Ejército en Cuba / Reuters

Muy amablemente, el gobierno de Cuba ha invitado a los cubanos que bienviven, o no tanto, fuera de la isla, a opinar sobre la presunta reforma de la Constitución vigente en aquel bendito país. No es que les importe nuestra opinión, ni la vayan a tener en cuenta para enmendar un artículo u otro, que si así fuera, nos habrían invitado también a registrarnos en los lúgubres consulados cubanos alrededor del mundo para votar en el supuesto referendo del 24 de febrero, y eso a Raúl Castro ni siquiera le pasó por la cabeza. Aún así, es quizás un signo de progreso que las autoridades cubanas pretendan que les importe la opinión de dos millones de exiliados, aunque no hayan nunca siquiera insinuado que la necesitan. A Fidel Castro nunca le importó la opinión de los cubanos que vivían en la isla, y mucho menos la de los que vivían afuera. Ya que nos han pedido opiniones, aquí les va una. Podríamos pedir democracia, pero en esta ocasión, no seremos tan zoquetes. Pediremos, humildemente, algo bastante más simple, que sean abolidas las fuerzas armadas de Cuba.

Cuba no necesita un ejército y a duras penas puede pagar medio. Han pasado 120 años desde la última ocasión en la que un ejército cubano se enfrentó, en batalla abierta en el suelo de la isla, a un ejército extranjero. Quizás fue la ingloriosamente llamada Batalla de Mani-Mani la última que peleó contra España el sublime ejército de Máximo Gómez y Calixto García, entonces aliado del de Estados Unidos, el 23 de julio de 1898. Desde entonces, las fuerzas armadas de Cuba han combatido sólo contra otros cubanos, o en suelo extranjero, a decenas de miles de kilómetros de la isla, contra enemigos que no tenían ninguna intención de ocupar Güines, bombardear Remedios, arrasar Banes, reducir a cenizas Manzanillo, o plantar sus banderas en los Morros de La Habana y Santiago. Ninguno de los vecinos de Cuba, salvo uno, amenaza su soberanía y la integridad de su territorio, ni lo ha hecho en el pasado. Ni México ni Jamaica ni Haití ni las Bahamas planean ocupar la isla y anexarla, ni, mirando cien años adelante, es previsible que algún día quieran o puedan hacerlo.

El único país vecino que podría ocupar la isla, aunque ya no quisiera anexarla, que eso no lo quiere nadie, podría hacerlo tan fácilmente que contra él sería inútil, aunque fuera heroico, desplegar un ejército tan raquítico y pobremente armado como el cubano. Los Estados Unidos tendrían muy pocas dificultades para ocupar aquella escuálida isla, podrían hacerlo en menos tiempo del que le toma al Presidente Trump arreglarse el croquiñol cada mañana. Veinte días le tomó al ejército norteamericano en 2003 ocupar Bagdad, la capital de un país cuatro veces más grande que Cuba, situado a 10 mil kilómetros de Washington, semidesértico, defendido por un ejército muchísimo mejor equipado que el de Raúl Castro y dirigido por oficiales con experiencia directa en combate en la primera Guerra del Golfo y en la interminable carnicería que fue la guerra entre Iraq e Irán. Ciertamente, la ocupación de Iraq fue sólo la primera fase de una guerra en la que Estados Unidos quedaría muy mal herido, pero que los americanos no pelearon contra un ejército regular, sino contra una difusa red de grupos de resistencia y células terroristas, una rabiosa Hidra de Lerna que solo Hércules hubiera podido matar. Fueron esas escurridizas milicias las que pusieron en jaque al más poderoso ejército que haya jamás marchado por la Tierra, no las fuerzas armadas de Saddam Hussein, que alardeaban de que iban a obligar a los americanos a pelear la “madre de todas las batallas” y al final se desmoronaron, como si estuvieran hechas de polvo, porque se dieron cuenta de lo inútil que era plantar cara, abiertamente, en los valles bíblicos del Tigris y el Éufrates, a las divisiones de George W. Bush. En aquella guerra murieron 4424 norteamericanos, y es un error usual creer que Estados Unidos la perdió, tan alto fue el costo económico y político de la ocupación de Iraq, tan dañada fue su reputación como potencia militar, tanto quedó disminuida su preponderancia en la comunidad de naciones, tan graves y prolongadas, para la región y para el mundo, fueron las consecuencias de la estúpida decisión de Bush de terminar la obra que su padre había dejado incompleta. Pero pregúntesele a Saddam Hussein quién ganó la guerra de Iraq.

