Diddy Combs— podría expandir una línea de moda “hiphopera” que arrasaría All Over The World).

Un día, era la época en que abandonaba la adolescencia, se me ocurrió sacar ante el tal Linao la palabra mágica:

—Ensayo.

Así que le pregunté dónde ensayaba la orquesta, a qué hora, cómo montaban el repertorio. Ante tales preguntas, todas inocentes, este hombre reaccionó con tal violencia que puso en peligro mi integridad física. Aplacados los ánimos, al fin consiguió mascullar la causa de su ira:

—La orquesta de Los Hermanos Silva no ensayaba nunca.

Aún no había escrito ningún ensayo, pero ya sabía que la mía podía ser una vocación ofensiva.

Años más tarde, vinieron otros desencuentros de mayor calado. No abundaré ahora sobre aquellos conflictos. Sólo comentaré que, gracias a ellos, tuve un segundo aprendizaje: además de ofensivo, el ensayo podía ser “desviado”, según la norma enhiesta de los santos guardianes de los fundamentos estalinistas. Así que me fui con mis ensayos a otra parte, si bien mis problemas “cubanos” con la curvatura del ensayo no acabaron con los ortodoxos de esa isla. Aquí “afuera” tampoco me faltó la dosis de calvinismo tropical. Si Allá los textos podían ser “desviados”, resulta que Acá podían ser “torcidos” (al menos, los míos).

Tercer aprendizaje: según el patriotismo ensayístico, da igual la ideología que lo anime para que un ensayo califique como cubano tiene que ser, ante todo, “recto”: un fiel representante del pensamiento-estaca. Y esto es así porque algunos de mis paisanos consideran que el ensayo tiene problemas ideológicos. Cuando en realidad el ensayo no tiene ningún problema ideológico: es, todo él, un problema ideológico.

Y en esas cuestiones tropicales andaba yo cuando Non-fiction entró —más bien, no entró— en mi vida.

Siempre quedará el estandarte infantil de que uno tampoco entró en Non-fiction.

Siempre nos quedará Montaigne. Y el consuelo de que el inventor del ensayo moderno difícilmente encajaría en esta clasificación: ¿Cómo suprimir de la ficción a un hombre cuya ensayística está construida sobre la base de enlazar un relato con otro? Montaigne, que era Montaigne, estaría obligado a pulirse algunas de sus mejores frases para conseguir la bienvenida en el exclusivo club de Non-fiction. Ésta, por ejemplo:

—Ensayar es pintarse uno mismo.

Tal vez deba advertir que, como lector omnívoro, he deglutido bastante bibliografía asumida como Non-fiction. Hubo un tiempo en que, además, no tenía otro remedio, dado que hacía la crítica de ensayo para el suplemento cultural de un diario. Así que, quizá por saturación, mi consumo de este tipo de textos ha ido menguando. Eso no me ha quitado del todo la curiosidad hacia ese ámbito (no hace mucho, sin ir más lejos, mi antiguo colega Jorge Brioso se dio a la tarea de reiniciarme en las corrientes contra el “ensayismo” de la actual academia norteamericana). Pero sigo pensando el ensayo en su aserción teatral, como una aproximación previa e imperfecta a una realidad que no está constituida del todo. (No es todavía la función real).

Los deportistas suelen recordar con emoción lo que eran capaces de hacer en un entrenamiento.

Los Beatles, que eran los Beatles, se impusieron la obligación de grabar sus ensayos.

Visto así, ensayar no es siquiera un oficio, ni es del todo un género literario. Hay mucho en él de actitud, de conducta. Por eso incluye el boceto, el borrador, el plano. Entrenar en el campo, experimentar en el laboratorio.

Afinar el piano y afilar la navaja.

 

Tomado de El Estado Mental