Fidel sabía perfectamente que Cuba, tan vulnerable, tan frágil, no podía, por sí misma, repeler una invasión norteamericana, que a Estados Unidos sólo lo detendría, si considerara la posibilidad de ocupar la isla, el riesgo de enfrentarse, quizás fatalmente, a otra potencia, o las frías matemáticas del costo político, diplomático, económico y militar de enfrentar una prolongada guerra de resistencia contra sus tropas en la manigua y las ciudades cubanas. Durante tres décadas, fueron los mariscales de la Unión Soviética y no los soldados barbilampiños de Raúl Castro los que hicieron desistir a los estrategas del Pentágono de considerar seriamente la ocupación de Cuba. Cuando el Kremlin informó a Raúl que la Unión Soviética no intervendría para defender a Cuba de una invasión americana, Fidel entendió la necesidad de encontrar otra forma de contener a Estados Unidos, y terminó imaginando una fantasiosa “guerra de todo el pueblo”, inspirada en la guerrilla vietnamita, una gran guerra de liberación nacional en la que hasta los niños y los ancianos serían combatientes, las abuelas azotarían a los marines con sus escobas, los matojos usarían sus tirapiedras. En las avenidas del Vedado, distinguidas profesoras universitarias colocarían minas debajo de los tanques norteamericanos, mientras en los palmares de Matanzas y Camagüey cabalgatas de negros en machete y sin encadenar pondrían en fuga a los restos patéticos de la 82 División Aerotransportada.

Fidel calculó que, a diferencia de la Unión Soviética, que podía ocultar de su pueblo el desastre que fue su invasión de Afganistán, la democracia norteamericana no podría sostener por mucho tiempo la terrible presión política, doméstica e internacional, que la ocupación de Cuba instantáneamente provocaría, más pesada aún si el número de víctimas de ambos bandos escalaba por encima de lo que la Casa Blanca y el Pentágono hubieran inicialmente estimado como tolerable. Fidel, que tenía una opinión muy equivocada de sí mismo pero conocía perfectamente cada vicio y debilidad de los cubanos, sabía que Cuba no era Vietnam, y que no eran remotamente comparables ni la geografía de los dos países ni el carácter y motivación de sus pueblos, que Cuba no tenía selvas impenetrables ni monzones que convirtieran todo, los hombres y los árboles y los pájaros, en fango, y que no eran comunes entre los cubanos la obstinación, el insensato coraje y la fanática disciplina del Viet Cong. La “guerra de todo el pueblo” fue, probablemente, un bluff, Fidel intuía que la vasta mayoría de los cubanos jamás saldría a combatir al invasor americano, que unos se esconderían debajo de sus camas y otros saldrían a recibir a los invasores con los brazos abiertos. Pero imaginó que si tenía cada crujiente domingo a los cubanos corriendo, saltando y disparando salvas con carabinas borbónicas, los americanos, mirando ese extraño espectáculo, creerían que en Cuba los esperaba, como si no hubiera muerto nunca, el mismísimo Ho Chi Minh, listo para darles otra paliza.

Si alguna vez creyó que Cuba podría convertirse para ellos en otro siniestro Vietnam, la inteligencia militar norteamericana ya ha salido de su error. Hace mucho adivinaron el bluff de Fidel, calcularon que el bravucón cubano no tenía una escalera real en sus manos, sino un dos y un tres. El Pentágono, por supuesto, sabe que las fuerzas armadas cubanas son un muy débil adversario, que Cuba carece de reales líderes políticos, militares e intelectuales para organizar y dirigir una resistencia popular prolongada, y que la sociedad cubana está fragmentada, exhausta, profundamente corrompida, desmoralizada. No son los cubanos de hoy como aquellos que en 1962 esperaron, apretando los dientes, con un coraje que ellos mismos no sabían que tenían, que cayera del cielo una bomba atómica. Los cubanos de hoy están ocupados importando bolsas de ropa barata y splits de Panamá y Ecuador, o haciendo cola en los consulados de La Habana para obtener una visa de, estrictamente, cualquier otro país del mundo, no importa cuál, Sudán del Sur, el Congo, Yemen. Lo que protege hoy a Cuba de una invasión norteamericana no son las katiuskas estalinistas de la DAAFAR o las carabelas de la Marina de Guerra Revolucionaria, y mucho menos la presunta “disposición combativa” de los ciudadanos del país, de la que habla tanto el Noticiero de Televisión, sino un arma mucho más poderosa, su agresiva insignificancia.

No es que los americanos no puedan ocupar Cuba fácilmente, es que no tienen ninguna razón para hacerlo. Los Estados Unidos se han acomodado a vivir con un gobierno hostil a 90 millas de la Florida, y tanto, que a veces a la Casa Blanca y al Pentágono se les olvida que Cuba, diminuta, del tamaño de Tennessee, está ahí, flotando en el mar, y que todavía queda uno de los hermanos Castro vivo. Cuba no tiene nada que Estados Unidos desee demasiado, ningún recurso estratégico que el Pentágono o los capitales norteamericanos más rapaces quieran asegurar, evitar que caiga en manos de Rusia o China. Los americanos no van a invadir Cuba solo para apoderarse de Varadero y ETECSA. Tampoco tiene la isla ya influencia, prestigio, resonancia mundial, ni siquiera en Moscú o Beijing o Teherán, solo, quizás, en Caracas, La Paz y Managua, y entre los círculos de nostálgicos de la revolución de Fidel, en Madrid, en Buenos Aires, en Londres, que creen todavía que por la isla corren ríos de miel y leche, y los niños cubanos van a las escuelas por la mañana en coches tirados por unicornios. El tan cacareado “ejemplo de Cuba”, que Fidel creía que molestaba a Estados Unidos más que la nacionalización de la Texaco y la United Fruit Company, hace rato que nadie lo sigue, ni siquiera Hugo Chávez quiso hacerlo, cuando se apoderó de su país no se le ocurrió convertirlo en una república soviética de los años 50. Autodestruyéndose, aniquilando con finísima meticulosidad todo lo que era valioso o noble en ella, Cuba se volvió, finalmente, inexpugnable.

Un vasto estamento militar ha sobrevivido en Cuba a la Unión Soviética, a Fidel, y al cambio rotundo de la posición de la isla en la comunidad internacional, de aliado prestigioso de una superpotencia a curiosidad turística. La frondosa clase militar cubana ha sobrevivido incluso al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba y a la visita de Barack Obama a La Habana. El cambio de presidentes en el 2017 quizás hizo pensar a Raúl, por un segundo, que Cuba estaba otra vez en peligro de ser atacada. Pero Trump, después de anunciar algunas sanciones contra la isla para complacer a los clanes más trogloditas de la comunidad cubanoamericana, se olvidó completamente de Cuba, que no solo no ha sido bombardeada, ni siquiera es insultada en Twitter por aquel energúmeno. Si con Trump hay esta calma, es difícil imaginar qué monstruo tendría que ser electo presidente de los Estados Unidos para que hubiera riesgo real de una invasión de Cuba. Esta paz gruñona pero firme entre Cuba y Estados Unidos no ha convencido a Raúl y sus generales de que, por ejemplo, se pueda cancelar el servicio militar obligatorio, que roba uno o dos años de su vida a cada adolescente varón nacido en aquel país, y lo obliga a postergar sus estudios universitarios o cualquier otra cosa que quiera hacer. Decenas de miles de adolescentes son secuestrados por las Fuerzas Armadas de Cuba cada año, y hacinados en campamentos pavorosos, solo para justificar la existencia de un oxidado generalato, pues no puede haber general sin tropa.

Necesariamente, porque no había comida que dar a los soldados, ni un fusil para cada uno, las Fuerzas Armadas cubanas se han contraído durante los últimos treinta años, ya no son quizás ni un tercio de lo que fueron, en número de efectivos, y poder, en los años ochenta, cuando pelearon en Angola contra Sudáfrica y la UNITA de Jonas Savimbi. Aún recortadas, las FAR son todavía la institución más importante de Cuba, la que se lleva el corte más jugoso del presupuesto del Estado, la que emplea más personas, probablemente, desde generales hasta limpiapisos, y la dueña o administradora de los negocios más prósperos del país. Las altas clases de oficiales de las FAR controlan, férreamente, la política, la economía, y la vida social de Cuba, desde el Buró Político del Partido y el Consejo de Estado hasta   miles de humildes familias que dependen de un salario militar o varios para comer. La nueva Constitución, como hacía la vieja, preserva, cuidadosamente, su insultante hegemonía.

Deshacerse de ellos tomaría tiempo, costaría vastas cantidades de dinero, para jubilar, compensar o mover a la economía civil a decenas de miles de oficiales y sus empleados, y requeriría una jupiterina voluntad política, puesto que cualquier líder cubano que proponga dejar al país sin ejército se arriesga a que lo despedace, en la misma Plaza de la Revolución, una turba patriotera, si no lo hacen antes, a cohetes, los generales. Por eso es que lo tiene que hacer primero un periodista. Por más improbable y difícil que sea, si el gobierno cubano desbandara sus fuerzas armadas evitaría gastar en ellas la fortuna que inevitablemente derrochará en las próximas décadas solo para hacerle creer a su propio pueblo, que nadie más se creería ese bulo, que está protegido por un ejército invencible, de soldados de hierro a los que ninguna lanza podría atravesar. Sería eliminada una casta militar que constituye el más pesado, casi inamovible obstáculo para que el país se mueva un día hacia algo que se parezca vagamente a la democracia, y que no debería ser simplemente sustituida, en el futuro, por otra casta, de distinta inclinación política. Sería reducido el riesgo de una guerra civil, se eliminaría la posibilidad de que, como en Siria, el ejército comience a disparar contra manifestaciones pacíficas y cinco años después haya medio millón de muertos y sea inevitable, entonces sí, una intervención extranjera.

Podrían ser destruidas las armas que, si el país fuera arrasado alguna vez, que no es improbable, por una ola de violencia y desorden, quizás caerían en manos de grupos paramilitares y bandas de criminales. La desmilitarización de Cuba abriría la posibilidad de adoptar un nuevo sistema de defensa del país, basado en principios políticos reales y no retóricos, la democracia popular, la neutralidad, la no intervención en los asuntos de otros países, una terca diplomacia de la paz, la reinserción completa de Cuba en la economía, el comercio y las finanzas internacionales. Un país como Cuba tiene que confiar su defensa a la comunidad internacional, no porque vaya nadie a enviar una armada a salvar a los cubanos de un invasor, sino porque una invasión de la isla sería vista como injustificable, una violación grotesca de la seguridad y la paz mundiales que tendría consecuencias muy pesadas para el violador. Cuba debe depender de su prestigio, de la simpatía y la gratitud de otras naciones, no de adolescentes armados con kalashnikovs de la Segunda Guerra Mundial. Cuba será intocable, como Suiza, o Costa Rica, cuando nadie, ni Estados Unidos, ni Rusia, ni Eslovenia, se atreva siquiera a inventar un pretexto para atacarla.

La isla está rodeada de algunos formidables enemigos, más peligrosos aún que Estados Unidos, las feroces familias criminales de México, Centroamérica y Colombia que trafican por el Caribe drogas, armas y personas. Evitar que se asienten en Cuba, y que terminen de dueños del país, es más urgente que prepararse para combatir a los marines de Trump. El poco dinero que Cuba puede dedicar a su defensa no debería usarlo para mantener un ejército regular de tierra que nunca verá combate, sino para reforzar, con la más afilada tecnología y oficiales esmeradamente entrenados, sus servicios de inteligencia, sus guardafronteras y su policía. No es inevitable que la isla sea invadida por el cartel de Sinaloa o el del Golfo o cualquier otra aberración, pero el colapso del actual gobierno cubano, que podría ocurrir en la próxima década, aunque nadie ya puede hacer pronósticos, quizás abriría las puertas del país a un enemigo al que después sería imposible sacar de allí. Cualquier gobierno cubano responsable tendría que reprofesionalizar vigorosamente a la policía nacional, que es una vergüenza, prepararla para enfrentarse no a las Damas de Blanco o a los famélicos activistas de la UNPACU, a los pingueros de La Rampa o a los vendedores de marihuana de Los Sitios y Cayo Hueso, sino a los dothrakis del Mayo Zambada y los hijos del Chapo Guzmán. Los servicios de inteligencia de Cuba, que durante años se han dedicado a espiar a Estados Unidos y a los propios cubanos, tendrían que ser puestos bajo el control efectivo de un cuerpo legislativo democrático, depurados de quienes han cometido innombrables crímenes y abusos, y ser usados para proteger a los cubanos de sus enemigos reales, y no para amordazarlos.

Puesto que nos pidieron sugerencias, aquí tienen una, reescribir el artículo 212, capítulo 1, Título X del proyecto de Constitución, y quizás, dejarlo así:

“Cuba es un estado desmilitarizado, y proscribe la convocatoria, organización, financiación, entrenamiento o despliegue interno o externo de fuerzas armadas, ejércitos u otros grupos de carácter o estructura militares salvo aquellos que esta Constitución admite para la estricta protección de las fronteras nacionales y el mantenimiento del orden y la seguridad públicas. Cuba confía la defensa de su soberanía a su pueblo, movilizado en forma de ejército territorial cuando sea declarado el estado de guerra por la Asamblea Nacional de la República, y a la comunidad democrática de naciones a la que orgullosamente pertenece”.

Para que este nuevo artículo 212 tenga sentido, por supuesto, habría que cambiar unos cuantos artículos más.